Después de salir de Xiutetelco nos encontramos con que la carretera hacia Teziutlán estaba cerrada, por lo tanto tuvimos que dar un rodeo para pasar una gran barranca que nos separaba de dicha población que quedaba en nuestra ruta y a la cual entramos para ver su centro; luego de equivocarnos de camino llegamos a la plaza principal y viendo que la iglesia parecía tener una fachada reconstruida o no muy antigua, decidimos seguir adelante hasta Teteles de Ávila Castillo.
Nos tomó poco tiempo llegar y nos dirigimos a una zona al norte del poblado para encontrarnos con el sitio arqueológico del lugar. Comenzamos a ver una serie de plazas rodeadas de montículos medianos que estaban cercadas, una parte con letreros del Inah. El pasto estaba bien cuidado y había vacas pastando, por un momento creimos que no podríamos pasar pero luego vimos a un trabajador que estaba ahí dentro y luego de llamarlo por señas nos indicó que entráramos.
Montículos en la plaza principal
El sitio no tiene arquitectura expuesta, por lo que únicamente pudimos observar los montículos, algunos de ellos alargados y otros cónicos. Subimos al que nos pareció más alto y ahí pudimos corroborar que se trataba de dos plazas y quizá más allá hubieran otros edificios que ahora estaban en terrenos particulares y con construcciones modernas encima.
Aquí concluimos con los sitios arqueológicos que habíamos ubicado para visitar en el viaje. Aún nos quedaba un poco de tiempo, así que Jorge buscó en su celular lugares cercanos para visitar, nos mostró una cascada cercana llamada Puxtla y al ver que tenía una gruta detrás de la cortina de agua decidimos dirigirnos hacia ahí de inmediato.
Cascada de Puxtla
Nos costó trabajo salir de Teteles de Ávila Castillo porque nos encontramos con una calle cerrada por reparaciones pero luego de unos minutos ya estábamos en camino a Yaonáhuac, a poca distancia de ahí llegamos a una terracería que se dirigía a la cascada. Avanzamos alrededor de 300 metros y llegamos a una casa donde una señora preparaba antojitos en un comal y luego de preguntar nos indicó que sería mejor estacionarnos ahí pues comenzaba a llover y el camino adelante se pondría difícil. Tomé mi capa para la lluvia, Jorge su cámara y Ernesto dejó casi todo excepto su celular y comenzamos a caminar, a los pocos metros la lluvia comenzó a caer cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un tremendo aguacero que me obligó a cubrir la mochila de mi cámara con todo lo que pude y a Jorge a meter su cámara bajo el grueso chaleco que traía puesto.
Llegamos a una pequeña presa y vimos que ahí iniciaba la caida de la cascada, nos acercamos al borde del precipicio y parecía no tener fondo ya que la lluvia era tan fuerte que no dejaba ver más allá de unos cuantos metros, por ninguna parte se veía por dónde bajar pero encontramos a unas personas que nos dijeron que el camino al fondo de la barranca estaba más atrás, recordando que habíamos visto un sendero con marcas que habíamos ignorado.
Vista desde el interior de la gruta
Dimos con las marcas y vimos que ahí comenzaba una senda algo empinada por la que escurría fuertemente el agua, parecía un poco peligroso bajar en esas condiciones pero Jorge y yo decidimos seguir mientras que Ernesto prefirió regresar a esperarnos. Nuestras precauciones fueron infundadas pues a pesar de la gran cantidad de agua jamás nos resbalamos y la lluvia comenzó a mermar conforme descendíamos, así llegamos al fondo donde vimos primero un pequeño arrollo y luego la cascada frente a nosotros, nos encontramos con algunas chicas que comenzaban a subir de regreso y luego nos quedamos solos con un paisaje bellísimo solo para nosotros.
Cascada de Puxtla
La caída de agua tiene 70 metros de altura y aunque es delgada es sumamente bella, con la lluvia además se habían formado algunas caídas muy pequeñas alrededor de la gran pared que limitaba la barranca en la que nos encontrábamos. Del lado izquierdo del agua había una gruta no muy profunda y luego de cruzar el arroyo y de meternos en el agua casi hasta las rodillas entramos en el abrigo rocoso donde por fín pudimos sacar las cámaras y mantenerlas secas aunque ya casi dejaba de llover. La vista ahí combinaba las paredes llenas de musgo de la barranca con los árboles de las laderas, el negro de las piedras del fondo y el blanco de la cascada que se difuminaban con la lluvia ligera. Estuvimos ahí un rato y yo subí a la parte de la gruta que pasaba justo detrás de la cortina de agua, ahí había un tremendo viento que llevaba el rocío hacia arriba y terminé sumamente mojado.
Salimos de ahí muy contentos por haber podido visitar la cascada antes de regresar a la ciudad y subimos de nuevo hasta el carro, a mi me costó algo de trabajo pues hacía tiempo que no subía a ningún cerro ni montaña tan empinados pero finalmente llegamos donde dejamos el auto y ahí nos encontramos de nuevo con las chicas que vimos en el fondo de la barranca. La señora nos permitió cambiarnos en su casa para estar secos y luego aprovechamos para comer ahí y todo fue bastante económico. Finalmente tomamos rumbo a la ciudad de México y unas horas después terminamos el recorrido que fue de tan solo 2 días pero sumamente nutrido de destinos, todos ellos muy interesantes y bellos.
Después de salir de Palmillas, regresamos hacia Cuitláhuac y a partir de ahí entramos a una carretera secundaria, más allá dimos vuelta en una terracería y seguimos algunos kilómetros. Habíamos tenido dudas sobre el camino a tomar para llegar al sitio arqueológico de Cuauhtochco ya que éste se encuentra rodeado por el río Jamapa y es necesario cruzarlo, en nuestros mapas aparecía otro acceso que cruzaba por un puente vehicular pero varios kilómetros río abajo; Jorge sugirió que llegaramos al poblado de Santiago Huatusco y preguntáramos por el sitio antes de decidir, yo prefería ir directo en el auto hasta donde llegáramos pero sabía que cruzar el río a pie (si se podía) sería el camino más agradable y espectacular así que acepté su propuesta; a penas un poco antes de llegar al poblado ya teníamos una vista hermosísima: dimos una vuelta prácticamente en "u" para tomar la entrada a Huatusco y frente a nosotros vimos una serie de cañadas y abruptos paredones totalmente verdes, sobre la elevación más grande se distinguía la figura rectangular del gran templo de Cuauhtochco.
Río Jamapa
Comenzamos a ver un caserío donde no se distinguían muchas personas; finalmente llegamos a la plaza central de Santiago Huatusco, se trataba de un campo muy verde frente a una iglesia que en su frente se veía bastante reciente pero que en la parte trasera mostraba muros y una capilla lateral que parecían coloniales, habían dos calles junto al edificio y más allá estaban las paredes casi verticales de los cerros circundantes. Entramos a la iglesia y vimos que el interior también parecía haber sido añadido recientemente mientras que la capilla lateral estaba cerrada y servía como una especie de desván. Al salir vimos en la casa de enfrente algunos jóvenes y les preguntamos la forma de llegar al sitio arqueológico, nos indicaron que debíamos bajar al río y cruzarlo para luego ascender del otro lado; no sacamos mucha información pero al menos sabíamos que el nivel del agua era bajo y seguro para pasar.
Cruce del río Jamapa
Nos encontramos con una gran dificultad un poco más adelante cuando paramos en la única tienda que vimos en el pueblito: no habíamos comprado agua antes y ahora solamente encontramos pequeñas botellas de refresco que no serían suficientes. Platicamos con la señora que atendía el lugar y con un cliente que se veía algo crudo y nos dijeron que era posible llegar a Cuauhtochco pero que el camino era muy complicado, que difícilmente lo encontraríamos si no teníamos guía. La cosa pintaba mal pero al final nosotros decidimos ir de todas maneras con un refresco cada quien y el gps de los teléfonos celulares. Subimos al auto y seguimos por un camino cada vez más difícil hasta que vimos el curso del río reflejando el intenso azul del cielo. Un poco antes de eso encontramos un joven que se lavaba la cara en un pequeño arroyo, le preguntamos si podía guiarnos al sitio y contestó que no había desayunado pero que podía alcanzarnos después, nosotros no creimos que eso pasara así que abandonamos la idea de buscar guía y emprendimos la marcha solos.
Restos de muro defensivo
Una vez que bajamos a la orilla del río Jamapa pudimos ver que Cuauhtochco era una fortaleza impresionante: del otro lado se alzaban unas tremendas paredes verticales y el gps nos indicaba que arriba de ellas y unos metros más allá estaba nuestro destino, por consejo de los lugareños y por lo que veíamos en el mapa decidimos seguir la orilla río abajo hasta llegar a un meandro donde parecía existir una subida segura; desde un principio éste camino fue muy complicado, caminamos entre un plantío de limones que cerraba el paso muchas veces, no queríamos usar el machete y había espinas en las ramas, sin embargo el olor era sumamente agradable. Un poco más adelante nos encontramos con que el paso se estrechaba mucho y lo único que había era un sendero entre espesa vegetación que nos cerraba el paso a cada momento, el calor y la humedad eran intensos y había que subir y bajar continuamente entre las grandes piedras que cubrían la rivera.
Montículo en la plaza baja de Cuauhtochco
Comenzamos a preocuparnos porque la dificultad para avanzar era terrible, el sudor nos corría por la cara y nuestros refrescos comenzaban a mermar, el sol ya estaba subiendo bastante y si no conseguíamos salir de esa selva lo mejor sería regresar e intentar por otro camino.
Cuando ya estábamos considerando volver, en el mapa vimos que unos metros frente a nosotros debía haber una especie de playón o espacio abierto así que avanzamos y nos encontramos con que en una curva del río la orilla se ampliaba mucho y quedaba libre de vegetación pues estaba cubierta de cantos rodados y arena, finalmente tuvimos paso libre aunque las botas se nos hundían en el terreno, la siguiente curva que formaba el curso del agua tenía un paso donde el río pasaba sobre muchas piedras y bajaba mucho su profundidad, incluso vimos a dos lugareños que en ese momento estaban por llegar a la orilla opuesta.
Templo principal de Cuauhtochco
Pasamos por el mismo lugar sin quitarnos las botas ni alzarnos los pantalones, el calor era intenso y el agua tenía una temperatura muy agradable así que no nos importó llevar los pies mojados además de que se secaron muy rápido. Hablando con los dos lugareños que habíamos visto nos indicaron que había una senda que usaba el ganado para subir a lo alto del cerro donde está el sitio, así que a partir de ahí comenzamos a caminar por una senda muy bien marcada que parecía cruzar un espacio plano, de pronto nos encontramos con otro camino que parecía ascender así que dimos vuelta ahí, supimos que era la dirección correcta pues la pendiente se volvió pronunciada muy pronto y vimos que estábamos muy cerca de la pared vertical que caía hasta la orilla del río, finalmente nos convencimos de que llegaríamos a Cuauhtochco cuando encontramos restos de muros defensivos que alguna vez restringieron el único paso natural que llegaba al lugar por el sur.
Tarántula en Cuauhtochco
La subida era pesada, Jorge y Ernesto casi habían terminado con su respectivo refresco (aunque Jorge había encontrado un suero en su carro, fruto de algún día posterior a una borrachera), yo casi no había tomado nada pero comenzaba a tener la boca seca; tal dificultad se nos olvidó cuando vimos la cima totalmente limpia y libre de vegetación, yo esperaba ver en cualquier momento el templo principal pero el espacio al que llegamos solamente mostraba algunos montículos muy destruidos, por un instante estuve un tanto confundido pero luego levanté la vista y varios metros más adelante, sobre una elevación aún mayor se veía el edificio prehispánico que buscábamos.
Éste primer espacio era una plaza muy amplia con montículos, casi no se veía nada de arquitectura expuesta exceptuando algunos muros de cantos rodados que permanecían en su lugar bien alineados.
Posible edificación colonial
Subimos la última cuesta y con una gran emoción llegamos frente al templo principal de Cuauhtochco. Al acercarnos vimos una buena cantidad de zopilotes que habían alzado el vuelo y se alejaron por el lado contrario al que llegamos; era increíble que el lugar estaba casi libre de maleza y el edificio mostraba sus detalles claramente, del lado por el que llegamos había también una serie de montículos bajos alineados con un costado del edificio principal. Se trata de la única estructura hecha en estilo totalmente mexica que se conserva en tan buenas condiciones y que incluso aún sostiene gran parte de su templo superior, un detalle que en otros lugares del centro de México jamás sobrevivió; además de ello aún muestra gran cantidad de su recubrimiento de estuco y algunas decoraciones en los frisos de la parte superior. Éste lugar fue documentado a principios del siglo XIX por el capitán de dragones Guillermo Dupaix e incluso se tiene un grabado que lo muestra aún más completo que ahora, por lo que fue usado como modelo para reconstruir sitios como Santa Cecilia Acatitlán o hipotéticamente incluso la gran México-Tenochtitlan.
Templo mayor de Cuauhtochco
El lugar es llamado también Huatusco o El Fortín; al llegar me senté frente al templo mayor y grabé una dedicatoria a nuestro amigo Neftalí, ahora quedaba cumplido el último pendiente que habíamos dejado antes de su fallecimiento y me costó trabajo contener las lágrimas que se agolparon en mis ojos. La voz de Ernesto me sacó de mi introspección pues le escuché decir que había encontrado una tarántula y quise ir a verla, era un animal pequeño pero muy bonito: las patas y todos sus apéndices eran negros pero el torso era rojizo y la panza mostraba líneas alternadas en negro y naranja con el centro en otro tono rojizo más oscuro, de inmediato quise fotografiarla y entonces me di cuenta que era bastante agresiva pues con cualquier movimiento se ponía en guardia e incluso incrementó la dificultad para enfocarla pues arremetía contra mí cada vez que le apuntaba con la cámara.
Vista de Cuauhtochco
Frente a donde estaba la araña vimos un gran pozo de saqueo en la pared del edificio que mostraba dos o tres etapas constructivas, dimos la vuelta y encontramos una edificación un tanto extraña que aún tenía muros sobre una plataforma, después de revisarla no creímos que fuera prehispánica aunque si parecía muy antigua, por lo que probablemente sea colonial.
Finalmente subimos por la empinada escalinata del templo mayor, sus escalones eran muy estrechos y hechos con cantos rodados que en algunas partes aún estaban recubiertos de estuco; el templo superior aún tenía incrustados fragmentos de madera que creaban un techo plano de dicho material a la mitad de la altura de las paredes, los muros parecían incluso como si hubieran sido edificados con ladrillos, algo sorprendente aunque no tenemos ningún punto de comparación al tratarse de un ejemplo único.
Vista del río Jamapa
Cuando estábamos a punto de bajar del edificio, el joven que habíamos encontrado en el camino llegó hasta ahí y nos ofreció una gran botella de agua con hielo, ya habíamos olvidado la sed pero el camino de regreso sería muy caluroso, así que nos salvó de una posible deshidratación. Su nombre es Miguel González y nos contó que el sitio está tan limpio porque a veces pasa por ahí el ejército aunque también algunas tardes y noches se escucha pasar cuatrimotos que podrían pertenecer a narcos.
Después de bajar del edificio nos encontramos con los restos de una cabeza de serpiente que quizá decoraba el muro del templo y en la parte trasera del mismo una piedra con grabados que quizá representaban escamas y parte del rostro de otro reptil. Emprendimos el regreso guiados por Miguel y pudimos ver en varios puntos el borde del acantilado con el río Jamapa en el fondo y una extensa vista cubierta completamente de vegetación, bajamos por el mismo camino y cruzamos por otra parte del mismo vado la corriente de agua, ahí nuestro guía rellenó la botella directamente del río y vimos que el líquido estaba muy limpio y fresco. El camino que tomamos hacia Santiago Huatusco fue casi el mismo que seguimos en el sentido contrario, por lo que vimos que no estábamos tan perdidos; el calor en los últimos metros era ya tremendo pero llegamos enteros hasta el camino donde pasamos con el auto y regresamos a la misma tienda para comprar más refrescos, ahí la misma señora que vimos en la mañana nos contó que el cliente crudo que no nos quiso llevar le había dicho que temía que lo fuéramos a secuestrar... Así terminamos el recorrido despidiéndonos de la señora y de Miguel y salimos por el mismo camino por el que llegamos rumbo a nuestro siguiente destino.
Desde Teotitlán de Flores Magón tomamos rumbo hacia el sur por una carretera muy sinuosa que sigue el curso de la región de la cañada, en la sierra norte de Oaxaca. Antiguamente ésta era la ruta de acceso desde Tehuacán hasta los valles centrales del estado sureño. Los paisajes se volvían cada vez más agrestes y pintorescos, la vegetación predominante seguía formada por los grandes órganos rodeados de huizaches y biznagas pequeñas a ras de suelo, de cuando en cuando veíamos la corriente de algún río en el fondo de las barrancas y pasamos por algunos pueblos no muy grandes antes de tomar la desviación de terracería hacia Santiago Quiotepec. Una vez ahí, comenzamos a descender entre los cerros hasta que llegamos a un puente sobre un ancho río; ahí Jorge nos dijo que era el mismo que deberíamos cruzar al día siguiente para llegar al sitio arqueológico de Ciudad Vieja, pero por el momento sólo nos limitamos a mirarlo desde el camino.
Iglesia de Santiago Quiotepec
Un poco más adelante la terracería volvía a ascender para rodear una escarpada pendiente y justo en el punto más alto se dominaba la vista del río, por lo que nos detuvimos para admirar el imponente paisaje que quedaba a nuestros pies; desde ahí ya podíamos ver la cúpula roja de la iglesia central de Santiago Quiotepec y supimos que estábamos cerca de nuestro último destino del viaje. Nuevamente nos pusimos en marcha y seguimos el camino que serpenteaba hasta llegar a las primeras casas del poblado. Ahí no había señal de celular, televisión o incluso de radio por lo que ya nos habíamos dispuesto a pasar el resto del día sin todos esos elementos modernos para sentirnos como en años pasados en los que aún no se inventaban; paramos en la primera casa, donde Jorge ya había estado y prueba de ello es que los habitantes de dicho hogar lo reconocieron.
Atardecer desde el mirador de la cruz
Nos sorprendió bastante que ahí tenian internet, por lo que no pasamos del todo sin tecnología; mientras pedíamos datos para rentar una cabaña y para conseguir guía que nos llevara a la zona arqueológica al día siguiente, dimos un vistazo a nuestros celulares pues era el único punto donde aquello tendría sentido.
Nos indicaron que la mayordomía de los servicios turísticos pasaba de una familia a otra cada cierto tiempo, por lo que ellos (a diferencia de cuando Jorge estuvo ahí antes) ya no eran los encargados, pero nos indicaron que fueramos a una tienda detrás de la iglesia a preguntar así que eso fue lo que hicimos en seguida.
Cruce del río grande
Subimos de nuevo al auto para recorrer unas cuantas cuadras al centro del poblado, el cual tiene a penas alrededor de 500 habitantes. Escuchábamos música proveniente del lugar a donde nos dirigíamos y Jorge nos explicó que al no haber radio, había una gran bocina que sonaba para entretener a los lugareños.
Llegamos a la iglesia, la cual no tenía grandes dimensiones, sin embargo se reconocía su antigüedad pues tiene características coloniales, asimismo en su fachada pudimos ver un bloque de piedra que contenía figuras labradas indudablemente prehispánicas y que casi seguramente fue llevada ahí desde la ciudad vieja al otro lado del río. El interior del templo es austero pero nos pareció bastante bonito.
Caminando hacia Ciudad Vieja
Desde ahí rodeamos y vimos algunas casas pintorescas que quizá eran las más antiguas del lugar, en sus fachadas tenían adosadas varias bancas de cemento, un lugareño entrado en años estaba descansando ahí y luego de saludarnos nos indicó la casa que buscábamos. Aprovechamos para comprar agua en la tienda y la mujer que atendía nos indicó que el encargado y el guía no se encontraban pero que podía vocearlos, lo cual aceptamos. Así pudimos observar otro uso del gran altavoz que estaba justo al otro lado de la calle, mientras nos sentamos en una de las bancas de cemento escuchamos como llamaban al guía del lugar para que acudiera a ofrecer sus servicios, sin embargo el primero que apareció en el lugar fue el encargado de las cabañas y nos indicó que esperáramos un poco para que barriera una de ellas: la más alta y con mejor vista para hospedarnos; aquél día no había otros visitantes en el pueblo así que podíamos darnos ese lujo.
Paredón en el conjunto 2 de Ciudad Vieja
Mientras eso pasaba, subimos al mirador del lugar, el cual es llamado "de la cruz" porque hay una justo en la cima. Desde ahí podíamos ver de un lado la iglesia y las casas del lugar y del otro una serie de cerros, además del curso del río. Jorge nos indicó una elevación justo en la otra rivera y pudimos ver la gran extensión que tenía, toda ella estuvo cubierta con la Ciudad Vieja de Quiotepec, construida por los Zapotecos y una de las zonas arqueológicas más importantes o quizá la más importante de la región de la cañada, en el norte de Oaxaca.
El paisaje que nos rodeaba era hermosísimo y pintoresco, tenía tonos marrones y grisáceos en el suelo que también resaltaban en los empinados acantilados que en varios lugares caían a pico hasta el río; la cubierta vegetal estaba verde por la temporada de lluvias que recién terminaba y resaltaba el color casi azulado de los enormes órganos que cubrían todas las laderas. Más abajo el río tenía un bello color aguamarina; todo enmarcado por un cielo profundamente azul surcado de nubes muy claras.
Estructura en el conjunto 3 de Ciudad Vieja
Frente al mirador estaban las cabañas, me sorprendió que a pesar de lo pequeño del poblado contara con un hospedaje tan acogedor, aquellas construcciones parecían muy limpias y sencillas pero con muy buen gusto. Nos instalamos en la que nos asignaron y poco después el guía del pueblo llegó y acordamos que saldríamos a las 6 de la mañana del día siguiente a recorrer los vestigios arqueológicos; también acudió a la casa que visitamos primero para pedirles que nos prepararan la cena para un poco más tarde.
Luego de un rato volvimos a subir al mirador pues el atardecer pintó de rojo las nubes y el horizonte, dando al cuadro que teníamos frente a nosotros una belleza aún mayor, la cual aún no terminó cuando todo se oscureció pues al mirar hacia el lado contrario pudimos ver una enorme luna casi totalmente llena que aparecía detrás de los cerros, el viento entonces era tan fuerte que hacía que perdiera el equilibrio si me mantenía de pie.
Estructuras en el conjunto 3 de Ciudad Vieja
Regresamos caminando a la entrada del poblado y ya nos habían preparado una sencilla pero muy rica cena con quesadillas, café y una salsa excelente y luego de estar ahí un rato aprovechando el internet, nos retiramos a la cabaña a descansar, yo dormí de inmediato pues me encontraba enfermo de gripe; Ernesto y Jorge se quedaron despiertos hasta ya entrada la madrugada.
Poco antes de las 6 nos preparamos para salir y encontramos a nuestro guía justo en la entrada a las cabañas, aún no amanecía y a penas empezaba a clarear el cielo, pero había suficiente luz como para caminar sin necesidad de linternas; así bajamos hasta la orilla del río, cruzando algunas calles de Quiotepec, un riachuelo con agua cristalina y una zona cubierta con pequeñas dunas de blanca arena.
Estructura en el conjunto 3
No existe ningún puente en la zona para cruzar así que debía ser a pie, ésto no se puede hacer en época de lluvias pues el nivel del agua sube varios metros. Debido a que no queríamos mojarnos los pantalones, cruzamos en ropa interior a excepción de Ernesto, quien fue el único que tomó en cuenta ésto y llevó un short y chanclas que no se fueran con la corriente. En cambio yo sufrí bastante por las piedras del fondo al pasar descalso, sin embargo fue una excelente experiencia pues nunca antes nos había tocado visitar una zona arqueológica a la que se tuviera que llegar cruzando un río a pie.
Del otro lado volvimos a vestirnos, estaba un poco nublado pero la temperatura era muy agradable, así que no tuvimos frío ni muchas incomodidades después de tan mojado inicio de recorrido a pesar de que en algunos puntos el agua nos llegó hasta el estómago.
Tumba en el conjunto 4
Llegamos a un área cubierta de arena más o menos plana que tenía ya los primeros montículos prehispánicos, esta zona baja era la más antigua de la ciudad vieja y más tarde supimos que además de plataformas habitacionales también contenía estructuras grandes y un juego de pelota.
Luego de unos 200 metros llegamos a la ladera rocosa del cerro y comenzamos a ascender hasta alcanzar un sendero señalizado que los lugareños habilitaron para la visita, a partir de ahí comenzamos a ver restos de muros con sus piedras bien alineadas, algunos montículos y escalones, de pronto nos topamos con una gran pared que tenía unas franjas decorativas muy características de los edificios zapotecas, fue el primer vistazo de una estructura excavada y desde ahí ya podíamos ver que el lugar fue muy importante en su tiempo.
Conjunto 4
El cerro formaba una rampa natural que llevaba a su parte más alta y a lo largo de ésta había algunos pasajes algo estrechos y también explanadas de distintos tamaños; en la primera de ellas nos encontramos con una tumba a la que entramos para ver que tenía forma de un pequeño pasillo con nichos en cada extremo y a ambos lados formando una cruz. Su altura era más de metro y medio, una pequeña parte de su techo había sido retirada para poder ingresar y tenía arquitectura muy sencilla.
Desde ahí ya veíamos que la ladera se hacía cada vez mas escarpada y que muchos de los desfiladeros fueron reforzados con muros artificiales que les daban mayor estabilidad y recubrían el talud en muchos lugares.
Vista desde el conjunto 4
Después de subir un poco más nos encontramos con una plaza, en cada extremo tenía un edificio con 5 metros de altura aproximadamente, el primero de ellos con una escalinata doble muy empinada que me recordó a las de edificios en los altos de Guatemala; en su parte superior había una plataforma con una sola escalinata mucho más ancha y algunos restos de lo que debía haber sido el templo que coronaba el edificio. La estructura al fondo de la plaza era muy cuadrada con una amplia escalinata y paredes prácticamente verticales. Del lado izquierdo había un edificio muy parecido a éste último pero más pequeño que en su parte trasera estaba ya fuera de la plaza y era sostenido por una gran pared que descendía por la ladera empinada. En el lado derecho no había construcciones pues la plaza terminaba en el borde de un acantilado.
Vista del conjunto 3 desde el 4
Pasando el edificio del fondo, pudimos ver que junto a él había otro más pequeño muy cuadrado también, formando un pasillo entre ellos que daba acceso a la parte más alta del sitio. Una nueva terraza contenía una tumba que debió ser enorme a juzgar por los grandes monolitos que se observaban y que fueron parte de su techo que yacía ya colapsado, por lo que no se podía acceder a ella. Nuestro guía nos dijo que por dentro tenía pasillos como un laberinto, por lo que probablemente fue parecida a las tumbas que se encuentran en los conjuntos principales de Mitla, muchos kilómetros más al sur, pero construida por miembros de la misma cultura zapoteca. Ésta parte del sitio estaba ya muy alta sobre el nivel del río y mostraba una bella vista hacia el actual pueblo de Santiago Quiotepec, enmarcado por el río grande que parecía aún más azul verdoso desde ahí.
El cerro de Ciudad Vieja al centro
Finalmente llegamos a la base del conjunto principal, estaba delimitado por una enorme pared de entre 12 y 15 metros de altura y al pie de ésta vimos otra tumba en forma de cruz con nichos en cada punta, aunque ésta tenía parte de su recubrimiento de estuco y hasta un poco de pintura mural roja. Mostraba el nicho principal adornado como la fachada de un pequeño templo y daba una idea de como debieron ser los edificios del lugar cuando estaban en pie, hoy en día no queda ningún templo, todos han caido y en su lugar dejaron montículos de tierra, solo se pueden apreciar algunos basamentos piramidales y muros.
Vista desde Ciudad Vieja
Ya en la plaza superior que coronaba todo el cerro, pudimos ver un gran juego de pelota, mayor que todos los que recuerdo en el estado de Oaxaca, que aunque no está excavado muestra sus taludes laterales y sus cabeceras muy claramente; desde ahí veíamos dos plazas con edificios sumamente monumentales: grandes plataformas con más de 6 metros de altura que delimitaban dos patios mayores que los que habíamos observado más abajo. Sobre la estructura más alta parecía haber existido un palacio con un patio pequeño al centro a juzgar por la forma de los montículos que dejaron los cuartos al derrumbarse y la vista era magnífica pues permitía ver hacia todos los ángulos, ahí pudimos ver por fín el otro lado del cerro, donde corría el río grande y se juntaba con otro más pequeño llamado río salado que bajaba por un cañón entre las montañas.
Vista desde el conjunto 4
Comenzamos a descender por el lado contrario, pasamos al borde de un gran acantilado y desde ahí podíamos ver la plaza del conjunto que vimos con las estructuras excavadas, detrás de ella el río serpenteaba hacia el horizonte dibujando una serpiente clara en el entorno rojizo y verde. La cúpula de la iglesia de Santiago Quiotepec era un pequeño semicírculo rojo que sobresalía al otro lado del río y las montañas se extendían hasta donde la vista llegaba. El paisaje natural era muy diferente al de otros lugares que hubiera visitado pero sumamente bello, no podíamos sino detenernos ahí a observar mientras el fuerte viento nos despeinaba. Así seguimos el descenso y seguimos encontrando grandes muros y restos de estructuras que no habíamos notado en el ascenso.
Llegamos hasta el río y nuevamente cruzamos, aunque el punto donde lo hicimos fue un poco más alejado del poblado, ahí el agua de pronto subía de nivel y me llegó al pecho. Regresamos al poblado y nuevamente nos esperaban para desayunar huevos con chorizo y frijoles a pesar de que ya eran las 12 del día. Luego de ello acomodamos nuestras cosas, subimos al auto y nos despedimos de todos nuestros anfitriones con una sensación de alegría y ganas de volver alguna vez. Nos dieron folletos en los que vimos que la región tiene muchos atractivos para visitar y luego nos dirigimos de regreso al poblado de Tecomavaca para buscar un museo comunal que estaba cerrado. Así tomamos rumbo a Puebla y queríamos ver la salida de la luna pero la neblina en el camino lo impidió así que seguimos de largo hasta la ciudad de México, terminaba así un corto pero memorable recorrido.