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sábado, 8 de febrero de 2020

Práctica de campo en Tlayacapan. Pt. 4 y final. San José de los Laureles, Xapela y El Sombrerito

Cartucho glífico con un templo piramidal muy borrado
La semana final de la práctica de campo decidimos ir a buscar por nuestra cuenta unas pinturas rupestres de las que habíamos oído hablar varias veces y que se encuentran en el cercano sitio de San José de los Laureles. 

En dicha ocasión únicamente fuimos el equipo encargado de la nopalera y el monte (Fabiola, Yaelin, Fernando, Andreas y yo). Nos levantamos temprano para ir a tomar una combi que nos llevara al centro del pueblito. El lugar está en un terreno más elevado que Tlayacapan y desde ahí podíamos ver bastante bien los cerros que habíamos recorrido anteriormente y otros que se encuentran en las cercanías. Lo primero que hicimos fue buscar a alguien que nos diera indicaciones; luego de ello recorrimos una de las calles principales hasta llegar al campo, de ahí el camino serpenteaba un poco entre zonas de cultivo de nopal. No tuvimos mucho problema en encontrar el sendero que llevaba al sitio rupestre ya que encontramos algunas personas trabajando cerca de ahí.
El sitio blanco de San José de los Laureles

Tomamos un caminito muy pintoresco que cruzaba arroyos y pasaba junto a pequeñas barrancas llenas de vegetación; luego de un rato sospechamos que algo andaba mal puesto que no encontrábamos el sitio y nos habían dicho que se ubicaba bastante cerca, por fortuna nos encontramos con alguien que estaba arando una pequeña parcela y nos dijo que debíamos haber cambiado de sendero bastantes metros más atrás.

Regresamos y luego de desviarnos dimos con un puente bastante maltrecho que se veía peligroso pero aún así lo pasamos, más adelante llegamos a unas paredes de roca con una escalera hecha con ángulos de varilla empotrados, un poco más allá nos encontramos con el primer panel de pinturas, las cuales eran rojas y representaban personajes y cartuchos glíficos, uno de ellos tiene la representación de un templo en su parte central pero está muy dañado.
Exconvento de Oaxtepec

Estuvimos buscando un buen rato el llamado "sitio blanco", con las mayores pinturas del lugar, Fernando subió bastante en el cerro donde nos encontrábamos pero luego nos dimos cuenta que lo que queríamos ver estaba un poco más abajo. Ahí vimos un abrigo rocoso que contenía una gran cantidad de pinturas en blanco y algunos otros colores; lo más llamativo era una gran espiral, rostros, venados y círculos. Había muchos restos de rituales actuales llevados a cabo ahí y estuvimos documentando el lugar por un buen rato. Regresamos por el mismo camino y alcanzamos a llegar a Tlayacapan justo a tiempo para comer con el resto de los compañeros.

Unos días después llevaron a todos los que queríamos tomar la especialidad de arqueología a realizar recolección de material en superficie en un pequeño sitio en Oaxtepec. Primero paramos en el exconvento del poblado y de ahí llegamos un terreno baldío donde se encontró alguna vez la casa de la cacica local, que vivió ahí justo después de la conquista.
Basamento en Xapela

El sitio es conocido como Xapela y no se encontraba registrado; estaba en gran peligro por la construcción de casas que ya habían arrasado gran parte del lugar. 

Recorrimos los restos de la casa colonial y nos dividieron para recoger cerámica en el terreno. En el lado que me tocó había un montículo que sobresalía; los arqueólogos encargados creían que se trataba de una pequeña capilla caída pero luego de inspeccionarlo y de mapearlo encontramos el borde de una escalinata. Por las características y la orientación del edificio se llegó a la conclusión de que debió tratarse de un templo prehispánico sobre el cual se construyó la edificación colonial, además de ello toda la cerámica que encontramos era anterior a la llegada de los españoles, lo que recorría hacia atrás el periodo de ocupación del sitio.
Vista desde el Sombrerito

En los últimos días de práctica Andreas estuvo insistiendo en que subiéramos al cerro del Sombrerito, como ya no teníamos muchas ganas de ir se fue solo y lo que nos contó nos animó a acompañarlo. 

Este último recorrido lo realizamos Fabiola, Romina, Elizabeth, Fernando, Andreas, mi tocayo Mario y yo. Subimos por la tarde al cerro de la ventanilla y desde ahí llegamos luego de una subida algo empinada a la base de la formación que da nombre al cerro, la cual parece un sombrero de copa. Por la parte sur encontramos una escalera de metal que llegaba a la cima, pero estaba sumamente floja y se sentía bastante peligrosa. Pese a ello, y a que en la cima había un ave muerta que olía horrible, estuvimos un buen rato arriba con una de las mejores vistas de la zona. Solamente empezamos el descenso cuando el atardecer ya pintaba todo el paisaje de rojo y comenzaba a menguar la luz del día.
En la cima del cerro del sombrerito

La segunda mitad del camino de regreso fue un tanto difícil porque ya estaba bastante oscuro, incluso nos detuvimos en la ventanilla y dirigimos las lámparas que teníamos hacia el campamento y nuestros compañeros nos contestaron haciendo lo mismo desde el techo.

Así finaliza mi relato acerca de los recorridos que efectuamos en el monte y los sitios arqueológicos cercanos a Tlayacapan aunque también realizamos trabajo de campo, entrevistas, mapeo y caminatas; jugamos futbol varios días y un poco de basquetbol (en las canchas encontramos restos de navajillas de obsidiana). 

Cuando regresamos tuvimos que caminar varias cuadras para subir al autobús porque era muy difícil que volviera a entrar a las pequeñas calles del pueblo y llegamos a la ciudad a la hora de comer. 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan, pt. 3. El monte al sur del poblado

Cima de "La encumbre"
En las últimas dos semanas de la práctica de campo salimos varias veces a caminar y a subir a los montes al sur del poblado; también estuvimos jugando futbol varias tardes y donde se encontraban las canchas pudimos encontrar numerosos restos de obsidiana y algunos fragmentos de navajillas. 

Un día después de regresar de comer, Andreas me dijo que quería subir al cerro de "la ventanilla", el cual estaba muy cerca de la casa donde nos quedábamos. Algunos del grupo nos animamos a ir y justo antes del anochecer ascendimos por un camino que llegaba a un tanque de agua a la altura de medio cerro; nos topamos con una ladera recién quemada y mucho lodo por lo que fue bastante difícil pasar y la mayoría terminamos sumamente sucios y con la ropa manchada de carbón. Un poco más arriba llegamos a una saliente que no era la cima pero que estaba coronada por una cruz y tenía una gran vista hacia Tlayacapan. Estuvimos ahí hasta que la noche ya había caído e hicimos señales a nuestros compañeros del campamento con las luces que teníamos entre lámparas y celulares, ellos nos respondieron y pudimos verlos sin problema.
Pequeño montículo en la cima de "La encumbre"

Poco después, de nuevo Andreas junto con Fernando me sugirieron intentar llegar hasta el Huixtlaltzin, un gran cerro frente al Tlatoani. Invitamos a varios compañeros pero nadie quiso unirse a ese recorrido. Nos fijamos una mañana para subir y nos levantamos bastante temprano; no salimos de inmediato pues el clima era pésimo: había neblina y llovía intermitentemente. Pasamos un buen rato dudando si era mejor posponer nuestro propósito pero al final decidimos hacer el recorrido de todos modos ya que comenzó a despejarse un poco.

Decidimos recorrer las cumbres de los cerros que formaban una cadena desde La Ventanilla hasta el Huixtlaltzin, pasando por El Sombrerito y La Encumbre. Así comenzamos subiendo nuevamente al primer cerro pero en lugar de detenernos en la cruz donde habíamos llegado anteriormente, tomamos un camino que seguía bordeando el cerro y luego subía a la parte más alta. 
Vista desde la Encumbre

Solamente por unos instantes las nubes nos permitieron ver Tlayacapan pero luego la neblina comenzó a cerrarse nuevamente, avanzar en la subida era un poco complicado por la gran humedad que hacía todo más resbaloso. Por todo el sendero había bastantes milpies de buen tamaño que al parecer salen cuando llueve.

Llegamos hasta una gran pared de piedra donde el camino se bifurcaba, seguimos hacia el poniente para no desviarnos de nuestro rumbo y gracias a la poca visibilidad nunca nos dimos cuenta que acabábamos de pasar junto al cerro del sombrerito, llegando a la siguiente elevación llamada "la encumbre", pero nosotros creíamos que aún no llegábamos a ese último cerro.

La parte alta era bastante plana, con una leve inclinación hacia ambos lados de la cima. Al aproximarnos a la zona más alta comencé a notar la presencia de terrazas muy destruidas y cubiertas de pastos y hierbas. En un punto nos encontramos con una plataforma cuadrada con dos cuerpos que incluso mostraba parte de una escalinata de acceso. Se trataba de un pequeño sitio que no figuraba en los que conocíamos por boca de los arqueólogos de la zona.
Terraza en el Huixtlaltzin

A unos metros de la plataforma encontramos una cruz de metal pero no pudimos ver nada hacia el pueblo por la bruma. Escuchábamos voces de jóvenes más abajo pero no podíamos ver de dónde provenían. 

Más adelante nos encontramos con una gran bajada y comenzó a despejarse, por lo que pudimos darnos cuenta de que el camino llegaba a un paso bajo y luego ascendía de nueva cuenta, casi sin ninguna duda el cerro que seguía era el Huixtlaltzin, el cual era nuestra meta y que tiene restos prehispánicos ya explorados en su cima.

En el paso bajo al que llegamos nos encontramos con varios jóvenes que pasaban ahí el rato, luego de platicar con ellos nos indicaron por dónde subir al Huixtlaltzin y supimos que ellos formaban parte de varios proyectos colectivos además de tocar música juntos. Al final les pedimos sus datos y días más tarde los invitamos a participar como un grupo focal en nuestro proyecto de la práctica.
El Tlatoani y el Zihuapapalotzin desde el Huixtlaltzin

El último ascenso también fue algo complicado porque había que rodear riscos muy escarpados pero al poco tiempo alcanzamos la cima. La bruma se había disipado lo suficiente como para poder apreciar la belleza del lugar. Ahí podía verse el cerro del Tlatoani con el Zihuapapalotzin detrás, además de la barranca de Tepecapa, por donde habíamos pasado tiempo antes para llegar a la cueva del gallo.

Nos encontramos con varias terrazas y restos de pequeñas plataformas pero todo muy destruido y poco visible, aún menos que la estructura de la encumbre. Ahí pudimos identificar un lugar desde el cual los españoles intentaron tirar con arcabuses hacia la cima del Tlatoani cuando los habitantes locales se atrincheraron en dicho sitio de forma que fue imposible para los conquistadores ascender, decidiendo intentar el ataque desde el cerro cercano, en el que nos encontrábamos.

Bajamos por el mismo camino que tomamos para subir, puesto que el resto de caras del cerro eran riscos verticales imposibles de pasar. Luego de algunos minutos llegamos hasta el camino que seguimos varias veces antes para llegar a las nopaleras y a la base del cerro del Tlatoani. Desde ahí llegamos justo a tiempo para ir a comer y descansar. Se trató del recorrido más largo que hicimos en toda nuestra estancia y el que tuvo las vistas más hermosas de toda la práctica.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan, pt. 2. Cueva del Gallo, Morelos

Camino a la cueva del Gallo
Una semana estuvimos insistiendo a nuestro profesor y al arqueólogo Jorge Linares para que nos llevaran a más vestigios arqueológicos, finalmente accedieron a realizar un nuevo recorrido hacia la Cueva del Gallo. Esta vez no iría el grupo completo sino únicamente los que quisieran hacerlo, así nuestro grupo se redujo a 10. El profesor Fabio nos llevó en su camioneta hasta la entrada en la parte baja del cerro del Tlatoani, sin embargo no cabíamos todos en el vehículo, por lo que Gustavo y yo tuvimos que subirnos cada uno en un costado y agarrarnos de un pasamanos sobre el toldo.

El inicio del ascenso fue exactamente igual que en el recorrido anterior, la única diferencia fue un perro que nos estuvo siguiendo todo el tiempo. Al llegar a un espacio que por un lado lleva a la cima y por el otro conduce a la ladera contraria, tomamos el segundo y comenzamos a bajar por un largo rato, el camino era un poco resbaloso y en partes muy empinado, sin embargo no tuvimos problemas para pasar.
El grupo en la barranca de Tepecapa

Finalmente llegamos a una gran cañada y Jorge nos dijo que estábamos en la barranca de Tepecapa, ahí podíamos escuchar que corría un hilo de agua y luego de cambiar de dirección y seguir el descenso nos encontramos con un riachuelo de agua transparente.

Un poco más abajo cruzamos el pequeño cauce y luego de subir un poco por la ladera contraria vimos una grieta sobre una gran roca, de la fisura surgía agua cristalina que podía beberse directamente, algunos subimos a la piedra para ver más de cerca pero la mayoría se quedaron en la parte baja donde el agua formaba una pequeña poza que luego escurría para unirse al riachuelo que corría más abajo. Ahí permanecimos por algún rato y rellenamos nuestras botellas de líquido, ya que habíamos traído poco peso sabiendo que haríamos una parada ahí.
Cueva del Gallo

Regresamos hasta el punto donde habíamos cambiado de dirección y seguimos de largo hacia el lado contrario al que tomamos antes, más arriba se notaba que el pequeño riachuelo solía crecer bastante pues el cauce de la barranca era mucho más ancho y tenía numerosas caídas que durante una lluvia torrencial seguramente formaban cascadas con 2 o 3 metros de altura.

Muchas veces nos costó mucho trabajo subir por entre las rocas de estas caídas, íbamos zigzagueando entre las paredes de los lados hasta llegar a un punto donde el sendero se metía entre mucha vegetación, lo cual me recordó bastante a la selva. Más adelante había una poza de agua estancada que apestaba y tenía un color nauseabundo, era un gran contraste con el agua limpia que fluía más abajo, filtrada a su paso por las grandes rocas.
Croquis de la cueva del Gallo

Luego de pasar por ahí, subimos por una de las laderas en un camino sinuoso y muy empinado, después de algunos minutos Jorge me señaló una mancha blanca sobre la pared de piedra, se trataba de una luna menguante dibujada directamente sobre la pared, por su orientación y con mucha imaginación podía dar la impresión de tratarse de un gallo y le da nombre al lugar.

La Cueva del gallo es un abrigo rocoso no muy profundo rodeado de acantilados verticales impracticables, su parte más profunda está delimitada por un tecorral de piedras que al parecer son diferentes a las del cerro, por lo que fueron subidas hasta ahí por los antiguos habitantes de los alrededores ya que no parece que alguien viviera ahí permanentemente. A lo largo y ancho de la pared del fondo, sobre el abrigo y a los lados se ven numerosos trazos blancos que no han sido estudiados a fondo pero que se cree por el estilo que pertenecen al periodo posclásico.
Figura de luna interpretada como un gallo que da nombre al sitio

El sitio resulta de sumo interés debido a la abundancia de figuras animales entre las que destaca una serie de cuadrúpedos como posibles perros y tlacuaches; así como un mono que danza, éste último animal nos resultó intrigante pues entre nuestros colaboradores recopilamos una serie de rumores e historias sobre la existencia de primates en el corredor natural, a pesar de que no se considera su existencia por creerlos extintos de la región.

Las pinturas de la cueva del gallo en general miden entre 5 y 60 cm aproximadamente. mientras estuvimos ahí estuve registrando todas las figuras que pude en fotografía y en unos dibujos muy esquemáticos, también realicé un pequeño croquis muy básico de la distribución de las pinturas; el tiempo fue algo limitado así que el trabajo no fue el mejor, además de que mis habilidades como dibujante son bastante deficientes.
Cuadrúpedo

Emprendimos el regreso, el cual fue por el mismo camino en el que habíamos llegado, la diferencia con el recorrido al cerro del Tlatoani fue muy notable: el descenso fue rápido y poco accidentado, excepto por algunos tropezones menores. Luego ascendimos por la primera bajada que habíamos recorrido, ahí fue mucho más exigente la caminata aunque nadie se quedó demasiado atrás. Los que estábamos más adelante prácticamente íbamos compitiendo para ser los primeros en llegar arriba pero el ritmo fue tan fuerte que tuve que parar a descansar un poco mientras que mis compañeros de equipo Andreas y Fernando lograron llegar en un solo esfuerzo (a mi favor diré que mi edad es mayor que la de los demás prácticamente por una década). Así regresamos hasta la camioneta en mucho mejores condiciones y con un tiempo mucho menor que el previsto, la diferencia con el primer recorrido de la práctica fue muy marcada. Llegamos justo a tiempo para comer y regresar a descansar por la tarde.

martes, 1 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan pt. 1. Cerro del Tlatoani, Morelos

Parroquia de Nuestra Señora del Tránsito y jagüey
Este diario de viaje será diferente a los demás porque no fue un recorrido como los que acostumbro hacer por mi cuenta sino que se trató de una práctica de campo, la primera que me toca realizar en la carrera de Antropología en la UNAM. Fueron 15 días en Tlayacapan, Morelos, donde realizamos trabajo etnográfico relacionado a la percepción de la fauna en el lugar; en mi caso me tocó buscar en el monte y área de cultivo, por lo que junto a mi equipo, formado también por Fabiola, Yaelín, Fernando y Andreas, realizamos algunas entrevistas con habitantes locales y recorrimos la sierra que rodea el poblado, visitando varios sitios arqueológicos. Como mi temática son estos últimos, aquí únicamente relataré los recorridos que hicimos ya que el trabajo etnográfico quedó registrado en un informe final que es harina de otro costal.

La práctica comenzó el 27 de mayo de 2019 y nos instalamos en una casa al sur del pueblo, era un lugar bastante cómodo sobre todo para los hombres, ya que eramos solamente 8 en una gran habitación, las mujeres eran casi 20 en un lugar más pequeño pero no quisieron intercambiar porque su cuarto tenía baño y el nuestro no. Además había una terraza sobre el cuarto de ellas y un jardín.
Único paso entre las rocas

Al día siguiente fue nuestro primer recorrido, el único que realizó el grupo completo por el monte. El destino era la zona arqueológica del Cerro del Tlatoani, yo ya lo conocía pero igualmente tenía muchas ganas de regresar por la gran belleza del sitio. El arqueólogo Jorge Linares fue nuestro guía al igual que la primera vez que estuve ahí.

Salimos un poco tarde y caminamos por las calles de Tlayacapan, así pasamos frente a la parroquia de Nuestra Señora del Tránsito que forma una bonita postal por la presencia de un jagüey a un costado de ella. Íbamos bastante lento y me fue un poco difícil adoptar ese paso, me sorprendió que muchos no quisieran caminar ni subir al cerro, eso era algo que no me esperaba en una práctica de campo puesto que no había pasado ni siquiera años antes con un grupo de turistas. No fue el mejor de los recorridos pero sabía que valdría la pena para tomar mejores fotografías que las que tenía.
Vista desde lo alto del cerro del Tlatoani

Llegamos hasta la entrada que el comisariado ejidal tiene en la parte baja del cerro, ahí nos tocó hacer tequio cargando bolsas de material para restauración. Yo pedí una un poco más grande que las que les dieron a la mayoría por sentirme con buena condición pero luego lo sufrí un poco porque no cabía en mi pequeña mochila y se rompió varias veces, por lo que tuve que hacer malabares para no tirar todo el material.

El camino de ascenso no es muy largo pero es estrecho y sinuoso, en algunas partes incluso pasa entre grietas de las piedras y por un pasaje cerrado que era el único acceso a la cima. Por ello este sitio sirvió como fortaleza durante la etapa de conquista de la región. Díaz del Castillo describe una batalla acontecida ahí en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España: "Llegamos a un llano adonde había unas fuentes de muy poca agua, en una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar [...] Cortés nos mandó que les fuésemos entrando y subiendo [...] y como encomenzamos a subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tanta de piedras muy grandes y peñascos, que fue cosa espantosa cómo se venían despeñando y saltando, que fue milagro que no nos matasen a todos [...] y se acordó que para otro día que desde otro peñol que estaba cerca del grande fuesen todos los ballesteros y escopeteros y que subiesen en el que había subida, aunque no buena, para que desde aquél alcanzarían las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte, y podríanle combatir [...] y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de ser dar de paz, y fue por causa que no tenían agua ninguna, questaba mucha gente arriba en el peñol".
Terrazas superiores del cerro del Tlatoani

Justo antes de llegar a la parte alta pasamos sobre unas grietas muy profundas, ahí Fabiola entró en pánico, algo que después pareció un poco extraño ya que estuvo en mi equipo y recorrimos muchos lugares altos.

Así, después de varias horas alcanzamos la base de las terrazas, las cuales constituyen la parte baja del sitio arqueológico; ahí Jorge nos explicó como habían encontrado algunos entierros y un poco del proceso de excavación y restauración del lugar. Además durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 hubo daños en algunas partes y tuvieron que ser reparadas, aunque algunas aún estaban sueltas.

Seguimos subiendo hasta alcanzar la cima, ahí vimos una gran escalinata monumental que en mi primer visita estaba siendo trabajada por lo que era la primera vez que la podía ver, tuve que esperar a que todo el grupo se moviera para fotografiarla pero valió la pena.
Escalinata monumental de acceso al templo superior

Vimos también el pequeño conjunto superior con edificios de estilo teotihuacano, la vista fue mucho más extensa que en mi primer ascenso pues en aquella ocasión había mucha neblina.

Así completamos el recorrido y comenzamos a descender, yo iba hasta atrás para seguir tomando fotos y por momentos me adelantaba hasta el frente del grupo para volver a pasar hacia la retaguardia. Así estuve hasta que llegamos abajo y regresamos por el mismo camino a Tlayacapan.

Cruzamos todo el poblado, muchos del grupo estaban bastante cansados y nos dispersamos bastante, así llegamos hasta la casa donde nos darían de comer todos los días de nuestra estancia, los platillos eran de buen tamaño y sazón, pero a algunos no les gustaba o no acostumbraban comer algo y muchas veces me tocó repetir comiéndome parte de lo que le tocaba a algún(a) compañero(a). 
Templo superior

Regresamos al "campamento base" y ya no hicimos nada ese día. Luego de eso comenzó el trabajo etnográfico, recorrimos todo el poblado y registramos una buena parte de sus capillas coloniales, fuimos al archivo municipal y a los campos nopaleros. Al principio me pareció que muchos de mis compañeros se quejaban demasiado a pesar de que para mí nos encontrábamos demasiado cómodos, algunos de ellos tuvieron dificultades con sus temas de trabajo, el profesor estuvo ausente casi siempre... así una parte de la primera semana fue un tanto incómoda para mí, incluso alguna vez discutí con compañeros por su abierta molestia y por las complicaciones para ponernos de acuerdo sobre el aseo del lugar pero una vez superados en parte esos temas también comprendí que tenían razón en quejarse sobre la rigidez de la investigación y las complicaciones que algunos tenían para realizar el trabajo pues, o no los dejaban por no tener la carta de presentación a tiempo o no encontraban datos... Así pasados unos días la convivencia se hizo más amena y la práctica comenzó a ser agradable.