Mostrando entradas con la etiqueta Teteles. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Teteles. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de junio de 2018

Viaje por Veracruz y Puebla. Parte 7 y final. Teteles de Ávila Castillo y cascada de Puxtla

Teteles de Ávila Castillo
Después de salir de Xiutetelco nos encontramos con que la carretera hacia Teziutlán estaba cerrada, por lo tanto tuvimos que dar un rodeo para pasar una gran barranca que nos separaba de dicha población que quedaba en nuestra ruta y a la cual entramos para ver su centro; luego de equivocarnos de camino llegamos a la plaza principal y viendo que la iglesia parecía tener una fachada reconstruida o no muy antigua, decidimos seguir adelante hasta Teteles de Ávila Castillo.

Nos tomó poco tiempo llegar y nos dirigimos a una zona al norte del poblado para encontrarnos con el sitio arqueológico del lugar. Comenzamos a ver una serie de plazas rodeadas de montículos medianos que estaban cercadas, una parte con letreros del Inah. El pasto estaba bien cuidado y había vacas pastando, por un momento creimos que no podríamos pasar pero luego vimos a un trabajador que estaba ahí dentro y luego de llamarlo por señas nos indicó que entráramos.
Montículos en la plaza principal

El sitio no tiene arquitectura expuesta, por lo que únicamente pudimos observar los montículos, algunos de ellos alargados y otros cónicos. Subimos al que nos pareció más alto y ahí pudimos corroborar que se trataba de dos plazas y quizá más allá hubieran otros edificios que ahora estaban en terrenos particulares y con construcciones modernas encima. 

Aquí concluimos con los sitios arqueológicos que habíamos ubicado para visitar en el viaje. Aún nos quedaba un poco de tiempo, así que Jorge buscó en su celular lugares cercanos para visitar, nos mostró una cascada cercana llamada Puxtla y al ver que tenía una gruta detrás de la cortina de agua decidimos dirigirnos hacia ahí de inmediato.
Cascada de Puxtla

Nos costó trabajo salir de Teteles de Ávila Castillo porque nos encontramos con una calle cerrada por reparaciones pero luego de unos minutos ya estábamos en camino a Yaonáhuac, a poca distancia de ahí llegamos a una terracería que se dirigía a la cascada. Avanzamos alrededor de 300 metros y llegamos a una casa donde una señora preparaba antojitos en un comal y luego de preguntar nos indicó que sería mejor estacionarnos ahí pues comenzaba a llover y el camino adelante se pondría difícil. Tomé mi capa para la lluvia, Jorge su cámara y Ernesto dejó casi todo excepto su celular y comenzamos a caminar, a los pocos metros la lluvia comenzó a caer cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un tremendo aguacero que me obligó a cubrir la mochila de mi cámara con todo lo que pude y a Jorge a meter su cámara bajo el grueso chaleco que traía puesto. 

Llegamos a una pequeña presa y vimos que ahí iniciaba la caida de la cascada, nos acercamos al borde del precipicio y parecía no tener fondo ya que la lluvia era tan fuerte que no dejaba ver más allá de unos cuantos metros, por ninguna parte se veía por dónde bajar pero encontramos a unas personas que nos dijeron que el camino al fondo de la barranca estaba más atrás, recordando que habíamos visto un sendero con marcas que habíamos ignorado.
Vista desde el interior de la gruta

Dimos con las marcas y vimos que ahí comenzaba una senda algo empinada por la que escurría fuertemente el agua, parecía un poco peligroso bajar en esas condiciones pero Jorge y yo decidimos seguir mientras que Ernesto prefirió regresar a esperarnos. Nuestras precauciones fueron infundadas pues a pesar de la gran cantidad de agua jamás nos resbalamos y la lluvia comenzó a mermar conforme descendíamos, así llegamos al fondo donde vimos primero un pequeño arrollo y luego la cascada frente a nosotros, nos encontramos con algunas chicas que comenzaban a subir de regreso y luego nos quedamos solos con un paisaje bellísimo solo para nosotros. 
Cascada de Puxtla

La caída de agua tiene 70 metros de altura y aunque es delgada es sumamente bella, con la lluvia además se habían formado algunas caídas muy pequeñas alrededor de la gran pared que limitaba la barranca en la que nos encontrábamos. Del lado izquierdo del agua había una gruta no muy profunda y luego de cruzar el arroyo y de meternos en el agua casi hasta las rodillas entramos en el abrigo rocoso donde por fín pudimos sacar las cámaras y mantenerlas secas aunque ya casi dejaba de llover. La vista ahí combinaba las paredes llenas de musgo de la barranca con los árboles de las laderas, el negro de las piedras del fondo y el blanco de la cascada que se difuminaban con la lluvia ligera. Estuvimos ahí un rato y yo subí a la parte de la gruta que pasaba justo detrás de la cortina de agua, ahí había un tremendo viento que llevaba el rocío hacia arriba y terminé sumamente mojado. 

Salimos de ahí muy contentos por haber podido visitar la cascada antes de regresar a la ciudad y subimos de nuevo hasta el carro, a mi me costó algo de trabajo pues hacía tiempo que no subía a ningún cerro ni montaña tan empinados pero finalmente llegamos donde dejamos el auto y ahí nos encontramos de nuevo con las chicas que vimos en el fondo de la barranca. La señora nos permitió cambiarnos en su casa para estar secos y luego aprovechamos para comer ahí y todo fue bastante económico. Finalmente tomamos rumbo a la ciudad de México y unas horas después terminamos el recorrido que fue de tan solo 2 días pero sumamente nutrido de destinos, todos ellos muy interesantes y bellos. 

sábado, 11 de noviembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 1. Teteles de Santo Nombre

La mañana rumbo a Tlacotepec de Benito Juárez
Después de iniciar el 2017 en Yucatán y Campeche, el año no prometía muchos recorridos fuera de la ciudad; en febrero me tocó acudir como guía a un viaje por Zacatecas, del cul no escribo debido a su brevedad (sólamente se visitó La Quemada, Altavista-Chalchihuites, el cerro de la Bufa y una parte del centro de Zacatecas) y a que los acontecimientos de aquellos días detonaron mi salida poco elegante del grupo de viajes VAM, donde estuvimos trabajando varios amigos y todos terminamos de la misma manera por diferencias profundas con quienes actualmente se apropiaron de dicho grupo y de lo cual no hablaré.

Tuve que esperar hasta el primer día de julio para volver a hacer un recorrido más o menos largo por zonas arqueológicas y otros lugares, ésta vez por el sureste de Puebla. La razón del viaje fue que mi amigo, que en paz descanse, Neftalí y un compañero reciente de viajes para él: José, a quien yo no había tenido el gusto de tratar anteriormente, se pusieron de acuerdo para salir a conocer algunos sitios recientemente abiertos al público y otros que Neftalí ya conocía de antemano; José puso su auto y nos invitaron a Ernesto (quien ya había viajado conmigo a Perú y otros lugares antes) y a mí.

Iglesia en Tlacotepec de Benito Juárez

Quiero dedicarle éste relato de viaje a Neftalí, pues fue la última vez que tuve el gusto de viajar con él, fue un gran recorrido y nos regaló algunos de los paisajes y cielos más impresionantes que me haya tocado ver; como si la providencia los hubiera reservado para ser la culminación de lo que habíamos tenido la oportunidad de mirar anteriormente.

El viaje comenzó en la estación del metro Gómez Farías, ahí llegué muy temprano y todos los demás tuvieron algo de retraso; yo no tenía crédito en mi celular y a esa hora no era fácil encontrar dónde recargar. Estuve a punto de salir de la estación pero algo me hizo regresar y entonces vi a Neftalí, quien llamó entonces a Ernesto; entonces nos enteramos de que se había quedado dormido y preferimos recogerlo en el camino rumbo a Puebla; ya afuera vimos a José en su auto y subimos para iniciar el trayecto.
Edificio principal del grupo de los altares

Poco después estábamos ya los cuatro en camino saliendo por la autopista hacia Puebla, el cielo estaba cargado de nubes pintorescas y el sol comenzaba a salir por el oriente; podíamos ver la cima nevada del Iztaccíhuatl a momentos y yo me dí cuenta de que en el sensor de mi cámara había una mota de polvo que aparecía en todas las fotografías y que me fue imposible quitar hasta regresar a mi casa... sin embargo pude ocultar esa mancha al editar las imágenes. Así seguimos de largo hasta la desviación a Tecamachalco, un lugar conocido por nosotros pues del otro lado de la autopista se encuentra Quecholac y ahí viven algunos buenos amigos. A partir de ése punto recorrimos solamente carreteras federales de dos carriles hasta que llegamos a Tlacotepec de Benito Juárez.

Grupo de los altares

Una vez en el poblado paramos a desayunar quesadillas y visitamos una iglesia colonial que en su frente tenía un pequeño camposanto; Ernesto quería entrar pues en su interior existe una pieza prehispánica que fue colocada en un muro, pero las puertas estaban cerradas y al parecer el sacristán no se encontraba ahí, probablemente porque había feria en el centro del pueblo. Después de tomar algunas fotografías decidimos seguir con nuestro camino hacia la zona arqueológica de Teteles de Santo Nombre. El camino no era fácil pues no existen señalamientos y hay que dar varias vueltas por pequeñas carreteras, sin embargo gracias a haber investigado bien la ruta anteriormente y a nuestros mapas pudimos llegar sin problema a pesar de que había cambiado el acceso (Ernesto había estado ahí antes).

Vista desde el tetel principal

Llegamos a un estacionamiento y frente a nosotros se encontraba el centro de visitantes y el museo de sitio, éste lugar fue abierto oficialmente al público meses antes por el gobernador Rafael Moreno Valle, sin embargo fue la típica apertura apresurada que los políticos mexicanos suelen hacer al final de su periodo de gobierno para tomarse la foto y decir que "cumplieron": aún entonces y habiendo pasado varios meses en el museo no había electricidad y los baños no contaban con agua potable, el sitio no está habilitado para la visita pública y los principales grupos están rodeados por vallas que no permiten el paso a los recintos y prácticamente no existen los páneles explicativos; ni siquiera el sendero de visita estaba completo y el que se empezó a construir hacía más difícil caminar sobre él que sobre la tierra junto a éste.

Tetel del grupo central parcialmente excavado

Pero nosotros tomamos previsiones para ésta situación y conseguimos permiso para accesar a los grupos arquitectónicos excavados aunque sólo en uno era posible subir a las estructuras. Uno de los custodios nos acompañó y pudimos apreciar de mejor forma el lugar, que es totalmente impresionante.

Lo primero que hicimos fue entrar al museo de sitio, el cual no cuenta con muchas piezas y se pretendía tener apoyos computarizados para las explicaciones, los cuales obviamente se encontraban sin funcionar por la falta de electricidad. Afuera del recinto ya podíamos apreciar los vestigios de dos pequeños edificios que tal vez eran plataformas para casas de habitantes prehispánicos no muy acomodados.

Grupo de los fogones

Luego de una corta caminata llegamos al conjunto de los altares, el cual era un cuadrángulo del que se han excavado dos edificios; sus estructuras dan una idea del estilo de construcción del sitio y se ha dicho que parecen como si fueran miniaturas de Teotihuacan; sin embargo yo les ví un parecido mucho más marcado con los edificios de Oaxaca, especialmente de Monte Albán; éstas similitudes son en parte obvias, pues Teteles de Santo Nombre se encuentra entre éstas dos grandes metrópolis prehispánicas aunque un poco más cerca de Oaxaca que de Teotihuacan, además según la cronología al parecer fueron contemporáneas. Los dos edificios restantes se encontraban convertidos en montículos de piedras y al centro del grupo pudimos ver una gran roca que al parecer funcionó como una especie de estela y que pudo haber estado en posición vertical aunque ahora estaba totalmente apoyada en el suelo.

Caminando por Teteles de Santo Nombre

Después de salir de éste grupo arquitectónico rodeamos por un sendero hasta la parte trasera del edificio principal que habíamos visto y nos encontramos en otra plaza aún mayor rodeada de enormes montículos, uno de ellos tenía la escalinata visible y parecía haber comenzado a excavarse mientras que el más grande estaba totalmente cubierto de maleza y de cactus; a éste último subimos y desde ahí pudimos ver el grupo de los altares y también más lejos otro más pequeño llamado de los fogones; además de ello pudimos apreciar que habían muchos más edificios totalmente inexplorados, lo que le daba a la antigua ciudad una extensión mayor de la que podíamos apreciar en un primer momento. Todo estaba bastante verde por las lluvias recientes y los órganos y palmas lucían majestuosos pintando en diferentes tonos que incluso se aproximaban al turquesa en muchos rincones del lugar.

Casa del nahual

Nos dirigimos al grupo de los fogones, el único que ya se encontraba en condiciones para poder subir a sus edificios, era una versión en pequeño de las otras plazas que vimos, pues su edificio principal a penas tendría 2 metros de altura y en los lados restantes tenía únicamente plataformas bajas. Hacia un lado podíamos ver grandes montículos sin excavar y hacia el otro una planicie donde ya no veíamos grandes estructuras por lo que éste grupo fue el borde del área monumental. Lo siguiente fue caminar por un sendero que pasaba por varios edificios sin excavar y cuando subimos a uno de ellos casi sobre nuestros pies vimos una sombra negra pasar corriendo rápidamente, yo no pude apreciar detalles pero los demás afirmaron que claramente vieron un conejo. El custodio que nos acompañaba afirmó que en el campo no existen los conejos negros por lo que sólo podía tratarse de un nahual, sin embargo nosotros no somos especialmente supersticiosos y no nos tomamos tal afirmación muy en serio.
Grupo de los fogones

Sin embargo ahí supimos la razón para tal pensamiento: uno de los edificios del lugar se llama la "casa del nahual" puesto que anteriormente ahí vivió una persona de la cual se afirmaba era una especie de hechicero o que contaba con poderes sobrenaturales para convertirse en animal por las noches. Ésto no es raro entre la gente que vive apartada en el campo y lo he escuchado en muchas situaciones diferentes; al parecer en el lugar aún existen problemas territoriales de vecinos que afirman que el espacio les pertenece y han provocado altercados con los custodios del sitio, por lo que historias de éste tipo podrían ser formas de ahuyentar a la gente, aunque en verdad que le ponen a los lugares una riqueza en relatos que es digna de escuchar y que además da una atmósfera de misterio que va muy bien con los sitios arqueológicos.

Al final regresamos al museo y nos despedimos del custodio y de los encargados del sitio, así continuamos nuestro viaje regresando a Tlacotepec y luego dirigiéndonos hacia Tehuacán.