Mostrando entradas con la etiqueta Tehuacán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Tehuacán. Mostrar todas las entradas

miércoles, 4 de septiembre de 2019

Viaje al sur de Puebla pt. 4. Tepeteopan, Puebla

San Cristóbal Tepeteopan
Luego de visitar Cuthá, regresamos a Tehuacán y seguimos hacia el norte para llegar al poblado de San Cristóbal Tepeteopan. Nuestro destino era un sitio bastante poco conocido, los únicos datos que teníamos era que la destrucción ahí debía ser bastante grande pues incluso Guillermo Dupaix, quien lo visitó a inicios del siglo XIX ya reportaba el saqueo del lugar.

Pasamos por el poblado actual y luego tomamos una terracería hacia un cerro cercano; ahí nos encontramos con la sorpresa de que había topes incluso en un camino de tierra, pero las condiciones eran lo suficientemente buenas como para que Jorge se animara a seguir manejando hasta que de pronto nos encontramos frente a los montículos del antiguo asentamiento prehispánico.

Descendimos del vehículo y de inmediato nos encontramos ante un edificio alargado de piedra blanca que parecía totalmente destruido, al fondo se veía la estructura principal y los demás se dirigieron hacia allá, pero yo sospechaba del primer montículo y preferí observarlo primero.
Juego de pelota

Fue grande mi sorpresa cuando pude ver con toda claridad la figura de un gran juego de pelota que tenía un largo mucho mayor al promedio, solo comparable con canchas como las de Tula. En uno de los taludes me encontré con restos de paredes pero no pude identificar si se trataba de una construcción prehispánica o posterior.

Luego de recorrer todo el largo de la cancha del juego de pelota bajé a una plaza que lo separaba del montículo principal, ahí me encontré con un gran tanque de agua que sabía que estaba ahí pero además de eso me encontré con otro más; ambos estaban totalmente dentro del sitio y han contribuido a su destrucción ya que están construidos con piedra proveniente de los edificios vecinos.

Subí entonces a la estructura principal, el talud se encontraba totalmente destruido pero eso no se comparaba con lo que vi en la cima.
Restos de terrazas

En la plataforma superior corría un enorme hueco que partía al edificio en dos casi a la mitad, la cantidad de material que tuvo que ser extraído para realizar una oquedad de ese tamaño tenía que ser descomunal. 

Del lado en el que me encontraba no se veía ningún vestigio de arquitectura en pie, mientras que del otro lado de la brecha que partía al edificio podía ver una cruz cristiana. Bajé un poco por la parte de atrás y pude ver que por ese lado el edificio daba directamente a la ladera del cerro, por lo que descender por ahí era peligroso pues de resbalar podía caer por una gran altura.

Estuve buscando en los taludes y no podía ver nada en pie, sin embargo luego de dar casi tres cuartas partes de vuelta alrededor de la estructura pude ver la silueta de lo que habían sido los cuerpos del basamento pero ya sin ninguna piedra de recubrimiento.
Estructura principal

Finalmente regresé a la plaza y pude ver la estructura principal de frente, desde ese ángulo el gran hueco de en medio no se apreciaba del todo y con ello pude darme una idea del gran tamaño y majestuosidad que alguna vez tuvo.

No pude ver otros montículos aunque seguramente debieron existir, tal vez por causa de la brevedad de nuestra visita o porque ya fueron arrasados. A todos nos quedó una desagradable sensación por el poco cuidado que se ha tenido en el lugar y la destrucción sistemática de la que ha sido objeto.


sábado, 9 de diciembre de 2017

Viaje a Tehuacán-Cuicatlán parte 1. Calipan y Cerro Colorado

Montículo en Calipan
Justo iniciando diciembre nuevamente recorrí la zona de Tehuacán-Cuicatlán, tal como lo había hecho en julio. Ésta vez fue mi amigo Jorge Díaz Henry quien sugirió visitar Santiago Quiotepec, ya en el estado de Oaxaca y también Ernesto Hernández se unió al viaje.

Nuestro recorrido comenzó temprano, saliendo de la estación Tepalcates del metro. Fue una mañana muy fría y yo estaba enfermo con una tos muy molesta pero como no me sentía tan mal decidí acudir; al llegar a la zona de Pantitlán pude ver que el oriente de la ciudad estaba cubierto por una densa neblina. Poco después de que llegué al punto de encuentro me encontré con Jorge, quien llegó en su carro, pues él sería el conductor durante todo el viaje que duraría un fin de semana. Ernesto había quedado de llegar al metro Acatitla, así que hacia allá nos dirigimos, pero tardó casi una hora en llegar, por lo que estuvimos viendo fotos en el celular de Jorge un buen rato.
Paisaje en el cerro colorado

Finalmente salimos de la ciudad cuando la neblina estaba ya disipándose, fue un trayecto sin incidentes, bastante rápido pues pasando las 11 de la mañana estábamos ya en Tehuacán y poco tiempo después nos desviamos hacia el pequeño pueblo de Calipan, donde Ernesto había detectado un montículo prehispánico.

La estructura está en una rotonda, aunque está sumamente destruido y no le queda mucha altura; sin embargo pudimos ver algunos pedazos de cerámica decorada sobre el suelo, el sitio no tenía nada de espectacular pero sabíamos que ahí cerca había una elevación llamada cerro colorado que sostenía un sitio arqueológico con pinturas murales de gran tamaño, había muy pocos datos de éste lugar por lo que no estábamos seguros de hacia dónde dirigirnos pero finalmente preguntando a un transeúnte, nos señaló una serie de cerros bajos y nos indicó que ahí era el lugar.
Paisaje en el cerro colorado

Nos acercamos lo más que pudimos en el auto, llegamos a un campo de cultivo donde estaban trabajando algunos lugareños y volvimos a preguntar; uno de ellos muy amablemente nos indicó el camino a seguir, nos dejó estacionar el carro en su terreno e incluso nos prestó su machete. Así comenzamos a caminar y al poco tiempo llegamos al pie del cerro; la subida me pareció mucho más ardua de lo que era pues mi nariz estaba muy tapada y por ello respiraba por la boca, lo que me fatigaba demasiado y me costó mucho trabajo mantener el paso.

Así llegamos al primer pico, quizás el más alto de esa zona de lomas, pudimos ver entre la maleza algunos montículos pequeños y huecos de saqueo, todo parecía indicar que estábamos cerca de las pinturas pero recorríamos la parte alta y nada podíamos encontrar más que restos sumamente dañados.
Área del cerro colorado

Llegamos al final de ésa cima y bajamos un trecho para luego subir a otro de los picos, ahí encontramos montículos más definidos pero nuevamente ningún rastro de las pinturas. En un momento Jorge se adelantó y bajó un poco por la ladera, Ernesto y yo inspeccionamos un montículo cuya cima estaba saqueada y entonces nos dirigimos a donde nuestro amigo se había ido. De pronto dí un paso y un dolor agudo invadió mi pie derecho, de inmediato bajé la mirada y me dí cuenta de que una punta de una planta espinosa como un pequeño maguey se había clavado en mi bota, la atravezó y fue a clavarse en el dedo pequeño. Me quité la bota con cuidado y lo más rápido que pude y con asombro comprobé que aquella punta era tan filosa y dura que pasó limpiamente por el cuero grueso de la bota aunque no se quedó clavada en mi dedo, podía sentirla dentro de la bota y por más esfuerzo que hice para retirarla sólo pude romper su punta, el resto quedó ahí entre el cuero y el forro y fue imposible de quitar.
Iglesia en Teotitlán de Flores Magón

Decidimos hacer un último intento yendo hasta otro pequeño pico, así que rodeamos gran parte de lo que habíamos recorrido pero ahí no encontramos prácticamente ningún resto prehispánico. Finalmente decidimos terminar nuestra búsqueda sin éxito pero convencidos de haber estado en otro sitio arqueológico debido a los restos de edificios que pudimos ver.

Una vez que subimos al auto nos detuvimos en la carretera pocos km más adelante para comprar agua y preguntamos ahí si sabían de las pinturas, a lo que el tendero respondió que creía que la zona donde se encontraban había sido cercada para que nadie pasara, de ser cierto eso nosotros no pasamos por el área donde se encontraban aquellos esquivos restos arqueológicos.
Interior de la iglesia de Teotitlán

Seguimos por la carretera y decidimos pasar a comer algo en Teotitlán de Flores Magón, cuando pudimos ver aquel poblado desde la carretera de inmediato nos llamó la atención la iglesia central, la cual sobresalía entre los cerros así que nos dirigimos hacia ahí. Sin embargo quedamos un poco decepcionados pues si era una edificación antigua fue recubierta recientemente y ya no quedaban detalles antiguos ni en su fachada ni en su interior.


lunes, 4 de diciembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 4 y final. Presa del Purrón

El Purrón
Luego de salir de la zona de Coxcatlán, seguimos la carretera por un rato hasta que llegamos a un paraje que estaba lleno de grandes acantilados de color claro que sobresalían del paisaje de órganos y de huizaches. Luego de una curva vimos una de éstas grandes paredes especialmente notable, con una forma de medio círculo; ahí Neftalí nos indicó que debíamos parar pues habíamos llegado al sitio del Purrón.

Nos estacionamos en la entrada al paraje y entonces un hombre que pasaba en motocicleta se detuvo y nos dijo que podía guiarnos por el lugar, eso no hacía falta pero accedimos para no tener alguna dificultad con los lugareños.
Cortina de la presa

Bajamos al lecho de un río seco y a los pocos metros caminados vimos una gran pared que en un primer momento podría parecer natural pero una vez frente a ella se nota que está formada de bloques que parecen de barro unidos por una argamasa que hoy se está resquebrajando y que en parte cubre lo expuesto y le da la apariencia de tierra natural que cubre la roca. Ésta pared era tan grande y tan impresionante que nos quedamos con la boca abierta; sabíamos que el sitio es de finales del preclásico, un poco antes o al inicio de nuestra era; por lo que no podíamos mas que admirar la monumentalidad que lograron los constructores en una etapa tan temprana y por la mente me pasaba comparar el Purrón con lugares como Cholula, Jaina, Izamal, etc. Conforme avanzamos me parecía más factible ésto pues el volumen construido era enorme.
Pared de la presa

Nos dimos cuenta de que el camino pasaba por una sección que fue completamente destruida en la pared, por lo que la cortina de la presa estaba incompleta y era aún más grande de lo que aparentaba actualmente. Más adelante el muro seguía el curso del viejo río con una elevación que iba disminuyendo mientras subíamos una suave cuesta; ya casi al final de ésta larguísima construcción vimos una parte que presentaba perfectamente visibles los bloques de adobe con los que fue levantado y ahí no había argamasa pulverizada que los mimetizara, por lo que apreciamos con gran claridad sus detalles y si alguna duda de la naturaleza de éste lugar aún persistía, ahora se había esfumado; definitivamente ésta magna obra fue realizada por los lugareños en una etapa temprana del desarrollo mesoamericano con el propósito de retener el agua del río que pasaba por el lugar.
Pared en el área de "las compuertas"

Pasamos al lado contrario de la pared, ahí nuestro guía nos dijo que se encontraban las compuertas de la presa, en efecto pudimos ver restos de muro pero más pequeños que los anteriores. Subimos por una cuesta a un lado de éstos y notamos que la roca en las paredes de los acantilados estaba plagada de mineral de mica, un montón de destellos cristalinos aparecían con cada movimiento ya que éste material delgado y frágil reflejaba los rayos del intenso sol que brillaba sobre nosotros.

Un poco más arriba del lecho del río seco nos encontramos con una oquedad en la pared vertical de un acantilado, entramos y notamos que había una serie de surcos en la pared, algunos de ellos quizá fueran petrograbados antiguos, pero habían tantos rayones que era difícil decirlo.
Pequeña cueva

El guía nos dijo que la cueva tenía un pasillo mucho más profundo pero que se había derrumbado y en efecto no pudimos entrar más que dos o tres metros. 

Desde ahí caminamos un poco más para llegar a otra abertura en una ladera, ésta vez supimos que se trataba de un pasillo alargado y algo inclinado que tenía su entrada en la base de una pared y terminaba en un punto más alto en otro costado del acantilado. Sin dudarlo Neftalí, José y yo quisimos atravezar ésta formación natural y entramos. Yo iba segundo en la fila grabando el recorrido y frente a mí Neftalí iluminaba con la única linterna que llevábamos. La cueva parecía estar vacía de animales, aunque yo temía encontrar serpientes pues el piso estaba cubierto de zacate y otras hojas secas; no vimos ningún murciélago ni olía a guano pero todo el tiempo iba mirando al suelo y escuchando para evitar encuentros indeseables.
Mazorca arcaica

A penas llevábamos unos 6 o 7 metros avanzados cuando escuché a Neftalí decir groserías por primera vez en todo el tiempo que llevaba de conocerlo, aquello me sorprendió bastante y me acerqué a ver que era lo que había provocado esa reacción: se había encontrado una mazorca miniatura que debió haber sido cosechada en el lugar hace 5000 o 6000 años aproximadamente. El hallazgo era sorpresivo y muy emocionante, Ernesto llegó con su escala para colocarla junto a la mazorca y estuvimos tomándole fotografías un rato.

Al final dejamos aquel resto prehistórico a un lado de nuestro paso para no pisarlo y para que pudiera analizarse el sitio si alguna vez algún arqueólogo lo estudiara a fondo. Seguimos por el camino mientras Ernesto salía con el guía, ya podíamos ver la otra salida que se encontraba al final de una cuesta no tan empinada por lo que en total el pasillo tendría unos 15 metros de largo.
Vista desde la salida de la cueva

Cuando tuvimos luz yo pasé al frente ya sin la cámara y fui el primero en llegar al final de la cueva, donde un estrecho agujero llevaba al exterior. Tuve que arquearme un poco para salir pero cuando asomé la cabeza al exterior me encontré con una vista espectacular entre una cañada. Pude ver que estaba a unos 6 metros de altura sobre la parte más baja y que solo tenía un pequeño espacio para pararme, un sendero polvoriento y empinado llevaba al fondo donde ya estaba Ernesto y el guía.

Unos segundos después Neftalí también llegó y ambos nos paramos en el pequeño espacio para apreciar el panorama mientras José salía, pero él era bastante más robusto que nosotros así que le fue imposible pasar por el estrecho pasaje y decidió regresar de espaldas hasta salir por donde entramos.
Pared de la presa

Seguimos por la cañada y rodeamos un acantilado para volver a la presa, estábamos un poco más abajo de las compuertas y del otro lado del enorme muro que formó la cortina, y aún aquí encontramos restos de muro más bajos y un poco más cortos. Finalmente volvimos al auto completamente emocionados por la magnitud del sitio y por la mazorca arcaica que pudimos ver.

Regresamos a Tehuacán y finalmente entramos en el museo regional de la ciudad, ahí pudimos ver algunas piezas prehispánicas, coloniales, animales disecados y sobre todo una muestra de la evolución del maíz, desde que era una hierba silvestre llamada Teozintle hasta su diversificación, todo a mano de los campesinos de la zona sur de Puebla y de Oaxaca. Decidimos regresar a la ciudad no tan tarde así que saliendo de ahí solamente comimos una cemita y emprendimos el camino de vuelta. Aquel fue el último trayecto que realizamos junto a nuestro amigo Neftalí, fue tan divertido como cualquier otro pero quedará en mi memoria como un momento especial. Agradezco haber tenido la oportunidad de viajar con él en varias ocasiones pues siempre fue un excelente compañero que sabía bastante de los lugares que visitábamos y compartía su conocimiento sin reservas.


viernes, 24 de noviembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 3. Cueva de Coxcatlán

Cueva de Coxcatlán
El segundo día de recorrido por el área de Tehuacán salimos con rumbo al poblado de Coxcatlán y en sus inmediaciones Neftalí nos indicó que siguiéramos una brecha que iniciaba en un pequeño caserío y subía por una loma; luego de bajar por el lado contrario se adentraba entre la vegetación dominada por huizaches y grandes órganos que contrastaban en tonos claros y oscuros de verde; el cielo estaba nublado pero poco a poco el gris se iba fragmentando para dejar ver pinceladas de blanco y de un azul profundo que volveron a crear el conjunto bellísimo que habíamos visto el día anterior.

Llegamos hasta una intersección donde una puerta metálica impedía el paso de los autos mas no de las personas a pie, así que dejamos el vehículo estacionado en un pequeño campo abierto y comenzamos la caminata de unos cuantos km que nos llevaría a la cueva de Coxcatlán.
Órganos y nopales

El camino serpenteaba entre la vegetación que estaba totalmente verde por ser plena temporada de lluvias, por el suelo se veían surcos que indicaban que el agua corría por ahí cuando caían tormentas y conforme el sol aparecía entre las nubes pudimos apreciar que las piedras del lugar estaban cargadas de mineral de mica, lo que hacía que a cada paso viéramos pequeños destellos, reflejos de luz que provenían del la capa casi transparente que conforma la mica en las rocas.

Los órganos eran tan grandes y adquirian un tamaño tan pronunciado que incluso pudimos ver uno que se había volteado por completo y mostraba las raíces extendidas hacia el cielo pues había desarrollado tantos brazos hacia arriba que el peso venció al delgado tronco, derribándole por completo. 
Cueva del maíz

Frente a nosotros se veía una loma no muy alta pero que estaba constituida claramente por material muy poroso, luego de un rato de rodearla por el camino Neftalí señaló una oquedad en uno de los costados de la elevación natural y nos hizo saber que habíamos llegado a la llamada "cueva del maíz". Ahí subimos un poco para encontrarnos con un hueco en la roca (pues no se le puede llamar cueva a algo tan pequeño), que estaba rodeado por una cerca baja de metal pintado de amarillo con una puertita que no tenía candado, por lo que pasamos y apreciamos que el terreno ahí era más bajo, quizá debido a que justo ahí se encontró un campamento prehistórico que contenía restos de maíz arcaico: pequeñas mazorcas con unos pocos granos e incluso teocintle, su planta silvestre antecesora; con una antigüedad de casi 7000 años.
Cueva del maíz

Neftalí, Ernesto y José se quedaron inspeccionando cada detalle de la cueva y descansando un poco para el regreso, pero yo encontré un sendero que rodeaba la loma y permitía subir a su parte más alta; no dudé en querer ver aquel paisaje con verdes tan diversos desde la altura así que ascendí a pesar de que la tierra suelta hacía peligroso el paso.

Una vez arriba podía ver un mar verde claro salpicado por todas partes con el verde más azulado de los órganos; las nubes para entonces ya estaban muy razgadas y dejaban ver el cielo completamente claro, solamente en el área cercana a la carretera se interrumpía el espectáculo dejando ver áreas cultivadas y manchones amarillentos de tierra desnuda.
Vista desde lo alto de la loma

Una vez que bajé y me encontré con los demás en el frente de la "cueva", emprendimos el camino de regreso pues aún nos faltaba un último sitio en el viaje; mientras regresábamos al auto recogimos algunas piedras que tenían capas de mica sobre ellas y de pronto entre la maleza pudimos incluso encontrar un gran conejo que me miraba con los ojos completamente abiertos, oculto entre el claroscuro que formaban las ramas de un huizache. Una vez en el auto seguimos unos cuantos km más, lo que seguía era completamente una sorpresa que Neftalí había preparado para el viaje.

martes, 21 de noviembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 2. Tehuacán Viejo

Portaestandarte en el museo
Después de dejar Santo Nombre, llegamos hasta Tehuacán y de ahí nos dirigimos a otro sitio recientemente abierto al público y con un camino complicado de encontrar: Tehuacán viejo; sin embargo nuevamente no tuvimos problemas para llegar y desde una loma pudimos ver el sitio en lo alto, lo que nos ayudó a no perder el camino. 

Lo primero que queríamos ver era el extraordinario museo de sitio; éste lugar, a diferencia de Teteles de Santo Nombre, fue abierto ya cuando se encontraba en una buena condición para recibir visitantes y contiene algunas de las piezas talladas en piedra más impresionantes que se pueden apreciar: un par de portaestandartes con figuras descarnadas, una escultura de una diosa cadavérica y una espléndida cabeza de serpiente, entre otras. El nivel de detalle que pudimos apreciar en ellas era impresionante e incluso tenían en algunas partes restos de color; se dice que Tehuacán tenía filiación popoloca, pero sin embargo nosotros vimos en todos los razgos que observamos la influencia de México-Tenochtitlán, ciudad que conquistó la región a finales del periodo posclásico, justo antes de la llegada de los conquistadores españoles. Después de recorrer el pequeño pero bello museo nos dirigimos al sitio arqueológico, el cual se encuentra en terrazas de una gran elevación que domina el valle de Tehuacán.
Museo de sitio

Subimos por una ladera no muy inclinada y luego de algunos metros pudimos ver los edificios del conjunto I, ahí se encuentran restos de varios complejos residenciales y una gran plaza que tiene su edificio principal en uno de los lados, el cual mide alrededor de 8 metros de altura; el sitio fue restaurado con un material de la región de color amarillento, dando una apariencia que contrasta con otros lugares, aunque a nosotros no nos gustó particularmente. El cielo que cubría el lugar era uno de los más hermosos que me haya tocado presenciar en cualquier sitio que hubiera visitado: las nubes blancas y grises razgaban un profundo azul, contrastando con ese color amarillento de los edificios y el del suelo formaban un cuadro pintoresco y magnífico que no podía dejar de captar con mi cámara y de mirar embobado.
Estructura principal del conjunto I

Estuvimos recorriendo un rato los edificios del primer conjunto y luego volvimos a seguir el camino que subía a una terraza más alta, en el fondo se dibujaba un gran acantilado que rodeaba la parte más alta de la montaña, sin embargo la parte más impresionante del sitio no está sobre aquella parte sino en un punto intermedio. Justo cuando pudimos ver el templo mayor de Tehuacán viejo quedamos boquiabiertos por la impresionante belleza que el cuadro de entorno, sitio y cielo nos mostraba; pero todavía no nos dirigimos hacia ahí pues nos encontramos en una camioneta al encargado del lugar, Neftalí lo conocía así que nos quedamos un momento en ése punto del camino para que pudieran conversar un poco, las ansias de seguir las sentía en las piernas pero pude contenerme.
Grupo principal

Cuando llegamos a la base de la plataforma que sostiene el grupo principal la imagen era perfecta, por lo que nuevamente estuvimos ahí otro rato detenidos mientras tomábamos fotografías. Despues de ello subimos y comenzamos a recorrer la zona. El edificio principal estaba dedicado al dios de la muerte, algo muy poco común, y contenía adornos en forma de calaveras pero actualmente están cubiertos para su conservación y no es posible apreciarlos. La forma en que fue restaurado me recordó al sitio de Zaculeu en Guatemala aunque me pareció que éste fue un poco mejor logrado aunque en ninguno de los dos me gustó mucho que digamos. 
Grupo principal

Alrededor del edificio se encuentra una serie de plataformas bajas y detrás de él hay una zona alargada más elevada que también tiene estructuras, hacia la parte baja se pueden apreciar varios montículos sin excavar y hacia arriba hay una escalinata que se dirige a un área que no está abierta al público, pero que indica que aún hay una parte de la antigua ciudad que está en una zona más alta que el templo mayor.

Nuevamente tardamos bastante tomando fotografías en el grupo principal, pero después de eso el regreso fue rápido, ya era un poco tarde y el museo había cerrado así que decidimos ir a dejar nuestras cosas a un hotel en Tehuacán para luego salir a cenar.
Iglesia de Tehuacán

Terminamos sentados en un restaurant en el centro de la actual ciudad de Tehuacán, fue un día con un clima perfecto y un cielo precioso así que estábamos sumamente satisfechos, aún nos faltaba un buen recorrido al día siguiente así que debíamos descansar bien...








sábado, 11 de noviembre de 2017

Viaje al sureste de Puebla pt. 1. Teteles de Santo Nombre

La mañana rumbo a Tlacotepec de Benito Juárez
Después de iniciar el 2017 en Yucatán y Campeche, el año no prometía muchos recorridos fuera de la ciudad; en febrero me tocó acudir como guía a un viaje por Zacatecas, del cul no escribo debido a su brevedad (sólamente se visitó La Quemada, Altavista-Chalchihuites, el cerro de la Bufa y una parte del centro de Zacatecas) y a que los acontecimientos de aquellos días detonaron mi salida poco elegante del grupo de viajes VAM, donde estuvimos trabajando varios amigos y todos terminamos de la misma manera por diferencias profundas con quienes actualmente se apropiaron de dicho grupo y de lo cual no hablaré.

Tuve que esperar hasta el primer día de julio para volver a hacer un recorrido más o menos largo por zonas arqueológicas y otros lugares, ésta vez por el sureste de Puebla. La razón del viaje fue que mi amigo, que en paz descanse, Neftalí y un compañero reciente de viajes para él: José, a quien yo no había tenido el gusto de tratar anteriormente, se pusieron de acuerdo para salir a conocer algunos sitios recientemente abiertos al público y otros que Neftalí ya conocía de antemano; José puso su auto y nos invitaron a Ernesto (quien ya había viajado conmigo a Perú y otros lugares antes) y a mí.

Iglesia en Tlacotepec de Benito Juárez

Quiero dedicarle éste relato de viaje a Neftalí, pues fue la última vez que tuve el gusto de viajar con él, fue un gran recorrido y nos regaló algunos de los paisajes y cielos más impresionantes que me haya tocado ver; como si la providencia los hubiera reservado para ser la culminación de lo que habíamos tenido la oportunidad de mirar anteriormente.

El viaje comenzó en la estación del metro Gómez Farías, ahí llegué muy temprano y todos los demás tuvieron algo de retraso; yo no tenía crédito en mi celular y a esa hora no era fácil encontrar dónde recargar. Estuve a punto de salir de la estación pero algo me hizo regresar y entonces vi a Neftalí, quien llamó entonces a Ernesto; entonces nos enteramos de que se había quedado dormido y preferimos recogerlo en el camino rumbo a Puebla; ya afuera vimos a José en su auto y subimos para iniciar el trayecto.
Edificio principal del grupo de los altares

Poco después estábamos ya los cuatro en camino saliendo por la autopista hacia Puebla, el cielo estaba cargado de nubes pintorescas y el sol comenzaba a salir por el oriente; podíamos ver la cima nevada del Iztaccíhuatl a momentos y yo me dí cuenta de que en el sensor de mi cámara había una mota de polvo que aparecía en todas las fotografías y que me fue imposible quitar hasta regresar a mi casa... sin embargo pude ocultar esa mancha al editar las imágenes. Así seguimos de largo hasta la desviación a Tecamachalco, un lugar conocido por nosotros pues del otro lado de la autopista se encuentra Quecholac y ahí viven algunos buenos amigos. A partir de ése punto recorrimos solamente carreteras federales de dos carriles hasta que llegamos a Tlacotepec de Benito Juárez.

Grupo de los altares

Una vez en el poblado paramos a desayunar quesadillas y visitamos una iglesia colonial que en su frente tenía un pequeño camposanto; Ernesto quería entrar pues en su interior existe una pieza prehispánica que fue colocada en un muro, pero las puertas estaban cerradas y al parecer el sacristán no se encontraba ahí, probablemente porque había feria en el centro del pueblo. Después de tomar algunas fotografías decidimos seguir con nuestro camino hacia la zona arqueológica de Teteles de Santo Nombre. El camino no era fácil pues no existen señalamientos y hay que dar varias vueltas por pequeñas carreteras, sin embargo gracias a haber investigado bien la ruta anteriormente y a nuestros mapas pudimos llegar sin problema a pesar de que había cambiado el acceso (Ernesto había estado ahí antes).

Vista desde el tetel principal

Llegamos a un estacionamiento y frente a nosotros se encontraba el centro de visitantes y el museo de sitio, éste lugar fue abierto oficialmente al público meses antes por el gobernador Rafael Moreno Valle, sin embargo fue la típica apertura apresurada que los políticos mexicanos suelen hacer al final de su periodo de gobierno para tomarse la foto y decir que "cumplieron": aún entonces y habiendo pasado varios meses en el museo no había electricidad y los baños no contaban con agua potable, el sitio no está habilitado para la visita pública y los principales grupos están rodeados por vallas que no permiten el paso a los recintos y prácticamente no existen los páneles explicativos; ni siquiera el sendero de visita estaba completo y el que se empezó a construir hacía más difícil caminar sobre él que sobre la tierra junto a éste.

Tetel del grupo central parcialmente excavado

Pero nosotros tomamos previsiones para ésta situación y conseguimos permiso para accesar a los grupos arquitectónicos excavados aunque sólo en uno era posible subir a las estructuras. Uno de los custodios nos acompañó y pudimos apreciar de mejor forma el lugar, que es totalmente impresionante.

Lo primero que hicimos fue entrar al museo de sitio, el cual no cuenta con muchas piezas y se pretendía tener apoyos computarizados para las explicaciones, los cuales obviamente se encontraban sin funcionar por la falta de electricidad. Afuera del recinto ya podíamos apreciar los vestigios de dos pequeños edificios que tal vez eran plataformas para casas de habitantes prehispánicos no muy acomodados.

Grupo de los fogones

Luego de una corta caminata llegamos al conjunto de los altares, el cual era un cuadrángulo del que se han excavado dos edificios; sus estructuras dan una idea del estilo de construcción del sitio y se ha dicho que parecen como si fueran miniaturas de Teotihuacan; sin embargo yo les ví un parecido mucho más marcado con los edificios de Oaxaca, especialmente de Monte Albán; éstas similitudes son en parte obvias, pues Teteles de Santo Nombre se encuentra entre éstas dos grandes metrópolis prehispánicas aunque un poco más cerca de Oaxaca que de Teotihuacan, además según la cronología al parecer fueron contemporáneas. Los dos edificios restantes se encontraban convertidos en montículos de piedras y al centro del grupo pudimos ver una gran roca que al parecer funcionó como una especie de estela y que pudo haber estado en posición vertical aunque ahora estaba totalmente apoyada en el suelo.

Caminando por Teteles de Santo Nombre

Después de salir de éste grupo arquitectónico rodeamos por un sendero hasta la parte trasera del edificio principal que habíamos visto y nos encontramos en otra plaza aún mayor rodeada de enormes montículos, uno de ellos tenía la escalinata visible y parecía haber comenzado a excavarse mientras que el más grande estaba totalmente cubierto de maleza y de cactus; a éste último subimos y desde ahí pudimos ver el grupo de los altares y también más lejos otro más pequeño llamado de los fogones; además de ello pudimos apreciar que habían muchos más edificios totalmente inexplorados, lo que le daba a la antigua ciudad una extensión mayor de la que podíamos apreciar en un primer momento. Todo estaba bastante verde por las lluvias recientes y los órganos y palmas lucían majestuosos pintando en diferentes tonos que incluso se aproximaban al turquesa en muchos rincones del lugar.

Casa del nahual

Nos dirigimos al grupo de los fogones, el único que ya se encontraba en condiciones para poder subir a sus edificios, era una versión en pequeño de las otras plazas que vimos, pues su edificio principal a penas tendría 2 metros de altura y en los lados restantes tenía únicamente plataformas bajas. Hacia un lado podíamos ver grandes montículos sin excavar y hacia el otro una planicie donde ya no veíamos grandes estructuras por lo que éste grupo fue el borde del área monumental. Lo siguiente fue caminar por un sendero que pasaba por varios edificios sin excavar y cuando subimos a uno de ellos casi sobre nuestros pies vimos una sombra negra pasar corriendo rápidamente, yo no pude apreciar detalles pero los demás afirmaron que claramente vieron un conejo. El custodio que nos acompañaba afirmó que en el campo no existen los conejos negros por lo que sólo podía tratarse de un nahual, sin embargo nosotros no somos especialmente supersticiosos y no nos tomamos tal afirmación muy en serio.
Grupo de los fogones

Sin embargo ahí supimos la razón para tal pensamiento: uno de los edificios del lugar se llama la "casa del nahual" puesto que anteriormente ahí vivió una persona de la cual se afirmaba era una especie de hechicero o que contaba con poderes sobrenaturales para convertirse en animal por las noches. Ésto no es raro entre la gente que vive apartada en el campo y lo he escuchado en muchas situaciones diferentes; al parecer en el lugar aún existen problemas territoriales de vecinos que afirman que el espacio les pertenece y han provocado altercados con los custodios del sitio, por lo que historias de éste tipo podrían ser formas de ahuyentar a la gente, aunque en verdad que le ponen a los lugares una riqueza en relatos que es digna de escuchar y que además da una atmósfera de misterio que va muy bien con los sitios arqueológicos.

Al final regresamos al museo y nos despedimos del custodio y de los encargados del sitio, así continuamos nuestro viaje regresando a Tlacotepec y luego dirigiéndonos hacia Tehuacán.