En agosto de 2024 entré a estudiar la Maestría en Estudios Mesoamericanos en la UNAM, con un proyecto sobre arqueología doméstica en Calakmul. Un par de meses después de comenzar con las clases apareció la convocatoria para solicitar apoyo para hacer trabajo de campo; tuve la oportunidad de programar una estancia de cinco semanas en Campeche para analizar lítica excavada en un pozo de sondeo de uno de los conjuntos habitacionales de mi sitio de estudio. Mis asesores estuvieron de acuerdo y pedí permiso para ausentarme la última semana de trabajo y permanecer en el sureste hasta el fin de semana anterior a navidad.
No tuve problemas para obtener el apoyo e hice los preparativos por mi cuenta, a diferencia de los primeros viajes que hice de esta manera, hace ya más de una década, ahora todo es mucho más sencillo. De una aplicación a otra y de página en página de internet conseguí rentar un departamento por 34 días y los vuelos de ida y regreso hacia Mérida, ya que ir directo a Campeche resultaba mucho más caro y no creí que valiera la pena. Por supuesto, tenía pensado ocupar los fines de semana para visitar sitios arqueológicos y desde semanas antes de partir ya había hecho algunos planes con los Williams de Mérida, con Leonardo y Juán, todos participantes en los viajes de El Mirador y El Petén, en las vacaciones de semana santa de 2023 y 2024.
AIFA
Los últimos días antes de salir fueron bastante complicados, tenía que preparar dos ponencias, un examen y varios trabajos finales que entregaría antes que todos los demás por ausentarme sin terminar el semestre, aún así me di tiempo para ver algunos amigos y para salir con mis compañeros después de clases (alguien me dijo que parece que tengo un pacto con el diablo, porque siempre tengo tiempo para todo). El 15 de noviembre hice un examen y justo al día siguiente fui a casa de mi mamá, mucho más cerca del AIFA, desde donde saldría mi vuelo a Mérida, además de que el 16 es su cumpleaños y aprovecharía para estar ahí. Pasé la última noche en la ciudad ahí y al día siguiente estuvimos un buen rato comprando cosas, aunque aproveché para conseguirme unos tenis, la última adición a mi equipaje, que ya estaba a reventar.
Finalmente, me acompañaron al mexibús, el cual tomé hasta su terminal en el mismo aeropuerto, fue un trayecto algo complicado por la mochila grande y que el camión tardó demasiado, por lo que iba a reventar. Llegué con buen tiempo al AIFA, por lo que pude hacer mis preparativos con toda calma. Había leído muchas quejas de ese lugar pero, fuera de cuestiones políticas, me pareció un completo disparate eso de "central camionera" y los comentarios despectivos de gente generalmente elitista. Las instalaciones son muy superiores a las del aeropuerto Benito Juárez y no hubo ningún retraso ni problema, además de ser mucho más barato el impuesto por utilizarlo. Eso sí, está lejísimos y, mientras no funcione el tren suburbano, es un viacrucis ir hasta allá.
Mi vuelo salió justo antes de las 10 pm, fue sumamente tranquilo, casi sin ninguna turbulencia ni movimiento. Llegué a Mérida minutos antes de la media noche; como no había documentado nada, pude salir de inmediato del aeropuerto y pedir un taxi que me llevó al hotel. Para esta única noche había reservado en un lugar con cápsulas como las que son algo famosas en Japón, ni siquiera William sabía que eso existía aquí, y quise probar. Llegué poco después de las 12, la recepción estaba abierta pero no encontré a nadie, excepto a un tipo dormido al que intenté despertar pensando que era el encargado, aunque ni siquiera se movió. Un par de minutos más tarde apareció el verdadero recepcionista y me dijo que mi reserva había caducado después de media noche, pero yo ya había previsto eso y mandé un mensaje días antes, me respondieron que no había problema si llegaba después, así que tuvieron que hacerlo efectivo.
El lugar fue más caro que un hostal, pero era algo menos que eso, si bien las cápsulas tienen más privacidad que las literas que hay en lugares más baratos, están más hacinadas y se comparten los baños con más gente. Me pareció sobrevalorado, por lo que quedarme ahí fue una simple curiosidad y no consideré volverlo a hacer. Dormí muy poco, a pesar de estar en un espacio muy cerrado podía escuchar a los que estaban en las cápsulas de arriba cuando se movían. Ya era madrugada y saldría poco después de las 6 de la mañana para aprovechar el primer domingo del viaje...
El sábado 30 de marzo salimos por la mañana con rumbo al sitio de Moral-Reforma, en Balancán. Tuvimos algunos problemas porque la construcción del tren maya nos cortó el paso directo por el camino que tomamos, que era en gran parte terracería. Tuvimos que dar algún rodeo y seguir de largo hasta encontrar un puente que cruzara la vía. Además de eso, no hubo otros incidentes en el camino. Nuevamente Julio quiso manejar y llegamos hasta el sitio que queríamos visitar, encontrándolo desierto.
Nos sorprendió gratamente que la señalética del sitio había sido renovada y contenía muchos datos interesantes, incluso Eduardo se animó a grabar su vídeo del lugar utilizando esa información. Se repitió el patrón de Ceibal, con Julio y yo separados de los demás para visitar el sitio a nuestro ritmo. Tuve el acierto de dirigirme primero a la Estructura 14, la más grande del lugar y que tiene una arquitectura muy peculiar, como juntando tres basamentos piramidales.
Moral Reforma
Subí a la parte alta y a los basamentos secundarios, luego vi un edificio recién excavado en el costado poniente de la estructura 14. Después me dirigí a las estructuras 1 a 3, las cuales están en la entrada. Después de bajar decidí volar el dron para hacer algunas tomas aéreas. Mientras estaba volando el aparato, llegó mucha gente que se dirigía a las cascadas de Reforma, pero que paraba en el sitio para visitarlo de paso. Los resultados del vuelo me parecieron muy impresionantes, este sitio siempre me ha llamado la atención y me gustó mucho desde mi anterior visita en 2013.
Dejé para el final la visita de la recién excavada Estructura 6, la cual es un cuadrángulo palaciego con varias habitaciones, aunque los techos han caído casi por completo. La visita terminó cuando nos sentamos a comer paletas de hielo por un rato y luego decidimos tomar la ruta hacia Balancán para ver si el museo regional estaba abierto.
Panel de Santa Elena en el Museo de Balancán
Luego de un corto trayecto arribamos al centro de este poblado y nos sorprendió gratamente encontrar el recinto que queríamos visitar abierto, aunque ninguno de nosotros había podido entrar anteriormente. Ahí dentro pudimos ver varios monumentos de los sitios de Santa Elena y Moral-Reforma, además de unas pocas piezas descontextualizadas.
Decidimos que empezaríamos el regreso, primero a Querétaro, donde dejaríamos a Eduardo, y luego a la Ciudad de México. En un principio se planteó que Ernesto y Valeria se quedarían en Puebla, pero pasaríamos de madrugada por ahí, por lo que no era algo viable. Julio ya estaba cansado, por lo que me tocaría manejar el primer tramo. Ya esperaba con ansias mi turno de pasar al volante, llevábamos horas escuchando a ese par completamente acaramelados con su relación clandestina y tenerlos junto en los asientos traseros ya me había fastidiado. En todos los viajes Ernesto se la pasa hablando con algunas novias o algo parecido, pero tenerlo ahí presencialmente es el colmo.
Altar 2 de Moral-Reforma
Esta vez tomé el volante y, como siempre que me toca manejar, puse mi música, poniéndome a cantar, con lo que no escuché nada de lo que ocurría atrás. Me sorprendió que Julio no durmiera, se entretuvo viendo vídeos en YouTube, algunos de ellos míos. Tomamos el camino directo a la carretera Villahermosa-Escárcega y luego dimos vuelta hacia la capital de Tabasco, siguiendo por ahí algunas horas. Entramos a la ciudad y pasamos por el centro buscando un restaurante donde hubiera algo vegano que pudiera comer Eduardo, la primera opción estaba cerrada, por lo que tuvimos que seguir hasta una gran plaza comercial, donde él pudo ir a comer sin carne y nosotros optamos por comer hamburguesas. Luego de casi un par de horas volvimos a reunirnos y subimos al auto para seguir con nuestro camino, yo decidí seguir al frente hasta que aguantara, por lo que seguí manejando hacia Cárdenas, Coatzacoalcos y luego tomé la interminable recta de Minatitlán hasta Córdoba. Ahí comencé a sentir cansancio, pero podía continuar un par de horas más, me concentré en el camino y seguí cantando, con lo que me sentí renovado, Valeria me ayudó un poco porque tenía dulces y me ofreció algunos, los que me mantuvieron atento por todo el tiempo que fui el conductor. Pasamos Orizaba y subimos por las cumbres de Maltrata, con sus curvas bastante pronunciadas, ahí ya me fue bastante cansado seguir, aunque no podía parar, por lo que tuve que resistir la última parte y me detuve llegando a la caseta de La Esperanza, ya en Puebla. La noche ya estaba bien entrada y decidí pasar atrás para dormir un rato.
Lápida III de Santa Elena
Julio se encargó del resto del camino a Querétaro, tomó camino a Puebla y luego se desvió por el arco norte en Texmelucan. Teníamos el recuerdo de diciembre, cuando esa carretera la encontramos cerrada y tardamos horas esperando, esta vez no hubo ningún problema. Doblamos en la autopista México-Querétaro y llegamos a esa última ciudad alrededor de las 3 de la mañana, gran parte de ese tiempo estuve dormido. Eduardo bajó sus cosas y entró a su casa para darme un libro que me habían regalado y mandado mediante él, también le regaló uno a cada uno de los demás. Aprovechamos para estirar las piernas un poco, pero no tardamos mucho en salir hacia la Ciudad de México.
Yo estaba por quedarme dormido de nuevo, cuando Julio se orilló en el acotamiento, me dijo que ya no podía mantenerse despierto, por lo que tuve que despabilarme rápido y tomar el volante nuevamente. Me mantuve bien por un buen rato escuchando música y comiendo dulces que todavía traía Valeria, sin embargo me fue imposible frenar el cansancio que ya se había apoderado de mí. Estaba por llegar a la ciudad, ya a unos pocos kilómetros de la caseta de Tepotzotlán, pero decidí parar en una gasolinera para descansar. Julio tampoco se había repuesto, por lo que decidimos dormir un momento ahí. Luego de una hora, el sol comenzaba a salir y salí a comprar un café. Finalmente me sentí despierto para proseguir, por lo que en poco tiempo estábamos entrando a la Ciudad de México. Me dirigí al metro Politécnico, donde nos separaríamos, pero me dijeron que había parado en un sitio de taxis, por lo que me dispuse a regresar un poco en reversa, estaba mirando por el lado izquierdo para no topar con la banqueta cuando sentimos un golpe. Un tipo se estacionó muy salido, por lo que no lo ví por el lado que estaba mirando y no me había fijado por el lado izquierdo ni en la cámara del vehículo, ya que no estoy acostumbrado a ver en la pantalla del panel. El auto de Julio no tenía ningún daño, pero golpeó al otro con el escape y dañó la facia, por lo que tuve que pagar para poder irnos. Pedí un uber hasta mi casa, Ernesto y Valeria se fueron en metro y Julio tomó su auto para ir a su casa. Poco tiempo después terminaba mi recorrido sumamente cansado y casi directo a dormir, a pesar de ser las 7 am.
Otra vez recorrimos un corto trecho, aunque esperábamos caminar más de 1 km rodeando árboles caídos, un trabajador que Miguel subió en el camino y que llevamos hasta su pequeño campamento nos dijo que habían limpiado la brecha hasta el sitio de Hamontún, por lo que entramos con todos los vehículos hasta ahí. Este sitio también es conocido como El Perú, aunque no hay que confundirlo con el otro Perú-Waká cercano a Paso Caballos y al Río San Pedro, mucho más al poniente.
En este sitio ni Juan ni Jaime entraron, se quedaron en las camionetas porque ya acumulaban el cansancio de los días anteriores, por lo que el grupo fue un poco más reducido. En esta ocasión me fui al frente y ayudé a Miguel a buscar edificios con arquitectura. Primero pasamos por varios montículos medianos, un juego de pelota y la subida a una Acrópolis. Ahí vimos algunos muros y ya en lo alto del conjunto principal me encontré con una habitación muy estrecha que tenía aun recubrimiento de estuco, aunque sus extremos colapsaron y estaba parcialmente enterrada en el escombro.
Restos de habitación con pintura roja en Hamontún
Cuando mis compañeros llegaron me dispuse a recorrer toda la Acrópolis, aunque solo encontré una entrada muy destruida entre dos habitaciones. El resto del lugar se encontraba completamente destruido. Todavía Miguel hizo un intento más de encontrar una habitación y vio que al otro lado de la entrada que yo vi habían restos de un muro con una franja de pintura roja, por lo que regresé y los demás avanzaron hasta ahí para verlo.
Regresamos hacia el juego de pelota, bajando varios de nosotros de la Acrópolis, cuando estaba iniciando el descenso por la empinada ladera escuché que alguien se quejaba de dolor en la parte trasera, pensando que el cansancio le había provocado un calambre a alguno de mis compañeros me detuve a esperar junto con los que íbamos al frente, pero pasaban los minutos y nadie más bajaba de la acrópolis. Ya nos disponíamos a regresar para ver qué había pasado cuando vimos que Ernesto venía con el brazo amarrado al cuello con una venda. Había dado un paso sobre una raíz, resbaló y se luxó el codo derecho al caer mal. Por fortuna Gabriel lo revisó y le acomodó los huesos en dos intentos, quedando bien aunque bastante lastimado, También Valeria traía vendas, por lo que pudieron hacerle un cabrestillo improvizado. Ese proceso lo grabó Eduardo en vídeo, pero yo no quise verlo. A pesar de todo, Ernesto quiso seguir en la expedición y no tenía demasiado dolor, por lo que continuamos.
Restos de una crestería en Hamontún
Todavía pasamos a ver un montículo que estaba muy cerca de donde empezamos el recorrido, ahí había una gran trinchera de saqueo, de las tantas que habían partido por completo la estructura. Ahí dentro pudimos ver los restos de la crestería de una subestructura, además de parte del templo y las escalinatas que llevaban a su cima. Ese fue el último punto del recorrido por Hamontún, así que volvimos a los vehículos y regresamos al campamento de Holmul, donde comeríamos por última vez antes de regresar a la civilización.
Nos alistamos para el final del recorrido, aunque aún quedaba un último sitio ya de camino a Melchor de Mencos, el cual tiene múltiples nombres: Lechugal, Pacayal o K'o, Este sitio ya lo habíamos visto por un momento el día anterior antes de llegar al campamento de Holmul, cuando Miguel venía bastante rápido y entró a un camino secundario que llevaba al sitio para mostrarnos a Eduardo y a mí que estaba bastante cerca del lugar donde pernoctamos.
Subestructura en K'o
Nuevamente llegamos hasta el sitio con las camionetas, el recorrido fue corto, ya que K'o es un sitio menor que seguramente estuvo bajo el control de Holmul. A pesar de ello vimos un pequeño juego de pelota y una acrópolis, rodeamos toda el área central aunque solamente vimos restos de algunos muros en trincheras de saqueo. Finalmente, y al igual que en Hamontún, encontramos el rasgo más vistoso del sitio. En otra enorme trinchera quedó al descubierto parte del templo de una subestructura de un montículo piramidal. Tras el muro de la posible fachada se puede observar parte de una habitación que fue partida por el saqueo. Regresamos por última vez a las camionetas y emprendimos el camino a Melchor de Mencos, regresando al mismo hotel de donde salimos, aunque varios de nuestros compañeros prefirieron cambiar de hospedaje. Nos tomamos una foto grupal y nos despedimos de la mayoría de los demás. Al día siguiente solamente quedamos quienes llegamos en el auto de Julio y comenzaríamos el regreso, no sin antes visitar un último par de sitios en Guatemala.
El 28 de marzo por la mañana levantamos el campamento y acomodamos nuestras cosas en los vehículos, utilizamos todos, aunque la camioneta de Miguel, que había sido reparada, tenía la batería prácticamente muerta, sin almacenar carga, por lo que se estuvo estacionando en bajada para arrancar en movimiento o pasándole corriente desde otro de los vehículos. Mientras desayunábamos, nuestro guía sugirió invertir el orden de los sitios a visitar aquel día, dejando a Holmul para el final, pero yo había llegado ya a una lista de 299 sitios mayas y quería ese sitio para el 300. Eduardo le pidió que comenzáramos por ahí y así lo hicimos.
Fue un corto trayecto desde el campamento, solo 3 km adelante llegamos hasta la base del Grupo I de Holmul, una acrópolis impresionante que conservaba gran cantidad de arquitectura en pie. Desde abajo podíamos ver los muros de los recintos frontales y nos preparamos para subir. Ahí mis compañeros me dieron un aplauso por haber recorrido por fin 300 sitios mayas, habiendo visitado el primero en el 2000, casi 24 años antes y con los últimos 100, que me tomaron casi 6 años por los tiempos difíciles de la pandemia de COVID-19 y un par de viajes desastrosos en los que casi no visité nada.
Entrada a un pasaje estrecho
Fui uno de los últimos en ascender porque estaba preparando mi tripié y de inmediato me encontré con algunas habitaciones sumamente estrechas, por las que no podía pasar con mi estuche de cámara y el garrafón de agua amarrado en la cintura. Los muros eran sumamente gruesos; primero pensé que era porque estos cuartos habían tenido grandes cresterías, pero después me di cuenta que era porque había un segundo piso por encima. Las bóvedas eran muy altas y entre la habitación central y las laterales habían unos esbeltos pasajes que formaban un zigzag y comunicaban los recintos.
Al centro hubo alguna vez una entrada formal al edificio, aunque parecía que en algún momento fue clausurada. La pared estaba rota y dejaba pasar al patio central del conjunto, pero justo en la entrada al hueco había un panal de avispas y varios pasaron sin darse cuenta de ello. Por fortuna los insectos estaban inactivos y no atacaron a nadie, permitiéndonos pasar, aunque con mucha precaución porque la mayoría o todos nosotros sabíamos ya lo doloroso que puede ser un ataque de esos voladores.
Me encontré con un complejo similar a varios que había visto en ese viaje, el primero de ellos la Acrópolis central de Naranjo. Se trataba de una Acrópolis con un patio central y dos laterales más pequeños donde habían edificios más pequeños, de carácter residencial, además de un gran basamento en el centro y pegado a uno de los dos lados, desplantando hasta la plaza inferior en su lado trasero. A diferencia de los demás edificios de este tipo que vi, los cuales tenían el edificio principal en el poniente y viendo hacia el oriente, este lo tenía en el norte y miraba hacia el sur.
Bóveda en el segundo piso del Grupo I
Los patios estaban rodeados de recintos que conservaban muchas paredes en pie, mientras que el templo central se encontraba prácticamente destruido, aún así subí a su cima y tuve una gran vista sobre la selva, mirando hacia el norte del sitio. Después de rodear el basamento, me dirigí al lado sur, por donde habíamos entrado, y vi claramente una gran bóveda en el segundo piso de habitaciones que no podía apreciarse desde el otro lado. Caminé un poco por este nivel, aunque no había forma segura de bajar por ahí y terminé regresando al patio principal de esa Acrópolis y saliendo por el mismo lugar por el que accedí.
Muchos de mis compañeros ya habían ido al Grupo III, el cual está directamente al sur del I, así que los alcancé cruzando la gran explanada que los separaba, donde habían montículos de gran tamaño y estaban estacionadas las camionetas.
Entrada a las habitaciones del nivel más bajo del Grupo III
Subí al Grupo III, que es otra Acrópolis más baja y me encontré nuevamente con varias paredes en pie. Eduardo estaba sentado frente a un pequeño hueco en el suelo y me invitó a entrar, ahí estaba una alargada habitación que giraba hacia la izquierda, debió ser parte de un nivel más bajo de cuartos que el que se observaba en la superficie, aunque ahora parecía un pasaje subterráneo por haber quedado sepultado por los escombros de la parte superior.
Nos dirigimos a la Estela 1, la cual estaba en la enorme explanada entre las Acrópolis, pasando por algunos montículos, uno de ellos dejaba ver el muro de una subestructura dentro de una fosa de saqueo. El monumento que buscábamos se encontraba unos metros más al este, le había crecido una ceiba por detrás y luego un matapalos la envolvió parcialmente, al igual que al árbol trasero, aunque todo el conjunto estaba ya muy inclinado y en un corto tiempo habrá caído por completo.
Personaje en el friso
Regresamos a la base del Grupo I, ahí Miguel nos dijo que podíamos ir al Grupo II, donde pasaríamos de 3 en 3 a las subestructuras que ahí se encuentran. Eduardo, Marvin y yo estábamos al frente del grupo, por lo que apretamos el paso para ser los primeros en llegar. Unos cientos de metros más al poniente nos encontramos en la base de otra Acrópolis con un tamaño intermedio entre el I y el III, al frente se veía el edificio D, el cual aún conservaba gran parte de su fachada y una gran entrada abovedada. Subimos hasta ahí y pasamos por ese pasaje, el cual era un pasillo que después giraba a la derecha. Fuimos adentrándonos en las entrañas de la estructura y nos encontramos frente a una puerta en un área que claramente había sido excavada por arqueólogos y que ahora nos permitía el paso.
Al ingresar, de inmediato nos encontramos de frente con un personaje modelado en estuco que estaba sentado en posición de flor de loto y que tenía el rostro mutilado. Se trataba de la esquina de un gran friso de estuco que aún conservaba restos de color, principalmente en rojo. Al centro, que debió estar por encima de la entrada principal, ahora enterrada, estaba un segundo personaje y al fondo un tercero, en la esquina contraria a la que vimos de inicio, en ambos lados, pero sobre todo en el derecho, por donde se ingresa, se veían los costados sin mucha decoración pero en el continuaba el estuco. Entre los personajes habían representadas serpientes, personas con tamales en las manos y elementos más sencillos. En el extremo más lejano había un gran agujero en el suelo que se tornaba un poco peligroso para fotografiar por ese lado, ya que era algo profundo. Pasamos un rato fotografiando, sobre todo Marvin y yo; habíamos ganado un poco de tiempo por adelantarnos al grupo, pero ya algunos de los demás estaban esperando su turno y por ello no podíamos quedarnos tanto como hubiéramos querido.
Estructura D del grupo II
Luego de salir, rodeamos la estructura D por el oeste y llegamos hasta la B, otro montículo que había sido excavado, dejando a la vista una bonita subestructura que tenía un pórtico con dos pilastras cuadradas, desde el frente recordaba a los edificios de Palenque y se encontraba estucada al igual que estos, aunque el recubrimiento se había caído ya en el frente, conservándose mejor en la parte trasera.
No terminé de recorrer esta subestructura porque escuché que tocaba el turno a otro grupo de 3 para entrar a ver un mascarón en otra subestructura debajo de la que estaba observando. Ernesto y Valeria, quienes eran los que estaban más cerca entraron detrás de mí por un acceso lateral, nos encontramos con un talud perteneciente a un viejo basamento enterrado, totalmente estucado y llegamos hasta una de sus esquinas, la del suroeste. Inmediatamente al girar, nos encontramos de costado con un interesante mascarón.
Mascarón en Holmul
Este nuevo elemento en estuco tenía un estilo que me recordó bastante a los mascarones de Calakmul, los cuales pertenecen al Preclásico Medio y muestran rostros felinos. Aquí también había un felino o un reptil, pero con las fauces abiertas y el rostro de un personaje emergiendo de su boca. Este último parecía tener barba y bigote sobre una especie de máscara bucal, algo poco común. En su lado derecho se podía ver un poco de las escalinatas que el mascarón bordeaba, al otro lado seguramente había uno similar, aunque, al menos desde donde estábamos, no era posible accesar.
Luego de tomar fotografías, salimos para dejar pasar a otro grupo, entonces regresé a la subestructura superior, rodeándola por completo y observando algunos adornos de estuco en tres ventanas que daban a la pared trasera, por el costado y en el interior ya no parecía un edificio palencano, ya que tenía las formas típicas del Petén, con habitaciones traseras más anchas que las delanteras, por lo que el muro se dividía por una saliente trasera.
Finalmente subí por ese lado a la cima de la estructura D, la del friso, ya que arriba había un área con un techo de paja. Ahí no vi nada más que un hueco en el suelo, era la parte superior que cubría la subestructura, algo de lo que me di cuenta porque mis compañeros que aún estaban pasando ahí me escucharon y preguntaron quién estaba arriba.
El recorrido estaba llegando a su fin, aunque todavía fui a sentarme frente al Grupo II a esperar que todos salieran y tomar fotografías del frente sin nadie, lo cual aún tardó alrededor de media hora más. Terminamos la visita y regresamos a las camionetas, volviendo al campamento pero siguiendo de largo hacia el siguiente, que sería el penúltimo sitio y el recorrido más accidentado de todo el viaje.
El 27 de marzo nos levantamos temprano para levantar el campamento y acomodar nuestras cosas en las camionetas. Después de desayunar salimos hacia el sur, siguiendo el camino a Melchor de Mencos y llegando a una desviación que vi cuando entramos a la selva por primera vez, marcada por ser la entrada a Xmakabatún, un sitio que ha aparecido en un documental sobre el uso de LiDAR en el Petén, aunque ahí lo presentaron como si fuera un descubrimiento reciente, cuando en realidad fue reportado por Sylvanus Morley en la primera mitad del siglo XX. La camioneta líder estaba finalmente arreglada, por lo que esta vez me tocó irme ahí con Miguel, Eduardo y las dos cocineras.
Las camionetas no podían llegar hasta el sitio, al que se accesa por un pequeño sendero que serpentea por la selva, ahí dependimos por completo de la habilidad de Miguel, porque entrar o salir sin conocer el área sería sumamente difícil. Además de él, los trabajadores también entraron con nosotros para limpiar un poco las zonas por las que pasáramos y poder ubicar más rápido la poca arquitectura expuesta del sitio. Varias veces tuvimos que esperar un poco a que ellos se internaran en la selva y luego nos llamaran para seguirlos.
Arco en la Acrópolis
Lo primero que encontramos luego de más de 2 km de marcha fueron algunos fragmentos de estelas y tal vez de altares que todavía mostraban algunos glifos y restos de grabados, aunque en su mayoría no pudimos identificar qué eran. Nos encontrábamos al pie de una gran Acrópolis, un arreglo que encontramos en todos los sitios. Ascendimos y nos encontramos con varios patios rodeados de montículos bajos. Pudimos ver varias paredes, algunas incluso con estuco, en fosas de saqueo, así como una bóveda parcialmente en pie, a la que se podía acceder desde su parte alta, aunque casi arrastrándose sobre el escombro de una sección caída.
Mientras los demás estaban en esa última bóveda, me adelanté un poco y a los pocos metros me encontré con un pequeño patio rodeado de edificios bajos que aún tenían muros con refinada arquitectura y piedras muy bien labradas, destacando un pequeño arco de acceso que daba al talud lateral de la Acrópolis. Concluí que debía ser un acceso que tenía una escalinata pequeña que subía desde la base del edificio, debió ser un espacio muy exclusivo o privado, porque su entrada era bastante restringida.
Arco de Xmakabatún
Esta fue la última parte del sitio que visitamos, así que nos alistamos a regresar y comenzamos la caminata de regreso, para entonces me estaba pesando un poco el trayecto ya que yo era por mucho el más cargado de todos. Llevaba a todas partes mi tripié en su estuche sobre la espalda o cargando sobre el hombro cuando estaba armado, la cámara, el celular y un garrafón de un galón de agua que ataba al estuche de la cámara, de tal modo que de un lado de la cadera llevaba el estuche y del otro lado el galón, para equilibrar. También era por mucho el que más desgaste se llevaba, porque todo el tiempo estaba metiéndome a la selva para buscar rasgos arquitectónicos o adelantándome con Miguel para tener tiempo de fotografiar antes de que hubiera una cola para llegar a cada sección de los sitios. Cuando llegamos a las camionetas ya me dolían los hombros y la espalda, y esperábamos que el siguiente sitio incluyera otra caminata.
Regresamos a las camionetas y nos dirigimos a Witzná, que no distaba demasiado de donde nos encontrábamos. Aunque ya me encontraba repuesto, la caminata fue más corta y no tuve tanto cansancio como al final de Xmakabatún. Este sitio tenía un poco menos de elementos que apreciar y todo el tiempo estuve cerca de Miguel para adelantarme a fotografiar. Hay un dato muy interesante de Witzná y es que aparece en monumentos de naranjo como un sitio que fue arrasado por las fuerzas de dicha ciudad, la fecha en los glifos coincide con los análisis de material arqueológico encontrado en el sitio, que indica un gran incendio justo en ese año.
Subestructura con diseño de petate
Nos encontramos con grandes montículos que tenían algunas paredes visibles en agujeros de saqueo, incluso vimos un conjunto que me recordó bastante a la Acrópolis sur de Tikal, con un gran cuadrángulo de edificios con algunos restos de paredes, y un templo en el centro, aquí había incluso parte del basamento con el muro visible.
En los alrededores nos encontramos con los rasgos arquitectónicos más notables del sitio. En primer lugar, dentro de una trinchera de saqueo, quedó al descubierto una pared con estuco que tenía decoración en forma de petate. Estas fibras son un símbolo de la realeza, ya que sobre petates se sentaba el gobernante, así que este edificio debió ser importante. En una parte había una oquedad cerrada con piedras, ahí la trinchera había entrado en la pared, encontrando algunos muros también cubiertos de estuco liso, entre las piedras sueltas había una con restos de pintura roja.
Habitación con estuco amarillento
En otra sección cercana nos encontramos con un par de cámaras bien conservadas con sus bóvedas, las paredes estaban cubiertas de un estuco amarillo con un color tan uniforme que me hacía dudar de que fueran hongos, posiblemente era pintura. Entrar ahí fue algo arriesgado porque no había llevado cubrebocas y el olor a guano era intenso y picaba la nariz. Intenté respirar lo menos posible y salí de ahí lo más rápido que pude. Ahí terminó mi recorrido y, cuando todos estuvieron listos, emprendimos la corta caminata de regreso a las camionetas. Desde ahí nos dirigimos primero al campamento Yaloch, un lugar muy bonito y mucho más amplio que La Lagunita e Ixcanrío, ahí Miguel bajó a registrarnos y luego seguimos hasta el campamento de Holmul.
Bajamos nuestro equipaje de los vehículos y nos acomodamos casi todos al centro de un área sin maleza pero con varios árboles grandes, solamente Ernesto, Valeria, Leonardo y Marvin se alejaron hasta el fondo de la zona donde estaban los baños. Antes de que se oscureciera estuve volando el dron para ver el sitio homónimo del campamento a lo lejos y luego monté mi tienda de campaña. Más tarde, cuando estábamos cenando, nos enteramos de que Will había visto una serpiente barba amarilla o nauyaca en el área de regaderas, esta especie es la más venenosa de la selva y nunca me he encontrado de cerca con una, por fortuna.
Al día siguiente pudimos dormir un poco más porque los sitios a visitar eran mucho más cercanos al campamento que los del día anterior, además de que nuevamente dormiríamos en La Lagunita. Nos levantamos a desayunar y un poco después subimos a los vehículos al igual que el día anterior, sin la camioneta líder. Nos dirigimos al oriente, hasta llegar casi a la frontera con Belice y dejamos los vehículos para caminar un corto trecho por la selva. Así fue como llegamos al sitio de La Línea, llamado así porque el límite entre Belice y Guatemala está a unos cuantos metros, aunque es una franja imaginaria, sin nada que la marque físicamente.
Este sitio fue quizá el más pequeño de todos los que visitamos en el recorrido por la selva. Nos encontramos con una serie de montículos que no mostraban arquitectura en pie, excepto por algunos muros dentro de saqueos. La única pared en pie parecía ser un lateral del cuerpo de un basamento, con piedras bien labradas aunque todas de diferentes tamaños y formas, como formando un Tetris.
Estela en Chochkitam
Al final del recorrido vimos una cancha de juego de pelota cubierta de vegetación y un gran árbol caído, donde me acosté a esperar a que los demás terminaran de fotografiar, ahí empezaron a bromear conque había un jaguar dormido, así que me puse boca abajo como se acomodaría un felino. Poco después íbamos de regreso a las camionetas.
Tomamos rumbo de vuelta al campamento, pero nos desviamos justo antes de llegar, ahí cerca estaba el sitio de Chochkitam, aunque los letreros decían Chosquitan. Este nombre significa "Tripa de pecarí o cerdo salvaje". Llegamos muy cerca del centro del lugar y comenzamos nuestro recorrido. Lo primero que vimos fue una estela con grabados muy bien definidos, aunque pareciera estar incompleta, cerca de ahí vimos los restos de una bóveda.
Caminamos un poco para llegar a la parte sur del sitio y llegamos hasta la estructura XV, la cual podría ser una versión en pequeño de la A3 de Río Azul, ya que es un basamento con tres templos arriba en estilo parecido a los templos de Tikal. En este caso el templo del lado sur ha caído por completo, al igual que los dos que tiene su vecino más al norte; el templo central es el más completo y el del lado norte tiene algunos restos de muros. Eduardo y yo nos adelantamos y fuimos los primeros en llegar por la parte trasera de la estructura, ahí se distingue muy bien la pared trasera del edificio central.
Muro trasero del templo central de la Estructura XV de Chochkitam
Yo le di la vuelta al edificio y subí primero por el lado sur, aunque no vi nada en pie por ahí, así que me dirigí al centro. Nuevamente me encontré con un templo cuya habitación delantera había colapsado, quedando la trasera y apenas un fragmento de su crestería. Pude ingresar en el recinto que permanece en pie, observando que aún queda uno de los dos dinteles originales de madera en su lugar. La bóveda, al igual que en otros sitios que visitamos anteriormente, se extendía hasta la crestería y solo se dividía el cuarto de la parte alta con unas tapas alineadas como techo. Subí por un costado a la crestería, aunque solo quedaban algunas piedras.
Campamento La Lagunita
Caminé un poco al templo del lado norte, pero sólo quedan partes de algunos muros que ya no permiten ver bien la disposición de las habitaciones. El recorrido fue corto pero muy satisfactorio, nuevamente estábamos en un sitio sumamente monumental. Ahí terminamos y regresamos a las camionetas, el camino de regreso fue bastante rápido y sin incidentes. Ya en el campamento, estuve volando el dron y fotografiando la lagunita que da nombre al lugar, Will tendió una lona en el suelo y varios de nosotros pasamos parte del día durmiendo sobre ella, en un concierto de ronquidos. Después alistamos nuestras cosas porque sería la última noche en el campamento de La Lagunita y por la mañana íbamos a recoger las tiendas de campaña. Cuando hubo oscurecido, estuve tratando de fotografiar la Vía Láctea y luego fuimos a cenar. En algún momento a Will le picó un alacrán, de aquellos de color claro que pueden ser muy peligrosos, sin embargo no le causó mayor reacción; al contrario de una abeja que le picó también al día siguiente, cuando tuvo algo de inflamación, incluso en la papada.
De nueva cuenta subimos a las camionetas y emprendimos un trayecto más corto que el anterior. Un poco más de media hora después de comenzar pasamos por el campamento de Ixcanrío, el cual estaba desierto, nos pareció un poco raro porque ese lugar había sido una opción para quedarnos esa noche, pero por la descompostura de la camioneta optamos por mejor regresar a La Lagunita, ya que sería difícil llevar todo el equipaje. Yo sabía que estábamos ya cerca de Río Azul, uno de los platos fuertes del viaje, así que las expectativas iban creciendo a cada momento.
La distancia entre Kinal e Ixcanrío es muy parecida a la que hay entre este último punto y Río Azul, así que no tardamos mucho en llegar a ese gran sitio ubicado tan solo 5 km al sur de la frontera con México. Me pareció que el punto al que llegamos era una calzada o un punto en el que se unían más de una, aunque no pude saberlo a ciencia cierta.
Lado norte de la estructura A3
Miguel nos dijo que la parte principal del sitio se encontraba hacia el sur, pero antes de dirigirnos hacia allá quisimos ir a ver el grupo Norte, donde se encontraron algunas de las tumbas más impresionantes del sitio, las cuales tenían grandes glifos pintados en sus muros y que, por desgracia, fueron saqueadas, exceptuando algunas descubiertas por los arqueólogos.
Lo primero que encontramos fue un gran templo bastante vertical, seguramente en un estilo como el de los templos de Tikal, aunque completamente destruido y visible únicamente como montículo. En su base se encuentra la estela 2, cuyo frente está muy erosionado pero en los costados y en la parte posterior conserva grandes glifos e incluso un poco de pintura. El espacio para apreciar estos lados es bastante estrecho porque hay que entrar a un recinto muy arruinado que la contenía originalmente.
Estela 1 frente a la estructura A3
Seguimos hacia el norte rodeando este edificio y unos metros más adelante vimos otro gran montículo, poco antes de llegar había uno más pequeño con una plancha de cemento cuadrada en su cima; reconocimos el lugar como una de las tumbas excavadas y selladas por los arqueólogos, del otro lado del gran montículo debió haber otra, pero estaba tan cubierto de maleza que no intentamos buscarla. En el edificio grande del centro se encontró la Tumba 1, y pudimos ver que se encontraba al centro y a nivel del suelo, una gigantesca trinchera de saqueo se adentraba en el montículo. Entré y me encontré con una barrera de piedras que alcanzaba más de 3 m de altura, subí y detrás había un abismo de alrededor de 5 m y al fondo una puerta cerrada. Me pareció demasiado arriesgado llegar hasta ahí, por lo que no seguí adelante, pero estaba seguro que tras la puerta y un sello de piedras, se encontraba la tumba.
Restos del templo central de la estructura A3
Mientras los demás observaban la gran trinchera, me adelanté junto con Edgar Partida hacia el grupo B, el cual estaba en un camino hacia el oeste que salía desde la primera estructura, donde encontramos la estela 2. Lo primero que encontramos fue una gran pared que delimitaba un montículo alargado, más allá encontramos otros montículos de menor tamaño y pudimos ver que estábamos caminando sobre una calzada o sacbé. Llegamos hasta una plaza rodeada de pequeños edificios completamente caídos, ahí cerca debía de haberse encontrado otra tumba, pero no identificamos dónde. El camino empezaba a bajar y Edgar siguió tratando de llegar al río que da nombre al sitio, aunque más tarde supe que no lo encontró, yo regresé un poco y tomé un camino que vimos porque supuse que sería más corto entrar por ahí al grupo A que volver hasta las camionetas, no me equivocaba.
Templo lateral
Luego de bajar un poco y volver a ascender, me encontré de frente con una enorme mole, se trataba del edificio A3, el más grande e impresionante de Río Azul, y que se convirtió quizá en mi estructura favorita de todas las que he conocido. Se trata de un enorme complejo que tiene un basamento central más o menos equivalente al Templo 5 de Tikal, con más de 30 m de altura. Al frente hay una serie de plataformas hacia los lados que soportan cuatro templos más (dos por lado) que equivalen en tamaño al Templo 2 y hasta al 3 de Tikal. Toda la arquitectura es del Petén tardío y aún conserva en pie mucho de los templos laterales del lado norte y gran parte del templo central; los del lado sur están ya totalmente caídos. Lo primero que vi fue el lado norte, donde podía ver las paredes de los dos edificios laterales entre la maleza y a una gran altura, mis compañeros ya estaban arriba o ascendiendo por aquel lado.
Glifos en la crestería del primer templo hacia el norte
Decidí no subir aún y fui hacia el frente de la estructura, que mira hacia el poniente. Ahí pude ver restos de la gran escalinata que llevaba al templo central, en su parte más baja hubo un recinto pequeño muy parecido al de la estela 2, solo que aquí se encontraba la estela 1, muy temprana y que también mostraba unos enormes glifos bien conservados. Del lado sur hay una escalera de madera que permite subir, por lo que me dirigí ahí, ascendiendo a las plataformas que sostienen los templos laterales, el más sureño no tenía ya más que un montículo en la cima, mientras que el siguiente yendo hacia el centro mostraba apenas algunos vestigios de muro, detrás estaba la escalinata hacia el templo central y una pared con decoraciones geométricas que me recordaron mucho a las que vi en Naranjo, que forman juegos de luz y sombras muy peculiares y que no había visto nunca antes de este viaje. Pude ver que al centro había una colosal trinchera de saqueo que llegaba hasta el nivel de la plaza y cortaba el edificio hasta su centro, dividiendo también la escalinata central. A partir de ahí había una escalera de madera que subía a la cima y a un mirador sobre el templo superior, pero estaba tan podrida que nadie se atrevió a subir por ahí. excepto por una pequeña sección casi hasta arriba.
Vista trasera de la crestería del primer templo lateral
Subí por un espacio bastante empinado a un costado de la escalinata y llegué hasta el templo superior, ahí permanecen en pie las paredes más o menos hasta la mitad de su altura original, por lo que se puede ver que habían tres habitaciones muy estrechas, con muros anchos que debieron sostener una enorme crestería, ya caída en su totalidad. Fui hacia un costado y pude ver que los lados externos del templo están bien conservados, le di toda la vuelta, aunque el paso ahí era peligroso porque solo había un estrecho pasillo entre las paredes y el abismo.
La bajada fue más complicada, pero sin incidentes, una vez en la plataforma intermedia me dirigí al lado sur, donde se encuentra el templo mejor conservado, el más central de los dos del norte. Este tiene al centro la enorme trinchera de saqueo que llegaba hasta el suelo, su habitación delantera ya está caída pero la trasera y la crestería se mantienen casi por completo en pie, es un bello edificio que sin su cuarto frontal se ve sumamente esbelto y vertical, en el costado de la crestería se ve un panel con glifos, uno de ellos el glifo emblema de Río Azul, mientras que en la parte trasera aún hay algunos adornos de estuco.
Interior de la crestería del primer templo lateral
Estuve subiendo y bajando por empinadas laderas con plantas para poder fotografiar el edificio por todos los ángulos posibles, incluso me golpeé la cabeza en un árbol, pero no podía dejar de buscar formas de tomar imágenes que hicieran justicia a lo que estaba viendo frente a mí. Esto me dejó agotado. Incluso subí por el costado más bajo para ver que la crestería es hueca y tiene una bóveda con tres accesos pequeños. Mientras estaba ahí llegó Eduardo y Marcia, el celular de él había fallado y ella le prestó el suyo para grabar su video del sitio, ya días atrás había tenido problemas para cargar, pero ahora la pantalla no respondía. Además, el de Marcia se había quedado sin batería, por lo que me pidió que lo grabara con el mío para incluir algunos clips en su edición. A pesar del cansancio, regresé con él al templo superior y luego volvimos a bajar al lateral. Después él y Marcia descendieron y yo me dirigí al último edificio, el más norteño.
Ese último edificio aún tiene gran parte de su pared trasera en pie, aunque al frente ha caído casi por completo, desde ahí me percaté de que el templo que había visitado antes tenía también un poco de restos de pintura y más adornos en estuco en su lado norte, ya que todo lo demás que había visto estaba en el sur.
Estela 4, no terminada
La mayoría del grupo ya se había ido hacia las camionetas, yo bajé y me encontré nuevamente con Eduardo y Marcia en el frente de la estructura A3, Ernesto, Valeria, Marvin, Leonardo y nuestro guía Miguel aún estaban arriba. Yo me encontraba sumamente cansado y el calor era brutal, por lo que me abrí la camisa y estuve tirado en el suelo hasta que los demás bajaron, me sentía sumamente satisfecho de estar ahí, Río Azul se convirtió de inmediato en uno de mis sitios favoritos. Cuando los demás descendieron nos dirigimos a la salida.
Mientras caminábamos escuchábamos a lo lejos a Thomas, quien gritaba que ya se quería ir, la prisa de mis compañeros me molestó porque normalmente yo voy al frente y siempre los voy esperando, esta vez iba al final y no querían esperarme, además de que ya no quedaba nada más que hacer, excepto regresar a dormir. Eduardo y Miguel me dijeron que ahí cerca estaba otro par de estelas que no había visto, así que fui rápidamente a fotografiarlas, una de ellas era un monumento sumamente tardío que solo fue esgrafiado, sin tallarse nunca, un monumento trazado pero incompleto, algo que nunca habíamos visto.
Templos laterales de la Estructura A3
Fui el primero del grupo final que llegó a las camionetas, Juan estaba reclamando la tardanza y yo que ya estaba molesto por escuchar sus gritos lo encaré, sin embargo la discusión duró poco y en cinco minutos estábamos bromeando nuevamente en la camioneta de Will, ya emprendiendo el regreso con la última luz del día. Por un buen rato fuimos al frente de la caravana a pesar de que era la primera vez que estábamos ahí, pero Will recordaba bien el camino y Julio estuvo revisando la distancia en su celular, aún cuando no tenía marcada la ruta. Los demás creyeron que seguíamos un GPS, cuando todo fue por intuición. Más o menos a medio trayecto vimos un gran animal al centro del camino, lo veíamos desde atrás, por lo que en un principio no distinguimos lo que era, luego giró un poco y dio una vuelta brusca para escapar hacia la selva del lado izquierdo; su trompa no daba lugar a dudas, habíamos visto una enorme danta o tapir. Más adelante pasamos por un área donde el camino tenía grandes surcos y aún tenía un poco de lodo debajo de una costra seca, ahí Will no salió a tiempo y nos atascamos.
De inmediato otra de las camionetas se puso al frente y sacaron un lazo para remolcar, pero no aguantó y se reventó dando un latigazo que por fortuna no golpeó a nadie. Will sacó una cuerda que traía, bastante mas resistente, y sin mucho problema pudieron sacarnos del atasco, tan solo faltaban unos pocos kilómetros para el campamento. Unos cuantos minutos después estábamos de regreso, nos sentamos a cenar y finalmente nos retiramos a dormir después de un largo y sumamente satisfactorio día.
El 25 de marzo despertamos temprano y salimos directo a las camionetas, pensando en desayunar en el camino, ya que nos dirigíamos a los sitios más lejanos de todo el recorrido. La camioneta del frente seguía sin ser arreglada del todo ya que se había agujerado una manguera de combustible, introduciendo aire que debía ser purgado de la línea con cuidado para que pudiera funcionar. Nuevamente me tocó ir en la camioneta de Will, junto con William, Juan y Julio. El camino estaba en condiciones un poco más difíciles que las del día anterior, sin embargo no era nada demasiado complicado, excepto por los árboles caídos que impedían nuestro avance, pero que eran retirados con gran velocidad por los trabajadores que nos acompañaban.
Pasaron un par de horas en las que incluso hubo tramos en que el camino tenía que rodear grandes árboles que representaban un auténtico problema aún con las motosierras, ya que pesaban demasiado como para mover sus pedazos; en algún momento fue más rápido abrir brecha rodeando que retirar un tronco muy grande, aunque todos estos casos eran de tiempo atrás, nosotros no tuvimos que hacer eso.
Pasajes internos en la estructura 38
Luego de un buen rato, nos encontramos con la entrada de Kinal, sitio junto al camino por el que íbamos. Bajamos de las camionetas y entramos por una gran calzada que corría paralela al borde de una gran Acrópolis que aún tenía muros de gran tamaño en su borde; esto parece ser parte de una serie de elementos defensivos. Rodeamos toda esta mole y llegamos a una plaza que estaba en un nivel más bajo de terreno y contaba con montículos más o menos grandes. Mientras todos veían unos muros que aún estaban en pie en este conjunto, Miguel me indicó que más adelante, rodeando por completo la Acrópolis, estaba un saqueo con un mascarón, así que me adelanté para buscarlo con algunos de mis compañeros.
Estuvimos viendo los grandes muros que también aparecieron del otro lado de la Acrópolis, pero no encontrábamos nada que pareciera tener un mascarón. Llegamos hasta una gran subida, donde únicamente yo me animé a subir, diciéndole a los demás que me esperaran abajo. Llegué a la parte alta de la gran Acrópolis, encontrándome con numerosos montículos bajos y algunos restos de muro. Luego de pasar una pequeña plaza, pude ver la entrada a un pasaje interno y aunque dudé un poco en entrar, al final me arrastré con el pecho pegado a la tierra para pasar por la puerta casi enterrada. Adentro había varias cámaras y otra entrada.
Mascarón en subestructura
Era un edificio muy interesante que me llamó mucho la atención, pero ahí no se encontraba el mascarón, por lo que salí y seguí de largo aunque terminé regresando donde estaban las camionetas luego de bajar de la Acrópolis, regresé rodeando por el lado en el que había dejado a mis compañeros, aunque ya no los encontré en el mismo lugar. Caminé regresando por donde habíamos pasado y los encontré en una gran plaza, haciendo cola en un montículo bastante alto que en su parte media tenía un pequeño agujero de saqueo. Ahí le dije a algunos que había localizado algunos pasajes internos, pero no sabía si era buena idea llevar a todo el grupo por lo difícil del ascenso hacia la Acrópolis. Eduardo estaba buscando un recinto abovedado en la estructura 38 que tenía un antiguo grafiti con carácter homosexual y me mostró algunas fotografías que correspondían con lo que yo acababa de ver, por lo que de inmediato quiso ir a ver.
Arco en la estructura 38
Yo lo hice esperar un poco porque quedé bastante atrás en la cola que iba a ver el interior de ese hueco de saqueo, por lo que tuve que esperar un rato para entrar. Finalmente pude pasar y casi de inmediato, a mi izquierda, me encontré con un mascarón algo reducido, hecho con estuco muy blanco, y que muestra un personaje con tocado y pectoral, con un rostro bastante raro, por lo que parece que se hizo sin una técnica artística refinada.
Una vez que salí, volví a dirigirme a la Acrópolis con Eduardo y algunos de los demás compañeros, llegando nuevamente a la estructura con pasajes internos, que ya sin duda identificamos como la número 38, ya que vimos un arco maya que aparecía en las fotografías. Estuvimos buscando en las paredes el grafiti antiguo, pero no pudimos encontrarlo, yo salí a buscar en el montículo y pude encontrar varios accesos a otras cámaras bajo el nivel del suelo. Algunas de ellas debieron conectarse con las primeras y otras estaban quizá en otros pisos de la estructura. Me pareció que se trataba de un laberinto, tal como los que hay en Oxkintok, Toniná, Yaxchilán y Nueva Jerusalén, pero por su estado es difícil tener una idea de su distribución. En algunas de esas entradas casi me colgué de cabeza buscando paredes con estuco, pero era imposible entrar por lo estrecho o por la falta de puntos de apoyo, por lo que solo pude ver desde afuera.
Ahí terminamos nuestro recorrido y regresamos a las camionetas, donde nos esperaban con el desayuno, estábamos por salir hacia uno de los sitios más grandes e impresionantes de todo el viaje.
En aproximadamente una hora después de dejar el campamento de La Lagunita llegamos al sitio arqueológico de La Honradez, el primero de los sitios por los que se organizó este gran recorrido. Desde un inicio nos dimos una idea de la magnitud y la belleza de estos lugares en el noreste del Petén guatemalteco. Estacionaron las camionetas directamente junto a un edificio llamado el "Templo del Rey Jaguar", el cual parecía ser un gran basamento muy vertical en estilo Petén del Clásico Tardío, aunque los saqueos habían dejado al descubierto secciones de arquitectura que eran difíciles de comprender. Todos mis compañeros se quedaron ahí mientras que yo me adelanté un poco para evitar la cola que se había formado. A los pocos metros me encontré con uno de los edificios que más tenía ganas de conocer en todo el recorrido: El complejo triádico o edificio de las tres torres de La Honradez.
Interior de la habitación trasera
Me encontré con un basamento completamente cubierto de escombro y maleza, con una escalera de madera para ascender, en la parte alta pude ver claramente las tres "torres", aunque un vistazo más cercano me hizo entender que en realidad se trataba solamente de las cresterías de los tres templos que coronaban el edificio, los cuales estaban comunicados por una habitación central que ya había caído y que era donde yo estaba parado. En la parte baja del edificio central, cubierta parcialmente de vegetación, se encuentra una entrada que era en realidad el paso de la habitación derrumbada a una trasera, ahí se conservaba el dintel original de madera, apuntalado para que no se cayera. Entré y pude ver que la bóveda que cubría este cuarto era enorme, ya que abarcaba también toda la crestería, solo unas tapas separaban el espacio inferior del superior, pero estaban caídas en su mayoría.
El templo de la derecha ya tenía gran parte de la crestería caída y dejaba ver un hueco muy profundo que era un pequeño recinto y la parte que seguía en pie de dicha crestería. Ahora era peligroso acercarse, ya que la profundidad superaba los 3 m.
Templo lateral del complejo triádico
En el lado izquierdo, el pequeño templo lateral se encontraba prácticamente completo aunque en el centro del edificio se encontraba enterrado parcialmente por el escombro de la habitación central caída. Decidí bajar porque era muy difícil intentar ver las fachadas externas de los templos, las cuales se podían apreciar desde abajo del edificio. Uno de los guías me dijo que se podía llegar al templo lateral completo rodeando por un montículo que se juntaba con el templo triádico. Me ayudó a abrirme paso con su machete y me encontré con la pintoresca y espectacular fachada con una entrada que daba acceso al templito por ese lado.
Claramente se observa la fachada con el acceso formando una saliente, una moldura sencilla e inclinada y la alta y esbelta crestería, también con una saliente que sigue la silueta de la fachada, en el lado izquierdo se ve el edificio central con su crestería y su moldura muy similares, aunque de mayor tamaño. Estos edificios parecían versiones en miniatura de los templos de Tikal.
Crestería de una subestructura en el Templo del Rey Jaguar
Bajé entre la maleza para ver el ángulo trasero del edificio entre la selva y di un rodeo completo para apreciarlo. Busqué a Will y le pedí las llaves de su camioneta para volver por el dron y lo estuve volando un rato para tratar de hacer tomas de vídeo del edificio triádico. Me costó mucho trabajo ubicarlo entre la vegetación, pero pude hacer que se vieran las cresterías. Nuevamente fui corriendo a la camioneta a guardar al pequeño jaguacóptero-01 y aproveché para subir al Templo del Rey Jaguar, ahora que los demás ya habían avanzado al edificio triádico.
La subida a ese edificio era bastante empinada, con tierra suelta y un árbol caído que había que esquivar. Una vez arriba, en un hueco de saqueo pude apreciar un mascarón algo extraño en un gran muro, no pude identificar qué parte de la arquitectura de una subestructura era, más tarde Eduardo me aclaró que se trataba de una crestería, al igual que las más pequeñas del conjunto triádico tenía una saliente al centro, por lo que puedo imaginarme que todas estas construcciones debieron tener decoraciones similares.
Estela 6
Para entonces yo ya iba muy atrás del grupo, por lo que tuve que ir investigando poco a poco lo que ellos habían recorrido, de esa manera vi en algunos pozos de saqueo un muro con una franja de pintura roja sobre estuco en muy buen estado y un par de estelas con grabados bien conservados. Al final entré a una tumba que fue partida por completo por saqueadores, pero que aún tenía en su interior algunos fragmentos de huesos, pude identificar un húmero y algunas costillas.
Fui el último en llegar a las camionetas, pero me dio tiempo para recorrer todo lo que los demás habían visto. Las idas y vueltas para volar el dron me dejaron muy cansado, pero el recorrido fue sumamente interesante y satisfactorio. Volvimos a subir a las camionetas y regresamos al campamento de La Lagunita para montar nuestras tiendas de campaña y cenar. El primer día de recorrido había cerrado fuerte.