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sábado, 29 de febrero de 2020

Un mes en Campeche pt. 9. Peor es Nada

Crestería de la estructura IV
El domingo 14 de julio Wilberth y yo planeamos realizar un recorrido en su auto, en ésta ocasión no nos acompañó su hermano Iván pero si Fernando. Salimos por la mañana y pasamos a desayunar unas tortas de cochinita; luego de ello emprendimos un largo trayecto hasta el sitio de Peor es Nada, ya cerca de Xpujil y luego de pasar por Hopelchén.

El sitio de Peor es Nada fue reportado por Eric S. Thompson y es uno de los mejores ejemplos de arquitectura tipo Río Bec, pues contiene dos edificios con torres con una regular conservación, además de otros ya muy dañados; a pesar de su fácil ubicación fue difícil de encontrar para mi amigo Eduardo, quien había estado ahí junto con Julio poco antes que nosotros. Fue gracias a Nik Contini (a quien yo había conocido en persona a penas dos o tres días antes, pues se encontraba recopilando documentación en Campeche) que tuvimos las indicaciones adecuadas para poder llegar al lugar.
Estructura IV

Entramos algunos metros por una terracería y dejamos el vehículo, frente a nosotros se encontraba un pequeño cerrito donde sospechábamos se encontraba la estructura V del sitio. Julio me había dado un croquis que indicaba 4 edificios principales numerados de sur a norte, por lo que estábamos en el extremo del sitio.

Decidimos dejar esa estructura para el final y comenzar la búsqueda de las demás. El terreno estaba en parte deforestado, por lo que vimos varios montículos, dos de ellos incluso con una disposición parecida a la de los juegos de pelota; más atrás había que internarse en la selva y eso hicimos, aunque el paso no era muy difícil pues la mayoría de la maleza estaba seca, había mucha hierba en el piso y eso obligaba a levantar mucho los pies para no tropezar, lo que me afectó bastante a la larga debido a mi rodilla aún no recuperada.
Torres de la estructura V

Encontramos una infinidad de senderos que cruzaban la selva y seguimos los que mejor nos parecían; nos encontramos varios montículos sin arquitectura expuesta, algunos con grandes agujeros de saqueo. Peinamos la zona y dimos varias vueltas para volver a ubicar los lugares donde ya habíamos pasado y ubicarnos, pero no encontramos nada destacable. 

Decidimos dirigirnos al sur y tomamos otros tantos senderos que únicamente nos llevaron a varios grupos de grandes montículos, lo que parecía un campamento destartalado y zonas donde la maleza se complicaba mucho.

Varias veces me separé de mis compañeros para abarcar más terreno, pero únicamente seguía encontrando montículos sin arquitectura expuesta, cada vez era más difícil orientarme y constantemente requería de silbar para que me escucharan y me orientaran para poder regresar a los puntos donde ellos estaban.
Torre oriente de la estructura V

Luego de horas de buscar y después de encontrar un conjunto particularmente grande sin nada destacable que observar, yo ya no podía dar un paso más y le dije a los demás que era tiempo de rendirme; Wilberth sin embargo había visto estructuras de gran tamaño delante de nosotros y quiso ir a revisarlas, ahí finalmente encontró lo que parecía una torre muy dañada con un gran agujero de saqueo. Yo pensé que estábamos en la estructura I pero meses después comprobé que en realidad nunca llegamos a dicho edificio, en realidad llegamos a la III, la cual formaba un ángulo recto con la IV, que fue la siguiente que encontramos.

Después de dar la vuelta a la estructura III, no encontramos casi nada visible, pero dimos con su estructura vecina, donde dimos de frente con un gran muro que parecía haber perdido todo el recubrimiento de piedra y mostraba el relleno de mampostería, del otro lado pudimos ver que se trataba en realidad de una enorme y maciza crestería.
Estructura V

Asumiendo que habíamos encontrado las principales estructuras y tremendamente cansados, decidimos regresar a la estructura V, que habíamos dejado pendiente. El camino fue mucho más fácil y además cruzamos por un área donde la selva había sido talada por lo que en pocos minutos llegamos al pequeño cerrito.

Solo tuvimos que caminar unos cuantos metros para ver claramente la silueta de dos torres estilo Río Bec, aunque parecía que habíamos llegado por la parte trasera. En la torre del lado oeste había un enorme tronco caído que se había llevado parte de la pared, en el lado este pudimos ver arranques de bóveda y muros de habitaciones que ya habían caido. Cruzamos hacia el frente del edificio y ahí vimos que había muchos muros en pie pero los cuartos ya se habían desplomado hacía mucho tiempo. Yo estaba agotado y me dolía la pierna, por lo que no pude subir a la parte más alta para ver más de cerca, además había olvidado mi agua y estaba sumamente deshidratado, nunca en ningún otro sitio había estado en unas condiciones tan malas como en Peor es Nada.

Finalmente regresamos al auto mucho tiempo después del que habíamos previsto, pero aún así faltaba visitar otros sitios y seguimos nuestro camino yendo ya de regreso hacia Hopelchén.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan, pt. 2. Cueva del Gallo, Morelos

Camino a la cueva del Gallo
Una semana estuvimos insistiendo a nuestro profesor y al arqueólogo Jorge Linares para que nos llevaran a más vestigios arqueológicos, finalmente accedieron a realizar un nuevo recorrido hacia la Cueva del Gallo. Esta vez no iría el grupo completo sino únicamente los que quisieran hacerlo, así nuestro grupo se redujo a 10. El profesor Fabio nos llevó en su camioneta hasta la entrada en la parte baja del cerro del Tlatoani, sin embargo no cabíamos todos en el vehículo, por lo que Gustavo y yo tuvimos que subirnos cada uno en un costado y agarrarnos de un pasamanos sobre el toldo.

El inicio del ascenso fue exactamente igual que en el recorrido anterior, la única diferencia fue un perro que nos estuvo siguiendo todo el tiempo. Al llegar a un espacio que por un lado lleva a la cima y por el otro conduce a la ladera contraria, tomamos el segundo y comenzamos a bajar por un largo rato, el camino era un poco resbaloso y en partes muy empinado, sin embargo no tuvimos problemas para pasar.
El grupo en la barranca de Tepecapa

Finalmente llegamos a una gran cañada y Jorge nos dijo que estábamos en la barranca de Tepecapa, ahí podíamos escuchar que corría un hilo de agua y luego de cambiar de dirección y seguir el descenso nos encontramos con un riachuelo de agua transparente.

Un poco más abajo cruzamos el pequeño cauce y luego de subir un poco por la ladera contraria vimos una grieta sobre una gran roca, de la fisura surgía agua cristalina que podía beberse directamente, algunos subimos a la piedra para ver más de cerca pero la mayoría se quedaron en la parte baja donde el agua formaba una pequeña poza que luego escurría para unirse al riachuelo que corría más abajo. Ahí permanecimos por algún rato y rellenamos nuestras botellas de líquido, ya que habíamos traído poco peso sabiendo que haríamos una parada ahí.
Cueva del Gallo

Regresamos hasta el punto donde habíamos cambiado de dirección y seguimos de largo hacia el lado contrario al que tomamos antes, más arriba se notaba que el pequeño riachuelo solía crecer bastante pues el cauce de la barranca era mucho más ancho y tenía numerosas caídas que durante una lluvia torrencial seguramente formaban cascadas con 2 o 3 metros de altura.

Muchas veces nos costó mucho trabajo subir por entre las rocas de estas caídas, íbamos zigzagueando entre las paredes de los lados hasta llegar a un punto donde el sendero se metía entre mucha vegetación, lo cual me recordó bastante a la selva. Más adelante había una poza de agua estancada que apestaba y tenía un color nauseabundo, era un gran contraste con el agua limpia que fluía más abajo, filtrada a su paso por las grandes rocas.
Croquis de la cueva del Gallo

Luego de pasar por ahí, subimos por una de las laderas en un camino sinuoso y muy empinado, después de algunos minutos Jorge me señaló una mancha blanca sobre la pared de piedra, se trataba de una luna menguante dibujada directamente sobre la pared, por su orientación y con mucha imaginación podía dar la impresión de tratarse de un gallo y le da nombre al lugar.

La Cueva del gallo es un abrigo rocoso no muy profundo rodeado de acantilados verticales impracticables, su parte más profunda está delimitada por un tecorral de piedras que al parecer son diferentes a las del cerro, por lo que fueron subidas hasta ahí por los antiguos habitantes de los alrededores ya que no parece que alguien viviera ahí permanentemente. A lo largo y ancho de la pared del fondo, sobre el abrigo y a los lados se ven numerosos trazos blancos que no han sido estudiados a fondo pero que se cree por el estilo que pertenecen al periodo posclásico.
Figura de luna interpretada como un gallo que da nombre al sitio

El sitio resulta de sumo interés debido a la abundancia de figuras animales entre las que destaca una serie de cuadrúpedos como posibles perros y tlacuaches; así como un mono que danza, éste último animal nos resultó intrigante pues entre nuestros colaboradores recopilamos una serie de rumores e historias sobre la existencia de primates en el corredor natural, a pesar de que no se considera su existencia por creerlos extintos de la región.

Las pinturas de la cueva del gallo en general miden entre 5 y 60 cm aproximadamente. mientras estuvimos ahí estuve registrando todas las figuras que pude en fotografía y en unos dibujos muy esquemáticos, también realicé un pequeño croquis muy básico de la distribución de las pinturas; el tiempo fue algo limitado así que el trabajo no fue el mejor, además de que mis habilidades como dibujante son bastante deficientes.
Cuadrúpedo

Emprendimos el regreso, el cual fue por el mismo camino en el que habíamos llegado, la diferencia con el recorrido al cerro del Tlatoani fue muy notable: el descenso fue rápido y poco accidentado, excepto por algunos tropezones menores. Luego ascendimos por la primera bajada que habíamos recorrido, ahí fue mucho más exigente la caminata aunque nadie se quedó demasiado atrás. Los que estábamos más adelante prácticamente íbamos compitiendo para ser los primeros en llegar arriba pero el ritmo fue tan fuerte que tuve que parar a descansar un poco mientras que mis compañeros de equipo Andreas y Fernando lograron llegar en un solo esfuerzo (a mi favor diré que mi edad es mayor que la de los demás prácticamente por una década). Así regresamos hasta la camioneta en mucho mejores condiciones y con un tiempo mucho menor que el previsto, la diferencia con el primer recorrido de la práctica fue muy marcada. Llegamos justo a tiempo para comer y regresar a descansar por la tarde.

martes, 1 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan pt. 1. Cerro del Tlatoani, Morelos

Parroquia de Nuestra Señora del Tránsito y jagüey
Este diario de viaje será diferente a los demás porque no fue un recorrido como los que acostumbro hacer por mi cuenta sino que se trató de una práctica de campo, la primera que me toca realizar en la carrera de Antropología en la UNAM. Fueron 15 días en Tlayacapan, Morelos, donde realizamos trabajo etnográfico relacionado a la percepción de la fauna en el lugar; en mi caso me tocó buscar en el monte y área de cultivo, por lo que junto a mi equipo, formado también por Fabiola, Yaelín, Fernando y Andreas, realizamos algunas entrevistas con habitantes locales y recorrimos la sierra que rodea el poblado, visitando varios sitios arqueológicos. Como mi temática son estos últimos, aquí únicamente relataré los recorridos que hicimos ya que el trabajo etnográfico quedó registrado en un informe final que es harina de otro costal.

La práctica comenzó el 27 de mayo de 2019 y nos instalamos en una casa al sur del pueblo, era un lugar bastante cómodo sobre todo para los hombres, ya que eramos solamente 8 en una gran habitación, las mujeres eran casi 20 en un lugar más pequeño pero no quisieron intercambiar porque su cuarto tenía baño y el nuestro no. Además había una terraza sobre el cuarto de ellas y un jardín.
Único paso entre las rocas

Al día siguiente fue nuestro primer recorrido, el único que realizó el grupo completo por el monte. El destino era la zona arqueológica del Cerro del Tlatoani, yo ya lo conocía pero igualmente tenía muchas ganas de regresar por la gran belleza del sitio. El arqueólogo Jorge Linares fue nuestro guía al igual que la primera vez que estuve ahí.

Salimos un poco tarde y caminamos por las calles de Tlayacapan, así pasamos frente a la parroquia de Nuestra Señora del Tránsito que forma una bonita postal por la presencia de un jagüey a un costado de ella. Íbamos bastante lento y me fue un poco difícil adoptar ese paso, me sorprendió que muchos no quisieran caminar ni subir al cerro, eso era algo que no me esperaba en una práctica de campo puesto que no había pasado ni siquiera años antes con un grupo de turistas. No fue el mejor de los recorridos pero sabía que valdría la pena para tomar mejores fotografías que las que tenía.
Vista desde lo alto del cerro del Tlatoani

Llegamos hasta la entrada que el comisariado ejidal tiene en la parte baja del cerro, ahí nos tocó hacer tequio cargando bolsas de material para restauración. Yo pedí una un poco más grande que las que les dieron a la mayoría por sentirme con buena condición pero luego lo sufrí un poco porque no cabía en mi pequeña mochila y se rompió varias veces, por lo que tuve que hacer malabares para no tirar todo el material.

El camino de ascenso no es muy largo pero es estrecho y sinuoso, en algunas partes incluso pasa entre grietas de las piedras y por un pasaje cerrado que era el único acceso a la cima. Por ello este sitio sirvió como fortaleza durante la etapa de conquista de la región. Díaz del Castillo describe una batalla acontecida ahí en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España: "Llegamos a un llano adonde había unas fuentes de muy poca agua, en una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar [...] Cortés nos mandó que les fuésemos entrando y subiendo [...] y como encomenzamos a subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tanta de piedras muy grandes y peñascos, que fue cosa espantosa cómo se venían despeñando y saltando, que fue milagro que no nos matasen a todos [...] y se acordó que para otro día que desde otro peñol que estaba cerca del grande fuesen todos los ballesteros y escopeteros y que subiesen en el que había subida, aunque no buena, para que desde aquél alcanzarían las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte, y podríanle combatir [...] y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de ser dar de paz, y fue por causa que no tenían agua ninguna, questaba mucha gente arriba en el peñol".
Terrazas superiores del cerro del Tlatoani

Justo antes de llegar a la parte alta pasamos sobre unas grietas muy profundas, ahí Fabiola entró en pánico, algo que después pareció un poco extraño ya que estuvo en mi equipo y recorrimos muchos lugares altos.

Así, después de varias horas alcanzamos la base de las terrazas, las cuales constituyen la parte baja del sitio arqueológico; ahí Jorge nos explicó como habían encontrado algunos entierros y un poco del proceso de excavación y restauración del lugar. Además durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 hubo daños en algunas partes y tuvieron que ser reparadas, aunque algunas aún estaban sueltas.

Seguimos subiendo hasta alcanzar la cima, ahí vimos una gran escalinata monumental que en mi primer visita estaba siendo trabajada por lo que era la primera vez que la podía ver, tuve que esperar a que todo el grupo se moviera para fotografiarla pero valió la pena.
Escalinata monumental de acceso al templo superior

Vimos también el pequeño conjunto superior con edificios de estilo teotihuacano, la vista fue mucho más extensa que en mi primer ascenso pues en aquella ocasión había mucha neblina.

Así completamos el recorrido y comenzamos a descender, yo iba hasta atrás para seguir tomando fotos y por momentos me adelantaba hasta el frente del grupo para volver a pasar hacia la retaguardia. Así estuve hasta que llegamos abajo y regresamos por el mismo camino a Tlayacapan.

Cruzamos todo el poblado, muchos del grupo estaban bastante cansados y nos dispersamos bastante, así llegamos hasta la casa donde nos darían de comer todos los días de nuestra estancia, los platillos eran de buen tamaño y sazón, pero a algunos no les gustaba o no acostumbraban comer algo y muchas veces me tocó repetir comiéndome parte de lo que le tocaba a algún(a) compañero(a). 
Templo superior

Regresamos al "campamento base" y ya no hicimos nada ese día. Luego de eso comenzó el trabajo etnográfico, recorrimos todo el poblado y registramos una buena parte de sus capillas coloniales, fuimos al archivo municipal y a los campos nopaleros. Al principio me pareció que muchos de mis compañeros se quejaban demasiado a pesar de que para mí nos encontrábamos demasiado cómodos, algunos de ellos tuvieron dificultades con sus temas de trabajo, el profesor estuvo ausente casi siempre... así una parte de la primera semana fue un tanto incómoda para mí, incluso alguna vez discutí con compañeros por su abierta molestia y por las complicaciones para ponernos de acuerdo sobre el aseo del lugar pero una vez superados en parte esos temas también comprendí que tenían razón en quejarse sobre la rigidez de la investigación y las complicaciones que algunos tenían para realizar el trabajo pues, o no los dejaban por no tener la carta de presentación a tiempo o no encontraban datos... Así pasados unos días la convivencia se hizo más amena y la práctica comenzó a ser agradable. 

martes, 24 de septiembre de 2019

Un día de viaje por Tlaxcala y Quecholac, pt. 2 y final. Tepeticpac y Quecholac

Estructura en Tepeticpac

Después del recorrido en Tizatlán teníamos las opciones de visitar Ocotelulco, otro sitio abierto al público, o de hacer una caminata por cerros cercanos hasta Tepeticpac; luego de consultarlo con mis compañeros nos decidimos por la segunda opción y nos dispusimos a recorrer un corto tramo hasta la entrada que lleva al sitio y a un campo de tiro.

Subimos una parte de la ladera en el auto y en cuanto nos encontramos con terracería lo dejamos estacionado para seguir a pie. Subimos por la ladera contraria al campo de tiro y pronto comenzamos a encontrarnos con terrazas que aún tenían muros bastante bien conservados. 

Mientras subíamos iba enseñándole a Alondra las viejas construcciones y cada vez teníamos una panorámica más amplia hacia el lado del volcán de la Malinche y la ciudad de Tlaxcala.
Cima del cerro de Tepeticpac

Cuando estábamos ya cerca de la cima, el camino se acercó bastante al borde de una barranca muy profunda; el suelo estaba cubierto de tierra seca y la maleza que crecía se constituía de arbustos y hierbas muy espinosas; caminábamos con cuidado para no tropezar y pegados al lado del cerro. 

Como suele suceder, por momentos parecía que llegábamos a la cima y luego nos dábamos cuenta de que en realidad faltaba todavía algún tramo más; Marisela ya se estaba cansando y por momentos hubo que cargar a Alondra.

Finalmente nos encontramos con la superficie alargada de la parte más alta del cerro, parecía que había sido aplanada intencionalmente pero se veían muy pocos montículos muy bajos, yo me esperaba estructuras más grandes pero tenía poca idea de lo que habríamos de encontrar.
Plataforma en Tepeticpac

Luego de unos metros, la superficie plana se ensanchó bastante y nos encontramos con una torre de vigilancia del INAH, estaba completamente desierta y justo atrás se veían los muros de algunas estructuras ya excavadas y restauradas.

Me llevé alguna decepción pues la restauración del sitio era una de las más horribles que había visto: la estructura más grande incluso tenía ladrillos rojos bordeando las alfardas de la escalinata; definitivamente no se utilizaron materiales parecidos a los prehispánicos para los trabajos aunque quizá no era tan malo como si hubieran cubierto todo con cemento; la estética sin embargo para mi gusto era pésima.

Desde ahí pudimos ver un muro que parecía prehispánico en lo alto de un cerro cercano con mayor altura, luego de dudar un poco nos decidimos a llegar hasta ahí y caminamos por el resto del área superior del cerro, así nos encontramos con una gran plataforma cuyo frente y costados también estaban ya restaurados.
Antigua capilla colonial

Llegamos hasta otra ladera y subimos hasta su cima, ahí ya tenía mucha sed y Marisela realmente estaba ya cansada. Nos costó trabajo volver a encontrar ese muro que habíamos visto, pero luego de revisar la cima adelantándome un poco lo encontré y llamé a los demás. Nos encontramos con una capilla colonial que después supe que era una de las más antiguas de la región, definitivamente estaba construida con piedras que pertenecieron a algún edificio prehispánico y se encontraba en la esquina de una plaza rodeada de montículos alargados que muy posiblemente fueron anteriores a la capilla.

Vimos restos de algunas habitaciones contiguas y los arcos que daban paso a ellas pero lo más interesante para mi gusto fue la puerta de entrada con un gran dintel de madera que casi seguramente era el original.

Estuvimos un buen rato ahí. Marisela se sentó a descansar bajo un bonito árbol que crecía junto al edificio, Martín y yo nos pusimos a tomar fotos y luego estuve jugando a perseguir a Alondra por el gran espacio plano de la plaza prehispánica rodeada de montículos. 

Uno de los lados de este espacio era abierto y permitía una gran vista de los valles y del sitio que se encontraba más abajo, ahora ya no se distinguía nada de esto último pues los árboles y arbustos cubrían la vista pero se podía divisar toda la ciudad de Tlaxcala.

Comenzamos el descenso, queríamos llegar a un taller sobre megafauna en Quecholac pero se hacía tarde así que procuramos no detenernos; casi todo el camino Martín llevó a Alondra cargando sobre sus hombros.
Música en el museo comunitario de Quecholac

Conforme íbamos bajando escuchábamos los balazos provenientes del campo de tiro pero estábamos bien protegidos por la ladera del cerro. Llegamos hasta el auto luego de no mucho tiempo y tomamos la nueva autopista hacia Puebla; entrando a dicha ciudad tomamos rumbo hacia Orizaba y luego de una hora aproximadamente nos desviamos hacia Quecholac.

Hacía tiempo que no estaba en este último poblado, años antes colaboré un poco en algunos eventos organizados por mis amigos de la asociación civil "Quechol-Arte y Cultura A.C." y ahora simplemente íbamos como espectadores de algunos talleres y queríamos conocer el museo que se encuentran gestionando y que recientemente habían abierto al público con algunas salas de exposición.

A pesar de que llegamos tarde, aún pudimos ver una plática sobre megafauna que le interesaba mucho a Martín y a Alondra. Luego de ello visitamos la exposición del museo que contiene una serie de piezas prehispánicas de la región y de restos de animales prehistóricos que abundan en los alrededores. 

Estuve platicando un rato con mis amigos Nohemí, Arturo, Isabel y Jorge, un poco más tarde llegó César, con ello pude ver a todos los integrantes de la asociación. 

Fuimos a comer cemitas junto a la plaza central del pueblo y luego de regresar pudimos ver un grupo de música en vivo, Alondra estaba encantada mientras que su papá estuvo muy interesado en los huesos prehistóricos, platicando bastante sobre ello,

Finalmente nos despedimos antes de que fuera muy tarde, emprendimos el regreso y nos encontramos con bastante tráfico a la entrada de la ciudad de México. Dejé a mis amigos en su casa y finalmente llegué a la mía un poco más tarde que lo que había previsto pero en una hora bastante decente. Me encontraba bastante contento de haber viajado con Marisela, Alondra y Martín, además de haber podido pasar un rato con mis amigos de Quecholac.

sábado, 16 de marzo de 2019

Viaje al Puuc, Pt 8. Chacbolai, Yucatán

Edificio destruido
El 29 de diciembre fue uno de los mejores días del viaje. Comenzamos temprano nuevamente, saliendo de Oxkutzcab directo hasta Xul y luego tomando una desviación para llegar a las cercanías de un eco-spá que en sus terrenos cuenta con algunos sitios mayas; para entrar se requiere de permiso, algo difícil de conseguir, pero yo llevaba suficientes datos para llegar a uno de estos sitios, llamado Chacbolai, sin pasar por áreas privadas con paso restringido y entrando por la selva. 

Dejamos el carro en una pequeña brecha que llevaba a una milpa abandonada y comenzamos a caminar, el machete no tenía mucho filo por lo que fue un recorrido arduo, sumado a ello había demasiadas espinas y ramas que nos obstruían el paso. A diferencia de Cucá, ésta vez yo llevaba una camisa de manga larga y no tuve muchos problemas, pero Adriana, Carlos y sobre todo Paola sufrieron un poco cruzar los terrenos difíciles que nos separaban de Chacbolai y que en conjunto a penas llegaban a los 500 o 600 metros, pero que aún así eran terribles.
Lado trasero del palacio

Después de andar en zig-zag, cortando lo poco que se podía con el machete y abriéndonos paso con piernas y brazos, llegamos a la mensura o división de terrenos entre el eco-spa y la milpa; ahí se encontraba una valla de alambre de púas cuyos costados estaban mucho más libres de maleza así que la estuvimos siguiendo el resto del trayecto.

Encontramos algunos montículos bajos que nos indicaban que estábamos acercándonos al sitio, finalmente llegamos a la base de una colina con suave pendiente y luego de pasar un punto en el que un árbol caído obstruía el paso vimos los primeros indicios de arquitectura visible de Chacbolai.

Detrás del árbol se encontraban los restos muy arruinados de una pared, en su mayoría se había derrumbado y una parte yacía por el suelo con sus piedras aún unidas por el antiguo estuco usado para la construcción. Poco se podía adivinar de la forma de la habitación que hubo alguna vez ahí así que no estuvimos mucho tiempo contemplando el edificio.
Costado sur del palacio

Unos metros adelante había una pared más grande y completa que estaba paralela a la dirección que habíamos seguido para llegar hasta ahí, tampoco había más detalles para darse una idea del edificio que ahí se encontraba por lo que seguimos y justo frente a dicho muro pudimos ver el palacio, el cual es el edificio principal de Chacbolai y conserva una gran parte de su arquitectura en pie.

Habíamos llegado por la parte trasera, ahí se veían las paredes traseras de 3 habitaciones, así como los muros intermedios que las dividían, todo el frente había caído dejando únicamente la mitad de las bóvedas y un montón de piedras donde estuvieron los muros faltantes. El panorama no era muy distinto en las secciones traseras de los dos costados del edificio, ahí también se podían apreciar muros de habitaciones con sus frentes totalmente destruidos, aunque había algunas secciones de fachada aún en pie aunque estas no conservaban su parte superior con decoraciones y mostraban solamente muros lisos y algunos pedazos de molduras.
Frente del palacio

La conservación en el frente del palacio era totalmente diferente a la de las otras tres caras, pudimos ver que además había sido trabajado por arqueólogos, lo que se distinguía claramente en algunas partes de la fachada por el color de las piedras. Ese lado mostraba una base con columnillas sobre la que se encontraba el muro liso y las tres puertas de acceso a igual número de habitaciones, arriba habían molduras triples que en su centro tenían una fila de columnillas, luego el friso con nichos sobre cada puerta y una nueva moldura triple con la misma decoración que la inferior. En las esquinas se veía una columna con partes "anudadas" y sobre la habitación central estaban los restos de lo que había sido una escalinata volada que llevaba a la parte superior del edificio, ahí arriba no parecía haber habitaciones. Lo extraño de la escalera era que bajo ella encontramos un pequeño recinto alargado y muy bajo que tenía una diminuta entrada, algo que nunca había visto en ningún otro lugar. Esta habitación pequeñita era muy visible pues los escalones que le servían de techo habían caído y permitían asomarse desde arriba.
Costado norte del palacio

Tomar fotografías de la fachada del palacio fue algo complicado porque el sol estaba saliendo justo detrás del edificio, así que nos daba de frente. Pasé un buen rato buscando ángulos donde no salieran los rayos de luz pero finalmente obtuve buenos resultados.

Una inspección más cercana del edificio nos permitió ver que alguna vez tan solo existieron las tres habitaciones frontales, todo el resto de los costados y el lado trasero se habían agregado más tarde e incluso sus fachadas estaban un tanto desalineadas con las anteriores, quizá la escalinata a la parte superior fue el último añadido para un segundo piso que nunca se construyó.

Chacbolai es un sitio pequeño, por lo que no encontramos otros edificios en pie en los alrededores, regresamos por el mismo camino que habíamos seguido aunque esta vez intentamos seguir la mensura hasta la carretera para salir más fácilmente; desistimos de ello pues pasaba por un cerro muy empinado y mucho más alto que el que sostenía al sitio.
Palacio

Al final del camino nos llevamos una desagradable sorpresa pues nos dimos cuenta de que las garrapatas nos habían atacado y sobre todo Paola traía algunas pegadas en los brazos y en la espalda; Adriana y Carlos también las sufrieron en menor medida pero yo nuevamente agradecí a mi camisa larga pues únicamente encontré esos molestos insectos caminando por la tela sin haber encontrado su camino hasta mi piel.

El recorrido fue corto pero aún así fue el más complicado del día; la belleza de Chacbolai fue el preámbulo para el resto de los sitios que visitamos más tarde, todos en el área sur del Puuc yucateco.


sábado, 23 de febrero de 2019

Viaje por el Puuc. Pt. 4. Cucá, Yucatán

Estructura II
Después de salir de Aké, tomamos rumbo de vuelta hacia Mérida, unos kilómetros antes de llegar a la ciudad dimos vuelta en un camino de terracería y avanzamos por ahí mientras las condiciones lo permitieron. Por espacio de 2 km no tuvimos problemas, aquí fue donde por primera vez en el viaje tuve que usar por completo los recursos con los que contábamos (el odómetro del auto y la brújula) así como el sentido de la orientación y los mapas con los que contaba ya que aún no tengo un gps que me facilite las cosas. 

Teníamos que entrar 3 km por la brecha pero el último de ellos decidimos caminarlo debido a que la vegetación se cerraba dejando en algunos tramos apenas espacio para el paso de una o dos personas; veíamos albarradas hacia ambos lados y en el suelo de pronto se notaba que pasábamos sobre viejos muros, lo que me confundía y hacía más difícil la orientación ya que el sitio que buscábamos, Cucá, posee dos murallas concéntricas; el nombre, según los datos que conseguí, podría traducirse como "ardilla de agua", denominación bastante extraña ya que desconozco algún animal que sea llamado así.
Fragmento de jamba, dintel o estela lisa

Cuando calculaba que habíamos completado la distancia de 3 km vimos un sendero que entraba hacia el poniente tal como las fotos aéreas indicaban, sin embargo la maleza no permitía percibir nada más allá de 4 o 5 metros y quise verificar que no fuera un camino equivocado; le dije a Adriana que esperara ahí y seguí por un buen tramo en el camino donde estábamos sin encontrar rastro de otros senderos, a lo lejos se veía una elevación llena de árboles que supuse era el centro de Cucá.

Regresé donde estaba Adriana y entonces entramos en el otro sendero, a penas habíamos avanzado un poco cuando se perdía el rastro del camino y la hierba alta, los arbustos y las espinas complicaban por completo el paso; aún no compraba un machete por lo que fue una dificultad mayor, tuvimos que avanzar abriendo paso con brazos y piernas, sin embargo aunque era muy complicado no era algo imposible como suele ocurrir en otras ocasiones.
Restos de arquitectura en la estructura V

Como el camino se perdía muy fácil, improvisé una marca quitando el folder rojo con el que protegía los datos impresos del sitio que traía conmigo, la amarré en un tronco con fibras de algunas plantas y confié nuestra suerte a la brújula y al sol. Existe una regla importante cuando se camina por bosques o selvas que dicta no salir del sendero, en éste caso eso implicaba no llegar al sitio así que decidí que la romperíamos, el camino por el que entramos en un principio nos daba la seguridad de regresar sin problema si lo buscábamos caminando hacia el este. El trayecto me costó sangre, ya que en algún momento Adriana se dio cuenta de que un hilillo rojo corría por mi brazo e incluso llegó a manchar las hojas con el mapa, fue algo muy extraño pues al limpiarme con alcohol no pude encontrar la herida.

Encontrar Cucá y su edificio con arquitectura en pie se convirtió en uno de los mayores retos con los que me he encontrado desde que comencé a explorar sitios arqueológicos... luego de avanzar muy lentamente nos encontramos con una elevación hecha de piedras que se alargaba hacia ambos lados; de inmediato me dí cuenta de que estábamos sobre la muralla externa del sitio y me ocupé en definir el punto en el que habíamos llegado usando la brújula, me costó bastante trabajo ya que en un principio había colocado el mapa al revés.
Pórtico en pie en la estructura V

Una plataforma muy destruida nos permitió saber que estábamos en la esquina noreste del lugar, el mapa fue sumamente útil ya que a partir de ahí comenzamos a saltar de un montículo a otro, cruzando la maleza que los separaba con gran dificultad, hasta llegar a la muralla interna. Unos metros más adelante nos encontramos con la enorme mole de la estructura II, la cual tiene alrededor de 15 metros de altura y un largo de más de 30, justo en el punto en el que arribamos se encontraba una gran piedra recargada en el tronco de un arbusto que crecía junto a ella; no pudimos identificar si se trataba de un fragmento de dintel, jamba o estela pero en su parte central había rastros de lo que pudo haber sido alguna figura labrada, aunque también hay una gran probabilidad de que fuera solamente una rugosidad natural producida por la erosión. Usamos la piedra como marcador para saber por donde salir del sitio más tarde.

A partir de este punto las cosas se complicaron nuevamente, yo ya sabía que solamente en un edificio había arquitectura visible aunque en el mapa no estaba indicado claramente.
Habitación con techo colapsado

Comenzamos a recorrer todas las grandes estructuras que veíamos dibujadas, la mayoría de los edificios sobrepasaban los 10 m de altura y tres de ellos llegaban a los 15 con bases bastante alargadas. Estuvimos rodeando un montículo tras otro, subiendo a varios y no encontramos ni rastro de algo en pie, únicamente los restos de derrumbe de los edificios completamente destruidos, cuyas piedras amenazaban con rodar hasta el suelo cada vez que pisábamos.

El cansancio ya estaba haciendo mella en nosotros y le dije a Adriana que me esperara en el ángulo que formaban dos estructuras que delimitaban una plaza. Llegué a un enorme edificio detrás de los ya mencionados y vi algunas piedras alineadas que marcaban la existencia de algunos muros en pie pero era realmente poco lo que se apreciaba y a pesar de subir a la cima de la estructura no pude ver nada más.

Pasé por varios montículos más, ya mis piernas temblaban por el desgaste de caminar entre piedras sueltas, tenía todos los músculos del cuerpo tensos y el estómago oprimido me daba malestar; iba diciéndome a mi mismo que el sitio me estaba exprimiendo las fuerzas e incluso Adriana me escuchó mientras lo hacía. Ya eran las 4 de la tarde, debíamos salir de ahí en menos de una hora para evitar quedar en la oscuridad, ya pensaba que sería necesario regresar a buscar al día siguiente. En mi mente conversaba con mi amigo Neftalí, recordando el día que llegamos al sitio de Rancho Ojo de Agua en Chiapas, un lugar muy problemático, incluso le pedía que me ayudara de alguna manera a encontrar la estructura en pie pues yo ya me sentía desfalleciente.
Estructura V

Al final solo faltaba revisar la estructura I, regresé donde estaba Adriana y fuimos hacia allá, ella se quedó en la base del edificio y yo subí a la cima para otra vez no encontrar nada. Le grité para decirle que me sentaría un rato pues ya no podía dar un paso más y mientras estaba ahí me di cuenta que tenía señal de celular, busqué en internet para revisar un reporte del sitio y ahí pude ver que lo que buscábamos estaba en la estructura V. Bajé de donde estaba y regresamos sobre nuestros pasos, el montículo al que nos dirigíamos era el mismo en el que había visto unos pocos restos de muros, incluso había ascendido sin ver nada pero esta vez llegamos por el lado contrario al que había visto antes. Al mirar la parte media de la pendiente ¡ahí estaba el pórtico que tanto habíamos buscado!. A una altura de aproximadamente 6 o 7 m sobre el nivel de la plaza se encontraban dos columnas que sostenían 3 grandes dinteles sobre los que había aún parte de la fachada de lo que fue una habitación, las piedras de recubrimiento y adorno habían desaparecido ya casi en su totalidad. Del lado izquierdo se alcanzaba a ver entre el escombro que hubo alguna vez otra habitación muy similar ahora cubierta. Toda la bóveda se había venido abajo pero aún se podían apreciar las paredes internas detrás del pórtico.

Maní
Estuvimos ahí un rato tomando fotografías y luego de ello tuvimos que irnos porque comenzaba a caer la tarde. La salida, como suele ocurrir, fue mucho más fácil que la entrada: llegamos a la piedra en la base de la estructura II, de ahí a la muralla interna y luego a la plataforma en el muro externo. Desde ese punto la maleza se componía de manchones de pastizal muy alto entre arbustos que hacían imposible distinguir marcas de sendero o incluso pasar en línea recta, creí que no encontraríamos el camino por el que entramos y mi marca improvisada con el folder sería imposible de ubicar, pero de repente Adriana llamó mi atención y señaló el lugar donde lo habíamos dejado. Solamente nos habíamos desviado de la ruta que seguimos al entrar por 5 m. Unos segundos después estábamos de vuelta en el camino principal.

Llegamos hasta el auto y salimos a la carretera justo cuando la última claridad del día se estaba extinguiendo, luego de ello tomamos camino hacia Peto y avanzamos cerca de 70 km hasta la desviación de Maní, llegamos hasta aquel pueblo pues queríamos ver el lugar donde en el año de 1562 fue realizado un auto de fe por órdenes de Diego de Landa en el que se quemaron cientos de códices mayas. Ahí tomamos fotos del antiguo convento y encontramos una serie de piezas sueltas en la pared de un comercio.
Piezas sueltas en Maní

Todavía pasamos a cenar, ya que no habíamos comido nada más que snaks durante el día. Por fin tuvimos la oportunidad de comer panuchos y luego de ello seguimos nuestro camino hasta nuestro hotel base en Oxkutzcab. Ahí nos esperaba nuestro amigo Carlos junto con su novia Paola, estuvimos todavía un rato revisando los sitios que visitaríamos al día siguiente y finalmente nos fuimos a dormir. A penas era el primer día de visitas a sitios mayas y había sido bastante ajetreado. 


domingo, 10 de junio de 2018

Viaje por Veracruz y Puebla. Parte 2. Cuauhtochco

Después de salir de Palmillas, regresamos hacia Cuitláhuac y a partir de ahí entramos a una carretera secundaria, más allá dimos vuelta en una terracería y seguimos algunos kilómetros. Habíamos tenido dudas sobre el camino a tomar para llegar al sitio arqueológico de Cuauhtochco ya que éste se encuentra rodeado por el río Jamapa y es necesario cruzarlo, en nuestros mapas aparecía otro acceso que cruzaba por un puente vehicular pero varios kilómetros río abajo; Jorge sugirió que llegaramos al poblado de Santiago Huatusco y preguntáramos por el sitio antes de decidir, yo prefería ir directo en el auto hasta donde llegáramos pero sabía que cruzar el río a pie (si se podía) sería el camino más agradable y espectacular así que acepté su propuesta; a penas un poco antes de llegar al poblado ya teníamos una vista hermosísima: dimos una vuelta prácticamente en "u" para tomar la entrada a Huatusco y frente a nosotros vimos una serie de cañadas y abruptos paredones totalmente verdes, sobre la elevación más grande se distinguía la figura rectangular del gran templo de Cuauhtochco.
Río Jamapa

Comenzamos a ver un caserío donde no se distinguían muchas personas; finalmente llegamos a la plaza central de Santiago Huatusco, se trataba de un campo muy verde frente a una iglesia que en su frente se veía bastante reciente pero que en la parte trasera mostraba muros y una capilla lateral que parecían coloniales, habían dos calles junto al edificio y más allá estaban las paredes casi verticales de los cerros circundantes. Entramos a la iglesia y vimos que el interior también parecía haber sido añadido recientemente mientras que la capilla lateral estaba cerrada y servía como una especie de desván. Al salir vimos en la casa de enfrente algunos jóvenes y les preguntamos la forma de llegar al sitio arqueológico, nos indicaron que debíamos bajar al río y cruzarlo para luego ascender del otro lado; no sacamos mucha información pero al menos sabíamos que el nivel del agua era bajo y seguro para pasar.
Cruce del río Jamapa

Nos encontramos con una gran dificultad un poco más adelante cuando paramos en la única tienda que vimos en el pueblito: no habíamos comprado agua antes y ahora solamente encontramos pequeñas botellas de refresco que no serían suficientes. Platicamos con la señora que atendía el lugar y con un cliente que se veía algo crudo y nos dijeron que era posible llegar a Cuauhtochco pero que el camino era muy complicado, que difícilmente lo encontraríamos si no teníamos guía. La cosa pintaba mal pero al final nosotros decidimos ir de todas maneras con un refresco cada quien y el gps de los teléfonos celulares. Subimos al auto y seguimos por un camino cada vez más difícil hasta que vimos el curso del río reflejando el intenso azul del cielo. Un poco antes de eso encontramos un joven que se lavaba la cara en un pequeño arroyo, le preguntamos si podía guiarnos al sitio y contestó que no había desayunado pero que podía alcanzarnos después, nosotros no creimos que eso pasara así que abandonamos la idea de buscar guía y emprendimos la marcha solos.
Restos de muro defensivo

Una vez que bajamos a la orilla del río Jamapa pudimos ver que Cuauhtochco era una fortaleza impresionante: del otro lado se alzaban unas tremendas paredes verticales y el gps nos indicaba que arriba de ellas y unos metros más allá estaba nuestro destino, por consejo de los lugareños y por lo que veíamos en el mapa decidimos seguir la orilla río abajo hasta llegar a un meandro donde parecía existir una subida segura; desde un principio éste camino fue muy complicado, caminamos entre un plantío de limones que cerraba el paso muchas veces, no queríamos usar el machete y había espinas en las ramas, sin embargo el olor era sumamente agradable. Un poco más adelante nos encontramos con que el paso se estrechaba mucho y lo único que había era un sendero entre espesa vegetación que nos cerraba el paso a cada momento, el calor y la humedad eran intensos y había que subir y bajar continuamente entre las grandes piedras que cubrían la rivera. 
Montículo en la plaza baja de Cuauhtochco

Comenzamos a preocuparnos porque la dificultad para avanzar era terrible, el sudor nos corría por la cara y nuestros refrescos comenzaban a mermar, el sol ya estaba subiendo bastante y si no conseguíamos salir de esa selva lo mejor sería regresar e intentar por otro camino. 

Cuando ya estábamos considerando volver, en el mapa vimos que unos metros frente a nosotros debía haber una especie de playón o espacio abierto así que avanzamos y nos encontramos con que en una curva del río la orilla se ampliaba mucho y quedaba libre de vegetación pues estaba cubierta de cantos rodados y arena, finalmente tuvimos paso libre aunque las botas se nos hundían en el terreno, la siguiente curva que formaba el curso del agua tenía un paso donde el río pasaba sobre muchas piedras y bajaba mucho su profundidad, incluso vimos a dos lugareños que en ese momento estaban por llegar a la orilla opuesta.
Templo principal de Cuauhtochco

Pasamos por el mismo lugar sin quitarnos las botas ni alzarnos los pantalones, el calor era intenso y el agua tenía una temperatura muy agradable así que no nos importó llevar los pies mojados además de que se secaron muy rápido. Hablando con los dos lugareños que habíamos visto nos indicaron que había una senda que usaba el ganado para subir a lo alto del cerro donde está el sitio, así que a partir de ahí comenzamos a caminar por una senda muy bien marcada que parecía cruzar un espacio plano, de pronto nos encontramos con otro camino que parecía ascender así que dimos vuelta ahí, supimos que era la dirección correcta pues la pendiente se volvió pronunciada muy pronto y vimos que estábamos muy cerca de la pared vertical que caía hasta la orilla del río, finalmente nos convencimos de que llegaríamos a Cuauhtochco cuando encontramos restos de muros defensivos que alguna vez restringieron el único paso natural que llegaba al lugar por el sur.
Tarántula en Cuauhtochco

La subida era pesada, Jorge y Ernesto casi habían terminado con su respectivo refresco (aunque Jorge había encontrado un suero en su carro, fruto de algún día posterior a una borrachera), yo casi no había tomado nada pero comenzaba a tener la boca seca; tal dificultad se nos olvidó cuando vimos la cima totalmente limpia y libre de vegetación, yo esperaba ver en cualquier momento el templo principal pero el espacio al que llegamos solamente mostraba algunos montículos muy destruidos, por un instante estuve un tanto confundido pero luego levanté la vista y varios metros más adelante, sobre una elevación aún mayor se veía el edificio prehispánico que buscábamos. 

Éste primer espacio era una plaza muy amplia con montículos, casi no se veía nada de arquitectura expuesta exceptuando algunos muros de cantos rodados que permanecían en su lugar bien alineados.
Posible edificación colonial

Subimos la última cuesta y con una gran emoción llegamos frente al templo principal de Cuauhtochco. Al acercarnos vimos una buena cantidad de zopilotes que habían alzado el vuelo y se alejaron por el lado contrario al que llegamos; era increíble que el lugar estaba casi libre de maleza y el edificio mostraba sus detalles claramente, del lado por el que llegamos había también una serie de montículos bajos alineados con un costado del edificio principal. Se trata de la única estructura hecha en estilo totalmente mexica que se conserva en tan buenas condiciones y que incluso aún sostiene gran parte de su templo superior, un detalle que en otros lugares del centro de México jamás sobrevivió; además de ello aún muestra gran cantidad de su recubrimiento de estuco y algunas decoraciones en los frisos de la parte superior. Éste lugar fue documentado a principios del siglo XIX por el capitán de dragones Guillermo Dupaix e incluso se tiene un grabado que lo muestra aún más completo que ahora, por lo que fue usado como modelo para reconstruir sitios como Santa Cecilia Acatitlán o hipotéticamente incluso la gran México-Tenochtitlan.
Templo mayor de Cuauhtochco

El lugar es llamado también Huatusco o El Fortín; al llegar me senté frente al templo mayor y grabé una dedicatoria a nuestro amigo Neftalí, ahora quedaba cumplido el último pendiente que habíamos dejado antes de su fallecimiento y me costó trabajo contener las lágrimas que se agolparon en mis ojos. La voz de Ernesto me sacó de mi introspección pues le escuché decir que había encontrado una tarántula y quise ir a verla, era un animal pequeño pero muy bonito: las patas y todos sus apéndices eran negros pero el torso era rojizo y la panza mostraba líneas alternadas en negro y naranja con el centro en otro tono rojizo más oscuro, de inmediato quise fotografiarla y entonces me di cuenta que era bastante agresiva pues con cualquier movimiento se ponía en guardia e incluso incrementó la dificultad para enfocarla pues arremetía contra mí cada vez que le apuntaba con la cámara.
Vista de Cuauhtochco

Frente a donde estaba la araña vimos un gran pozo de saqueo en la pared del edificio que mostraba dos o tres etapas constructivas, dimos la vuelta y encontramos una edificación un tanto extraña que aún tenía muros sobre una plataforma, después de revisarla no creímos que fuera prehispánica aunque si parecía muy antigua, por lo que probablemente sea colonial.

Finalmente subimos por la empinada escalinata del templo mayor, sus escalones eran muy estrechos y hechos con cantos rodados que en algunas partes aún estaban recubiertos de estuco; el templo superior aún tenía incrustados fragmentos de madera que creaban un techo plano de dicho material a la mitad de la altura de las paredes, los muros parecían incluso como si hubieran sido edificados con ladrillos, algo sorprendente aunque no tenemos ningún punto de comparación al tratarse de un ejemplo único.
Vista del río Jamapa

Cuando estábamos a punto de bajar del edificio, el joven que habíamos encontrado en el camino llegó hasta ahí y nos ofreció una gran botella de agua con hielo, ya habíamos olvidado la sed pero el camino de regreso sería muy caluroso, así que nos salvó de una posible deshidratación. Su nombre es Miguel González y nos contó que el sitio está tan limpio porque a veces pasa por ahí el ejército aunque también algunas tardes y noches se escucha pasar cuatrimotos que podrían pertenecer a narcos. 

Después de bajar del edificio nos encontramos con los restos de una cabeza de serpiente que quizá decoraba el muro del templo y en la parte trasera del mismo una piedra con grabados que quizá representaban escamas y parte del rostro de otro reptil.  Emprendimos el regreso guiados por Miguel y pudimos ver en varios puntos el borde del acantilado con el río Jamapa en el fondo y una extensa vista cubierta completamente de vegetación, bajamos por el mismo camino y cruzamos por otra parte del mismo vado la corriente de agua, ahí nuestro guía rellenó la botella directamente del río y vimos que el líquido estaba muy limpio y fresco. El camino que tomamos hacia Santiago Huatusco fue casi el mismo que seguimos en el sentido contrario, por lo que vimos que no estábamos tan perdidos; el calor en los últimos metros era ya tremendo pero llegamos enteros hasta el camino donde pasamos con el auto y regresamos a la misma tienda para comprar más refrescos, ahí la misma señora que vimos en la mañana nos contó que el cliente crudo que no nos quiso llevar le había dicho que temía que lo fuéramos a secuestrar... Así terminamos el recorrido despidiéndonos de la señora y de Miguel y salimos por el mismo camino por el que llegamos rumbo a nuestro siguiente destino.