jueves, 2 de marzo de 2017

Viaje a Perú pt. 12. Huchuy Qosqo

Huchuy Qosqo
Sabíamos que el siguiente día sería uno de los más pesados del viaje, originalmente íbamos a caminar con nuestras mochilas a cuestas pero después de los recorridos en Tipón, Pucara y Písac decidimos mejor dejarlas en el hotel y regresar más tarde por ellas. 

Salimos muy temprano por la mañana hacia la calle principal de Písac a tomar el transporte público para ir por el valle sagrado solamente dos poblados río abajo. Llegamos muy rápido a Lamay, que es famoso por sus restaurantes que preparan el mejor cuy del valle sagrado según supimos más tarde; este sabroso platillo lo probamos al día siguiente, así que ya lo describiré con mayor detalle; en dicho poblado termina el recorrido de Huchuy Qosqo, el cual varias agencias ofrecen en Cusco y consiste en una caminata de un día por el altiplano para terminar bajando hacia el valle sagrado. Nosotros pensábamos solamente visitar el sitio inca en las alturas de la montaña siguiendo el trayecto contrario.
Alpacas en Huchuy Qosqo

Cruzamos el río Urubamba y vimos frente a nosotros la gran pared que bordea el valle y el camino serpenteante que asciende hacia los viejos vestigios incas que se encuentran en un área plana casi en la cima; en un letrero vimos que nos esperaban 3 km de caminata y rápidamente nos dimos cuenta del tenor que tendría el recorrido: había una terracería ancha sin mucha inclinación pero mucho mas larga que permitía subir autos hasta la mitad de la cuesta y un sendero mas corto pero mucho mas empinado, preferimos el segundo y rápidamente comenzó a hacer mella en nuestras piernas. Conforme ascendíamos se volvía más escarpado y más serpenteante, luego de pasar el segundo kilómetro se convirtió en un paseo tortuoso pues podíamos ver el llano donde se encuentra el sitio arqueológico pero la subida era intensa y terriblemente resbalosa, ya estábamos mas de 500 metros sobre el valle y no quisimos rendirnos entonces.
Vestigios de Huchuy Qosqo

Cuando finalmente vimos los primeros vestigios incas a penas podíamos dar un paso más pero llegamos hasta los andenes agrícolas de la ciudad y subimos bordeándolos; en uno de ellos vimos por primera vez dos alpacas pastando, teníamos curiosidad por ver éstos animales y sus parentes las llamas, así que nos detuvimos un poco a fotografiarlos. Cuando finalmente llegamos a la zona principal de Huchuy Qosqo, nos sentamos dentro de un edificio que tenía techo de paja para proteger sus paredes recubiertas de adobe y descansamos media hora antes de seguir.

Huchuy Qosqo quiere decir "pequeño Cusco", supuestamente porque éste lugar tenía la misma distribución que la capital del Tahuantinsuyo, pero como observamos y más tarde leí no hay ninguna base sólida para afirmar tal cosa. La zona alta era la que contenía la mayoría de los edificios construidos con piedra rojiza que no tenía tallados tan finos como en otros lugares que visitamos. Un poco mas alto se veía la puerta de la ciudad y un riachuelo corría bordeando el lado contrario. La vista era bellísima, pues estábamos en el lugar más alto con respecto al valle que visitamos y las nubes se agolpaban en el horizonte, incluso algunos de los picos más altos en la lejanía lucían cubiertos de nieve mientras que abajo Lamay era un pequeño manchón de casas en un recodo del río.
Casa principal

Nuestras piernas no dieron más y recorrimos solamente el área central del sitio sin subir más hacia algunas edificaciones regadas en los cerros ni bajar a las primeras que observamos al ir ascendiendo. Cuando estábamos a punto de regresar a Lamay nos percatamos de que junto al sitio había unas cuantas casas habitadas, de ahí un hombre salió y nos dijo que había que pagar la entrada, cosa que hicimos antes de marcharnos; junto con él venía un cachorrito bastante simpático que se nos acercó jugando, pero después se convirtió en un problema pues nos persiguió cerca de un kilómetro en la bajada y no parecía querer regresar a su casa, no podíamos llevarlo con nosotros y era peligroso para él llegar a donde estaba la carretera así que comenzamos a planear como dejarlo atrás para que se volviera. Comenzamos a verlo jadear así que le dejé la tapa de nuestra botella llena de agua y corrimos mientras bebía con gran peligro de resbalarnos en el polvoriento y empinado sendero; una vez que nos detuvimos creímos que lo habíamos perdido cuando de pronto apareció entre la maleza... parecía que no podríamos librarnos de él, pero hicimos un segundo intento en el que le dimos la mayor parte de nuestra agua en un hueco de una piedra, ésta vez corrimos por mas tiempo y un poco mas abajo nos encontramos con una señora que subía con dos caballos, entonces nos relajamos pues si el cachorro no regresaba solo por el camino, seguramente seguiria a la mujer y ya no habría problema.

Así pudimos continuar con nuestro descenso a un ritmo mas seguro, aunque gracias a ello el trayecto fue bastante rápido. Regresamos a Písac antes de las 12, hora de entregar la habitación, tomamos nuestras cosas y salimos nuevamente para cruzar el valle sagrado de los incas...

jueves, 23 de febrero de 2017

Viaje a Perú pt. 11. Písac

Sección del sitio arqueológico de Písac visto desde el punto mas alto
El taxi que alquilamos en Cusco tenía como destino final la entrada de la zona arqueológica de Písac, aunque primero pasamos a buscar hospedaje al poblado actual del mismo nombre; fue muy rápido conseguirlo en un pequeño hotel familiar que era algo rústico con su pequeña habitación con piso de madera.

Dejamos nuestro equipaje y luego de un corto recorrido en subida nos despedimos del taxista que nos había llevado hasta ahí desde Cusco. La zona arqueológica tiene dos entradas: una desde la carretera serpenteante que asciende a los cerros y la otra directo desde el poblado actual; nosotros entramos por la primera de ellas, por lo que iniciamos por la parte alta del sitio.

Zona superior de Písac
Cuando llegamos el cielo estaba completamente cubierto de nubes oscuras y comenzaba a caer una ligera llovizna, la única que nos tocó en el país, y me complicó mucho tomar fotos y video porque a cada momento la lente se llenaba de gotitas. Así comenzamos a recorrer los escarpes de la montaña en cuyas empinadas laderas las terrazas agrícolas y los edificios de Písac parecían colgar sobre el vacío.

Frente a la zona en la que estábamos podíamos distinguir en la pared del cerro de en frente una serie de orificios con algunos puntos blancos en su interior; era el antiguo cementerio inca, al cual no fuimos debido a que nuestro tiempo comenzaba a agotarse y preferimos recorrer lo más que pudieramos del sitio siguiendo el recorrido normal de visita. Primero ascendimos a la parte más alta y de ahí bajamos un poco rodeando la pendiente del cerro por un sendero estrecho pegado al talud y con el abismo a un lado aunque tenía barandal para evitar accidentes.

Edificios en las laderas.
Pasamos por una pequeña cueva que conecta dos secciones de Písac; éste pasaje oscuro y rocoso le daba un toque mas emocionante al recorrido, y cada vez que rodeabamos un talud dábamos de frente con construcciones que parecían desafiar la gravedad y los terremotos, no podía dejar de pensar en cómo pudieron construirse éstos en tales lugares y mantenerse ahí prácticamente intactos por 500 años de intemperismo y movimientos tectónicos.

La belleza de la montaña y los valles circundantes, la arquitectura que armonizaba con el relieve, los caminos sobre el abismo y el color de la roca natural y artificial hacían un paisaje hermosísimo que en poco tiempo hizo afirmar a Ernesto que nunca desde que empezó a explorar sitios arqueológicos había estado en ningún lugar mejor. Yo aún dudaba, recordaba Yaxhá en Guatemala, con sus grandes estructuras piramidales y sus lagos destellando en la tarde; a Písac le faltaba el toque casi mágico del agua reflejando los rayos del sol, pero una vez que rodeamos otro de tantos escarpes de la montaña nos encontramos de frente con una escena de ensueño: llegamos a la parte más sagrada de Písac, podíamos distinguir los edificios rojizos construidos con las piedras más finamente trabajadas con el estilo imperial que habíamos a penas visto un poco en Cusco; el sol asomaba ya en el cielo que se descubría de nubes y comenzaba a bajar por el horizonte. Detrás se levantaba la última estribación de la montaña antes de caer estrepitósamente hacia el valle sagrado y el poblado actual, y ahí abajo como un hilo de plata, el río Urubamba se deslizaba destelleando al sol poniente. No pude ya resistirme, tuve que estar de acuerdo con Ernesto que hasta entonces nunca había estado en ningún sitio arqueológico más bello que éste.
Zona ceremonial de Písac

Comenzaron a decirnos que debíamos bajar al pueblo porque se acercaba la hora de cerrar, pero todavía vimos bastantes edificios y terrazas en las laderas del monte y aún cuando ya habíamos descendido bastante desde la zona donde entramos, faltaba mucho para llegar al fondo del valle, lo cual nos tomó más de media hora.

En algún momento tropecé y estuve a punto de caer por una terraza que tenía alrededor de 4 metros de altura pero tuve suerte y no llegué al borde. Finalmente llegamos al pueblo completamente extenuados y con un hambre tremenda, la cual fue saciada en una pequeña fonda donde nos sirvieron una abundante cena bastante sabrosa y a un precio inferior al equivalente de 50 pesos mexicanos, además terminamos brindando con cerveza cuzqueña en el hotel para celebrar un día muy exitoso. Aquella noche nos llegaron noticias de que Donald Trump había ganado la presidencia de EU pero preferimos no pensar en aquellas cosas durante el viaje y teníamos que descansar, la parte más pesada del viaje a penas estaba por comenzar.

viernes, 17 de febrero de 2017

Viaje a Perú pt. 10. Piquillacta, Rumicolca y Andahuaylillas

Piquillacta
Luego de que salimos de Tipón, nos dirigimos al sureste por la carretera que mucho más allá llega a Bolivia y el lago Titicaca, pero nosotros solo avanzamos algunos kilómetros hasta la entrada sur al valle sagrado de los incas. Éste accesdesde hace alrededor de mil años ha sido custodiado por la ciudad de Piquillacta. 

Piquillacta es la mayor ciudad que existió en el valle de Cusco durante la dominación de la cultura wari. Según los estudios arqueológicos se cree que los wari desarrollaron un gran imperio antecesor del Tahuantinsuyo inca. A pesar de no existir registros escritos de ésa época remota, se han encontrado restos de cerámica wari en la zona andina y la costa de Perú, además de hallarse ciudadelas parecidas a su capital, el sitio de Huari (Ayacucho), distribuidas por un amplio territorio y que pudieron ser capitales regionales del imperio, una de ellas es Piquillacta.
Calle en Piquillacta

La distribución de éstas ciudadelas es muy característica de los wari: tienen forma rectangular cruzada por largas calles rodeadas por altos muros y en la cuadrícula que se forma se distribuyen los edificios públicos y residenciales. Sólo la élite vivía en el área central y el resto de la población en los alrededores.

Entramos junto con el taxista al sitio arqueológico, el taxi pasó ya entre muros de la antigua ciudad antes de llegar al estacionamiento; éste era uno de los sitios que Ernesto más quería visitar en nuestro viaje y no nos decepcionó; caminar por las calles amuralladas de la ciudadela rodeando los edificios fue algo de lo más impresionante que vimos en Perú, sobre todo en su lado sur, que se encuentra a mayor altura que el norte y permite apreciar toda el área excavada de Piquillacta enmarcada por las montañas y el inicio del valle sagrado.
Rumicolca
Una vez que rodeamos el perímetro de la ciudad y entramos al centro para ver los recintos públicos que no son muy grandes ni muy impresionantes, salimos de nuevo por el lado sur, subimos al taxi y solo unos metros más adelante nos detuvimos para ver lo que fue la garita de entrada al valle y a la ciudad misma: dos grandes muros y una pequeña estructura piramidal que dejan dos estrechos pasos entre ellos conforman el sitio arqueológico de Rumicolca. 

Nunca habíamos visto ninguna construcción similar, Ernesto recordó la pirámide votiva de la Quemada, Zacatecas en México, y unos meses más tarde cuando yo conocí ese sitio también le encontré cierto parecido pero muy remoto. Notamos que la roca de la construcción era la misma que en Piquillacta y presentaba varias piedras salientes formando escaleras para acceder a la parte alta. Efectivamente Rumicolca es una construcción Wari, pero más tarde fue reutilizada por los incas y éso lo pudimos notar porque algunos muros estaban revestidos con grandes rocas que tenían el sello inconfundible de éstos últimos: su perfecto trabajo de ensamble y pulido.

Andahuaylillas
Seguimos en el taxi hacia el sur, nosotros no habíamos contemplado ir hacia allá pero el conductor nos insistió en que no podíamos irnos sin visitar la iglesia de Andahuaylillas, y tenía razón. Por afuera no parece ser muy impresionante, pero por dentro es bellísima aunque por desgracia no dejan tomar fotografías así que sólo puedo dar una burda descripción: una vez que se entra a la nave central uno queda maravillado, todo el techo está construido con madera que forma arcos que cruzan de un lado a otro cada metro aproximadamente. Cada espacio y cada rincón está decorado con pinturas coloridas que se encuentran muy bien conservadas, desde la entrada hasta el retablo. No sin razón le llaman "la capilla sixtina de América". Es uno de los mejores ejemplos del barroco andino, que mas tarde pudimos apreciar también en la iglesia de Chinchero. Mis conocimientos sobre arquitectura y pintura sacra son muy limitados por lo que no puedo dar más detalle pero basta decir que estando en aquel lugar bromeaba con Ernesto diciendo que incluso alguien tan poco espiritual como yo bien podría hincarse a orar por el perdón de sus pecados con gusto ante tal belleza. Y todavía faltaba el último destino del día, que a mi gusto iba a superar en belleza natural y arquitectónica a todos los sitios que había conocido hasta entonces...


viernes, 10 de febrero de 2017

Viaje a Perú pt. 9 Tipón y Pucara

Fuente en Tipón
 El aterrizaje en Cusco fue bastante tardado, pues el aeropuerto es muy pequeño y tiene bastante tráfico; de inmediato salimos a buscar taxi para comprar el boleto turístico de Cusco, que permite entrar a casi todos los sitios arqueológicos de los alrededores; lo primero que  notamos fue que aquí era un tanto mas barato todo que en Lima, y el taxista nos ofreció llevarnos el mismo a comprar las entradas y a los sitios del día, cosa que aceptamos.

Comenzamos por subir a la fortaleza de Sacsaywaman, donde por primera vez nos encontramos con los imponentes vestigios dejados por los incas; pero ahí no era nuestro primer recorrido, así que cruzamos Cusco hacia el lado sur del valle sagrado y seguimos hasta Tipón.

Templo con fuente en Tipón
El sitio arqueológico se encuentra en la parte alta de un cerro, y fuimos recorriendo los recintos más bajos que probablemente fueron colcas, es decir, almacenes de lo que se cosechaba en las terrazas que podíamos observar en la parte central del lugar; por cada una pasaba un pequeño canal que conducía las aguas que surgían de un manantial en la parte superior, cayendo por una fuente y entrando a varios hilos conductores de diferentes tamaños e inclinaciones, lo que hacía que los caudales tuvieran diferentes velocidades en cada ramificación, todo ésto muestra de la gran ingeniería hidráulica de los incas. Mas arriba pudimos ver algunos templos con sus paredes conservadas, tenían techos de palma por lo que ya ninguno lo conservaba después de 500 años de haber quedado en desuso.
Tipón desde su parte más alta

Rodeamos las terrazas agrícolas y subimos por un camino hacia los recintos más altos, ahí encontramos un templo que contenía una fuente en su interior, y detrás de él un acueducto que conducía el líquido desde lo alto de la montaña. También en éste sector pudimos ver una gran sala circular que parecía estar destinada a celebrar reuniones de las élites del lugar en su tiempo de esplendor.

Siguiendo el acueducto, que en algunos puntos tenía más de 2m de altura con respecto al suelo del cerro, llegamos hasta una desviación por la que rodeamos la montaña hasta llegar a otras terrazas incas que contenían en su parte intermedia varios recintos de piedra rojiza. Ésta zona se llama Pucara "fortaleza", y se encontraba en excavación cuando llegamos, pero a diferencia lo que nos pasó en Allpacoto y Caral, nos permitieron visitar el lugar sin problemas. Aquí también se veían los canales para el agua pero secos.
Pucara
Los edificios de Pucara eran un poco más altos que los de Tipón, aunque su piedra parecía también diferente, presentaban gran parecido en su diseño, pues los muros laterales terminaban en triángulo para sostener el techo de paja de dos aguas. Muchas de éstas paredes tenían nichos y ventanas que fueron una constante en los sitios incas que visitamos después.

Estuvimos poco tiempo en Pucara y no subimos mucho en las terrazas porque estaba lleno de trabajadores, así que regresamos a Tipón, frente al camino donde caminabamos se extendían campos de cultivo, algunos de ellos bellamente coloridos.
Muros de Pucara

Ya de nuevo en Tipón, conversamos un poco con un grupo de turistas que estaban en el punto más alto, sorprendiéndonos de que uno de ellos tenía mas de 70 años y subía la ladera como si tuviera al menos 30 menos. Desde ahí pudimos apreciar por primera vez los bellísimos valles que se encuentran en la zona desde las laderas andinas, las nubes y el sol creaban un juego de luces en la parte baja del sitio y de pronto iluminaban las zonas de edificios, dándonos una impresión magnífica.

Finalmente regresamos a la entrada para proseguir nuestro camino, pues nos esperaba un sitio más antiguo y muy interesante que era la puerta de entrada al valle sagrado en tiempos remotos: Pikillacta.


martes, 7 de febrero de 2017

Viaje a Perú pt. 8. Una vuelta al cielo

A penas pudimos dormir pensando que debíamos levantarnos a las 3 de la mañana y recorrer un trayecto que no se veía muy seguro a esa hora, por lo que reservamos un taxi para que nos llevara. Afuera en la calle los autos pasaban interminablemente y muchos de sus conductores parecían padecer de esa comezón que comenzamos a ver en Huacho y que sólo podían aliviar tocando la bocina continuamente.

Antes de la hora convenida estábamos ya de pie, aún no era tiempo de resentir el cansancio del viaje. Unos minutos antes de las 3 y media el taxista había hecho su arribo al lobby del hotel y nos llamaron para que nos llevara al aeropuerto.

En 10 minutos estabamos de nuevo deambulando en las salas de la terminal aérea de Lima, yendo de un lado a otro y sentándonos a ratos con impaciencia hasta que finalmente hicieron el llamado a que nos presentáramos en el punto de embarque; como el avión no era muy grande tuvimos que abordar esos autobuses que llevan a uno al rincón del aeropuerto para subir a la aeronave por una escalera, algo que personalmente me gusta más que abordar por los gusanos directo de la sala.
El vuelo fue uno de esos recorridos de ensueño que pocas veces se viven, cada asomo al horizonte era una imagen diferente y la vista cambiante evocaba en mí una sensación de embelezo que sólo en una ocasión había sido tan fuerte: aquella vez un año antes en que luego de pasar un atardecer apoteósico junto con mis compañeros de viaje tirados en un playón del río Usuamacinta y lejos de todo, habiendo regresado triunfantes de nuestra difícil búsqueda del sitio maya de Tecolote, Guatemala. Las historias y anécdotas fluían al igual que el majestuoso caudal del río que teníamos en frente. Y aún después de todo el encanto del paisaje que nos invitaba a acampar ahí mismo para no irnos, llegó por nosotros la lancha que habíamos rentado y nos llevó sobre las aguas y entre la oscuridad por los cañones y los rápidos que en otras épocas del año son temibles, pero no entonces; rodeados por las siluetas fantasmales de los árboles de la selva y mil sonidos nocturnos, la bruma difuminando los contornos; y al girar siguiendo la corriente, la luna apareció magnífica a nuestras espaldas. Y nadie hablaba, parecía que nadie podía despegar los labios para no manchar el momento con palabras que se quedaban cortas, sólo el sonido del motor razgaba el manto sedoso que la escalofriante belleza
de la noche hacía flotar sobre nosotros. Incluso sobre aquellos temibles rápidos que ya viejos exploradores habían recorrido con gran peligro, parecía que no era tan malo morir ahogado en una tumba tan hermosa...

Así era mi sentir mientras miraba por la ventanilla a los majestuosos Andes, sin duda la cordillera más imponente de América. Los picos escarpados se sucedían uno tras otro hasta llenar el horizonte a penas unos minutos después de haber volado directo sobre la costa, parecía como si entre ellos compitieran por alcanzar el cielo que se presentaba completamente azul y surcado de nubes que parecían ser los brazos extendidos de las cimas nevadas o el reflejo de las mismas sobre un espejo montado en el horizonte. 

Cada valle, cada pliegue en las laderas de las montañas, cada mancha blanca de nieve hacía que de un momento a otro la imagen fuera completamente diferente a la anterior.

Me gusta observar al espacio y tratar de imaginar que tan grande es, para después mirarme a mí mismo y reconocer que soy menos que un grano de polvo que flota en un océano grandioso, y si se quiere, terrible. Pero esa no es una comparación justa, pues el universo es demasiado aplastante y me hace ver bastante más que insignificante; en cambio, observando éstas grandes montañas que se presentan a la vista tan poderosas pero tan tangibles, evocan en mí el pensamiento de que en efecto soy sumamente diminuto, pero aún con mi alcance tan bajo, puedo ir y venir como si fuera una pulga en un elefante; y cada rincón diferente con el que me encuentro es un fragmento distinto de un todo que es mucho más grandioso que lo que yo puedo imaginarme, y más bello... Y yo soy un amante de la belleza.

jueves, 26 de enero de 2017

Viaje a Perú pt. 7. La antiquísima cultura Caral

Cuando regresamos a Supe luego de volver de Chimú Capac, caminamos directamente a buscar transporte hacia el pueblito de Caral y una vez salimos con ese rumbo miramos con asombro la cantidad de sitios arqueológicos que íbamos pasando a los lados de la carretera, uno tras otro y todos con una antigüedad que ronda los 5000 años.
Allpacoto

Nuestro plan era comenzar en Caral y recorrer todos los sitios que pudiéramos de regreso, pero de último momento y luego de pasarnos de su acceso decidimos visitar primero el sitio de Allpacoto. Caminamos entre campos de cultivo y luego por un camino de terracería por espacio de a penas 1 km para llegar, ahí nos dimos cuenta que había excavaciones y trabajos recientes y al aproximarnos observamos trabajadores en la cima de una estructura; toda la zona se encontraba en medio de un gran proyecto arqueológico que pretende convertirla en un gran circuito turístico; sin embargo éstas fueron malas noticias para nosotros pues nos dijeron que estaba prohibido entrar a los sitios que estaban siendo investigados, por lo que únicamente podríamos entrar a Caral.

Ciudadela de Caral
Un poco contrariados caminamos 3 km hasta el sitio que nos permitieron visitar, cruzamos campos pedregosos y el seco cauce del río Supe; finalmente nos encontramos con el acceso a éste gran sitio que es patrimonio de la humanidad.

Existe un gran debate entre quienes afirman que Caral es la cuna de la civilización andina y quienes niegan éste hecho, pero una cosa ya comprobada es que tiene una antigüedad tremenda que data incluso de tiempos en que la cerámica aún no era inventada, pues tan solo se han encontrado figurillas de barro secado al sol sin hornear. El sistema constructivo de Caral es el mismo que ya habíamos encontrado en Bandurria, Vichama y Áspero, pues todos éstos sitios fueron contemporáneos, y en todos ellos pudimos ver estructuras piramidales con anfiteatros circulares frente a sus escalinatas.

Gran anfiteatro en Caral
Al llegar al valle donde se ubica la ciudad antigua, vimos un cerro a la izquierda que tenía un mirador sobre su ladera, pero yo quise ir más allá y subí casi hasta la cima para poder observar Caral casi a vista de pájaro, la zona de cultivos más baja se veía verde, pero todo el resto del paisaje era tan seco que ni una sola planta se veía crecer entre las arenas del desierto, las estructuras sobresalían majestuosas sobre el suelo polvoriento y el cielo lo cubría todo con un profundo azul que no era surcado ni por una sola nube, un panorama tan hostil que hace preguntarse como alguien pudo sobrevivir en éstos parajes.

Luego de bajar y caminar un poco llegamos al ingreso de la zona arqueológica, ahí nos dijeron lo que ya sabíamos: que había que pasar con guía; debíamos esperar a que alguno saliera pues los que estaban trabajando en ese momento estaban dando recorridos. Mientras esperábamos compramos agua, y yo un gorro de pescador con el nombre del sitio que fue el que usé el resto del recorrido.
Estructura principal de Caral

Finalmente luego de 20 minutos hubo un guía para nosotros, y aunque el recorrido era sumamente impresionante, nos dimos cuenta que no accedimos a todas las zonas del asentamiento. Una vez más deseamos que pudiéramos recorrer todo por nuestra cuenta y a nuestro ritmo, pero eso en la zona costera de Perú que visitamos fue completamente imposible en los sitios abiertos al público, excepto por uno... pero ese fue el último del viaje.


Observamos enormes estructuras piramidales, algunas de ellas parcialmente excavadas y otras que ya estaban completamente liberadas de su cubierta de arena, pero lo que nos agradó del trabajo arqueológico de la zona fue el hecho de que no parecía que se hubiera reconstruido ningún elemento arquitectónico, sino que únicamente se consolidó los basamentos para que no se deterioraran más por el hecho de excavarlos.

Pirámide de la galería
El gran sitio arqueológico de Caral cumplió las expectativas que teníamos sobre él con creces... todavía hicimos el intento de visitar algún sitio más de la zona dirigiéndonos hacia otro llamado Miraya, pero no nos permitieron llegar ahí y tuvimos que salir hacia el pueblito de Caral a comer y con muchas horas donde no teníamos nada que hacer; decidimos regresar a Supe y luego ir a Barranca para tomar transporte a Lima, una vez ahí buscamos hotel algo cercano al aeropuerto pues al día siguiente tomaríamos de madrugada un vuelo hacia Cusco. Terminábamos entonces la primer etapa de nuestro viaje.


martes, 17 de enero de 2017

Viaje a Perú pt. 6. Una exploración organizada en 5 minutos a Chimú Capac

Después de un descanso que no fue por la época festiva sino por encontrarme nuevamente de viaje, regreso al relato del recorrido por Perú. La historia de como comenzamos el tercer día que pasamos por allá puede dar una idea al lector del carácter de nuestros viajes y de como los disfruto tanto porque soy (o somos en su caso) dueño del tiempo y de la dirección a la que he de ir. 

Murallas de Chimú Capac
En éste caso la idea surgió de Ernesto, quien la noche anterior estuvo revisando en su celular datos de la región de Supe y aún estando ya en ruta encontró un sitio que no habíamos considerado en la cima de un cerro muy cercano a la ubicación del hotel. Por la mañana me mostró la vista de satélite del lugar y no nos quedó duda alguna de que debía tratarse de un monumento arqueológico; al instante comenzamos a buscar información y encontré que el nombre era Chimú Capac y databa de tiempos de la cultura Chimú, mucho mas tarde que los sitios antiquísimos que habíamos estado visitando ya que su periodicidad sería entre 300 y 600 d.C.

Murallas de Chimú Capac
Nos decidimos a salir a buscarlo en 5 minutos y menos de media hora después estabamos en la base del cerro donde se ubica. La ladera era sumamente difícil pues estaba cubierta de arena suelta con una fuerte inclinación; subimos lo mejor que pudimos con gran esfuerzo y una vez arriba lo primero que notamos fue una serie de murallas que recorría la zona más alta, una buena parte era tan sólo una saliente alargada cubierta de arena pero aquí y allá nos encontramos con la pared todavía visible y bien conservada en algunos tramos.

Éstas murallas circundaban las zonas mas altas del cerro, dando una idea de que alguna vez ahí hubo una formidable fortaleza. Subimos hasta el punto mas alto y no encontramos casi ningún vestigio de lo que ahí se encontraba resguardado por los muros pero desde ahí veíamos otro pico que tenía una serie de arranques de muros que formaban rectángulos que quizá eran alguna edificación techada.
Fortaleza

Seguimos con el recorrido del sitio revisando éstos recintos, si alguna vez estuvieron techados no quedaba ningún rastro de su cubierta que tal vez haya sido perecedera, tal como observamos mas tarde en sitios de la cultura Wari e Inca; en el suelo aparecían una serie de hendiduras cuadradas que nos recordaron otras redondas que vimos en Áspero y que habían funcionado como almacenes subterráneos o cocinas; desconocemos el propósito de los que encontramos en Chimú Capac pero sospechamos que podrían ser similares a los demás que vimos. 

Hendiduras en el suelo
Alrededor de éstos últimos recintos se observaban unos más bajos, pero por desgracia la mancha urbana de Supe ya se encuentra sobre algunos restos arqueológicos y acercándose peligrosamente a los más inaccesibles; éste sitio tiene muy poco o ningún estudio formal y se encuentra vulnerable a su destrucción.

Una vez que terminamos el reconocimiento del terreno, regresamos a Supe muy satisfechos con el resultado de nuestra exploración planeada en 5 minutos, además nos dirigíamos a uno de los puntos fuertes del viaje... Caral.