El sábado 6 de julio me encontré con mi amigo Wilberth, quien me presentó a su hermano Iván; habíamos planeado hacer algunos recorridos los fines de semana durante mi estancia en Campeche y comenzamos por el norte del estado. En ésta ocasión Fernando se había ido a Yucatán por lo que no nos acompañó.
Salimos por la mañana en el auto de Wilberth y nos dirigimos primero a Hecelchakán, donde desayunamos unos tacos de la famosa cochinita que se vende en el centro del poblado. Desde ahí tomamos la carretera a Bolonchén y luego nos desviamos por un camino rural en la búsqueda de Xcalachetzimin, un enigmático sitio que según mis datos debía contener algo de arquitectura en pie y cuyo nombre significa "corral de madera para caballos", probablemente porque así se llama el pequeño valle adyacente al cerro en el que se encuentran los vestigios prehispánicos. Yo tenía unas coordenadas que mostraron ser imprecisas ya que fueron tomadas hace varios años, cuando los gps no eran muy exactos.
Montículos en el cerro grande
Llegamos hasta la base de unos cerros contiguos, el primero de ellos era muy pequeño pero Iván y Wilberth señalaron que arriba parecía haber piedras de estructura, yo no creía que en esa elevación tan pequeña estuviera el sitio ya que detrás había un cerro más grande que parecía más prometedor, además las coordenadas parecían apuntar a ese segundo accidente geográfico. Pasamos por el camino rodeando el primer cerro pequeño y dejamos el auto junto a un campo de cultivo al pie del cerro grande.
Emprendimos una subida que fue un tanto difícil por la maleza crecida, pero teníamos machetes y estábamos decididos a encontrar el sitio, de entre mis amigos exploradores únicamente Stephan había estado ahí. Subimos por un buen rato y por momentos parecía que estábamos en el camino correcto porque aparecían algunos montículos pequeños y terrazas muy destruidas.
Estructura principal de Xcalachetzimin
La cima era muy larga y aplanada, avanzamos bastante por ahí, nos atoramos en lugares terriblemente enmontados, encontramos montículos destruidos, batallamos con el gps de los celulares de Wilberth e Iván y cambiamos de dirección en múltiples ocasiones, pero únicamente nos encontramos con una plaza rodeada de estructuras más grandes pero completamente destruidas, solo pudimos ver un dintel colapsado y algunas piedras alineadas.
Comenzamos a bajar por otro camino tratando de abarcar la mayor área posible (aunque "camino" únicamente es un decir, pues íbamos abriéndonos paso a machetazos). Nuevamente vimos algunos montículos y terrazas pero nada digno de mención. Parecía que nuestra búsqueda era un fracaso luego de un par de horas agotadoras subiendo y bajando por las laderas de ese cerro grande; decidimos regresar al auto y seguir nuestro camino.
Estructura principal de Xcalachetzimin
A penas habíamos avanzado unos metros rodeando el cerro pequeño cuando Wilberth e Iván vieron una estructura en su cima; al llegar no alzamos la vista en ese punto, únicamente haciendo eso nos habríamos ahorrado toda esa caminata y pérdida de tiempo innecesaria pero yo estaba convencido de que el cerro grande debía ser el lugar correcto, claramente estaba equivocado.
Dejamos el carro estacionado a un lado del camino y subimos. Ahí arriba vimos un edificio muy peculiar porque al inspeccionarlo de cerca pudimos ver que tenía 5 o más habitaciones alineadas una tras otra pero no divididas entre sí por sus lados más cortos como casi siempre ocurre, éstas se juntaban en sus lados largos; por lo general en edificios con crujías paralelas como estas únicamente hay dos o tres, nunca 5. Por desgracia la estructura estaba al borde de la ladera y gran parte había colapsado y rodado hacia el valle, solo quedaba la mitad más cercana a la cima y mostraba todas las bóvedas de los medios cuartos que sobrevivían, dentro de los cuales habían muchas avispas. En una de las habitaciones pudimos ver una franja de pintura azul maya con crema.
Estructura superior de Xcalachetzimin
Subiendo un poco más encontramos varias sartenejas tiradas y luego una estructura con habitaciones parcialmente en pie pero mucho más dañada que la anterior. Ya en el otro lado de la cima, que bajaba para unirse al cerro grande, vimos los restos de otro edificio con solamente un fragmento de bóveda pero que conservaba la esquina trasera y mostraba claramente su estilo puuc temprano, bastante antiguo en comparación con otros sitios de la región.
No encontramos nada más en pie pero desde luego que lo que vimos ya valía el esfuerzo que habíamos realizado buscando el sitio. Así regresamos con mucho mejor ánimo al auto y nos dirigimos a buscar un sitio que no había encontrado en mi primer intento medio año antes.
Este diario de viaje será diferente a los demás porque no fue un recorrido como los que acostumbro hacer por mi cuenta sino que se trató de una práctica de campo, la primera que me toca realizar en la carrera de Antropología en la UNAM. Fueron 15 días en Tlayacapan, Morelos, donde realizamos trabajo etnográfico relacionado a la percepción de la fauna en el lugar; en mi caso me tocó buscar en el monte y área de cultivo, por lo que junto a mi equipo, formado también por Fabiola, Yaelín, Fernando y Andreas, realizamos algunas entrevistas con habitantes locales y recorrimos la sierra que rodea el poblado, visitando varios sitios arqueológicos. Como mi temática son estos últimos, aquí únicamente relataré los recorridos que hicimos ya que el trabajo etnográfico quedó registrado en un informe final que es harina de otro costal.
La práctica comenzó el 27 de mayo de 2019 y nos instalamos en una casa al sur del pueblo, era un lugar bastante cómodo sobre todo para los hombres, ya que eramos solamente 8 en una gran habitación, las mujeres eran casi 20 en un lugar más pequeño pero no quisieron intercambiar porque su cuarto tenía baño y el nuestro no. Además había una terraza sobre el cuarto de ellas y un jardín.
Único paso entre las rocas
Al día siguiente fue nuestro primer recorrido, el único que realizó el grupo completo por el monte. El destino era la zona arqueológica del Cerro del Tlatoani, yo ya lo conocía pero igualmente tenía muchas ganas de regresar por la gran belleza del sitio. El arqueólogo Jorge Linares fue nuestro guía al igual que la primera vez que estuve ahí.
Salimos un poco tarde y caminamos por las calles de Tlayacapan, así pasamos frente a la parroquia de Nuestra Señora del Tránsito que forma una bonita postal por la presencia de un jagüey a un costado de ella. Íbamos bastante lento y me fue un poco difícil adoptar ese paso, me sorprendió que muchos no quisieran caminar ni subir al cerro, eso era algo que no me esperaba en una práctica de campo puesto que no había pasado ni siquiera años antes con un grupo de turistas. No fue el mejor de los recorridos pero sabía que valdría la pena para tomar mejores fotografías que las que tenía.
Vista desde lo alto del cerro del Tlatoani
Llegamos hasta la entrada que el comisariado ejidal tiene en la parte baja del cerro, ahí nos tocó hacer tequio cargando bolsas de material para restauración. Yo pedí una un poco más grande que las que les dieron a la mayoría por sentirme con buena condición pero luego lo sufrí un poco porque no cabía en mi pequeña mochila y se rompió varias veces, por lo que tuve que hacer malabares para no tirar todo el material.
El camino de ascenso no es muy largo pero es estrecho y sinuoso, en algunas partes incluso pasa entre grietas de las piedras y por un pasaje cerrado que era el único acceso a la cima. Por ello este sitio sirvió como fortaleza durante la etapa de conquista de la región. Díaz del Castillo describe una batalla acontecida ahí en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España: "Llegamos a un llano adonde había unas fuentes de muy poca agua, en una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar [...] Cortés nos mandó que les fuésemos entrando y subiendo [...] y como encomenzamos a subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tanta de piedras muy grandes y peñascos, que fue cosa espantosa cómo se venían despeñando y saltando, que fue milagro que no nos matasen a todos [...] y se acordó que para otro día que desde otro peñol que estaba cerca del grande fuesen todos los ballesteros y escopeteros y que subiesen en el que había subida, aunque no buena, para que desde aquél alcanzarían las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte, y podríanle combatir [...] y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de ser dar de paz, y fue por causa que no tenían agua ninguna, questaba mucha gente arriba en el peñol".
Terrazas superiores del cerro del Tlatoani
Justo antes de llegar a la parte alta pasamos sobre unas grietas muy profundas, ahí Fabiola entró en pánico, algo que después pareció un poco extraño ya que estuvo en mi equipo y recorrimos muchos lugares altos.
Así, después de varias horas alcanzamos la base de las terrazas, las cuales constituyen la parte baja del sitio arqueológico; ahí Jorge nos explicó como habían encontrado algunos entierros y un poco del proceso de excavación y restauración del lugar. Además durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 hubo daños en algunas partes y tuvieron que ser reparadas, aunque algunas aún estaban sueltas.
Seguimos subiendo hasta alcanzar la cima, ahí vimos una gran escalinata monumental que en mi primer visita estaba siendo trabajada por lo que era la primera vez que la podía ver, tuve que esperar a que todo el grupo se moviera para fotografiarla pero valió la pena.
Escalinata monumental de acceso al templo superior
Vimos también el pequeño conjunto superior con edificios de estilo teotihuacano, la vista fue mucho más extensa que en mi primer ascenso pues en aquella ocasión había mucha neblina.
Así completamos el recorrido y comenzamos a descender, yo iba hasta atrás para seguir tomando fotos y por momentos me adelantaba hasta el frente del grupo para volver a pasar hacia la retaguardia. Así estuve hasta que llegamos abajo y regresamos por el mismo camino a Tlayacapan.
Cruzamos todo el poblado, muchos del grupo estaban bastante cansados y nos dispersamos bastante, así llegamos hasta la casa donde nos darían de comer todos los días de nuestra estancia, los platillos eran de buen tamaño y sazón, pero a algunos no les gustaba o no acostumbraban comer algo y muchas veces me tocó repetir comiéndome parte de lo que le tocaba a algún(a) compañero(a).
Templo superior
Regresamos al "campamento base" y ya no hicimos nada ese día. Luego de eso comenzó el trabajo etnográfico, recorrimos todo el poblado y registramos una buena parte de sus capillas coloniales, fuimos al archivo municipal y a los campos nopaleros. Al principio me pareció que muchos de mis compañeros se quejaban demasiado a pesar de que para mí nos encontrábamos demasiado cómodos, algunos de ellos tuvieron dificultades con sus temas de trabajo, el profesor estuvo ausente casi siempre... así una parte de la primera semana fue un tanto incómoda para mí, incluso alguna vez discutí con compañeros por su abierta molestia y por las complicaciones para ponernos de acuerdo sobre el aseo del lugar pero una vez superados en parte esos temas también comprendí que tenían razón en quejarse sobre la rigidez de la investigación y las complicaciones que algunos tenían para realizar el trabajo pues, o no los dejaban por no tener la carta de presentación a tiempo o no encontraban datos... Así pasados unos días la convivencia se hizo más amena y la práctica comenzó a ser agradable.
Después de salir de Palmillas, regresamos hacia Cuitláhuac y a partir de ahí entramos a una carretera secundaria, más allá dimos vuelta en una terracería y seguimos algunos kilómetros. Habíamos tenido dudas sobre el camino a tomar para llegar al sitio arqueológico de Cuauhtochco ya que éste se encuentra rodeado por el río Jamapa y es necesario cruzarlo, en nuestros mapas aparecía otro acceso que cruzaba por un puente vehicular pero varios kilómetros río abajo; Jorge sugirió que llegaramos al poblado de Santiago Huatusco y preguntáramos por el sitio antes de decidir, yo prefería ir directo en el auto hasta donde llegáramos pero sabía que cruzar el río a pie (si se podía) sería el camino más agradable y espectacular así que acepté su propuesta; a penas un poco antes de llegar al poblado ya teníamos una vista hermosísima: dimos una vuelta prácticamente en "u" para tomar la entrada a Huatusco y frente a nosotros vimos una serie de cañadas y abruptos paredones totalmente verdes, sobre la elevación más grande se distinguía la figura rectangular del gran templo de Cuauhtochco.
Río Jamapa
Comenzamos a ver un caserío donde no se distinguían muchas personas; finalmente llegamos a la plaza central de Santiago Huatusco, se trataba de un campo muy verde frente a una iglesia que en su frente se veía bastante reciente pero que en la parte trasera mostraba muros y una capilla lateral que parecían coloniales, habían dos calles junto al edificio y más allá estaban las paredes casi verticales de los cerros circundantes. Entramos a la iglesia y vimos que el interior también parecía haber sido añadido recientemente mientras que la capilla lateral estaba cerrada y servía como una especie de desván. Al salir vimos en la casa de enfrente algunos jóvenes y les preguntamos la forma de llegar al sitio arqueológico, nos indicaron que debíamos bajar al río y cruzarlo para luego ascender del otro lado; no sacamos mucha información pero al menos sabíamos que el nivel del agua era bajo y seguro para pasar.
Cruce del río Jamapa
Nos encontramos con una gran dificultad un poco más adelante cuando paramos en la única tienda que vimos en el pueblito: no habíamos comprado agua antes y ahora solamente encontramos pequeñas botellas de refresco que no serían suficientes. Platicamos con la señora que atendía el lugar y con un cliente que se veía algo crudo y nos dijeron que era posible llegar a Cuauhtochco pero que el camino era muy complicado, que difícilmente lo encontraríamos si no teníamos guía. La cosa pintaba mal pero al final nosotros decidimos ir de todas maneras con un refresco cada quien y el gps de los teléfonos celulares. Subimos al auto y seguimos por un camino cada vez más difícil hasta que vimos el curso del río reflejando el intenso azul del cielo. Un poco antes de eso encontramos un joven que se lavaba la cara en un pequeño arroyo, le preguntamos si podía guiarnos al sitio y contestó que no había desayunado pero que podía alcanzarnos después, nosotros no creimos que eso pasara así que abandonamos la idea de buscar guía y emprendimos la marcha solos.
Restos de muro defensivo
Una vez que bajamos a la orilla del río Jamapa pudimos ver que Cuauhtochco era una fortaleza impresionante: del otro lado se alzaban unas tremendas paredes verticales y el gps nos indicaba que arriba de ellas y unos metros más allá estaba nuestro destino, por consejo de los lugareños y por lo que veíamos en el mapa decidimos seguir la orilla río abajo hasta llegar a un meandro donde parecía existir una subida segura; desde un principio éste camino fue muy complicado, caminamos entre un plantío de limones que cerraba el paso muchas veces, no queríamos usar el machete y había espinas en las ramas, sin embargo el olor era sumamente agradable. Un poco más adelante nos encontramos con que el paso se estrechaba mucho y lo único que había era un sendero entre espesa vegetación que nos cerraba el paso a cada momento, el calor y la humedad eran intensos y había que subir y bajar continuamente entre las grandes piedras que cubrían la rivera.
Montículo en la plaza baja de Cuauhtochco
Comenzamos a preocuparnos porque la dificultad para avanzar era terrible, el sudor nos corría por la cara y nuestros refrescos comenzaban a mermar, el sol ya estaba subiendo bastante y si no conseguíamos salir de esa selva lo mejor sería regresar e intentar por otro camino.
Cuando ya estábamos considerando volver, en el mapa vimos que unos metros frente a nosotros debía haber una especie de playón o espacio abierto así que avanzamos y nos encontramos con que en una curva del río la orilla se ampliaba mucho y quedaba libre de vegetación pues estaba cubierta de cantos rodados y arena, finalmente tuvimos paso libre aunque las botas se nos hundían en el terreno, la siguiente curva que formaba el curso del agua tenía un paso donde el río pasaba sobre muchas piedras y bajaba mucho su profundidad, incluso vimos a dos lugareños que en ese momento estaban por llegar a la orilla opuesta.
Templo principal de Cuauhtochco
Pasamos por el mismo lugar sin quitarnos las botas ni alzarnos los pantalones, el calor era intenso y el agua tenía una temperatura muy agradable así que no nos importó llevar los pies mojados además de que se secaron muy rápido. Hablando con los dos lugareños que habíamos visto nos indicaron que había una senda que usaba el ganado para subir a lo alto del cerro donde está el sitio, así que a partir de ahí comenzamos a caminar por una senda muy bien marcada que parecía cruzar un espacio plano, de pronto nos encontramos con otro camino que parecía ascender así que dimos vuelta ahí, supimos que era la dirección correcta pues la pendiente se volvió pronunciada muy pronto y vimos que estábamos muy cerca de la pared vertical que caía hasta la orilla del río, finalmente nos convencimos de que llegaríamos a Cuauhtochco cuando encontramos restos de muros defensivos que alguna vez restringieron el único paso natural que llegaba al lugar por el sur.
Tarántula en Cuauhtochco
La subida era pesada, Jorge y Ernesto casi habían terminado con su respectivo refresco (aunque Jorge había encontrado un suero en su carro, fruto de algún día posterior a una borrachera), yo casi no había tomado nada pero comenzaba a tener la boca seca; tal dificultad se nos olvidó cuando vimos la cima totalmente limpia y libre de vegetación, yo esperaba ver en cualquier momento el templo principal pero el espacio al que llegamos solamente mostraba algunos montículos muy destruidos, por un instante estuve un tanto confundido pero luego levanté la vista y varios metros más adelante, sobre una elevación aún mayor se veía el edificio prehispánico que buscábamos.
Éste primer espacio era una plaza muy amplia con montículos, casi no se veía nada de arquitectura expuesta exceptuando algunos muros de cantos rodados que permanecían en su lugar bien alineados.
Posible edificación colonial
Subimos la última cuesta y con una gran emoción llegamos frente al templo principal de Cuauhtochco. Al acercarnos vimos una buena cantidad de zopilotes que habían alzado el vuelo y se alejaron por el lado contrario al que llegamos; era increíble que el lugar estaba casi libre de maleza y el edificio mostraba sus detalles claramente, del lado por el que llegamos había también una serie de montículos bajos alineados con un costado del edificio principal. Se trata de la única estructura hecha en estilo totalmente mexica que se conserva en tan buenas condiciones y que incluso aún sostiene gran parte de su templo superior, un detalle que en otros lugares del centro de México jamás sobrevivió; además de ello aún muestra gran cantidad de su recubrimiento de estuco y algunas decoraciones en los frisos de la parte superior. Éste lugar fue documentado a principios del siglo XIX por el capitán de dragones Guillermo Dupaix e incluso se tiene un grabado que lo muestra aún más completo que ahora, por lo que fue usado como modelo para reconstruir sitios como Santa Cecilia Acatitlán o hipotéticamente incluso la gran México-Tenochtitlan.
Templo mayor de Cuauhtochco
El lugar es llamado también Huatusco o El Fortín; al llegar me senté frente al templo mayor y grabé una dedicatoria a nuestro amigo Neftalí, ahora quedaba cumplido el último pendiente que habíamos dejado antes de su fallecimiento y me costó trabajo contener las lágrimas que se agolparon en mis ojos. La voz de Ernesto me sacó de mi introspección pues le escuché decir que había encontrado una tarántula y quise ir a verla, era un animal pequeño pero muy bonito: las patas y todos sus apéndices eran negros pero el torso era rojizo y la panza mostraba líneas alternadas en negro y naranja con el centro en otro tono rojizo más oscuro, de inmediato quise fotografiarla y entonces me di cuenta que era bastante agresiva pues con cualquier movimiento se ponía en guardia e incluso incrementó la dificultad para enfocarla pues arremetía contra mí cada vez que le apuntaba con la cámara.
Vista de Cuauhtochco
Frente a donde estaba la araña vimos un gran pozo de saqueo en la pared del edificio que mostraba dos o tres etapas constructivas, dimos la vuelta y encontramos una edificación un tanto extraña que aún tenía muros sobre una plataforma, después de revisarla no creímos que fuera prehispánica aunque si parecía muy antigua, por lo que probablemente sea colonial.
Finalmente subimos por la empinada escalinata del templo mayor, sus escalones eran muy estrechos y hechos con cantos rodados que en algunas partes aún estaban recubiertos de estuco; el templo superior aún tenía incrustados fragmentos de madera que creaban un techo plano de dicho material a la mitad de la altura de las paredes, los muros parecían incluso como si hubieran sido edificados con ladrillos, algo sorprendente aunque no tenemos ningún punto de comparación al tratarse de un ejemplo único.
Vista del río Jamapa
Cuando estábamos a punto de bajar del edificio, el joven que habíamos encontrado en el camino llegó hasta ahí y nos ofreció una gran botella de agua con hielo, ya habíamos olvidado la sed pero el camino de regreso sería muy caluroso, así que nos salvó de una posible deshidratación. Su nombre es Miguel González y nos contó que el sitio está tan limpio porque a veces pasa por ahí el ejército aunque también algunas tardes y noches se escucha pasar cuatrimotos que podrían pertenecer a narcos.
Después de bajar del edificio nos encontramos con los restos de una cabeza de serpiente que quizá decoraba el muro del templo y en la parte trasera del mismo una piedra con grabados que quizá representaban escamas y parte del rostro de otro reptil. Emprendimos el regreso guiados por Miguel y pudimos ver en varios puntos el borde del acantilado con el río Jamapa en el fondo y una extensa vista cubierta completamente de vegetación, bajamos por el mismo camino y cruzamos por otra parte del mismo vado la corriente de agua, ahí nuestro guía rellenó la botella directamente del río y vimos que el líquido estaba muy limpio y fresco. El camino que tomamos hacia Santiago Huatusco fue casi el mismo que seguimos en el sentido contrario, por lo que vimos que no estábamos tan perdidos; el calor en los últimos metros era ya tremendo pero llegamos enteros hasta el camino donde pasamos con el auto y regresamos a la misma tienda para comprar más refrescos, ahí la misma señora que vimos en la mañana nos contó que el cliente crudo que no nos quiso llevar le había dicho que temía que lo fuéramos a secuestrar... Así terminamos el recorrido despidiéndonos de la señora y de Miguel y salimos por el mismo camino por el que llegamos rumbo a nuestro siguiente destino.