Me levanté temprano el sábado 30 de noviembre, habíamos fijado la cita a las 7 de la mañana en el lobby del hotel donde Juan y su hijo estaban hospedados, unas cuadras al norte de la catedral de Mérida. Estaba listo mucho antes porque debía cruzar todo el centro para llegar ahí. Me tomé todo con calma porque por mensajes ví que los Williams llegarían un poco tarde y Leonardo no contestaba desde la noche anterior. La caminata de un poco más de un kilómetro me sirvió para soltar las piernas, que habían amanecido algo pesadas por el largo trayecto en autobús del día anterior y por el recorrido en Uxmal.
Me encontré con Juan en la esquina de su hotel, estaba agripado y buscando algún lugar abierto para tomar un desayuno o al menos café, pero había un evento llamado "la noche blanca", donde hubo eventos callejeros y conciertos (cerca de mi hostal había un gran escenario, pero yo nunca salí a ver), gracias a que los comercios estuvieron funcionando durante gran parte de la noche, abrirían tarde por la mañana, la búsqueda era inútil.
Arco de entrada a Chichén Viejo
Estuvimos platicando un rato, tanto ellos como los Williams habían viajado hasta Copán desde que los vi, recorriendo también una parte de Guatemala y cruzando por Belice. Leonardo seguía sin dar señal de vida cuando los demás llegaron por nosotros en su camioneta, decidimos que era hora de irnos y pararíamos en una gasolinera en las afueras de la ciudad. Ahí Juan aprovechó para comprar su café y, en el último momento, Leonardo finalmente mandó mensaje. Le dimos la opción de alcanzarnos en Chichén Itzá yéndose en camión, o que pidiera un taxi de inmediato y llegara a la gasolinera. No estaba demasiado lejos de nosotros, por lo que escogió la segunda opción. Aprovechamos para unirnos a Juan, yo me compré un frappé bastante azucarado. Luego de media hora llegó el último de nosotros, totalmente crudo. Subimos a la camioneta y tomamos la carretera hacia Valladolid, tomando hacia Kantunil, Libre Unión y, por último, Pisté, donde paramos a desayunar panuchos, salbutes y algunos otros platos regionales. Estábamos justo junto a la iglesia del pueblo, que tiene en sus muros varias piezas provenientes del cercano Chichén Itzá, incluyendo cabezas de serpiente que sobresalen en algunas partes altas.
Templo de la Serie Inicial, Chichén Viejo
Llegamos al sitio ya casi a las 10 am, la cita que tenía Juan para todos era a las 11, por lo que nos quedaba un poco de tiempo. Decidimos entrar para pasar ese tiempo recorriendo, aunque únicamente alcanzamos a dar la vuelta por el enorme juego de pelota principal, el más grande que se conoce, con sus templos en las cabeceras, paneles en los taludes, aros de piedra y el Templo del Jaguar en su lado oriental. Regresamos a la entrada, nos dirigiríamos a la única razón que me hizo volver hasta ahí, el conjunto de Chichén Viejo, recientemente abierto al público mediante cita o con cupo limitado. Desde 2012 había tenido como propósito no volver hasta poder entrar ahí, ya que me desagrada bastante la gestión del lugar, que lleva años convertido en un tianguis, donde los vendedores no dan descanso al visitante y, por si fuera poco, siempre lleno de gente. Para mi satisfacción, los turistas no tienen ni la menor idea de que existe ese conjunto arquitectónico, así que éramos los únicos que entrarían, por supuesto tampoco hay vendedores.
Plataforma de la Tortuga
Recorrimos un camino de más de 1 km, que fue abierto casi de manera improvisada porque el antiguo cruzaba terrenos privados por los que los dueños no quisieron dar permiso de paso. Luego de unos 15 minutos llegamos ante el gran arco de entrada al grupo. Desde ahí comenzamos a apreciar que la arquitectura es muy parecida a la del área central, aunque más pequeña, y muestra una mezcla entre el estilo del Puuc y elementos del centro de México. Por todos lados había decoraciones en relieve, tanto en frisos como en columnas, fachadas y piedras sueltas que fueron reutilizadas. Al inicio nos encontramos con una rareza: la plataforma de la Tortuga, la cual tenía dos accesos con escalinatas, cuyas alfardas eran patas de reptil, por un lado se veía una cola y por el otro la cabeza de la tortuga. La superficie alta estaba curveada, como un caparazón. Más allá nos encontramos con el Templo de la Serie Inicial, que muestra al menos dos de sus cuatro etapas constructivas.
Palacio de los Falos y de los Caracoles
La parte más lejana era la más impresionante también, ahí estaba el Palacio de los Falos, unido con el de los Caracoles, edificios muy complejos y llenos de recintos con columnatas internas. Todos los frisos estaban decorados. En uno de sus costados estaba la plaza más bella del conjunto, con varios templos pequeños en sus costados, incluyendo el Templo de los Búhos, un edificio muy sobrio y elegante, con representaciones de estas aves en su friso, cuyas cabezas sobresalían como esculturas empotradas, además de que las molduras tienen pequeñas tortugas de piedra. Hay varias plataformas y edificios que se encuentran en el recinto, al menos por dos de los lados hay una muralla o muro de piedra burda, mientras que en otro hay un bajo que delimita el lugar.
Mientras estábamos ahí, llegaron tres visitantes con un arqueólogo guía, eran dos mujeres maduras y un hombre. Nos pareció extraño encontrarlos y que no hubieran ingresado con nosotros en la visita del día. Vimos que tenían intenciones de entrar a los palacios de los Caracoles y de los Falos, áreas restringidas para su visita y escuchamos que el que los llevaba les dijo que no podían pasar si nosotros los veíamos. Will sugirió quedarnos ahí para evitar su paso, nosotros no teníamos ninguna objeción. Esperamos hasta que se fueron. Días más tarde nos enteramos de que el hombre era el expresidente Aznar, de España, una de las mujeres era su esposa. Nos vanagloriamos más entonces de habernos quedado ahí, a ninguno de nosotros nos gusta ver que haya gente con privilegios especiales por su posición.
Chichanchob
Regresamos a la entrada del sitio y proseguimos con nuestro recorrido, pasamos por la plaza principal y caminamos hacia el sur, para llegar al segundo juego de pelota y la Casa Colorada o Chichanchob, un conjunto muy sobrio que se completa con el Templo del Venado. A un costado se encuentra el famoso Caracol, edificio muy peculiar por tener cuerpos rectangulares que no están alineados entre sí, además de un templo circular con dos niveles unidos por una escalera interna en espiral. Cuenta con varias puertas y ventanas que parecen alinearse con la salida y puesta de astros, por lo que se cree que era un observatorio.
Un poco más lejos llegamos hasta la Casa de Las Monjas, un edificio muy vertical e imponente que cuenta con decoraciones geométricas. En uno de sus costados tiene un anexo ricamente ornamentado con mascarones del monstruo de la tierra. Esta ala colinda con una pequeña estructura llamada La Iglesia, tal vez la mejor conservada del sitio, totalmente decorada. Solamente es una habitación sin basamento, pero el friso y la crestería son muy altos, dando una apariencia casi completamente vertical. Frente a este pequeño pero hermoso conjunto se encuentra un camino que lleva al Akab Dzib, otro edificio muy sobrio, pero está en terrenos privados y ya ni siquiera lo encontramos en los mapas del sitio.
El Caracol
Emprendimos el regreso a la plaza principal, a partir de ahí me separé del grupo porque quería terminar mi vídeo del lugar y faltaban algunos conjuntos. Ya estaba haciéndose tarde y debía darme algo de prisa. Caminé rápidamente por el conjunto de las Mil Columnas, anteriormente había podido entrar al "Mercado", un cuadrángulo con las columnatas más altas de todo el sitio, pero ya es imposible pasar, está prohibido, uno no se puede acercar a menos de dos metros de cualquier edificio. De ahí me acerqué al Castillo, el edificio principal y más conocido de Chichén Itzá, que no necesita ninguna descripción, es sumamente conocido.
Pasé también por el Templo de los Guerreros, que estaba recibiendo retoques, por lo que habían trabajadores en sus costados, este edificio siempre me ha parecido muy interesante por sus ricos ornamentos, el chac mool en la entrada de su templo, las columnas con personajes, las paredes con relieves, entre otros. A su lado se observa el Templo de las Mesas, que ni siquiera estaba excavado la primera vez que estuve ahí, en el 2000. Ahora luce completamente liberado de escombro.
Anexo de Las Monjas y La Iglesia
Caminé por el sacbé al cenote sagrado, tenía muy mal recuerdo de este trayecto, ya que en 2012 estaba completamente cubierto de puestos callejeros y los vendedores nunca dejaron de acosarme. Esta vez no había ninguna diferencia, pero por la hora ya muchos comerciantes se estaban retirando, por lo que pude tener un poco de tranquilidad. El gran cenote me pareció más grande que lo que recordaba, además de ver mucho mejor la plataforma construida que está en un costado. Ahí escuché algún turista que tontamente se disponía a tirar una moneda y grabarlo para ponerlo en alguna red social... por algo me disgustan las multitudes.
Regresé a la plaza para observar por última vez la cara principal del Castillo, que mira al norte. También fui pasando por las plataformas de Venus y la de las Águilas y los Jaguares, muy parecidas entre si, pero con relieves diferentes. La primera con estrellas y personajes, la segunda con animales. El último edificio que recorrí fue el Tzompantli, plataforma cuyas paredes están completamente adornadas con cráneos de piedra. Ya los demás me esperaban, así que emprendimos la retirada y el regreso hacia Mérida. Juan había empeorado de su gripe, Leonardo ya no parecía tener molestias de la cruda.
El Castillo y el Templo de los Guerreros
Todavía intentamos visitar el sitio de Ikil pero, al parecer, el sendero que lleva al edificio del lugar se cerró, encontramos otro que parecía ir al mismo punto, pero era ya muy tarde y había caído la noche. Aunque verificamos con el dron que efectivamente el gran basamento se encontraba cerca de nosotros, luego de caminar había que abrirse paso macheteando, sería peligroso y muy complicado en la penumbra, así que desistimos. Regresamos a buscar donde comer, lo cual no fue fácil porque continuaba el evento de la "Noche Blanca" y habían muchas calles cerradas. Terminamos por casualidad en un restaurante de carne, algo caro pero bueno. De ahí pasamos a dejar a Juan y luego a mí en mi hostal. Los Williams y Leonardo se fueron juntos, al día siguiente volveríamos a salir a un par de sitios.
En la tienda de Naranjo preguntamos por información del camino a la Joyanca pero, por lo que vimos, probablemente casi nadie ahí sabía de la existencia de ese sitio arqueológico; teníamos dudas del estado de la terracería debido a que debíamos entrar en el carro de Julio. En cambio, nuestros compañeros, los Partida, tenían una camioneta 4x4, por lo que no tendrían ninguna dificultad. Para nuestra suerte, el camino era bastante bueno y pudimos avanzar por un buen rato, tomando algunas otras brechas sin señal alguna, pero yo tenía bien marcada la ruta en mi celular. Avanzamos muy bien hasta encontrarnos bajo una colina donde debía estar el sitio que buscábamos, ahí había camino hacia ambos lados. Nos decidimos por la izquierda, donde se ascendía bastante. La pendiente poco a poco iba haciéndose más pronunciada, llegando el momento que el carro de Julio no pudo subir con nosotros a bordo. Eduardo y yo nos adelantamos a ver si encontrábamos la entrada de La Joyanca, mi primer intento no fue exitoso, pero a la segunda, tanto él como yo llegamos a la caseta de los custodios del lugar.
Estructura principal de La Joyanca
Regresamos a avisarle a los demás que habíamos llegado y Julio pudo llevar su carro hasta la cima de la subida, donde lo dejó estacionado. Así comenzamos nuestra visita, La Joyanca es un sitio del que me enteré estando en el primer semestre de la carrera de Antropología; acudí a la biblioteca central de la UNAM y me dio curiosidad ver algunos libros de arqueología que ahí habían, uno de ellos trataba por completo de este sitio antes desconocido para mí; supe que algún día estaría ahí, y ahora era ese día.
Pudimos ver varios paneles con información y luego me adelanté a fotografiar. Caminé por alrededor de 300 m y llegué a la parte trasera de un par de grandes edificios que bordeaban la plaza central del sitio. A mi izquierda me encontré primero con un gran palacio alargado. Sus escalinatas tenían escalones con huella muy grande y tuvo quizá 7 habitaciones en línea. Junto a esta estructura pude ver un montículo más alto que en su lado izquierdo muestra una subestructura con una rara crestería formada por triángulos; solo uno está visible, pero debió tener más que ahora están debajo de otra etapa constructiva. Ahí dentro pude ver los restos de al menos dos habitaciones que tenían unas raras ventanas rectangulares y alargadas.
Estela en La Joyanca
Continué hacia el otro lado de la plaza, donde había un montículo elevado, me llamó la atención que en el lado más lejano había una terraza con un edificio palaciego que conservaba las partes bajas de sus paredes. Más adelante, caminé por una calzada otros 30 m, llegando a otro grupo arquitectónico más al este. Nuevamente me sorprendió que hubiera ahí otro palacio con arquitectura visible, este tenía forma de "L" y había un edificio más pequeño en su extremo abierto. Un poco más adelante vi un pequeño basamento piramidal y una estela tirada, la cual aún mostraba algunos glifos en su costado
Cuando fui a buscar la entrada del sitio olvidé sacar mi agua del auto, y en este punto del recorrido ya tenía una fuerte sed, por lo que decidí regresar a la plaza central. Mis compañeros quisieron ir a buscar la estela cuando les conté lo que había visto más adelante y yo me tendí en el suelo a descansar un poco, y a tratar de evitar sudar más y perder más agua.
Mono araña en La Joyanca
Después de un rato que me pareció muy largo por las condiciones en las que me encontraba, pude ver algunos monos araña que estaban pasando sobre donde yo estaba. Me entretuve un rato mirándolos, pero después comencé a cansarme de esperar, los demás demoraban. Cuando finalmente aparecieron, nos dirigimos a la casa de los custodios, donde firmamos el libro de registros y nos enteramos que éramos los primeros visitantes en alrededor de 3 meses.
Finalmente salimos del sitio y tomamos el trayecto de regreso a la carretera que va a La Libertad, cortando algo de camino, ya que no regresamos de la misma forma en que llegamos. Los Partida se separaron de nosotros una vez en la ruta pavimentada porque querían hospedarse en Flores, mientras que nosotros íbamos para El Remate. Habíamos pensado pasar a otro sitio más, pero para entonces ya estaba oscureciendo. Pasamos La Libertad, pero después el hambre nos hizo detenernos a cenar en San Benito, a orillas de Flores. Ya era de noche y tardamos en llegar a nuestro hotel, que ya estaba cerrado a esa hora, por fortuna nos estaban esperando porque avisé que llegaríamos tarde; no así a Ernesto y Valeria, quienes se hospedaron al otro lado de la calle, pero donde nadie les abrió. Por fortuna nuestra hospedera pudo contactar al dueño de su hotel y pudieron entrar minutos más tarde. Terminaba el largo trayecto desde la Ciudad de México, al día siguiente iríamos a nuestro lugar de reunión con todos los demás compañeros: Melchor de Mencos, en la frontera con Belice.
Antes de comenzar el viaje, tenía un plan con William hijo
para recorrer sitios arqueológicos a los que podíamos llegar con su camioneta.
Cuando regresamos de Carmelita quise que nos pusiéramos de acuerdo, ya que
había tenido que cambiar de hotel por la falta de disponibilidad y ya no
estaríamos en el mismo; me dijo que lo veríamos por mensajes de whatsapp, pero
esperé hasta media noche sin respuesta. En la madrugada me di cuenta de que
había dicho que no se iban a levantar a tiempo.
Panel de Ixlú
Desde la noche tenía un plan alterno con Adriana de ir a
algún sitio cercano, aunque la falta de transporte por ser días santos nos
limitó a solamente poder ir a Tayasal y al museo de San Miguel, cruzando en
lancha hacia el lado norte del lago Petén Itzá. Jorge, Nath y Rosa se habían
ido desde la noche anterior a un hotel de Tikal y recorrerían dicho sitio y
Uaxactún, por lo que tampoco contábamos con su auto. Avisé a William que
estaríamos ahí y que podía mandarle mensaje a Adriana si aún querían ir con
nosotros a algún lado.
Estela de Noh Petén
Salimos con un paso muy tranquilo para no desgastarnos
demasiado, cruzamos a pie el puente hacia Flores y llegamos hasta el lado
contrario de la isla, pasando por el centro. Ahí pudimos ver la iglesia y tres
monumentos que están colocados en la plaza, los cuales provienen de Ixlú,
Tayasal y de la misma isla, llamada antiguamente Noh Petén. Ya en el lado
norte, la calle principal parecía inundada desde hacía mucho tiempo, incluso en
un momento cuando creí que iba a pisar sobre tierra o lodo, mi pie se hundió en
agua estancada muy sucia.
Cruzamos en lancha y llegamos hasta una explanada con una
escultura que hace alusión a un caballo que dejó Hernán Cortés a su paso por
este lugar, el cual murió y después le construyeron una escultura que veneraban
como a una deidad. Un par de sacerdotes que llegaron más tarde se encolerizaron
por esto y destruyeron el ídolo, provocando que casi los mataran y
desencadenando el conflicto que llevó a la conquista de Tayasal en 1697, mucho
tiempo después de la caída de Tenochtitlán.
Caminamos hacia el Museo Regional, ubicado cerca del lago
pero en un terreno más elevado. La subida fue ardua para Adriana, y se
complicaba por el intenso sol y la temperatura sumamente alta. Para nuestra
sorpresa, el recinto estaba cerrado y tuvimos que regresar para ir a Tayasal,
sitio que está hacia el lado contrario al que habíamos ido primero.
Montículo sobre la plataforma del templo principal
Caminamos por un rato y llegamos hasta el sitio. Lo primero
que visitamos fue el mirador del Rey Canek, el cual se encuentra en lo alto de
una enorme estructura triádica. Este sitio tiene una larga ocupación desde el
Preclásico Medio hasta su conquista, en 1697. Ahí arriba vimos que la
estructura de madera que permite admirar Flores y el lago ha sido renovada, ya
que 10 años atrás la encontré en un estado de regular a malo, ahora tenía
incluso pinturas alusivas a la riqueza cultural del Petén.
Estuvimos sentados un rato y luego subimos a mirar el
paisaje. Después seguimos nuestro recorrido. Nos llamó la atención un sendero
que decía que se dirigía al "Árbol del amor", quise saber qué tenía
de particular ese vegetal, pero avanzamos por un rato y no dimos con él. En un
momento me adelanté, y aunque seguí sin encontrarlo, pude ver que había llegado
a la acrópolis del sitio.
Flores desde la estructura principal de Tayasal
Regresé para llamar a Adriana y luego nos dirigimos al
conjunto que acababa de divisar. Ahí se están llevando a cabo excavaciones
extensivas con el propósito de habilitar el sitio para el turismo, por lo que
en algunos años se podrá apreciar mucho mejor la arquitectura del lugar, que
ahora muestra casi solamente montículos, excepto las áreas ya intervenidas.
Vimos numerosas excavaciones y en algunas pudimos reconocer
paredes, esquinas y escalinatas. Sobre algunos edificios grandes se podía
apreciar el lago, aunque por el momento no hay demasiado para observar.
Excavación en escalinata
Nos dirigimos al restaurante en el que cenamos después de
regresar de Nakum, comenzando el viaje y junto al primer hotel en el que nos
quedamos, y donde seguían hospedados los Williams, Juan, Thomas y Marcia. Pude
ver que su camioneta no estaba y que no habían mandado mensaje a Adriana.
Comimos y ahí nos enteramos de que los demás habían ido en la camioneta a La
Blanca, me molestó que no nos hubieran avisado y que hubieran cambiado el plan
y comencé a pensar que en lugar de quedarme un par de días más de viaje, era
tiempo de regresar a casa. Lo único que quedaba para hacer era meterse a nadar
en el lago, algo que nunca había hecho en mis anteriores visitas y que se
antojaba bastante por el calor que hacía. No tenía traje de baño, así que solo
me quité la camisa y entré al agua con el pantalón de campo puesto.
Montículo en la Acrópolis
Luego de que salí, nos encontramos con Marcia, quien se
había quedado en su hotel. Platicamos por algún rato con ella y luego regresamos
al hotel. Ya tarde pasamos por el mercado a sugerencia de Marcia, aunque ya
estaba cerrado. En la terminal de transporte no encontré ninguna combi a la
frontera, por lo que tenía que empezar a barajear opciones para regresar a
México en domingo de Pascua, una fecha sumamente complicada, y yo ya había
avisado a Jorge que no regresaría con ellos, por lo que no tenía lugar en el
auto. A pesar de ello, ya 10 años antes había pasado por la misma situación y
esta vez estaba mucho más holgado en tiempo y presupuesto, por lo que, en
realidad, no estaba preocupado.
Es posible salir de Wakná por dos vías: una es regresando
por el mismo sendero de entrada y la otra es cortar un poco de camino y llegar
a la brecha principal en un punto más adelante. Ronald y Fabián nos estaban
esperando con las mulas en la primera entrada, por lo que Antonio nos pidió a
Jorge, Leonardo y a mí que fuéramos con ellos y camináramos hasta el cruce de
un arroyo, mientras él cortaba camino con los demás. Nos reuniríamos en el
cruce de un arroyo seco.
No tuvimos problemas para encontrar el punto, y ahí nos encontramos
de nuevo con todo el grupo por última vez en todo el camino del día. Nuevamente
Jorge apretó el paso y se repitió el patrón que seguimos a Wakná, aunque ahora
únicamente quedábamos al frente él, Leonardo y yo, por ratos cortos nos
alcanzaba Thomas y Nath.
Después de un buen rato de caminata, ya pasando las 2 de la
tarde, comenzábamos a tener hambre, por lo que fue una bendición llegar a un
claro con un pequeño toldo de plástico que es usado como punto de descanso. Ahí
estaban nuestras dos cocineras, Gaby y Pily, ya esperándonos. Nos prepararon
unos burritos que nos supieron a gloria, como toda la comida que ellas
preparaban.
La Florida
Este fue el último descanso que tomamos, solamente esperamos
a Antonio, que llegó con un segundo grupo cuando nosotros ya habíamos terminado
de comer. Jorge le pidió que nos dejara adelantarnos hasta el campamento de La
Florida, la meta final del día, y que nos diera indicaciones para llegar hasta
ahí. Nos indicó que solo había una intersección y que más adelante podíamos
encontrarnos con Gaby y Pily, que llegarían hasta allá en mula y seguramente
nos alcanzarían. Solamente Jorge, Leonardo, Nath, Thomas y Erik, además de mí,
teníamos el suficiente ánimo y fuerza para hacer el intento de llegar hasta la
Florida antes del anochecer. No sabíamos la distancia total desde Nakbé, había
datos que decían que eran 32 km, pero la verdad la tenía Carlos, quien afirmaba
desde el inicio que serían 37.
Erik nos pidió bajar un poco el fuerte ritmo que traíamos
anteriormente para poder seguirnos el paso, aunque esa disminución fue mínima.
Nuevamente él y Leonardo resultaban sorprendentes, ya que incluso Valeria ya se
había quedado atrás, nosotros imaginábamos al resto de nuestros compañeros ya
deshechos.
Estructura de La Florida
Fue en las tres horas siguientes que agradecí profundamente
haber entrenado tanto para realizar el recorrido. El sendero era sumamente
ondulante, rodeaba muchos árboles caídos y estaba lleno de subidas y bajadas.
Ya no hicimos más que algunas breves pausas y por ello logramos llegar antes
del atardecer a la esperada intersección, la cual estaba muy bien señalizada y
conducía a un camino mucho más grande, pero que tenía las peores condiciones. Nos
encontramos con un extenso "pantano" que aún tenía bastante agua por
tramos; estuvimos haciendo zigzag en senderos abiertos a machetazos en los
costados del camino principal y consideramos que, después de tanta caminata,
pasar por ahí teniendo que guardar el equilibrio y con mucho riesgo de
torceduras, era una tortura.
En algún momento Jorge se desvió más hacia un costado y
salimos a un camino que se bifurcaba, me pareció que acabaríamos dando vueltas
en círculo y Jorge se adelantó un poco para ver si estábamos en el rumbo
correcto. Por suerte ahí se encontró con nuestras cocineras y pudimos continuar
directo hacia el campamento de La Florida, arribando justo cuando el sol
comenzaba a ponerse. Logramos nuestro cometido y quedamos muy satisfechos.
La Florida
El cansancio físico ya se había hecho presente y nos
acomodamos como mejor pudimos en espera de que llegaran los demás y se montara
el campamento, mis pequeñas ampollas habían crecido un poco y eran más una
molestia que un problema; por primera vez me dolían los músculos y me costaba
acomodarme sentado en el suelo. Nos dieron algo de fruta, lo que calmó nuestra
hambre por un buen rato.
Imaginábamos a varios de nuestros compañeros sufriendo en la
oscuridad, por lo que nos sorprendió bastante que solamente una hora y media
después que nosotros arribaran todos a La Florida. Se habían organizado muy
bien para aplicar el mismo sistema de avisos de obstáculos que utilizamos de
noche en el regreso de La Muralla; Adriana había subido a la mula y Eduardo
hizo un último esfuerzo a pesar de sus pies lastimados. Valeria nuevamente tomó
el papel de enfermera y curó el pie de Eduardo, sus uñas rotas ya estaban
negras y el dedo pequeño se había convertido en una ampolla gigante. A pesar de
ello, afirmaba que eso no era nada comparado con las llagas que le salieron en
su primer trekking del Mirador y en la selva Lacandona, rumbo al sitio de
Miguel Ángel Fernández.
Pasaje abovedado
Al final cenamos por grupos, en este campamento solo había
una mesa pequeña donde no cabíamos todos, yo fui uno de los últimos en sentarse
y después me fui a dormir. Nuevamente tomé un tiempo para revisar mis ampollas,
las rozaduras en la pierna habían desaparecido por completo gracias a haber
usado un pantalón más holgado.
Desperté observando un pájaro carpintero imperial
directamente sobre mi tienda, estaba buscando insectos dentro del tronco de un
árbol alto. Al poco rato se le unió otro más y estuvieron algunos minutos
saltando de una rama a otra y picoteando la madera. El desayuno fue también por
grupos y yo aproveché para subirme a un árbol de Anona, una fruta cuya pulpa se
parece un poco a la de la Guanábana. Además de ella, en todos los senderos
encontramos muchos chicozapotes, los cuales también probamos.
Nuestro último recorrido arqueológico fue por el pequeño
sitio de La Florida, que tiene una única estructura parcialmente excavada. Es
un conjunto habitacional con varios cuartos separados por una sección central
más alta, que se ve como un montículo, pero que tiene en su interior un par de
pasillos abovedados. Antes de llegar ahí vimos una gran Ceiba, árbol sagrado
maya.
Luego de la breve visita, emprendimos la última marcha del
trekking. Únicamente nos separaban 10 km de Carmelita, el mismo punto de inicio
del recorrido, ya 6 días atrás. Este camino tenía muchas secciones del ya
conocido y odiado "pantano", por lo que no fue tan fácil como se
esperaría. Los últimos 2 km fueron también complicados porque cruzamos por
campos donde había montículos, pero ahí no había vegetación alta que cubriera
del sol y el calor era sumamente intenso.
La Florida
Llegamos todos juntos hasta la entrada de Carmelita, aunque
estábamos en el extremo contrario de un aeródromo, al otro lado estaba el
comedor, donde pasaríamos a comer. Íbamos caminando con calma cuando Jorge
empezó a correr y me retó a que lo alcanzara. Una última vez comprobaba la
efectividad de mi entrenamiento, porque no pudo aguantar por mucho tiempo y
terminé llegando primero que él, con bastante diferencia, la cual se acortó
porque no quise seguir corriendo con todas mis fuerzas. Era un gran contraste
con otros recorridos de antaño, donde Jorge siempre tuvo mejor condición que
yo.
Nos arrepentimos de haber corrido; en vez de quedar enteros,
habíamos gastado muchas energías bajo el sol, pero quedamos aliviados después
de comer y al encontrarnos con una buena ración de carne roja, la cual
extrañábamos desde el pequeño pedazo de puerco que nos tocó en el Mirador.
Fuimos al centro de visitantes a firmar la pared y celebrar
el éxito de la expedición. Después de ello abordamos una camioneta que nos
llevó hasta Flores. Ahí había mucho alboroto por la semana santa, por lo que
nos tuvieron que dejar en el centro comercial que está junto a la entrada al
puente que lleva a la isla. Los demás tuvieron que caminar bastante y nos
despedimos definitivamente de varios de ellos, pero Adriana y yo tuvimos suerte
de que el hotel en el que nos quedaríamos las siguientes dos noches estaba solo
a un par de cuadras de ahí y nos retiramos a descansar. Esa noche cenamos con
Eduardo, Mónica, Leonardo, Ernesto y Valeria.
Después de comer, Eduardo, Carlos, Leonardo, Ernesto,
Valeria, nuestro guía Antonio y yo salimos del campamento para intentar llegar
hasta La Muralla antes de que nos alcanzara la noche. En un principio tuve
problemas porque me llevé el dron amarrado en mi mochila de ataque, pero no se
quedaba en su lugar e incluso estuvo por caer al suelo, tuve que improvisar
para atorarlo sobre mi pecho y aguantar la incomodidad por todo el trayecto de
ida, cuando la bolsa de agua que llevaba estaba completamente llena e impedía
que guardara el aparato dentro de la mochila.
Primero pasamos por la Plaza Central de Nakbé y volvimos a
tomar la calzada hacia el grupo Noreste. Casi llegando a los edificios de ese
conjunto nos encontramos con una desviación hacia el norte que estaba señalada
como el camino a La Muralla. Valeria y yo estábamos al frente y nos pidieron
que alguno de los dos liderara y marcara el paso. A estas alturas estaba viendo
los resultados de mi entrenamiento de un año caminando en la ciudad, subiendo
cerros y recorriendo sitios; me parecía que nadie se había preparado tanto como
yo y que podía recorrer el camino (que entonces creía que tenía 8 km) en apenas
72 minutos o incluso menos, pero pensé que los demás no podrían seguirme el
paso. Le dije a Valeria que ella liderara y de todas maneras su ritmo fue descomunal,
tomando en cuenta que para entonces ya teníamos encima más de 100 km en total,
contando los recorridos por los sitios. En una hora ya habíamos recorrido más
de 5 km.
La Muralla
Decidimos bajar la velocidad; tanto Eduardo como Antonio
comenzaban a verse cansados, Carlos tenía molestias en una de sus rodillas y
Ernesto también se comenzaba a ver mermado. Así llegamos a los 8 km, pero
pronto nos dimos cuenta de que la distancia hasta el sitio debía ser más
grande, ya que nos encontrábamos en medio de un "pantano" que había
que pasar antes de arribar. Este terreno era terrible, sumamente irregular, por
lo que no se podía caminar normalmente y las pisadas eran sobre ondulaciones de
la tierra endurecida; esto, junto con mis botas ya muy desgastadas y viejas, me
provocó un par de ampollas que, aunque muy pequeñas, me incomodaban a cada paso,
con el avance de los kilómetros, mi pantalón comenzó a rozarme la pierna
derecha, había cometido el error de usar el más ajustado aquel día.
Estructura con crestería
Luego de 10 km, vimos un par de cojolitas (pavos de monte de
color oscuro) que levantaron el vuelo frente a nosotros, dirigiéndose al lado
izquierdo del camino, en un terreno que se elevaba. Al voltear a verlas, nos
percatamos de que habíamos llegado al sitio. Fue sorprendente que justo en ese
punto nos encontráramos con esas aves.
Subimos un poco y llegamos hasta la base de un edificio
terriblemente destruido, nada podíamos apreciar de su fachada ni de sus
habitaciones, únicamente se apreciaba un montículo con numerosos huecos de
saqueo.
Sin embargo, La Muralla fue la cereza del pastel llamado
Trekking a El Mirador. Sobre esta estructura arruinada se levanta una monumental
e impresionante crestería que se eleva casi 10 m y tiene un ancho que quizá
supere los 20 m. Se puede apreciar las ranuras que tiene cada sección de este
muro y varios segmentos en los que se aprecian decoraciones en estuco. También
se distinguen piernas y cuerpos de personajes.
La Muralla
Eduardo se sentó un rato y después se quedó dormido en el
suelo, mientras que los demás tomábamos fotografías y yo volaba el dron. Pude
obtener varias tomas que me gustaron bastante, había suficiente espacio para el
vuelo y el sol estaba por ponerse.
Cuando estuvimos a punto de irnos, pudimos ver un par de
tucanes que estaban posados sobre un árbol cercano y les tomé algunas
fotografías y vídeo. Así emprendimos el regreso, justo con la luz disminuyendo,
pero casi todo el trayecto fue en total oscuridad. No había pasado mucho tiempo
cuando Eduardo tropezó fuertemente con una raíz, lo que provocó que se
rompieran tres uñas de su pie derecho, sin embargo continuó, aunque tropezó de
nuevo y tuvo una aparatosa caída, afortunadamente esta no tuvo consecuencias,
aparte de un fuerte golpe en su brazo.
Tucán en La Muralla
A partir de entonces nos colocamos en fila, con Antonio al
frente y yo cerrando la marcha, y cada quién iba gritando a los demás cuando
veía algún obstáculo en la vereda. A pesar de que el camino se estaba volviendo
un suplicio para algunos de mis compañeros, podíamos ver la luna saliendo por
un costado, entre la selva, y veíamos los omnipresentes ojos de las arañas que
brillaban a la luz de las linternas. La experiencia fue extraordinaria, aunque
convenimos en que no era una buena idea visitar Nakbé y La Muralla el mismo
día, el GPS de Eduardo midió un recorrido total de 40 km, así que si en un
futuro repetíamos este trayecto, habría que hacerlo en un día extra. Por último, en algún momento cerca de Nakbé, Eduardo y Leonardo afirmaron haber escuchado el canto de una mujer entre la selva, aunque los demás no lo notamos.
La mayoría de nosotros llegaron muy mermados hasta el
campamento, aunque Valeria y yo parecíamos aún enteros y llegué cantando junto
con Ernesto, al igual que al entrar a El Mirador. Nos encontramos con algunos
de nuestros compañeros que nos estaban esperando y cenamos antes de irnos a
descansar, el día siguiente era, sin duda, el más difícil de todos, y ahora
tendríamos que afrontarlo con el grupo completo. Me tomé un tiempo para revisar
mi par de ampollas, que ahora parecían minúsculas; y para echar talco en mi
pierna rozada, la cual me preocupaba para el día siguiente, por fortuna el
talco que tenía eliminó toda molestia.
Para el 5 de abril tocaba el primero de dos días
extenuantes, en los que sabíamos que caminaríamos más de 30 km cada uno. A
pesar de ello me pareció que comenzamos tarde y algunos del grupo ya empezaban
a tener ampollas y pesadez al caminar. Este día era opcional visitar el sitio
de La Muralla, pero primero teníamos que llegar a Nakbé y recorrerlo. Este
trayecto inicial solamente tenía 14 km, pero el ritmo en general estaba disminuyendo.
Estuve al frente tratando de jalar al grupo e insistiendo en que había que
avanzar, me sentía como un animal salvaje en una jaula, cada vez que había un
descanso permanecía de pie dando vueltas en mi rincón de sendero; no estaría
tranquilo hasta completar el recorrido completo del día. A pesar de estar
caminando sobre otro sakbé que conectaba La Danta con Nakbé, todo se agravaba
porque pasamos tramos de "pantano", donde la tierra en algún momento
fue lodo y quedó llena de agujeros por el paso de las mulas; caminar ahí por
mucho tiempo era una tortura.
Estructura principal del Grupo Códex
Por fin llegamos hasta Nakbé, que significa "junto al
camino", un sitio aún más antiguo que El Mirador, aunque no tan
monumental; decir esto es engañoso, ya que los edificios principales son masivos.
Adriana apenas podía seguir caminando, por lo que se adelantó al campamento
sobre una mula, la primera vez que alguien subía en alguna, para hacer el
recorrido en el sitio más tarde y con calma.
El primer conjunto que visitamos fue el grupo Codex, donde
no encontramos edificios de gran tamaño, dos de ellos estaban parcialmente
excavados: uno, de carácter residencial, mostraba dos habitaciones; el otro era
un pequeño templo con restos del recinto superior.
Nos dirigimos a la Acrópolis central, pasando por unas
canteras. Vimos algo poco usual en todos los sitios arqueológicos que he
visitado: piedras en proceso de ser cortadas y ya preparadas que habían sido
dejadas a un lado del camino o sin separar de la roca madre. Aquí se trabajó
quizá hasta el momento de abandono de Nakbé.
Cantera
Ya subiendo a la Acrópolis, nos encontramos con varios
edificios que tenían más de 20 m de altura, sin arquitectura expuesta pero
llenos de fosas de saqueo, incluso una era utilizada como bodega por los
arqueólogos, aunque un derrumbe casi cubrió por completo la puerta que
resguardaba su entrada.
Pasamos por la Plaza Central, donde ahora se encuentra el
campamento del IDAEH, de ahí caminamos por una gran calzada prehispánica hasta
la acrópolis noreste. Ahí vimos otro enorme montículo, pero decidimos no
subirlo porque no tenía una gran vista por los árboles que le cubrían, además
de que queríamos ahorrar energías para el resto del día.
El recorrido continuó hasta el Grupo Coral, donde nos
encontramos con una gran pared en pie, además de varios cuartos ya excavados.
Nuevamente se trataba de un conjunto menor, sin edificios de gran tamaño.
Pared en el Grupo Coral
Nuestra siguiente parada tenía un especial interés para mí: el juego de pelota. Desde hace tiempo tengo un álbum de fotos de este tipo de
edificio y este es uno de los más antiguos en el área maya. Tuvo tres etapas
constructivas y la primera es del Preclásico Medio, cuando únicamente contaba
con dos banquetas bajas.
Estuve un rato esperando a que mis compañeros avanzaran y me
quedé atrás tomando fotos, naturalmente debía tener imágenes de este juego de
pelota.
La penúltima parada fue un chultún en el que anteriormente
se podía entrar, sin embargo el lazo que se utilizaba para bajar se había
podrido y no pudimos descender a su interior.
Templo principal de la Estructura 1
Finalmente regresamos a la Plaza Central y algunos de
nosotros, los que iríamos al recorrido de La Muralla, subimos a su cima, ya que
no tendríamos otra oportunidad de hacerlo. Me sorprendió que los templos
superiores eran mucho más pequeños que los de El Tigre o La Danta, en El
Mirador. La vista desde ahí permitía ver claramente el edificio principal de su
gigantesco vecino, además de la estructura La Pava.
Una vez que bajamos, caminamos hasta nuestro campamento, distante casi 1 km de ahí y, de inmediato, comimos. Nos esperaba un trayecto que resultó ser una auténtica salvajada...
Desde la Muerta, solamente faltaban poco más de 2 km para
arribar al Mirador, así que apreté el paso. En poco tiempo llegué junto con
Ernesto y entramos cantando al campamento. Estaba sumamente feliz de haber
llegado por fin hasta ahí y arrojé mi sombrero al aire apenas llegar. No dio
tiempo de hacer mucho, el atardecer se acercaba, así que poco después nos
dirigimos hacia el complejo El Tigre, a un lado del campamento, para ver el
atardecer desde ahí.
Una vez en la plataforma superior, me sorprendió ver el
templo principal y uno de los laterales con las fachadas frontales totalmente
liberadas y con algunas excavaciones cubiertas de lonas y plásticos negros.
Incluso en algunas partes se veían restos de mascarones de estuco.
Estuve grabando mi vídeo utilizando una impresión 3D del
edificio que yo modelé, tardé bastante y fui uno de los últimos en llegar a la
cima principal, a más de 50 m por encima del nivel del suelo. Desde ahí podía
ver la gran mole de La Danta, el edificio principal del sitio, ubicado a 2 km
de ahí. También se podían ver las elevaciones de edificios más cercanos, con
menor altura pero sumamente masivos. Más lejos se observaban los edificios de
Tintal y la estructura 1 de Nakbé.
La Danta desde El Tigre
El atardecer fue muy similar al anterior, sin nubes y con
una capa de humo en el horizonte. Apenas el sol se ocultó, bajé a la explanada
superior para observar mejor el templo lateral. Ahí me encontré a Carlos, quien
estaba esperando la oscuridad para tomar fotos con el cielo estrellado de
fondo; su idea me pareció excelente y aproveché mi tripié para intentar hacer
lo mismo. Nuestros compañeros se quedaron en la parte alta un rato y en mis
primeras fotografías aparecieron líneas de luz que eran ellos con sus
linternas, descendiendo mientras el lente de mi cámara permanecía abierto en
una serie de exposiciones largas. Después de eso tomé otras imágenes iluminadas
con la luz de la luna, casi llena; fui el último en bajar y le pedí a nuestro
guía Antonio que nos llevara al edificio Garra de Jaguar, pues quería tomar
fotos nocturnas de los mascarones, él accedió de buena gana y estuvimos otro
rato en dicho lugar, utilizando todas nuestras lámparas para iluminar los
detalles en estuco.
El Tigre, de noche
De vuelta en el campamento, cenamos extrañando un poco la
carne, ya que el calor impedía que llevaran hasta ahí ese tipo de alimento.
Nuevamente nuestro grupo se quedó platicando largo rato, pero esta vez decidí
ir a dormir temprano, me levantaría a las 3 am para subir al complejo Monos,
también junto al campamento, y ver las estrellas con la luna ya oculta, además
del amanecer, en compañía de Antonio, Jorge, Nath y Rosa.
En este campamento había aún más gente que en el anterior,
ya que hay caminatas cortas que solamente visitan el Mirador, provocando que se
juntaran más grupos. Debido a ello algunas de las tiendas de campaña fueron
movidas a otras áreas, a mi me tocó dormir en la plaza de un conjunto rodeado
de montículos bajos, todos completamente saqueados.
Vía Láctea en el complejo Monos
Mi noche no fue tranquila, el sonido del viento era fuerte y
los árboles se mecían con sus ráfagas. Había uno en especial, con un tronco
largo y delgado, que se inclinaba directo sobre mi tienda; yo podía verlo
claramente porque no ocupamos los toldos, dejando el techo abierto para ventilar nuestros refugios.
Intenté dormir pero nunca pude conciliar el sueño pensando en que ese árbol me
cayera encima en cualquier momento. Solo pude tranquilizarme saliendo a medianoche
a mover mi tienda unos metros lejos del alcance de ese gran tronco.
Apenas pasaron unas horas cuando decidí levantarme, el día
anterior no había recorrido el campamento y solo tenía una pequeña idea de
dónde se encontraba el baño. Salí y me dirigí hacia donde debía estar, pero
acabé caminando en círculo. Un guía de otro grupo me preguntó si necesitaba
algo y acabó por mostrarme el sendero correcto.
Templo lateral en La Pava
Media hora después estaba cambiándome y esperando a los
demás en las mesas del campamento. Eran las 4 de la mañana, pero ya había agua
caliente para preparar café y algunas de las cocineras se alistaban a comenzar
a preparar el desayuno. Mis compañeros llegaron y después se nos unió Antonio.
Caminamos menos de 300 metros y empezamos a ascender otro gran edificio, arriba
reconocimos de nuevo el patrón triádico, con un templo central y dos laterales.
Este era el complejo Monos, algo más pequeño que El Tigre, pero igualmente se
trata de un edificio descomunal, calculé que su volumen es similar a la
pirámide de la Luna de Teotihuacan.
La vista era bellísima: la luna roja estaba bajando en el
horizonte y, al irse su luminosidad, la Vía Láctea se encendió como si alguien
hubiera presionado un interruptor celeste, justo el centro de la galaxia se
presentaba frente a nosotros cerca de la constelación de Escorpión. Tuvimos
algunos minutos para observarla y para fotografiarla antes de que empezara a
notarse la primera claridad del día detrás de La Danta, el edificio principal,
que teníamos frente a nosotros, hacia el oriente.
Estructura principal de La Pava
Cuando ya no pudimos ver la galaxia, decidimos movernos a
uno de los templos laterales, con una vista más directa de La Danta. Jorge y yo
colocamos nuestros tripiés y tomamos videos en timelapse del amanecer. A pesar
de que no hubo colores demasiado espectaculares, el viento movía rápidamente
las nubes bajas; una vez que el sol salió nos regaló la vista de algunos de sus
rayos colándose entre los vapores matutinos.
Fui el primero en descender, regresé a mi tienda y me vestí
con pantalón de vestir, camisa y chaleco; una vieja idea que tenía con Neftalí,
tomarnos fotografías al estilo de los viejos exploradores en El Mirador. Ahora
me sentía muy melancólico y me pesaba haber quedado solo en esa idea, pero al
menos pude hacerlo. La plaza donde estaba mi tienda, junto a una de las
trincheras de saqueo, me pareció una buena locación para editar una foto que
pareciera del siglo XIX.
Templo superior de La Danta
Volví a cambiarme y me reuní con todo el grupo para
desayunar. Más tarde emprendíamos por fin el recorrido por el resto del sitio.
No me esperaba todo lo que pudimos observar, sin duda El Mirador es increíble.
Nunca imaginé que existiera un sitio tan masivo y voluminoso, ni que tuviera
tantos detalles ya excavados.
Comenzamos pasando por un lado del grupo de El Tigre, para
después llegar hasta la muralla que bordea una parte del límite oriental del
área central. Continuamos por una gran calzada hasta llegar a la base de la
masiva plataforma del Complejo La Danta. Me adelanté con Jorge y subimos a su
primer nivel. Pasamos junto a un gran complejo de tipo Grupo E, con una
estructura axial, que tuvo escalinatas en sus cuatro caras y un montículo
alargado frente a este, que sostenía tres templos superiores.
Vista desde La Danta
Aprovechamos para subir al complejo La Pava, vacío de gente.
Este se encuentra en el costado sur de la primera plataforma y mira hacia el
norte, a diferencia de El Tigre y Monos, que miran al oriente, y de La Danta,
que mira al poniente. En la parte superior nos encontramos con uno de los
templos laterales, es un edificio pequeño, pero muestra mascarones en su base,
a los lados de la escalinata de acceso. En la parte más alta, el templo
principal también tenía restos de mascarones, aunque más destruidos.
Bajamos de La Pava y cruzamos la plataforma, pasando junto a
un gran reservorio de agua, ahora seco. Más adelante subimos al segundo nivel,
donde vimos algunos montículos bajos y llegamos hasta la enorme base del
edificio de La Danta, propiamente dicho. Esta enorme estructura sostiene en su
plataforma superior un total de 7 templos y una pequeña plataforma central.
Mascarón de la estructura Garra de Jaguar
Ya en la parte alta, estuve tomando fotos y videos
utilizando otra impresión 3D de un modelo mío del edificio. Pude ver que de los
7 templos superiores, únicamente uno de los laterales principales muestra la
escalinata de acceso liberada de tierra y maleza, mientras que el edificio
principal está completamente visible. Ambos con una verticalidad impresionante.
Subí primero al lateral, aunque los árboles no permiten una vista muy amplia.
Fui el último en subir al templo principal de La Danta, con
72 m de altura en total. Ahí pude ver, por un lado, los grandes edificios de la
ciudad: Monos, El Tigre, El León y Cascabel; mientras que por el otro se
alcanzaba a divisar la Estructura 1 de Nakbé. La magnitud de la ciudad se
mostraba en todo su esplendor y me pareció perfectamente comprensible que, al
primer vistazo, desde el aire, los descubridores de El Mirador hayan creído que
El Tigre y La Danta eran volcanes. Nunca había visto un sitio tan masivo,
aunque sí conozco algunos con una extensión mayor, aunque con menor volumen
constructivo.
Mascarón de la estructura El Búho
Me quedé también al final en la parte superior, ahí tuve un
momento muy emotivo. Pedí incluso a los guías que me dejaran solo un par de
minutos y accedieron sin problemas. Recordé a mi amigo Neftalí, a mi maestro
Federico, ambos fallecidos y con quienes me hubiera gustado trabajar ahora que
he cursado la carrera de arqueología. Pensé en todo lo que tuve que dejar y
todo lo que he perdido. Había llevado un listón azul amarrado en el brazo, el
cual perteneció a alguien más que fue muy importante para mí y que tampoco
regresará; me lo puse hasta llegar al Mirador, como símbolo de lo último que me
queda de mi vida anterior, y que terminará muy pronto, con mi examen
profesional... verdaderamente ha sido volver a empezar de cero. Me quité aquel
listón al llegar al sitio y no volveré a ponérmelo nunca más. Se me quebró la
voz en el último vídeo que grabé antes de bajar y, a medio camino, no pude
soportar más el sentimiento que me invadía, me apoyé sobre la madera de la
escalera que ahora permite subir, y lloré por un momento.
Friso de los nadadores
Pero estar en El Mirador era un motivo de alegría y no de
tristeza para mí, por lo que me recompuse de inmediato y alcancé a los demás.
Ellos se dirigían a la Pava, así que Jorge y yo pedimos permiso para
adelantarnos y nos dejaron ir al grupo de las estelas y esperar a los demás
ahí. Pudimos observar un par de monumentos con motivos muy complicados y
estilizados, además de algunos glifos esgrafiados en un estilo muy antiguo,
casi parecidos a la escritura olmeca. Nos sentamos a esperar y terminé acostado
en el suelo sin pensar en las garrapatas, que ya hacían estragos entre mis
compañeros.
Cuando los demás nos alcanzaron, se decidió regresar al
campamento a comer. Más tarde salimos de nuevo hacia el templo Garra de Jaguar,
donde pudimos apreciar los mascarones que ya había fotografiado de noche. De
ahí nos dirigimos a la acrópolis central, pasando por varios conjuntos menores,
aunque todos construidos sobre plataformas gigantescas. Así llegamos hasta la
estructura de El Búho, donde pudimos ver otro mascarón de gran tamaño, y
después al friso de los nadadores, el cual ha sido interpretado como una escena
del Popol Vuh, aunque esto es especulativo. Ahí se puede apreciar una escena
acuática con dos personajes nadando y algunos animales y seres sobrenaturales relacionados con el agua.
Atardecer desde La Danta
Pasamos por un gran grupo E en la plaza central del sitio,
cuyo edificio axial es llamado El León, aunque no lo subimos. Un poco más al
norte nos encontramos con el grupo Cascabel, con un gran edificio cuya cima es
sumamente estrecha. Ahí ascendimos y pudimos ver El Tigre entre los árboles.
Finalmente visitamos un basamento de menor tamaño cuya cima estaba siendo
excavada. Regresando de ahí, el grupo se dividió. Algunos querían ver el
atardecer y la salida de la luna llena desde el Complejo Monos, mientras que
unos cuantos, incluyéndome, regresamos hasta La Danta para ver la puesta de sol
desde el punto más alto del sitio.
Nuevamente ascendimos todo el camino hasta ahí y estuvimos
por un rato sentados en la cima. El atardecer tuvo algunas nubes, por lo que
fue un poco más vistoso que los anteriores. Regresamos mientras la oscuridad se
expandía en la enorme ciudad preclásica y todavía tuve una sorpresa natural que
no había podido apreciar anteriormente por no traer conmigo mi lámpara de
minero, o no usarla sobre la frente. Esta vez la coloqué sobre mis ojos, y ese
ángulo permitió que, al apuntar la luz hacia la maleza, pudiera distinguir
numerosos pares de puntos blancos. Se trataba de ojos de arañas que reflejaban
la luz de mi lámpara, desde pequeñas saltarinas hasta tarántulas. Incluso
algunas brillaban de todo el cuerpo, revelando que cargaban con cientos de
crías diminutas.
Regresamos hasta el campamento, cenamos carne que habían
traído en un tour en helicóptero, lo cual nos supo a gloria, a pesar de que a
cada quién le tocó tan sólo un pequeño pedazo. Finalmente nos retiramos a
dormir después de un día de ensueño, habiendo caminado más de 10 km en total.