Por la mañana, antes de las 6 tomé mi mochila, donde únicamente traía una muda de ropa, mi cámara, agua y algunos bocadillos, y me dirigí a la carretera que cruza Xpujil. Esperaba encontrar transporte, pero a esa hora no había ningún taxi aunque fui a buscar en dos bases que conozco. Tampoco había ninguna corrida de autobús que pasara, así que solo me quedó pararme en una de las bases de taxi hasta que apareció uno. Le pedí que me llevara al crucero de 20 de Noviembre y, como todo ahora, me cobró bastante caro; sin embargo, ya era mi último recorrido en el viaje, así que no me quedó más que pagar. Apenas unos minutos después y luego de un viaje de 9 km nada más, estaba en el puesto militar que se encuentra en el crucero. Me preguntaron si era turista y qué hacía, a lo que respondí que quería visitar una ruina cercana, no pareció interesarle mucho a los militares, así que comencé con mi camino. Llegué antes de las 6:15 a una brecha que lleva a Payán casi directamente, para pasar con vehículo se necesita una llave para abrir una puerta, a pie simplemente pasé a un lado. Lo primero con lo que me encontré fue una cabaña parcialmente derrumbada, tenía aún dentro cosas usadas por los apicultores, los únicos, además de los chicleros, que parecen ocupar estos caminos.
Brecha hacia Payán
Payán es un sitio que varios de mis compañeros ya han recorrido, Eduardo había ido casi una década atrás y, como es su costumbre, estaba acompañado de guías, por lo que nunca se fijó por dónde había pasado, así que casi ninguno de los demás teníamos idea de por donde se debía entrar para llegar. Años más tarde, Gabriel Partida encontró un guía que lo llevó al sitio en 2023, aunque él si guardó la ubicación, la cual utilizaron los Williams en compañía de los Juanes, que también consiguieron la llave para entrar en la camioneta poco después. Por último, Gustavo había llegado caminando con su familia durante este mismo año. Cuando William me contó que había estado ahí, yo estaba en la ENAH trabajando con mi compañera Romina Payán, por lo que le conté de la existencia de un yacimiento nombrado igual que su apellido; esto es porque se ubica en terrenos de un rancho llamado así a inicios del siglo XX. Cuando supe como llegaron, pensé de inmediato que podría llegar por mi cuenta fácilmente y, aunque en esta ocasión pude haber llamado a amigos en Chetumal, quise hacer mi último recorrido solo.
Estructura de Payán
Al poco tiempo de caminar, en un tramo muy lodoso comencé a ver una serie de huellas de gran tamaño con un ancho dedo central y dos laterales separados hacia los lados, sin duda eran de tapir o danta. Por la hora tenía la esperanza de ver algún animal grande de la selva, incluso felino, y el rastro estaba muy fresco. Sin embargo solo pude ver aves, tal vez un faisán, escuché un carpintero a lo lejos y un saraguato aullando, y nada más. A pesar de eso, hubo un buen tramo en el que, de pronto, todo quedó en silencio, no se escuchaban ni siquiera los insectos. Las aves pasaban aún entre las ramas de los árboles, pero sin emitir sonido alguno; sé bien que cuando esto ocurre puede ser señal de la presencia de un depredador, comencé a caminar de la forma más silenciosa que pude y a voltear hacia atrás a cada momento con la esperanza de ver un jaguar, algo que siempre se me ha negado. Pensaba que para muchas personas esa situación podía ser terrorífica y parecer peligrosa, pero no para mí, nunca he escuchado un reporte de ataque de jaguar, excepto si se acorrala a una madre con sus crías, eso era muy poco probable, por lo que siempre he deseado un encuentro con tan majestuoso animal. Algo un poco diferente sería toparme con un puma, aunque sabía como comportarme en caso de que alguno de esos felinos me encarara. Cualquier ser más pequeño no sería una amenaza. Los únicos realmente peligrosos cuyo encuentro prefiero evitar son los cerdos salvajes, sumamente agresivos, y las serpientes venenosas.
Fachada con mascarón parcial
Hubo otro trecho en silencio, pero sin poder ver nada. Caminé por elevaciones y valles, hasta que me encontré con el gran bajo del sitio, el cual pude crecer hasta cubrir la brecha por completo y por un espacio cercano al centenar de metros. Will me había advertido de esto y, aunque no era suficiente para evitar mi paso, había pensado incluso caminar en chanclas para no mojarme las botas, las cuales son impermeables, pero si el nivel del líquido sobrepasa el tobillo, se mete por arriba y no se seca porque el tejido no deja entrar ni salir el agua; Es riesgoso traer los pies descubiertos porque en la región suele haber cocodrilos de todas las tallas y muchas serpientes nadan por los cuerpos de agua, incluidas las nauyacas. Recordando que casi piso una boa en Huntichmul, usé todo el tiempo mis viboreras, así que decidí no quitarme nada, aunque permaneciera con los pies mojados hasta regresar a Campeche, cosa que sucedió. Crucé toda el área inundada con las botas puestas y solo bastaron unos pocos pasos para que desbordara el calzado. Incluso hubo una sección lodosa donde me hundí hasta las rodillas.
Lado norte de la portada parcial
Luego de cruzar ese bajo, ya no quedaba ningún obstáculo significativo, pasé varias secciones del camino donde los troncos de árboles caídos recientemente tapaban el paso, tuve que rodear por la selva para pasar el más tupido, la humedad era tan fuerte que salí de ahí empapado, ya estaba completamente mojado de pies a cabeza. Así llegué hasta un árbol marcado junto al sendero que lleva al único edificio en pie de Payán. Se trata de una estructura con portada tipo Chenes, aunque su mascarón de monstruo de la tierra es parcial, es decir, que solamente cubría el friso sobre la entrada principal y no la fachada baja como ocurre en lugares como Chicanná y Hormiguero. En cambio, en los muros bajos hay mascarones laterales muy geométricos. Luego de unos minutos por el camino me encontré de frente con esta portada. La parte central del friso había caído, aunque el muro y el ancho dintel sostenido por una viga de madera original aún resistían, al igual que los de las habitaciones laterales, una a cada lado.
Dos veces recorrí el edificio, que tenía tres hileras de habitaciones, cada una con tres cuartos, nueve en total, tan solo en su parte central. Únicamente quedan en pie las del perímetro, la central ya desapareció. En varias secciones quedan vestigios de las bóvedas y paredes, con una de las traseras que conserva grafiti negro original. En los costados había al menos una habitación de cada lado que no se comunicaba con las centrales, con su entrada hacia el lado exterior. En el lado contrario al de la portada se podía apreciar que el edificio estaba sobre dos plataformas que tuvieron más habitaciones en niveles más bajos que el principal. Quedaba una parte de la jamba derecha de una gran entrada por aquel lado que tal vez también estuvo ricamente ornamentada, aunque ahora ya no queda nada. Me parece que pudo haber sido aún más impresionante que la del mascarón parcial porque por ese lado se encuentran en cada extremo dos torres típicas del estilo Río Bec, que tuvieron pasajes internos que ascendían a sus cimas, aunque hoy casi todo está completamente en ruinas.
Torre norte
Me tomé un tiempo para desayunar y observar esta estructura, me pareció una de las más complejas que había visto en estilo Río Bec, un poco diferente a cualquier otra que hubiera conocido antes. Disfruté bastante de tener el lugar para mí solo, más aún sabiendo que sería el último de todo el año, aunque apenas era 15 de diciembre. Regresé teniendo más de dos horas para llegar a la parada del camión, así que quise ir a otra ubicación que suponíamos que era la estructura "Quijada de burro", parte también de Payán, un gran basamento piramidal sobre una colina que le daba una altura impresionante que se podía ver desde muy lejos. El sitio en realidad era muy extenso y estuve viendo montículos junto al camino por un espacio bastante grande, caminé más de 1 km para llegar a ese punto, incluyendo el cruce del bajo, esta vez en el sentido contrario. Me metí nuevamente a la selva, aunque sin seguir ningún sendero y llegué hasta un punto que Gabriel Partida había marcado y donde Will había estado. Me quedó la duda de que ahí fuera el basamento que buscaba, es cierto que subí una colina alta y encontré un conjunto de montículos, pero la estructura principal era muy baja como para ser la más grande del sitio. Sospecho que la verdadera Quijada de burro se encuentra un par de cientos de metros más al sur, aunque para entonces no tenía ya tiempo para buscar en la selva y me dirigí al crucero donde había empezado mi caminata.
Pasaje interno
No tuve ningún problema para llegar, aún faltaban 20 minutos para las 11 y esperaba que la corrida tuviera retraso. Puse mis viboreras a secar y después yo mismo me senté con los pies estirados para que les diera el sol, mientras de las rodillas para arriba permanecía bajo la sombra de la parada donde estaba. No quise quitarme las botas porque no había tiempo suficiente para que se secaran y si pasaba el camión no tendría tiempo de calzarme de nuevo. Estuve a punto de perder mi transporte, apenas habían pasado algunos minutos después de las 11 y de pronto vi el autobús pasando frente a mí, por fortuna el conductor estaba volteando hacia mi lado y pude hacerle señas para que parara, de lo contrario tendría que esperar hasta la tarde y llegar a Campeche por la noche o madrugada. Desde ahí empezó el largo trayecto de regreso, parando de nuevo en las terminales de Xpujil, Escárcega, Champotón y Seybaplaya, además de numerosas paradas por el camino. A pesar de todo, fue una hora más rápido que el día anterior, por lo que llegué a las 5 de la tarde, antes de que anocheciera y me dio tiempo de cocinar algo en el departamento antes de descansar, la caminata solo había sido de unos 11 km, por lo que no estaba tan cansado, me había agotado más el largo trayecto en camión.
Entrada central
La siguiente semana la utilicé para dar por terminado mi trabajo en el laboratorio, guardar los materiales, que traería conmigo a la ciudad con el permiso del Consejo de Arqueología y despedirme de los administrativos de la facultad. El último viernes fui a la librería y pasé a ver a Ángeles a su trabajo para decirle adiós, me dijo dónde ir a comer mariscos, que era lo último que me faltaba durante el viaje, y valió mucho la pena. El sábado emprendí el regreso, que fue relativamente sencillo aunque en varias etapas. Primero salí con todo mi equipaje, que había crecido al doble por los materiales que iba a trasladar y por haber comprado varios libros. Durante los primeros días había comprado una mochila barata que decidí documentar solo con ropa, mientras que en la principal estaba todo lo electrónico y los materiales. Juntas pesaban más de 20 kg, por lo que caminar a la central de ADO fue muy arduo y llegué con los hombros sumamente adoloridos. A partir de ahí todo fue más sencillo, ya que la corrida de las 9:15 me llevó directamente al aeropuerto de Mérida, mi vuelo salía a las 3:40 pm y llegué ahí poco después de las 12. Pasé un buen rato sentado y luego dejé la mochila documentada. Fui a la sala de espera y el tiempo pasó rápidamente. Sin ningún retraso abordé y llegué al AIFA a las 5:30, esperé un poco para recoger mi mochila, aunque llegó con un tirante arrancado y partes rotas, ya me imaginaba que podía pasar eso por el poco cuidado que ponen al equipaje en los aviones, afortunadamente no se abrió, pero eso complicó que me moviera con mi equipaje. Me las arreglé para llegar al mexibús, había mucha gente pero no tuve tantos problemas para acomodarme como en la ida. Mi familia pasó por mí y llegué a casa de mi mamá. Al día siguiente todos nos fuimos en auto a mi casa, había terminado una estancia de 5 semanas, más 4 días extra para traslados.
El 28 de marzo por la mañana levantamos el campamento y acomodamos nuestras cosas en los vehículos, utilizamos todos, aunque la camioneta de Miguel, que había sido reparada, tenía la batería prácticamente muerta, sin almacenar carga, por lo que se estuvo estacionando en bajada para arrancar en movimiento o pasándole corriente desde otro de los vehículos. Mientras desayunábamos, nuestro guía sugirió invertir el orden de los sitios a visitar aquel día, dejando a Holmul para el final, pero yo había llegado ya a una lista de 299 sitios mayas y quería ese sitio para el 300. Eduardo le pidió que comenzáramos por ahí y así lo hicimos.
Fue un corto trayecto desde el campamento, solo 3 km adelante llegamos hasta la base del Grupo I de Holmul, una acrópolis impresionante que conservaba gran cantidad de arquitectura en pie. Desde abajo podíamos ver los muros de los recintos frontales y nos preparamos para subir. Ahí mis compañeros me dieron un aplauso por haber recorrido por fin 300 sitios mayas, habiendo visitado el primero en el 2000, casi 24 años antes y con los últimos 100, que me tomaron casi 6 años por los tiempos difíciles de la pandemia de COVID-19 y un par de viajes desastrosos en los que casi no visité nada.
Entrada a un pasaje estrecho
Fui uno de los últimos en ascender porque estaba preparando mi tripié y de inmediato me encontré con algunas habitaciones sumamente estrechas, por las que no podía pasar con mi estuche de cámara y el garrafón de agua amarrado en la cintura. Los muros eran sumamente gruesos; primero pensé que era porque estos cuartos habían tenido grandes cresterías, pero después me di cuenta que era porque había un segundo piso por encima. Las bóvedas eran muy altas y entre la habitación central y las laterales habían unos esbeltos pasajes que formaban un zigzag y comunicaban los recintos.
Al centro hubo alguna vez una entrada formal al edificio, aunque parecía que en algún momento fue clausurada. La pared estaba rota y dejaba pasar al patio central del conjunto, pero justo en la entrada al hueco había un panal de avispas y varios pasaron sin darse cuenta de ello. Por fortuna los insectos estaban inactivos y no atacaron a nadie, permitiéndonos pasar, aunque con mucha precaución porque la mayoría o todos nosotros sabíamos ya lo doloroso que puede ser un ataque de esos voladores.
Me encontré con un complejo similar a varios que había visto en ese viaje, el primero de ellos la Acrópolis central de Naranjo. Se trataba de una Acrópolis con un patio central y dos laterales más pequeños donde habían edificios más pequeños, de carácter residencial, además de un gran basamento en el centro y pegado a uno de los dos lados, desplantando hasta la plaza inferior en su lado trasero. A diferencia de los demás edificios de este tipo que vi, los cuales tenían el edificio principal en el poniente y viendo hacia el oriente, este lo tenía en el norte y miraba hacia el sur.
Bóveda en el segundo piso del Grupo I
Los patios estaban rodeados de recintos que conservaban muchas paredes en pie, mientras que el templo central se encontraba prácticamente destruido, aún así subí a su cima y tuve una gran vista sobre la selva, mirando hacia el norte del sitio. Después de rodear el basamento, me dirigí al lado sur, por donde habíamos entrado, y vi claramente una gran bóveda en el segundo piso de habitaciones que no podía apreciarse desde el otro lado. Caminé un poco por este nivel, aunque no había forma segura de bajar por ahí y terminé regresando al patio principal de esa Acrópolis y saliendo por el mismo lugar por el que accedí.
Muchos de mis compañeros ya habían ido al Grupo III, el cual está directamente al sur del I, así que los alcancé cruzando la gran explanada que los separaba, donde habían montículos de gran tamaño y estaban estacionadas las camionetas.
Entrada a las habitaciones del nivel más bajo del Grupo III
Subí al Grupo III, que es otra Acrópolis más baja y me encontré nuevamente con varias paredes en pie. Eduardo estaba sentado frente a un pequeño hueco en el suelo y me invitó a entrar, ahí estaba una alargada habitación que giraba hacia la izquierda, debió ser parte de un nivel más bajo de cuartos que el que se observaba en la superficie, aunque ahora parecía un pasaje subterráneo por haber quedado sepultado por los escombros de la parte superior.
Nos dirigimos a la Estela 1, la cual estaba en la enorme explanada entre las Acrópolis, pasando por algunos montículos, uno de ellos dejaba ver el muro de una subestructura dentro de una fosa de saqueo. El monumento que buscábamos se encontraba unos metros más al este, le había crecido una ceiba por detrás y luego un matapalos la envolvió parcialmente, al igual que al árbol trasero, aunque todo el conjunto estaba ya muy inclinado y en un corto tiempo habrá caído por completo.
Personaje en el friso
Regresamos a la base del Grupo I, ahí Miguel nos dijo que podíamos ir al Grupo II, donde pasaríamos de 3 en 3 a las subestructuras que ahí se encuentran. Eduardo, Marvin y yo estábamos al frente del grupo, por lo que apretamos el paso para ser los primeros en llegar. Unos cientos de metros más al poniente nos encontramos en la base de otra Acrópolis con un tamaño intermedio entre el I y el III, al frente se veía el edificio D, el cual aún conservaba gran parte de su fachada y una gran entrada abovedada. Subimos hasta ahí y pasamos por ese pasaje, el cual era un pasillo que después giraba a la derecha. Fuimos adentrándonos en las entrañas de la estructura y nos encontramos frente a una puerta en un área que claramente había sido excavada por arqueólogos y que ahora nos permitía el paso.
Al ingresar, de inmediato nos encontramos de frente con un personaje modelado en estuco que estaba sentado en posición de flor de loto y que tenía el rostro mutilado. Se trataba de la esquina de un gran friso de estuco que aún conservaba restos de color, principalmente en rojo. Al centro, que debió estar por encima de la entrada principal, ahora enterrada, estaba un segundo personaje y al fondo un tercero, en la esquina contraria a la que vimos de inicio, en ambos lados, pero sobre todo en el derecho, por donde se ingresa, se veían los costados sin mucha decoración pero en el continuaba el estuco. Entre los personajes habían representadas serpientes, personas con tamales en las manos y elementos más sencillos. En el extremo más lejano había un gran agujero en el suelo que se tornaba un poco peligroso para fotografiar por ese lado, ya que era algo profundo. Pasamos un rato fotografiando, sobre todo Marvin y yo; habíamos ganado un poco de tiempo por adelantarnos al grupo, pero ya algunos de los demás estaban esperando su turno y por ello no podíamos quedarnos tanto como hubiéramos querido.
Estructura D del grupo II
Luego de salir, rodeamos la estructura D por el oeste y llegamos hasta la B, otro montículo que había sido excavado, dejando a la vista una bonita subestructura que tenía un pórtico con dos pilastras cuadradas, desde el frente recordaba a los edificios de Palenque y se encontraba estucada al igual que estos, aunque el recubrimiento se había caído ya en el frente, conservándose mejor en la parte trasera.
No terminé de recorrer esta subestructura porque escuché que tocaba el turno a otro grupo de 3 para entrar a ver un mascarón en otra subestructura debajo de la que estaba observando. Ernesto y Valeria, quienes eran los que estaban más cerca entraron detrás de mí por un acceso lateral, nos encontramos con un talud perteneciente a un viejo basamento enterrado, totalmente estucado y llegamos hasta una de sus esquinas, la del suroeste. Inmediatamente al girar, nos encontramos de costado con un interesante mascarón.
Mascarón en Holmul
Este nuevo elemento en estuco tenía un estilo que me recordó bastante a los mascarones de Calakmul, los cuales pertenecen al Preclásico Medio y muestran rostros felinos. Aquí también había un felino o un reptil, pero con las fauces abiertas y el rostro de un personaje emergiendo de su boca. Este último parecía tener barba y bigote sobre una especie de máscara bucal, algo poco común. En su lado derecho se podía ver un poco de las escalinatas que el mascarón bordeaba, al otro lado seguramente había uno similar, aunque, al menos desde donde estábamos, no era posible accesar.
Luego de tomar fotografías, salimos para dejar pasar a otro grupo, entonces regresé a la subestructura superior, rodeándola por completo y observando algunos adornos de estuco en tres ventanas que daban a la pared trasera, por el costado y en el interior ya no parecía un edificio palencano, ya que tenía las formas típicas del Petén, con habitaciones traseras más anchas que las delanteras, por lo que el muro se dividía por una saliente trasera.
Finalmente subí por ese lado a la cima de la estructura D, la del friso, ya que arriba había un área con un techo de paja. Ahí no vi nada más que un hueco en el suelo, era la parte superior que cubría la subestructura, algo de lo que me di cuenta porque mis compañeros que aún estaban pasando ahí me escucharon y preguntaron quién estaba arriba.
El recorrido estaba llegando a su fin, aunque todavía fui a sentarme frente al Grupo II a esperar que todos salieran y tomar fotografías del frente sin nadie, lo cual aún tardó alrededor de media hora más. Terminamos la visita y regresamos a las camionetas, volviendo al campamento pero siguiendo de largo hacia el siguiente, que sería el penúltimo sitio y el recorrido más accidentado de todo el viaje.
Comenzamos nuestro recorrido hacia Melchor de Mencos, que sería el punto de reunión del grupo completo antes de comenzar el recorrido por la selva para el que estábamos ahí. Antes de llegar habríamos de hacer algunas paradas. En primer lugar pensábamos ir al sitio de Corozal Torre, un sitio que solo Eduardo conocía y que está cerca de San Clemente, este último lo visité en 2013, pero en el carro sería imposible de alcanzar por el mal estado de la terracería que lleva a él; Corozal Torre tenía pinta de ser más fácil, pero tampoco pudimos tomar ese camino porque en el entronque con la carretera en la que íbamos, había un gran escalón que hubiera sido imposible de pasar en un compacto.
Decidimos seguir hasta la aldea de La Máquina, donde se encuentra la entrada al sitio de Holtún "Cabeza de piedra", que también había visitado en 2013. Llegamos hasta la caseta del custodio y a partir de ahí caminamos un largo sendero hasta el sitio. Parecía que la subida que lleva ahí nunca terminaba y fue algo ardua por el intenso calor que hacía. Aún así, mientras mis compañeros se quedaron en la estructura principal, yo me di cuenta de que había letreros que decían que el sitio continuaba; decidí recorrer hasta el final del sendero, ya que antes no lo había hecho nunca.
Palacio de La Blanca
Ese camino fue agotador, llegué hasta 6 plazas que no había visitado, todas con montículos y sin ningún rastro de arquitectura visible, únicamente con un chultún de doble boca en una de las primeras. Me pareció eterna la caminata, ya que no veía el final. Regresé casi corriendo porque pensaba que me había llevado demasiado tiempo, pero todavía tuve la oportunidad de fotografiar el mascarón que da nombre al sitio, en la estructura principal, dentro de una enorme trinchera de saqueo que dejó al descubierto una subestructura. Quise ver el otro lado de la estructura, pero fue algo peligroso porque pasé por un talud sumamente empinado por el que podía caer en cualquier momento si me distraía, sin embargo pude ver algunos fragmentos de muro que dejó visible el enorme saqueo, que pasó de lado a lado del edificio, aunque en ese último lado fue cerrado con piedras.
De regreso a la entrada, Julio ya estaba sumamente cansado, el camino fue algo lento por esto, pero aún así quería visitar un último sitio. Decidimos que yo manejaría, la primera vez que lo haría en Guatemala, para que él descansara; así que por primera vez en el viaje me tocó estar al volante y continuar el camino hacia Melchor de Mencos, nos desviamos por otra terracería hacia el suroeste y avanzamos por ahí cerca de una hora. Así llegamos a otro sitio que yo ya conocía: La Blanca. Este lugar ha sido trabajado continuamente por arqueólogos españoles, por lo que encontramos detalles que no vi antes, entre ellos grandes secciones de muros junto al palacio, que tiene unas enormes bóvedas sobre sus habitaciones.
Estructura en La Blanca
En La Blanca, el custodio nos acompañó a recorrer el sitio, primero el palacio, donde Eduardo estuvo buscando un grafiti de un visitante del siglo XVIII, pero no pudo ubicarlo. Después de eso fuimos a un grupo alejado que en mi anterior visita me costó mucho trabajo de ubicar. Se trata de un pequeño edificio muy interesante que tiene algunos restos de estuco en lo poco que queda de su templo.
Una vez que terminamos el recorrido por este sitio de pequeña extensión pero impresionante arquitectura, volvimos a subir al auto y yo continué manejando de regreso a la carretera principal y después a Melchor de Mencos, llegando al hotel en el que nos quedaríamos dos noches. Ahí nos encontramos con Marcia, de Argentina, quien ya había llegado. Después nos enteramos que los Partida de Chiapas, que habíamos visto en la frontera, no llegarían esa noche. Fuimos a bañarnos y a descansar un poco y luego fuimos a cenar. Ahí nos reunimos nuevamente con Marcia y llegó Marvin, de Guatemala, además de Will y William, quienes llegaron de Mérida y luego pasaron a Palenque a recoger a Juan, de Laredo, luego de que tuvo un trayecto accidentado en avión. Nos pusimos de acuerdo para el día siguiente: los Williams, Juan, Julio y yo iríamos a Naranjo; Ernesto, Marvin y Valeria cruzarían a Belice y Eduardo se quedaría a descansar en Melchor de Mencos, Marcia se uniría a nuestro grupo al día siguiente.