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martes, 24 de septiembre de 2019

Un día de viaje por Tlaxcala y Quecholac, pt. 2 y final. Tepeticpac y Quecholac

Estructura en Tepeticpac

Después del recorrido en Tizatlán teníamos las opciones de visitar Ocotelulco, otro sitio abierto al público, o de hacer una caminata por cerros cercanos hasta Tepeticpac; luego de consultarlo con mis compañeros nos decidimos por la segunda opción y nos dispusimos a recorrer un corto tramo hasta la entrada que lleva al sitio y a un campo de tiro.

Subimos una parte de la ladera en el auto y en cuanto nos encontramos con terracería lo dejamos estacionado para seguir a pie. Subimos por la ladera contraria al campo de tiro y pronto comenzamos a encontrarnos con terrazas que aún tenían muros bastante bien conservados. 

Mientras subíamos iba enseñándole a Alondra las viejas construcciones y cada vez teníamos una panorámica más amplia hacia el lado del volcán de la Malinche y la ciudad de Tlaxcala.
Cima del cerro de Tepeticpac

Cuando estábamos ya cerca de la cima, el camino se acercó bastante al borde de una barranca muy profunda; el suelo estaba cubierto de tierra seca y la maleza que crecía se constituía de arbustos y hierbas muy espinosas; caminábamos con cuidado para no tropezar y pegados al lado del cerro. 

Como suele suceder, por momentos parecía que llegábamos a la cima y luego nos dábamos cuenta de que en realidad faltaba todavía algún tramo más; Marisela ya se estaba cansando y por momentos hubo que cargar a Alondra.

Finalmente nos encontramos con la superficie alargada de la parte más alta del cerro, parecía que había sido aplanada intencionalmente pero se veían muy pocos montículos muy bajos, yo me esperaba estructuras más grandes pero tenía poca idea de lo que habríamos de encontrar.
Plataforma en Tepeticpac

Luego de unos metros, la superficie plana se ensanchó bastante y nos encontramos con una torre de vigilancia del INAH, estaba completamente desierta y justo atrás se veían los muros de algunas estructuras ya excavadas y restauradas.

Me llevé alguna decepción pues la restauración del sitio era una de las más horribles que había visto: la estructura más grande incluso tenía ladrillos rojos bordeando las alfardas de la escalinata; definitivamente no se utilizaron materiales parecidos a los prehispánicos para los trabajos aunque quizá no era tan malo como si hubieran cubierto todo con cemento; la estética sin embargo para mi gusto era pésima.

Desde ahí pudimos ver un muro que parecía prehispánico en lo alto de un cerro cercano con mayor altura, luego de dudar un poco nos decidimos a llegar hasta ahí y caminamos por el resto del área superior del cerro, así nos encontramos con una gran plataforma cuyo frente y costados también estaban ya restaurados.
Antigua capilla colonial

Llegamos hasta otra ladera y subimos hasta su cima, ahí ya tenía mucha sed y Marisela realmente estaba ya cansada. Nos costó trabajo volver a encontrar ese muro que habíamos visto, pero luego de revisar la cima adelantándome un poco lo encontré y llamé a los demás. Nos encontramos con una capilla colonial que después supe que era una de las más antiguas de la región, definitivamente estaba construida con piedras que pertenecieron a algún edificio prehispánico y se encontraba en la esquina de una plaza rodeada de montículos alargados que muy posiblemente fueron anteriores a la capilla.

Vimos restos de algunas habitaciones contiguas y los arcos que daban paso a ellas pero lo más interesante para mi gusto fue la puerta de entrada con un gran dintel de madera que casi seguramente era el original.

Estuvimos un buen rato ahí. Marisela se sentó a descansar bajo un bonito árbol que crecía junto al edificio, Martín y yo nos pusimos a tomar fotos y luego estuve jugando a perseguir a Alondra por el gran espacio plano de la plaza prehispánica rodeada de montículos. 

Uno de los lados de este espacio era abierto y permitía una gran vista de los valles y del sitio que se encontraba más abajo, ahora ya no se distinguía nada de esto último pues los árboles y arbustos cubrían la vista pero se podía divisar toda la ciudad de Tlaxcala.

Comenzamos el descenso, queríamos llegar a un taller sobre megafauna en Quecholac pero se hacía tarde así que procuramos no detenernos; casi todo el camino Martín llevó a Alondra cargando sobre sus hombros.
Música en el museo comunitario de Quecholac

Conforme íbamos bajando escuchábamos los balazos provenientes del campo de tiro pero estábamos bien protegidos por la ladera del cerro. Llegamos hasta el auto luego de no mucho tiempo y tomamos la nueva autopista hacia Puebla; entrando a dicha ciudad tomamos rumbo hacia Orizaba y luego de una hora aproximadamente nos desviamos hacia Quecholac.

Hacía tiempo que no estaba en este último poblado, años antes colaboré un poco en algunos eventos organizados por mis amigos de la asociación civil "Quechol-Arte y Cultura A.C." y ahora simplemente íbamos como espectadores de algunos talleres y queríamos conocer el museo que se encuentran gestionando y que recientemente habían abierto al público con algunas salas de exposición.

A pesar de que llegamos tarde, aún pudimos ver una plática sobre megafauna que le interesaba mucho a Martín y a Alondra. Luego de ello visitamos la exposición del museo que contiene una serie de piezas prehispánicas de la región y de restos de animales prehistóricos que abundan en los alrededores. 

Estuve platicando un rato con mis amigos Nohemí, Arturo, Isabel y Jorge, un poco más tarde llegó César, con ello pude ver a todos los integrantes de la asociación. 

Fuimos a comer cemitas junto a la plaza central del pueblo y luego de regresar pudimos ver un grupo de música en vivo, Alondra estaba encantada mientras que su papá estuvo muy interesado en los huesos prehistóricos, platicando bastante sobre ello,

Finalmente nos despedimos antes de que fuera muy tarde, emprendimos el regreso y nos encontramos con bastante tráfico a la entrada de la ciudad de México. Dejé a mis amigos en su casa y finalmente llegué a la mía un poco más tarde que lo que había previsto pero en una hora bastante decente. Me encontraba bastante contento de haber viajado con Marisela, Alondra y Martín, además de haber podido pasar un rato con mis amigos de Quecholac.

sábado, 7 de septiembre de 2019

Viaje al sur de Puebla pt. 5 y final. Atenayuca, Puebla

Primer montículo de Atenayuca
Salimos de Tepeteopan y nos dispusimos a cruzar una gran parte del sureste de Puebla por un camino de terracería, por fortuna no había llovido recientemente y la superficie estaba firme. Aún así nuestro recorrido fue bastante largo, pasamos por cerros y cañadas cubiertos de la vegetación seca de la zona, algunas de las vistas eran majestuosas y bellas; dejábamos detrás nuestro una estela de polvo blanco y parecía que estaríamos avanzando a poca velocidad sin llegar a ninguna parte.

Luego de un buen rato que no contabilicé, nos acercamos al pueblo de Atenayuca; antes de llegar, Jorge, que ya había estado ahí, nos señaló un gran montículo del lado derecho del camino. Paramos ahí y nos acercamos caminando, una vez más cerca ya no parecía ser un edificio tan alto, más bien estaba sobre una elevación natural y una plataforma que desde lejos le hacían lucir enorme. Lo más interesante fue subir ya que nos encontramos con restos de su templo superior y de los cuerpos del basamento en su parte trasera.
Montículo norte de Atenayuca

Volvimos al auto y poco después entramos en el poblado actual de Atenayuca, cruzamos una barranca por un pequeño puente y llegamos a una gran planicie; dejamos el vehículo estacionado junto a las últimas casas y seguimos caminando por un sendero desprovisto de vegetación alta, el calor era intenso y casi no se veía ninguna sombra.

Pasamos algunos montículos hasta que llegamos a un área que parecía ser el núcleo de un gran asentamiento; pasamos sobre los restos de un muro semiderruido y luego de ello nos encontramos con el juego de pelota central de los tres que se encuentran ahí. 

Bajamos a la cancha y ahí Jorge se puso a volar el dron, con ello pudimos ver varios montículos en los alrededores pero lo más interesante fue que al dirigir la pequeña aeronave al norte, se topó con una estructura mediana perfectamente cuadrada, se veía tan clara su forma que decidimos ir a buscarla.
Muro del juego de pelota oriente

Luego de algunos minutos y de cruzar un campo de cultivo dimos con lo que buscábamos: era un edificio con 6 o 7 metros de altura que tenía rasgos arquitectónicos aún visibles, como el trazo de su escalinata de acceso, algunos muros de los cuerpos escalonados y un bello piso de estuco casi perfecto en su cima. 

Luego de un buen rato de documentar el edificio, regresamos al área central por un camino más al oriente. Jorge nos dijo que de los tres juegos de pelota de Atenayuca únicamente el de aquel lado tenía arquitectura visible así que decidimos que terminaríamos el recorrido ahí.

Caminamos entre plataformas bajas y más campos cultivados actualmente cuando de pronto, luego de pasar una albarrada de reciente construcción, vimos un gran muro de mampostería y nos dirigimos hacia allá.
Juego de pelota oriente

Subimos a la parte más alta de la pared siguiendo los contornos que ya estaban destruidos y del otro lado vimos una gran cancha de juego de pelota con forma de doble T. Al igual que la central del lugar se trataba de uno de los edificios de este tipo más grandes que hubiera visto, muy probablemente del mismo tamaño que los de Tula o Xochicalco por lo que me inclino a pensar que la temporalidad de Atenayuca es del epiclásico al igual que aquellas dos ciudades. Pudimos ver más secciones de muro en pie aunque las piedras de recubrimiento habían sido arrancadas en todas partes. 

Como ya era tarde emprendimos el regreso a la ciudad, por fortuna salir de ahí fue más fácil puesto que existe una carretera asfaltada que nos llevó hasta Tepexi de Rodríguez y de ahí a la autopista México-Veracruz. Llegamos ya algo tarde pero por suerte Jorge me acercó bastante a mi casa. Así finalizó un nuevo recorrido por Puebla, un estado sumamente rico en vestigios arqueológicos pero con un descuido tremendo de los mismos.

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Viaje al sur de Puebla pt. 4. Tepeteopan, Puebla

San Cristóbal Tepeteopan
Luego de visitar Cuthá, regresamos a Tehuacán y seguimos hacia el norte para llegar al poblado de San Cristóbal Tepeteopan. Nuestro destino era un sitio bastante poco conocido, los únicos datos que teníamos era que la destrucción ahí debía ser bastante grande pues incluso Guillermo Dupaix, quien lo visitó a inicios del siglo XIX ya reportaba el saqueo del lugar.

Pasamos por el poblado actual y luego tomamos una terracería hacia un cerro cercano; ahí nos encontramos con la sorpresa de que había topes incluso en un camino de tierra, pero las condiciones eran lo suficientemente buenas como para que Jorge se animara a seguir manejando hasta que de pronto nos encontramos frente a los montículos del antiguo asentamiento prehispánico.

Descendimos del vehículo y de inmediato nos encontramos ante un edificio alargado de piedra blanca que parecía totalmente destruido, al fondo se veía la estructura principal y los demás se dirigieron hacia allá, pero yo sospechaba del primer montículo y preferí observarlo primero.
Juego de pelota

Fue grande mi sorpresa cuando pude ver con toda claridad la figura de un gran juego de pelota que tenía un largo mucho mayor al promedio, solo comparable con canchas como las de Tula. En uno de los taludes me encontré con restos de paredes pero no pude identificar si se trataba de una construcción prehispánica o posterior.

Luego de recorrer todo el largo de la cancha del juego de pelota bajé a una plaza que lo separaba del montículo principal, ahí me encontré con un gran tanque de agua que sabía que estaba ahí pero además de eso me encontré con otro más; ambos estaban totalmente dentro del sitio y han contribuido a su destrucción ya que están construidos con piedra proveniente de los edificios vecinos.

Subí entonces a la estructura principal, el talud se encontraba totalmente destruido pero eso no se comparaba con lo que vi en la cima.
Restos de terrazas

En la plataforma superior corría un enorme hueco que partía al edificio en dos casi a la mitad, la cantidad de material que tuvo que ser extraído para realizar una oquedad de ese tamaño tenía que ser descomunal. 

Del lado en el que me encontraba no se veía ningún vestigio de arquitectura en pie, mientras que del otro lado de la brecha que partía al edificio podía ver una cruz cristiana. Bajé un poco por la parte de atrás y pude ver que por ese lado el edificio daba directamente a la ladera del cerro, por lo que descender por ahí era peligroso pues de resbalar podía caer por una gran altura.

Estuve buscando en los taludes y no podía ver nada en pie, sin embargo luego de dar casi tres cuartas partes de vuelta alrededor de la estructura pude ver la silueta de lo que habían sido los cuerpos del basamento pero ya sin ninguna piedra de recubrimiento.
Estructura principal

Finalmente regresé a la plaza y pude ver la estructura principal de frente, desde ese ángulo el gran hueco de en medio no se apreciaba del todo y con ello pude darme una idea del gran tamaño y majestuosidad que alguna vez tuvo.

No pude ver otros montículos aunque seguramente debieron existir, tal vez por causa de la brevedad de nuestra visita o porque ya fueron arrasados. A todos nos quedó una desagradable sensación por el poco cuidado que se ha tenido en el lugar y la destrucción sistemática de la que ha sido objeto.


lunes, 2 de septiembre de 2019

Viaje al sur de Puebla pt. 3. Cuthá, Puebla

Vista rumbo a Cuthá
Pensábamos salir muy temprano al día siguiente pero al tratar de contactar a Jorge no contestaba, luego de un rato nos dijo que estaba muy desvelado y que lo dejáramos dormir un rato más. Unas horas después llegamos al estacionamiento de su hotel y salimos rumbo a Zapotitlán Salinas para visitar el sitio arqueológico de Cuthá, cuyo nombre significa "cerro de la Máscara" en popoloca.

Yo había investigado una ruta que partía desde la carretera, bordeando algunos cerros sin tener que ascender demasiado aunque mis compañeros pensaban subir más directamente pero con mucho mayor desnivel. Me costó bastante trabajo convencerlos de que sería más rápido seguir mi ruta e incluso bajamos bastante por el camino aún en el auto buscando una entrada; al no ver nada, regresamos al punto que tenía marcado para el inicio. Aún así no fue tan fácil porque en un primer momento perdí el camino y acabamos caminando entre maleza muy espinosa. así que tuvimos que volver hacia abajo para seguir nuevamente la brecha correcta.
Terraza superior de Cuthá

Nos encontrábamos dentro de la reserva de la biósfera de Tehuacán-Cuicatlán, recién nombrada Patrimonio Mixto de la Humanidad, el paisaje era sumamente hermoso aunque tremendamente diferente a las selvas a las que me he acostumbrado, caminamos entre cactus de todo tipo, arbustos muy bajos y llenos de espinas, pero sobre todo eran notables los grandes órganos y las tremendas biznagas. 

Por un rato el sendero era casi plano y pasaba bordeando un cerro, del otro lado se extendía una extensa y profunda barranca; al otro lado del abismo podíamos alcanzar a ver las salineras que dan nombre a la región, ahí se pone a secar el salitre en terrazas y se obtienen "panes de sal", una actividad milenaria que ya se llevaba a cabo desde la época prehispánica prácticamente con el mismo procedimiento que podemos apreciar ahora, únicamente sustituyendo algunas herramientas de metal y plástico por piedra y cerámica.
Edificio 1 del sector 5

El último tramo del sendero era mucho más inclinado y con mucha tierra suelta, resbalar era muy peligroso por la cercanía de la barranca y por la cantidad ingente de espinas que nos rodeaban y todos terminamos con algunos pinchazos. Finalmente llegamos a la cima del cerro de Cuthá y nos encontramos con muros de contención que bordean una serie de terrazas prehispánicas.

La parte más alta del sitio se extendía por toda la parte alta del cerro y para llegar a la plaza principal pasamos primero por un pasillo estrecho que luego se ensanchaba y estaba rodeado por montículos bajos. Había varios caminos que se extendían por toda la zona y terminamos separándonos, yo llegué hasta la parte baja de alguna plaza y luego me dirigí a una elevación al oriente, poco después me encontré con el edificio 1 del sector 5: una estructura muy dañada que fue parcialmente consolidada pues contenía una gran tumba, Jorge ya estaba dentro de ella cuando llegué.
Tumba cruciforme

Ernesto arribó poco después de mí y entró en la tumba, Jorge se escondió en algún rincón y terminó asustándolo, algo que yo solamente pude escuchar desde afuera antes de pasar yo también.

La tumba tiene el estilo de las de los valles centrales de Oaxaca, tiene una planta cruciforme con un nicho al fondo y dos más, uno a cada lado. El más lejano se encuentra en un nivel superior al de los otros dos; todo se notaba ya restaurado pues incluso los dinteles de los espacios interiores estaban sustituidos por concreto, pudiendo distinguirse la leyenda "ingeniería" en uno de ellos.

La fachada del edificio está totalmente destruida y en su lugar solo quedó una pared de piedras de relleno que fueron colocadas de forma escalonada por los arqueólogos para evitar el desplome del resto de la estructura.
Vista desde Cuthá

Jorge estuvo volando el dron sobre la estructura e incluso intentó hacerlo dentro de la tumba, aunque eso era tan complicado que terminó tomándolo y llevándolo de esa manera.

Subimos a la parte alta del edificio y desde ahí se tenía una vista majestuosa, podíamos ver bastantes kilómetros a la redonda llenos de cerros ondulados, al fondo de las cañadas se veían los causes arenosos de los ríos de la zona, todo cubierto de la misma vegetación espinosa y de esos enormes cactus que sobresalían por encima del resto.

Yo llevaba un libro completo sobre el sitio con un mapa bastante bueno, a partir de él nos guiamos para buscar otros vestigios, así descendimos hacia una plaza más baja y nos encontramos con una serie de escalinatas todavía visibles en su lugar, vimos también algunos montículos muy destruidos y una estructura que era la segunda en tamaño del sitio, pero todo muy dañado y difícil de apreciar.
Escalinata

Finalmente nos sentamos un rato, excepto Nath, quién siguió recorriendo y pudo ver algunos muros de terrazas más que nosotros, yo buscaba un juego de pelota que estaba oculto por la maleza y finalmente decidimos regresar.

Cuando bajábamos la parte más inclinada del camino resbalé y terminé con una mano llena de espinas, una incluso se me metió debajo de la uña del dedo pulgar derecho; estuve el resto del trayecto sacando todas las pequeñas púas, usando incluso una enorme y sumamente dura espina de biznaga que corté con el machete para sacar con ella los pedazos que no podía coger con las uñas.

Llegamos con un intenso calor al auto, pero aún nos faltaba bastante para completar aquel día; así que nos dirigimos al siguiente sitio.

martes, 27 de agosto de 2019

Viaje al sur de Puebla pt. 2. "El Mapache", Puebla

Vista desde Tetel en el poblado
Decidimos que no revelaríamos el nombre del siguiente sitio que visitamos para protegerlo de visitas de saqueadores ya que es un lugar excepcional y muy poco explorado, debido a ello "El Mapache" es solamente un pseudónimo.

Era un poco tarde cuando salimos de la cascada Pescaditos pero aún teníamos tiempo de visitar un sitio. Así llegamos hasta el poblado más cercano a "El Mapache" y debido a la poca información que tuvimos sobre él, juzgamos que era mejor ir a buscar a las autoridades para pedir autorización para nuestra visita en lugar de llegar directamente.

Nos fue un tanto difícil conseguir nuestro cometido: primero preguntamos por la presidencia municipal, estaba cerrada pero nos indicaron como encontrar al presidente interino; llegamos a su casa pero no se encontraba por lo que su esposa nos llevó a casa de uno de los síndicos pero ahí nos dijeron que aquello era asunto del comisariado ejidal, así, otra vez fuimos en búsqueda de alguno de sus integrantes. Encontramos a varios de ellos sentados afuera de un domicilio y luego de hablar un rato uno aceptó llevarnos al sitio. Regresamos por el auto a la casa del presidente municipal y nos dijeron que él acababa de regresar. Amablemente ofreció llevarnos en lugar del comisario ejidal y emprendimos la marcha.
Estructura principal

En primer lugar entramos a casa de la suegra del presidente municipal, ahí había un tetel bastante deteriorado pero que sobresalía sobre el nivel de las casas, todas de un solo nivel. Desde ahí nos dirigimos al centro del sitio; cruzamos campos de cultivo y luego subimos a un cerro con no mucha altura. Así llegamos a la cima y nos encontramos con los primeros montículos del lugar.

"El Mapache" no figura entre los sitios explorados intensivamente en Puebla, no creímos que hubiera ningún tipo de trabajo en la zona pero nuestro guía nos contó sobre un antropólogo que había estado visitando el lugar y registrando con dron.

El primer punto importante que visitamos fue la plaza principal; del lado este se encontraba el tetel más alto del sitio y al centro una estela lisa con una cruz de madera que estaba tirada en el suelo pero que colocamos de pie junto al monolito.
Plaza principal

Del lado poniente encontramos una plataforma alargada con restos de pisos de estuco, al lado sur había un montículo menor y al norte estaba la parte más interesante del lugar pues ahí pudimos ver una cancha de juego de pelota y un par de teteles que en un principio nos parecieron canchas múltiples adosadas a la primera; luego de una revisión más cuidadosa incluso con el dron de Jorge no nos pareció que fuera el caso. Aún así nos sorprendió la distribución de los edificios pues parecían formar una especie de vírgula o glifo que no seguía los trazados típicos de los sitios arqueológicos.

Rodeamos aquel lado norte pasando entre varios montículos bajos y así llegamos a una explanada de gran tamaño al este de la estructura principal, desde ahí subimos a dicho edificio y tuvimos una vista privilegiada hacia el poniente de Puebla. Jorge estuvo volando el dron por un buen rato y extrañamente Ernesto nunca quiso ascender a la parte más alta.
Vista desde el Tetel principal hacia el lado norte.

Estaba comenzando el atardecer y tuvimos una bellísima postal pues en el horizonte podíamos ver el volcán Popocatépetl emitiendo una fumarola que tomaba color del rojo del atardecer.

Ahí arriba pudimos ver una mojonera que marcaba los límites entre los pueblos vecinos, ahí pudimos ver dos fechas, la primera de ellas bastante antigua.

Cuando descendimos comenzaba a oscurecer así que no pudimos llegar hasta otra estructura que se veía sobre otra loma a 200 o 300 metros de distancia hacia el oriente. 

Decidimos comenzar a descender, la oscuridad se adueñó del entorno muy rápidamente y en poco tiempo ya estábamos usando las lámparas de nuestros celulares para no tropezar con las piedras que de cuando en cuando sobresalían del camino.
El Popocatépetl en el horizonte

Regresamos hasta el poblado y ahí tuvimos que decidir lo que haríamos para pasar la noche; habían varias opciones pero decidimos salir de la zona para dirigirnos a Tehuacán, donde teníamos cerca varios sitios para el día siguiente y había más alojamientos.

Llegamos ya algo tarde, Ernesto y yo sugerimos el mismo hotel donde tiempo antes habíamos estado con Neftalí cuando visitamos Teteles de Santo Nombre, Tehuacán Viejo, la cueva del Maíz y la presa del Purrón pero Nath y Jorge no quisieron quedarse ahí. Nosotros no quisimos pagar algo más caro así que nos quedamos mientras que ellos se hospedaron a unas cuadras. Fuimos a cenar al centro y luego regresamos algo cansados al hotel, el día siguiente sería mucho más nutrido en sitios...

sábado, 24 de agosto de 2019

Viaje al sur de Puebla, pt. 1. Puente de Dios y Cascada pescaditos

Corral de Comedias de Tecali de Herrera
El 16 de febrero de 2019 comenzó un nuevo recorrido de exploración de sitios naturales y arqueológicos, en esta ocasión el destino sería el sur de Puebla y mis compañeros serían mis amigos Nath, Jorge y Ernesto. 

Muy temprano en la mañana Jorge, acompañado de Nath pasaron por mí; mi alarma no sonó y cuando me marcaron para decirme que estaban afuera tuve que levantarme y correr para cambiarme aunque afortunadamente mis cosas ya estaban preparadas. Desde ahí nos dirigimos al oriente de la ciudad y pasamos por Ernesto, quien ya nos esperaba para sorpresa de nosotros.

Tuvimos dificultades al inicio del recorrido ya que el auto comenzó a marcar una alarma y Jorge decidió parar en la ciudad de Puebla para revisar el desperfecto, gran parte de la mañana se nos fue pero era algo muy necesario pues cualquier falla mayor podría representar un problema serio, sobre todo por la ubicación remota de los lugares que visitaríamos.
Río Balsas

Finalmente salimos de la ciudad de Puebla y nos dirigimos al oriente; paramos en Tecali de Herrera y entramos al Corral de Comedias que ahí se encuentra: se trata de un antiguo teatro con estructura de madera que ha sido restaurado y representa un ejemplo único de éste tipo de edificios coloniales.

Seguimos hacia el poblado de Molcaxac y, luego de desviarnos por un camino equivocado, llegamos sin mucho problema hasta la entrada a Puente de Dios (el de Puebla, no confundir con los de Querétaro o San Luis Potosí).

Nos encontramos con un pequeño estacionamiento y nos cobraron 20 pesos la entrada; luego de pagar nos indicaron un empinado camino que descendía por una barranca. La zona parecía sumamente seca pero conforme descendíamos aparecía vegetación más verde hasta que vimos ahuehuetes creciendo junto a la corriente del río Balsas.
Puente de Dios

El camino fue complicado en esa parte porque había numerosos charcos y piedras de gran tamaño con superficies resbalosas pero luego de un corto trecho llegamos a nuestro destino: ahí el río emergía de una caverna y no se veía el fondo, en efecto es como un puente ya que el río más arriba está al aire libre y pasa por debajo de una elevación. Desafortunadamente las aguas se encuentran contaminadas y eso, además de deteriorar el ecosistema, da un mal aspecto al lugar.

Salimos de ahí y emprendimos el trayecto hacia la cascada pescaditos; supusimos que sería fácil por la cercanía pero nos costó bastante trabajo; pasamos por varias terracerías hasta llegar a un arrollo de poco caudal que intentamos seguir sin encontrar nada. Tuvimos que regresar por donde habíamos llegado y preguntar a unos locales para darnos cuenta que habíamos pasado de largo frente al señalamiento del lugar, que era una flecha pintada en rojo en un tronco.
Cascada Pescaditos

Llegamos hasta un gran terreno donde un señor nos indicó como llegar a la cascada y estacionamos el auto. Luego de una corta caminata nos encontramos con una hermosa poza de color turquesa rodeada de paredes de piedra caliza, al fondo un pequeño hilo de agua caía; se trataba del mismo arrollo que vimos antes pero luego de cruzar un área sumamente complicada llena de cactus y arbustos espinosos.

Jorge se animó a meterse a nadar mientras que los demás nos quedamos en la orilla. Así permanecimos por un rato antes de regresar y dirigirnos al primer sitio arqueológico del recorrido...

lunes, 25 de junio de 2018

Viaje por Veracruz y Puebla. Parte 7 y final. Teteles de Ávila Castillo y cascada de Puxtla

Teteles de Ávila Castillo
Después de salir de Xiutetelco nos encontramos con que la carretera hacia Teziutlán estaba cerrada, por lo tanto tuvimos que dar un rodeo para pasar una gran barranca que nos separaba de dicha población que quedaba en nuestra ruta y a la cual entramos para ver su centro; luego de equivocarnos de camino llegamos a la plaza principal y viendo que la iglesia parecía tener una fachada reconstruida o no muy antigua, decidimos seguir adelante hasta Teteles de Ávila Castillo.

Nos tomó poco tiempo llegar y nos dirigimos a una zona al norte del poblado para encontrarnos con el sitio arqueológico del lugar. Comenzamos a ver una serie de plazas rodeadas de montículos medianos que estaban cercadas, una parte con letreros del Inah. El pasto estaba bien cuidado y había vacas pastando, por un momento creimos que no podríamos pasar pero luego vimos a un trabajador que estaba ahí dentro y luego de llamarlo por señas nos indicó que entráramos.
Montículos en la plaza principal

El sitio no tiene arquitectura expuesta, por lo que únicamente pudimos observar los montículos, algunos de ellos alargados y otros cónicos. Subimos al que nos pareció más alto y ahí pudimos corroborar que se trataba de dos plazas y quizá más allá hubieran otros edificios que ahora estaban en terrenos particulares y con construcciones modernas encima. 

Aquí concluimos con los sitios arqueológicos que habíamos ubicado para visitar en el viaje. Aún nos quedaba un poco de tiempo, así que Jorge buscó en su celular lugares cercanos para visitar, nos mostró una cascada cercana llamada Puxtla y al ver que tenía una gruta detrás de la cortina de agua decidimos dirigirnos hacia ahí de inmediato.
Cascada de Puxtla

Nos costó trabajo salir de Teteles de Ávila Castillo porque nos encontramos con una calle cerrada por reparaciones pero luego de unos minutos ya estábamos en camino a Yaonáhuac, a poca distancia de ahí llegamos a una terracería que se dirigía a la cascada. Avanzamos alrededor de 300 metros y llegamos a una casa donde una señora preparaba antojitos en un comal y luego de preguntar nos indicó que sería mejor estacionarnos ahí pues comenzaba a llover y el camino adelante se pondría difícil. Tomé mi capa para la lluvia, Jorge su cámara y Ernesto dejó casi todo excepto su celular y comenzamos a caminar, a los pocos metros la lluvia comenzó a caer cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un tremendo aguacero que me obligó a cubrir la mochila de mi cámara con todo lo que pude y a Jorge a meter su cámara bajo el grueso chaleco que traía puesto. 

Llegamos a una pequeña presa y vimos que ahí iniciaba la caida de la cascada, nos acercamos al borde del precipicio y parecía no tener fondo ya que la lluvia era tan fuerte que no dejaba ver más allá de unos cuantos metros, por ninguna parte se veía por dónde bajar pero encontramos a unas personas que nos dijeron que el camino al fondo de la barranca estaba más atrás, recordando que habíamos visto un sendero con marcas que habíamos ignorado.
Vista desde el interior de la gruta

Dimos con las marcas y vimos que ahí comenzaba una senda algo empinada por la que escurría fuertemente el agua, parecía un poco peligroso bajar en esas condiciones pero Jorge y yo decidimos seguir mientras que Ernesto prefirió regresar a esperarnos. Nuestras precauciones fueron infundadas pues a pesar de la gran cantidad de agua jamás nos resbalamos y la lluvia comenzó a mermar conforme descendíamos, así llegamos al fondo donde vimos primero un pequeño arrollo y luego la cascada frente a nosotros, nos encontramos con algunas chicas que comenzaban a subir de regreso y luego nos quedamos solos con un paisaje bellísimo solo para nosotros. 
Cascada de Puxtla

La caída de agua tiene 70 metros de altura y aunque es delgada es sumamente bella, con la lluvia además se habían formado algunas caídas muy pequeñas alrededor de la gran pared que limitaba la barranca en la que nos encontrábamos. Del lado izquierdo del agua había una gruta no muy profunda y luego de cruzar el arroyo y de meternos en el agua casi hasta las rodillas entramos en el abrigo rocoso donde por fín pudimos sacar las cámaras y mantenerlas secas aunque ya casi dejaba de llover. La vista ahí combinaba las paredes llenas de musgo de la barranca con los árboles de las laderas, el negro de las piedras del fondo y el blanco de la cascada que se difuminaban con la lluvia ligera. Estuvimos ahí un rato y yo subí a la parte de la gruta que pasaba justo detrás de la cortina de agua, ahí había un tremendo viento que llevaba el rocío hacia arriba y terminé sumamente mojado. 

Salimos de ahí muy contentos por haber podido visitar la cascada antes de regresar a la ciudad y subimos de nuevo hasta el carro, a mi me costó algo de trabajo pues hacía tiempo que no subía a ningún cerro ni montaña tan empinados pero finalmente llegamos donde dejamos el auto y ahí nos encontramos de nuevo con las chicas que vimos en el fondo de la barranca. La señora nos permitió cambiarnos en su casa para estar secos y luego aprovechamos para comer ahí y todo fue bastante económico. Finalmente tomamos rumbo a la ciudad de México y unas horas después terminamos el recorrido que fue de tan solo 2 días pero sumamente nutrido de destinos, todos ellos muy interesantes y bellos. 

viernes, 22 de junio de 2018

Viaje por Veracruz y Puebla. Parte 6. Xiutetelco

Primera estructura
Pasamos la ciudad de Xalapa y seguimos por la autopista hasta Perote, prácticamente no encontramos autos que fueran en el mismo sentido que nosotros pues en aquél camino el peaje es carísimo. Salimos con rumbo a la sierra de Puebla y poco a poco fuimos encontrando un paisaje más boscoso y abrupto que destacaba por su verdor y por su gran belleza. Luego de pasar algunas poblaciones llegamos a nuestra siguiente parada: Xiutetelco, donde existen estructuras prehispánicas entre las casas actuales.

Luego de algunas curvas pronunciadas dejamos el carro estacionado junto a la carretera y caminamos una cuadra para encontrarnos con el primer edificio antiguo del lugar, se trata de un basamento piramidal rectangular que tenía 4 o 5 cuerpos bien distinguibles y al cual subimos luego de pasar por una pequeña entrada a pie de calle.
Vista desde la primer estructura

En el centro de la cima se encuentra un fragmento de prisma basáltico puesto a manera de estela, algo muy particular que nunca habíamos visto en otra parte; prácticamente todo el lugar se podía ver desde ahí y hacia el lado contrario se dibujaba el cerro cabezón de Tlatlauquitepec con su peculiar forma. Divisamos dos basamentos piramidales grandes y algunos más muy destruidos y con construcciones encima.

Bajamos por el mismo lugar por el que habíamos llegado y nos dirigimos a la plaza central del pueblo, a la que llegamos luego de pasar una gran curva; en una esquina se encontraba otra estructura prehispánica más dañada que la anterior y que en su cima tiene un campanario moderno, preguntamos por el museo comunitario y nos señalaron un edificio frente al palacio municipal, hacia allá nos dirigimos luego de subir a la estructura y mirar el campanario más de cerca.
Centro de Xiutetelco

Nos sorprendió que el recinto tuviera 4 salas, esperábamos una sola. La primera parte eran una serie de fósiles marinos que incluían conchas, caracoles y una especie de langostino; en la parte arqueológica quedamos muy decepcionados pues a pesar de que el lugar presentaba piezas que supuestamente eran de varias culturas como la olmeca, teotihuacana, tolteca y maya, pudimos notar por el estilo que tenían que casi la totalidad de ellas eran falsas aunque el encargado se empeñara en decir lo contrario (algo que ninguno de nosotros intentó discutir). Incluso había un apartado de supuestas piezas mayas que mostraban grotescas representaciones de extraterrestres que nada tenían que ver con la estética de dicha cultura; me pareció sumamente lamentable que un museo comunitario tan grande como éste mostrara éstas cosas y lo único valioso que encontramos fueron fotografías históricas de Xiutetelco que dejaban ver que el sitio había estado casi intacto en la década de los 60 y que ahora había sido arrazado casi en su totalidad.
Capilla recientemente construida sobre una estructura

Salimos de ahí con una sensación de disgusto y regresamos al carro pasando por el mercado donde nos encontramos con un puesto en el que estaban calentando tamales sobre un gran comal, decidimos parar a desayunar ahí pues no habíamos comido nada hasta entonces. Mientras degustábamos nuestra rica comida pasó una buena cantidad de gente apoyando a un candidato a algún puesto de elección popular e incluso nos regalaron gorras y el aludido nos saludó aunque visiblemente no éramos oriundos del lugar; nosotros les seguimos la corriente aunque no simpatizábamos para nada con el partido político que lo postulaba y decidimos guardar las gorras entre las curiosidades que solemos guardar de los viajes como boletos y folletos varios.
Vista desde la tercer estructura

Fuimos por el carro y nos dirigimos al último montículo grande del poblado, éste tenía una capilla en la cima y unas escaleras que rodeaban el cuerpo del edificio prehispánico hasta la parte alta. Ahí nos llevamos el último disgusto del lugar pues nos dimos cuenta que una explanada construida ahí arriba sobresalía del borde del montículo y tenía unas burdas columnas de concreto que sostenían el extremo a modo de balcón y se hundían en las entrañas del antiguo edificio, todo ello de manufactura muy reciente; para rematar la fea capilla con un mínimo espacio interno ostentaba un letrero con unas letras muy mal proporcionadas que decía "obra autorizada por el centro Inah Puebla". 

Nos fuimos de Xiutetelco con un terrible sabor de boca por la pésima labor arqueológica, de conservación y de difusión que se ha llevado a cabo ahí.

sábado, 9 de diciembre de 2017

Viaje a Tehuacán-Cuicatlán parte 1. Calipan y Cerro Colorado

Montículo en Calipan
Justo iniciando diciembre nuevamente recorrí la zona de Tehuacán-Cuicatlán, tal como lo había hecho en julio. Ésta vez fue mi amigo Jorge Díaz Henry quien sugirió visitar Santiago Quiotepec, ya en el estado de Oaxaca y también Ernesto Hernández se unió al viaje.

Nuestro recorrido comenzó temprano, saliendo de la estación Tepalcates del metro. Fue una mañana muy fría y yo estaba enfermo con una tos muy molesta pero como no me sentía tan mal decidí acudir; al llegar a la zona de Pantitlán pude ver que el oriente de la ciudad estaba cubierto por una densa neblina. Poco después de que llegué al punto de encuentro me encontré con Jorge, quien llegó en su carro, pues él sería el conductor durante todo el viaje que duraría un fin de semana. Ernesto había quedado de llegar al metro Acatitla, así que hacia allá nos dirigimos, pero tardó casi una hora en llegar, por lo que estuvimos viendo fotos en el celular de Jorge un buen rato.
Paisaje en el cerro colorado

Finalmente salimos de la ciudad cuando la neblina estaba ya disipándose, fue un trayecto sin incidentes, bastante rápido pues pasando las 11 de la mañana estábamos ya en Tehuacán y poco tiempo después nos desviamos hacia el pequeño pueblo de Calipan, donde Ernesto había detectado un montículo prehispánico.

La estructura está en una rotonda, aunque está sumamente destruido y no le queda mucha altura; sin embargo pudimos ver algunos pedazos de cerámica decorada sobre el suelo, el sitio no tenía nada de espectacular pero sabíamos que ahí cerca había una elevación llamada cerro colorado que sostenía un sitio arqueológico con pinturas murales de gran tamaño, había muy pocos datos de éste lugar por lo que no estábamos seguros de hacia dónde dirigirnos pero finalmente preguntando a un transeúnte, nos señaló una serie de cerros bajos y nos indicó que ahí era el lugar.
Paisaje en el cerro colorado

Nos acercamos lo más que pudimos en el auto, llegamos a un campo de cultivo donde estaban trabajando algunos lugareños y volvimos a preguntar; uno de ellos muy amablemente nos indicó el camino a seguir, nos dejó estacionar el carro en su terreno e incluso nos prestó su machete. Así comenzamos a caminar y al poco tiempo llegamos al pie del cerro; la subida me pareció mucho más ardua de lo que era pues mi nariz estaba muy tapada y por ello respiraba por la boca, lo que me fatigaba demasiado y me costó mucho trabajo mantener el paso.

Así llegamos al primer pico, quizás el más alto de esa zona de lomas, pudimos ver entre la maleza algunos montículos pequeños y huecos de saqueo, todo parecía indicar que estábamos cerca de las pinturas pero recorríamos la parte alta y nada podíamos encontrar más que restos sumamente dañados.
Área del cerro colorado

Llegamos al final de ésa cima y bajamos un trecho para luego subir a otro de los picos, ahí encontramos montículos más definidos pero nuevamente ningún rastro de las pinturas. En un momento Jorge se adelantó y bajó un poco por la ladera, Ernesto y yo inspeccionamos un montículo cuya cima estaba saqueada y entonces nos dirigimos a donde nuestro amigo se había ido. De pronto dí un paso y un dolor agudo invadió mi pie derecho, de inmediato bajé la mirada y me dí cuenta de que una punta de una planta espinosa como un pequeño maguey se había clavado en mi bota, la atravezó y fue a clavarse en el dedo pequeño. Me quité la bota con cuidado y lo más rápido que pude y con asombro comprobé que aquella punta era tan filosa y dura que pasó limpiamente por el cuero grueso de la bota aunque no se quedó clavada en mi dedo, podía sentirla dentro de la bota y por más esfuerzo que hice para retirarla sólo pude romper su punta, el resto quedó ahí entre el cuero y el forro y fue imposible de quitar.
Iglesia en Teotitlán de Flores Magón

Decidimos hacer un último intento yendo hasta otro pequeño pico, así que rodeamos gran parte de lo que habíamos recorrido pero ahí no encontramos prácticamente ningún resto prehispánico. Finalmente decidimos terminar nuestra búsqueda sin éxito pero convencidos de haber estado en otro sitio arqueológico debido a los restos de edificios que pudimos ver.

Una vez que subimos al auto nos detuvimos en la carretera pocos km más adelante para comprar agua y preguntamos ahí si sabían de las pinturas, a lo que el tendero respondió que creía que la zona donde se encontraban había sido cercada para que nadie pasara, de ser cierto eso nosotros no pasamos por el área donde se encontraban aquellos esquivos restos arqueológicos.
Interior de la iglesia de Teotitlán

Seguimos por la carretera y decidimos pasar a comer algo en Teotitlán de Flores Magón, cuando pudimos ver aquel poblado desde la carretera de inmediato nos llamó la atención la iglesia central, la cual sobresalía entre los cerros así que nos dirigimos hacia ahí. Sin embargo quedamos un poco decepcionados pues si era una edificación antigua fue recubierta recientemente y ya no quedaban detalles antiguos ni en su fachada ni en su interior.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 4 y final. Presa del Purrón

El Purrón
Luego de salir de la zona de Coxcatlán, seguimos la carretera por un rato hasta que llegamos a un paraje que estaba lleno de grandes acantilados de color claro que sobresalían del paisaje de órganos y de huizaches. Luego de una curva vimos una de éstas grandes paredes especialmente notable, con una forma de medio círculo; ahí Neftalí nos indicó que debíamos parar pues habíamos llegado al sitio del Purrón.

Nos estacionamos en la entrada al paraje y entonces un hombre que pasaba en motocicleta se detuvo y nos dijo que podía guiarnos por el lugar, eso no hacía falta pero accedimos para no tener alguna dificultad con los lugareños.
Cortina de la presa

Bajamos al lecho de un río seco y a los pocos metros caminados vimos una gran pared que en un primer momento podría parecer natural pero una vez frente a ella se nota que está formada de bloques que parecen de barro unidos por una argamasa que hoy se está resquebrajando y que en parte cubre lo expuesto y le da la apariencia de tierra natural que cubre la roca. Ésta pared era tan grande y tan impresionante que nos quedamos con la boca abierta; sabíamos que el sitio es de finales del preclásico, un poco antes o al inicio de nuestra era; por lo que no podíamos mas que admirar la monumentalidad que lograron los constructores en una etapa tan temprana y por la mente me pasaba comparar el Purrón con lugares como Cholula, Jaina, Izamal, etc. Conforme avanzamos me parecía más factible ésto pues el volumen construido era enorme.
Pared de la presa

Nos dimos cuenta de que el camino pasaba por una sección que fue completamente destruida en la pared, por lo que la cortina de la presa estaba incompleta y era aún más grande de lo que aparentaba actualmente. Más adelante el muro seguía el curso del viejo río con una elevación que iba disminuyendo mientras subíamos una suave cuesta; ya casi al final de ésta larguísima construcción vimos una parte que presentaba perfectamente visibles los bloques de adobe con los que fue levantado y ahí no había argamasa pulverizada que los mimetizara, por lo que apreciamos con gran claridad sus detalles y si alguna duda de la naturaleza de éste lugar aún persistía, ahora se había esfumado; definitivamente ésta magna obra fue realizada por los lugareños en una etapa temprana del desarrollo mesoamericano con el propósito de retener el agua del río que pasaba por el lugar.
Pared en el área de "las compuertas"

Pasamos al lado contrario de la pared, ahí nuestro guía nos dijo que se encontraban las compuertas de la presa, en efecto pudimos ver restos de muro pero más pequeños que los anteriores. Subimos por una cuesta a un lado de éstos y notamos que la roca en las paredes de los acantilados estaba plagada de mineral de mica, un montón de destellos cristalinos aparecían con cada movimiento ya que éste material delgado y frágil reflejaba los rayos del intenso sol que brillaba sobre nosotros.

Un poco más arriba del lecho del río seco nos encontramos con una oquedad en la pared vertical de un acantilado, entramos y notamos que había una serie de surcos en la pared, algunos de ellos quizá fueran petrograbados antiguos, pero habían tantos rayones que era difícil decirlo.
Pequeña cueva

El guía nos dijo que la cueva tenía un pasillo mucho más profundo pero que se había derrumbado y en efecto no pudimos entrar más que dos o tres metros. 

Desde ahí caminamos un poco más para llegar a otra abertura en una ladera, ésta vez supimos que se trataba de un pasillo alargado y algo inclinado que tenía su entrada en la base de una pared y terminaba en un punto más alto en otro costado del acantilado. Sin dudarlo Neftalí, José y yo quisimos atravezar ésta formación natural y entramos. Yo iba segundo en la fila grabando el recorrido y frente a mí Neftalí iluminaba con la única linterna que llevábamos. La cueva parecía estar vacía de animales, aunque yo temía encontrar serpientes pues el piso estaba cubierto de zacate y otras hojas secas; no vimos ningún murciélago ni olía a guano pero todo el tiempo iba mirando al suelo y escuchando para evitar encuentros indeseables.
Mazorca arcaica

A penas llevábamos unos 6 o 7 metros avanzados cuando escuché a Neftalí decir groserías por primera vez en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, aquello me sorprendió bastante y me acerqué a ver que era lo que había provocado esa reacción: se había encontrado una mazorca miniatura que debió haber sido cosechada en el lugar hace 5000 o 6000 años aproximadamente. El hallazgo era sorpresivo y muy emocionante, Ernesto llegó con su escala para colocarla junto a la mazorca y estuvimos tomándole fotografías un rato.

Al final dejamos aquel resto prehistórico a un lado de nuestro paso para no pisarlo y para que pudiera analizarse el sitio si alguna vez algún arqueólogo lo estudiara a fondo. Seguimos por el camino mientras Ernesto salía con el guía, ya podíamos ver la otra salida que se encontraba al final de una cuesta no tan empinada por lo que en total el pasillo tendría unos 15 metros de largo.
Vista desde la salida de la cueva

Cuando tuvimos luz yo pasé al frente ya sin la cámara y fui el primero en llegar al final de la cueva, donde un estrecho agujero llevaba al exterior. Tuve que arquearme un poco para salir pero cuando asomé la cabeza al exterior me encontré con una vista espectacular entre una cañada. Pude ver que estaba a unos 6 metros de altura sobre la parte más baja y que solo tenía un pequeño espacio para pararme, un sendero polvoriento y empinado llevaba al fondo donde ya estaba Ernesto y el guía.

Unos segundos después Neftalí también llegó y ambos nos paramos en el pequeño espacio para apreciar el panorama mientras José salía, pero él era bastante más robusto que nosotros así que le fue imposible pasar por el estrecho pasaje y decidió regresar de espaldas hasta salir por donde entramos.
Pared de la presa

Seguimos por la cañada y rodeamos un acantilado para volver a la presa, estábamos un poco más abajo de las compuertas y del otro lado del enorme muro que formó la cortina, y aún aquí encontramos restos de muro más bajos y un poco más cortos. Finalmente volvimos al auto completamente emocionados por la magnitud del sitio y por la mazorca arcaica que pudimos ver.

Regresamos a Tehuacán y finalmente entramos en el museo regional de la ciudad, ahí pudimos ver algunas piezas prehispánicas, coloniales, animales disecados y sobre todo una muestra de la evolución del maíz, desde que era una hierba silvestre llamada Teozintle hasta su diversificación, todo a mano de los campesinos de la zona sur de Puebla y de Oaxaca. Decidimos regresar a la ciudad no tan tarde así que saliendo de ahí solamente comimos una cemita y emprendimos el camino de vuelta. Aquel fue el último trayecto que realizamos junto a nuestro amigo Neftalí, fue tan divertido como cualquier otro pero quedará en mi memoria como un momento especial. Agradezco haber tenido la oportunidad de viajar con él en varias ocasiones pues siempre fue un excelente compañero que sabía bastante de los lugares que visitábamos y compartía su conocimiento sin reservas.