Desde la Muerta, solamente faltaban poco más de 2 km para
arribar al Mirador, así que apreté el paso. En poco tiempo llegué junto con
Ernesto y entramos cantando al campamento. Estaba sumamente feliz de haber
llegado por fin hasta ahí y arrojé mi sombrero al aire apenas llegar. No dio
tiempo de hacer mucho, el atardecer se acercaba, así que poco después nos
dirigimos hacia el complejo El Tigre, a un lado del campamento, para ver el
atardecer desde ahí.
Una vez en la plataforma superior, me sorprendió ver el
templo principal y uno de los laterales con las fachadas frontales totalmente
liberadas y con algunas excavaciones cubiertas de lonas y plásticos negros.
Incluso en algunas partes se veían restos de mascarones de estuco.
Estuve grabando mi vídeo utilizando una impresión 3D del
edificio que yo modelé, tardé bastante y fui uno de los últimos en llegar a la
cima principal, a más de 50 m por encima del nivel del suelo. Desde ahí podía
ver la gran mole de La Danta, el edificio principal del sitio, ubicado a 2 km
de ahí. También se podían ver las elevaciones de edificios más cercanos, con
menor altura pero sumamente masivos. Más lejos se observaban los edificios de
Tintal y la estructura 1 de Nakbé.
La Danta desde El Tigre
El atardecer fue muy similar al anterior, sin nubes y con
una capa de humo en el horizonte. Apenas el sol se ocultó, bajé a la explanada
superior para observar mejor el templo lateral. Ahí me encontré a Carlos, quien
estaba esperando la oscuridad para tomar fotos con el cielo estrellado de
fondo; su idea me pareció excelente y aproveché mi tripié para intentar hacer
lo mismo. Nuestros compañeros se quedaron en la parte alta un rato y en mis
primeras fotografías aparecieron líneas de luz que eran ellos con sus
linternas, descendiendo mientras el lente de mi cámara permanecía abierto en
una serie de exposiciones largas. Después de eso tomé otras imágenes iluminadas
con la luz de la luna, casi llena; fui el último en bajar y le pedí a nuestro
guía Antonio que nos llevara al edificio Garra de Jaguar, pues quería tomar
fotos nocturnas de los mascarones, él accedió de buena gana y estuvimos otro
rato en dicho lugar, utilizando todas nuestras lámparas para iluminar los
detalles en estuco.
El Tigre, de noche
De vuelta en el campamento, cenamos extrañando un poco la
carne, ya que el calor impedía que llevaran hasta ahí ese tipo de alimento.
Nuevamente nuestro grupo se quedó platicando largo rato, pero esta vez decidí
ir a dormir temprano, me levantaría a las 3 am para subir al complejo Monos,
también junto al campamento, y ver las estrellas con la luna ya oculta, además
del amanecer, en compañía de Antonio, Jorge, Nath y Rosa.
En este campamento había aún más gente que en el anterior,
ya que hay caminatas cortas que solamente visitan el Mirador, provocando que se
juntaran más grupos. Debido a ello algunas de las tiendas de campaña fueron
movidas a otras áreas, a mi me tocó dormir en la plaza de un conjunto rodeado
de montículos bajos, todos completamente saqueados.
Vía Láctea en el complejo Monos
Mi noche no fue tranquila, el sonido del viento era fuerte y
los árboles se mecían con sus ráfagas. Había uno en especial, con un tronco
largo y delgado, que se inclinaba directo sobre mi tienda; yo podía verlo
claramente porque no ocupamos los toldos, dejando el techo abierto para ventilar nuestros refugios.
Intenté dormir pero nunca pude conciliar el sueño pensando en que ese árbol me
cayera encima en cualquier momento. Solo pude tranquilizarme saliendo a medianoche
a mover mi tienda unos metros lejos del alcance de ese gran tronco.
Apenas pasaron unas horas cuando decidí levantarme, el día
anterior no había recorrido el campamento y solo tenía una pequeña idea de
dónde se encontraba el baño. Salí y me dirigí hacia donde debía estar, pero
acabé caminando en círculo. Un guía de otro grupo me preguntó si necesitaba
algo y acabó por mostrarme el sendero correcto.
Templo lateral en La Pava
Media hora después estaba cambiándome y esperando a los
demás en las mesas del campamento. Eran las 4 de la mañana, pero ya había agua
caliente para preparar café y algunas de las cocineras se alistaban a comenzar
a preparar el desayuno. Mis compañeros llegaron y después se nos unió Antonio.
Caminamos menos de 300 metros y empezamos a ascender otro gran edificio, arriba
reconocimos de nuevo el patrón triádico, con un templo central y dos laterales.
Este era el complejo Monos, algo más pequeño que El Tigre, pero igualmente se
trata de un edificio descomunal, calculé que su volumen es similar a la
pirámide de la Luna de Teotihuacan.
La vista era bellísima: la luna roja estaba bajando en el
horizonte y, al irse su luminosidad, la Vía Láctea se encendió como si alguien
hubiera presionado un interruptor celeste, justo el centro de la galaxia se
presentaba frente a nosotros cerca de la constelación de Escorpión. Tuvimos
algunos minutos para observarla y para fotografiarla antes de que empezara a
notarse la primera claridad del día detrás de La Danta, el edificio principal,
que teníamos frente a nosotros, hacia el oriente.
Estructura principal de La Pava
Cuando ya no pudimos ver la galaxia, decidimos movernos a
uno de los templos laterales, con una vista más directa de La Danta. Jorge y yo
colocamos nuestros tripiés y tomamos videos en timelapse del amanecer. A pesar
de que no hubo colores demasiado espectaculares, el viento movía rápidamente
las nubes bajas; una vez que el sol salió nos regaló la vista de algunos de sus
rayos colándose entre los vapores matutinos.
Fui el primero en descender, regresé a mi tienda y me vestí
con pantalón de vestir, camisa y chaleco; una vieja idea que tenía con Neftalí,
tomarnos fotografías al estilo de los viejos exploradores en El Mirador. Ahora
me sentía muy melancólico y me pesaba haber quedado solo en esa idea, pero al
menos pude hacerlo. La plaza donde estaba mi tienda, junto a una de las
trincheras de saqueo, me pareció una buena locación para editar una foto que
pareciera del siglo XIX.
Templo superior de La Danta
Volví a cambiarme y me reuní con todo el grupo para
desayunar. Más tarde emprendíamos por fin el recorrido por el resto del sitio.
No me esperaba todo lo que pudimos observar, sin duda El Mirador es increíble.
Nunca imaginé que existiera un sitio tan masivo y voluminoso, ni que tuviera
tantos detalles ya excavados.
Comenzamos pasando por un lado del grupo de El Tigre, para
después llegar hasta la muralla que bordea una parte del límite oriental del
área central. Continuamos por una gran calzada hasta llegar a la base de la
masiva plataforma del Complejo La Danta. Me adelanté con Jorge y subimos a su
primer nivel. Pasamos junto a un gran complejo de tipo Grupo E, con una
estructura axial, que tuvo escalinatas en sus cuatro caras y un montículo
alargado frente a este, que sostenía tres templos superiores.
Vista desde La Danta
Aprovechamos para subir al complejo La Pava, vacío de gente.
Este se encuentra en el costado sur de la primera plataforma y mira hacia el
norte, a diferencia de El Tigre y Monos, que miran al oriente, y de La Danta,
que mira al poniente. En la parte superior nos encontramos con uno de los
templos laterales, es un edificio pequeño, pero muestra mascarones en su base,
a los lados de la escalinata de acceso. En la parte más alta, el templo
principal también tenía restos de mascarones, aunque más destruidos.
Bajamos de La Pava y cruzamos la plataforma, pasando junto a
un gran reservorio de agua, ahora seco. Más adelante subimos al segundo nivel,
donde vimos algunos montículos bajos y llegamos hasta la enorme base del
edificio de La Danta, propiamente dicho. Esta enorme estructura sostiene en su
plataforma superior un total de 7 templos y una pequeña plataforma central.
Mascarón de la estructura Garra de Jaguar
Ya en la parte alta, estuve tomando fotos y videos
utilizando otra impresión 3D de un modelo mío del edificio. Pude ver que de los
7 templos superiores, únicamente uno de los laterales principales muestra la
escalinata de acceso liberada de tierra y maleza, mientras que el edificio
principal está completamente visible. Ambos con una verticalidad impresionante.
Subí primero al lateral, aunque los árboles no permiten una vista muy amplia.
Fui el último en subir al templo principal de La Danta, con
72 m de altura en total. Ahí pude ver, por un lado, los grandes edificios de la
ciudad: Monos, El Tigre, El León y Cascabel; mientras que por el otro se
alcanzaba a divisar la Estructura 1 de Nakbé. La magnitud de la ciudad se
mostraba en todo su esplendor y me pareció perfectamente comprensible que, al
primer vistazo, desde el aire, los descubridores de El Mirador hayan creído que
El Tigre y La Danta eran volcanes. Nunca había visto un sitio tan masivo,
aunque sí conozco algunos con una extensión mayor, aunque con menor volumen
constructivo.
Mascarón de la estructura El Búho
Me quedé también al final en la parte superior, ahí tuve un
momento muy emotivo. Pedí incluso a los guías que me dejaran solo un par de
minutos y accedieron sin problemas. Recordé a mi amigo Neftalí, a mi maestro
Federico, ambos fallecidos y con quienes me hubiera gustado trabajar ahora que
he cursado la carrera de arqueología. Pensé en todo lo que tuve que dejar y
todo lo que he perdido. Había llevado un listón azul amarrado en el brazo, el
cual perteneció a alguien más que fue muy importante para mí y que tampoco
regresará; me lo puse hasta llegar al Mirador, como símbolo de lo último que me
queda de mi vida anterior, y que terminará muy pronto, con mi examen
profesional... verdaderamente ha sido volver a empezar de cero. Me quité aquel
listón al llegar al sitio y no volveré a ponérmelo nunca más. Se me quebró la
voz en el último vídeo que grabé antes de bajar y, a medio camino, no pude
soportar más el sentimiento que me invadía, me apoyé sobre la madera de la
escalera que ahora permite subir, y lloré por un momento.
Friso de los nadadores
Pero estar en El Mirador era un motivo de alegría y no de
tristeza para mí, por lo que me recompuse de inmediato y alcancé a los demás.
Ellos se dirigían a la Pava, así que Jorge y yo pedimos permiso para
adelantarnos y nos dejaron ir al grupo de las estelas y esperar a los demás
ahí. Pudimos observar un par de monumentos con motivos muy complicados y
estilizados, además de algunos glifos esgrafiados en un estilo muy antiguo,
casi parecidos a la escritura olmeca. Nos sentamos a esperar y terminé acostado
en el suelo sin pensar en las garrapatas, que ya hacían estragos entre mis
compañeros.
Cuando los demás nos alcanzaron, se decidió regresar al
campamento a comer. Más tarde salimos de nuevo hacia el templo Garra de Jaguar,
donde pudimos apreciar los mascarones que ya había fotografiado de noche. De
ahí nos dirigimos a la acrópolis central, pasando por varios conjuntos menores,
aunque todos construidos sobre plataformas gigantescas. Así llegamos hasta la
estructura de El Búho, donde pudimos ver otro mascarón de gran tamaño, y
después al friso de los nadadores, el cual ha sido interpretado como una escena
del Popol Vuh, aunque esto es especulativo. Ahí se puede apreciar una escena
acuática con dos personajes nadando y algunos animales y seres sobrenaturales relacionados con el agua.
Atardecer desde La Danta
Pasamos por un gran grupo E en la plaza central del sitio,
cuyo edificio axial es llamado El León, aunque no lo subimos. Un poco más al
norte nos encontramos con el grupo Cascabel, con un gran edificio cuya cima es
sumamente estrecha. Ahí ascendimos y pudimos ver El Tigre entre los árboles.
Finalmente visitamos un basamento de menor tamaño cuya cima estaba siendo
excavada. Regresando de ahí, el grupo se dividió. Algunos querían ver el
atardecer y la salida de la luna llena desde el Complejo Monos, mientras que
unos cuantos, incluyéndome, regresamos hasta La Danta para ver la puesta de sol
desde el punto más alto del sitio.
Nuevamente ascendimos todo el camino hasta ahí y estuvimos
por un rato sentados en la cima. El atardecer tuvo algunas nubes, por lo que
fue un poco más vistoso que los anteriores. Regresamos mientras la oscuridad se
expandía en la enorme ciudad preclásica y todavía tuve una sorpresa natural que
no había podido apreciar anteriormente por no traer conmigo mi lámpara de
minero, o no usarla sobre la frente. Esta vez la coloqué sobre mis ojos, y ese
ángulo permitió que, al apuntar la luz hacia la maleza, pudiera distinguir
numerosos pares de puntos blancos. Se trataba de ojos de arañas que reflejaban
la luz de mi lámpara, desde pequeñas saltarinas hasta tarántulas. Incluso
algunas brillaban de todo el cuerpo, revelando que cargaban con cientos de
crías diminutas.
Regresamos hasta el campamento, cenamos carne que habían
traído en un tour en helicóptero, lo cual nos supo a gloria, a pesar de que a
cada quién le tocó tan sólo un pequeño pedazo. Finalmente nos retiramos a
dormir después de un día de ensueño, habiendo caminado más de 10 km en total.
Esa madrugada comencé a despertarme muy temprano para poder
evitar largas filas en el baño del campamento. En Tintal estábamos más de 100
personas entre los grupos que estábamos realizando el trekking, guías, arrieros
y cocineras. Esta costumbre mía que siempre aplico en los viajes en grupo dio
un resultado inesperado pero interesante. Al regresar de la letrina al
campamento, escuché pasos entre la vegetación, muy cerca del sendero; se
escuchaban muy fuerte, por lo que me parecía poco probable que se tratara de un
depredador, sin embargo, era evidente que el ruido provenía de un animal
relativamente grande. Al acercarme vi una silueta blanca con un raro perfil,
tardé un momento en identificar el animal que tenía al frente, a escasos 2
metros, pero de inmediato encendí la cámara de mi celular y pude grabar al oso
hormiguero que comenzó a subir a un árbol al escucharme cerca.
Montículo en El Jabalí
Un par de horas más tarde, dejamos el equipaje pesado para
que lo volvieran a cargar en las mulas, mientras que nosotros desayunábamos. Al
igual que en la cena, todo tenía un sazón excelente. Aquí comenzaba a darme
cuenta del impresionante trabajo de logística que la gente de Carmelita maneja
después de años de realizar estos trekkings: cada día cargaban y descargaban
las mulas con el equipaje, montaban las tiendas de campaña y llegaban arrieros
con comida y agua muy temprano por la mañana. Las cocineras se levantaban a la
misma hora que yo para comenzar a cocinar y luego emprendían el camino al
siguiente campamento sobre mulas. Cuando el camino era muy largo, se detenían
en puntos de descanso para prepararnos algún refrigerio. Los guías y arrieros
que acompañan a los grupos se distribuyen al frente y detrás de la gente,
llevan agua suficiente para recargar los recipientes de los participantes y
ayudan en todo momento a quienes lo necesiten. Nosotros llevábamos 4 mulas sin
carga por si alguien las necesitaba, dos para el grupo en general, una para
Juan y una para Erik (quien nunca la utilizó), pero no fueron tocadas hasta el
cuarto día.
Estructura 1 de La Muerta
Comenzamos a caminar poco después de las 7 de la mañana,
pasando junto a la aguada que proporcionaba agua a Tintal en la época
prehispánica. Preparé mi dron, ya que pensaba utilizarlo aquel día. En esta
ocasión caminamos cerca de 15 km con un descanso intermedio hasta el campamento
El Jabalí, donde paramos para comer unas tostadas excelentes. En el primer
descanso aproveché para hacer algunas tomas con el dron por encima de la selva,
estuve cerca de arrepentirme porque el viento vencía la fuerza de las hélices,
impidiendo que regresara al punto de inicio. Vi con un poco de desesperación
como bajaba la batería sin poder acercarlo a donde me encontraba. La solución
fue mandarlo a dar un gran rodeo para que llegara a mi ubicación de forma
oblicua, esta estrategia fue exitosa y la realicé justo a tiempo para no
arriesgar al jaguacóptero a quedar atorado en lo alto de algún árbol.
Estructura 2 de La Muerta
Más tarde nos sorprendió que en El Jabalí tenían incluso
refrescos fríos, que, aunque eran un poco caros, a muchos del grupo les encantó
tomar. Yo me mantuve en mi posición de no tomar lujos, así que solo tomé jugo
que nos dieron con nuestro refrigerio. Este segundo día también tuve la
sensación de estar comiendo en exceso, aunque el esfuerzo que se empezaba a
acumular disminuyó la sensación de pesadez. A un lado del campamento, que tenía
un edificio de madera con una planta alta, estaba un montículo con un gran
saqueo, vestigio de un pequeño asentamiento prehispánico en el lugar.
Nos sentamos a descansar un rato, incluso Eduardo se quedó
dormido, por lo que a algunos nos pareció que paramos demasiado tiempo.
Estábamos ya impacientes porque el siguiente esfuerzo nos llevaría hasta La
Muerta, ya en la entrada del Mirador, el sitio principal del viaje.
Interior de la Estructura 2
Comenzamos a caminar el último tramo, encontrándonos con un
gran muro a un lado del sendero; no supimos decir si era parte de una
estructura o era un borde del sacbé que estábamos recorriendo, ya que íbamos
sobre el antiguo camino blanco que unía a El Tintal con El Mirador, el cual era
bastante ancho y en algunos lugares tenía más de 5m de altura sobre el terreno
circundante. Gracias a que los vehículos ya no pasan en ese sector, el sendero
era mucho más fácil de caminar que el día anterior.
Los últimos 2 km, Jorge y yo nos adelantamos apretando
bastante el paso, esto nos dio tiempo de grabar un video en el letrero de
entrada al Mirador y volar el dron un poco sobre los únicos dos edificios
excavados de La Muerta. Estas dos estructuras son del Clásico Tardío, por lo
que no formaron parte del enorme sitio Preclásico que es ahora su vecino.
Alrededor nos encontramos con varios montículos pequeños.
El grupo nos alcanzó y tuve que esperar por ratos para poder
terminar mi vídeo sin tanta gente en las tomas, el espacio era muy pequeño para nuestro gran número. Primero me dirigí a la
Estructura 2, la cual es reportada como un laberinto con cámaras subterráneas.
Al recorrerlo no me pareció tan laberíntico; en realidad son varias cámaras
paralelas unidas por pasillos que están enterradas por etapas constructivas
posteriores, después se construyó un segundo piso más o menos similar y
finalmente todo fue cubierto por un edificio piramidal que incluso tenía acceso
por el lado contrario al que tuvo en un principio.
Monumento 1 de La Muerta
Finalmente subí a la vecina Estructura 1, la cual fue muy
dañada pero aún se puede apreciar que es una especie de Templo 1 de Tikal, pero
en miniatura. Anteriormente estas dos estructuras eran las únicas que estaban
casi completamente consolidadas en todo el recorrido, pero ahora quedaría muy
sorprendido por el trabajo que se ha desarrollado en toda la zona que
recorrimos en el trekking.
Después de esta breve visita, caminamos algunos metros hasta
el llamado petrograbado de La Muerta. En realidad se trata de un altar
fragmentado y se ha llamado Monumento 1. Está muy dañado, pero aún se puede ver
un poco de un gran rostro de deidad y algunos glifos. Entre estos últimos se
encuentra el glifo emblema de la cabeza de serpiente, usado por los gobernantes
de Calakmul. Esto ha sido utilizado para argumentar que El Mirador fue cabecera
de ese reino en el Preclásico, sin embargo, hay que tener en cuenta que este
monumento es del Clásico, cuando esa urbe ya estaba abandonada y Calakmul tenía
una gran influencia en toda la región del Petén, por lo que es muy común
encontrar su emblema.
Un poco más adelante nos encontramos con una estela lisa,
otro monumento de La Muerta. Este fue el último punto antes de llegar al punto
culminante del trekking: El Mirador.
Por la mañana, antes de las 5, mi enojo se había esfumado
por la emoción de iniciar por fin el tan esperado trekking a El Mirador. Hacía
11 años que me había enterado de su existencia y 23 desde que vi por primera
vez un dibujo de aquel sitio del Preclásico, mientras me preguntaba en dónde
podría encontrarse algo así. Jorge, en cambio, seguía molesto, pero esas
sensaciones se fueron diluyendo después de cruzar a Flores en lancha,
atravesamos la isla caminando con nuestras mochilas y nos encontramos frente al
puente de entrada con Eduardo, que ya nos esperaba junto a la camioneta que nos
llevaría a Carmelita, el último poblado al norte y donde se comienza la
caminata.
Al poco tiempo estábamos todos en camino, recorriendo un
largo trayecto por terracería y pasando un par de controles donde había que
registrarse. Finalmente, llegamos hasta Carmelita, dejamos el equipaje que
cargarían las mulas y pasamos a desayunar. Una vez terminada la comida,
alistamos nuestra agua para el camino y nos reunimos en el centro de
visitantes. Dos guatemaltecos se unieron a nuestro grupo porque no habían
alcanzado al suyo, estuvieron con nosotros un par de días y luego se integraron
con sus compañeros.
Conocimos a nuestros guías Antonio y Ronald, a nuestro
arriero Fabián y a las cocineras que nos acompañaron en todo el trekking.
Finalmente comenzamos a caminar pasando las 10:30 de la mañana.
El camino se internaba entre los árboles casi de inmediato,
por lo que no tuvimos que estar expuestos al sol directo en ningún momento. Eso
era muy bueno porque el calor estaba cerca de los 40°C. Este primer tramo puede
ser recorrido con vehículos y esto lo aprovechan para llevar suministros al
campamento de Tintal, el cual es el mejor equipado de todos los que visitamos
durante el trekking; sin embargo, la desventaja es que el suelo que
pisábamos estaba tremendamente disparejo y lleno de surcos de llantas que se
habían hecho sobre lodo luego de alguna lluvia, y que ahora estaban duros y
teníamos que pasarlos haciendo equilibrio.
Después de caminar unos 13 km, nos encontramos con
un área abierta entre los árboles, ahí habían colocado sillones de madera para
descansar, una adición muy reciente y que gran parte de nuestro grupo
aprovechó. Yo preferí sentarme sobre un tronco partido, quería tener las
menores comodidades posibles, estando en la selva en esta caminata tan larga.
Ahí nos dieron algunos sándwiches que tenían un excelente sabor; aunque, para
mi gusto, entre el desayuno y este aperitivo, había comido demasiado y me
sentía un poco pesado.
Luego del descanso, reanudamos la marcha y comenzamos a
encontrarnos con cada vez más montículos, todos llenos de trincheras de saqueo,
algo que vimos en todas y cada una de las estructuras que encontramos, sin
ninguna excepción.
Pasando los 18 km comencé a adelantarme al grupo,
intentando llegar un poco antes para grabar mis clips de vídeo sin gente, sin
embargo ahí hubo algunas bifurcaciones del camino, por lo que tenía que esperar
al guía para saber por dónde seguir.
En la entrada al sitio nos reunimos todos, esperando a los
más rezagados. Después volví a adelantarme, alcanzando a grabar solamente el
gran juego de pelota del sitio, uno de los más grandes del área maya. Caminamos
un poco por el área central, rodeada por un foso que alguna vez tuvo agua, algo
muy parecido a Becán, aunque El Tintal es más antiguo, ya que data del
Preclásico.
Salimos por otro camino y llegamos al campamento, ahí nos
acomodamos en nuestras tiendas y luego regresamos un poco hacia el sitio para
subir a la estructura Henequén, donde observaríamos el atardecer. El nombre de
Tintal se debe a que en el área se encontraba una gran cantidad de árboles de
palo de tinte, no hay estructuras con arquitectura visible, solamente
montículos, algunos de gran tamaño.
Mientras subíamos, me quedé atrás para tomar una foto.
Frente a mí pasó Eduardo y luego Mónica. Cuando iba ya detrás de ellos, Eduardo
perdió el equilibrio y cayó hacia atrás, comenzando a rodar sobre su espalda y
llevándose consigo a Mónica. De alguna manera que no alcanzo a comprender, di
un salto al frente y quedé casi tendido en el talud de la estructura, con los
brazos alcancé a detener a ambos, por lo que la caída no continuó y solamente
quedamos con algunos golpes. Fue un accidente peligroso, ya que había estacas
en los escalones de madera para ascender y una piedra de buen tamaño me golpeó
en una pierna, aunque no sentí el impacto.
Ya arriba se nos pasó el susto y miramos el primer atardecer
del trekking, aunque no había nube alguna y únicamente en el horizonte se
observaba una capa de humo, producto de la temporada de quema de los campos de
cultivo, lo que hacía que no fuera un crepúsculo muy espectacular. Permanecimos
algún rato más y tomé unas cuantas fotos de las estrellas, aunque no resultaron
muy vistosas.
Finalmente regresamos al campamento, tomamos la cena, que
tuvo un excelente sazón y nos retiramos a dormir ya tarde, después de estar
conversando un buen rato.
Después de más de una década de desear visitar el ya legendario
sitio maya de El Mirador y habiendo pasado contratiempos que pospusieron el
viaje indefinidamente, incluso después de atravesar una pandemia mundial,
finalmente llegó el 30 de marzo de 2023, día elegido para comenzar el viaje que
me llevaría de regreso a la selva del Petén, en Guatemala.
Fue un día sumamente largo,
tenía ya todo listo para mi partida pero primero me tocó trabajar. El
cumpleaños de mi jefa, la Dra. Lourdes se acercaba y ya no la veríamos pronto,
así que Romina (mi compañera y amiga) y yo decidimos que le compraríamos un
pequeño pastel, siendo yo el designado para pasar a comprarlo antes de llegar.
Después de mi parada en el centro comercial, acudí al cubículo donde he pasado
ya casi dos años haciendo trabajo arqueológico de gabinete, mi primer empleo
formal en el área. Me encontré con la novedad de que, tanto la Dra. como
Romina, estaban en la clase que mi jefa imparte los jueves; no quise
interrumpir, así que me quedé solo preparando la bibliografía para un artículo
que tenemos en preparación.
A medio día Romina salió
casi corriendo, ya que tenía un compromiso. Antes de irse pasó a despedirse de
mí y a desearme un buen viaje, ella sabía bien cuánto había esperado ese día;
más tarde nuestra jefa también salió y le entregué el pastel que compramos poco
antes de que también se retirara. Fueron dos alegres despedidas para unas
vacaciones de dos semanas, con muchos buenos deseos y abrazos cálidos. No puedo
comenzar mi relato sin mencionar que este, mi primer trabajo como arqueólogo,
es para mí como vivir en un sueño. Aunque es bastante humilde, alcanzó para que
realizara mi viaje: yo nunca había sido feliz con ningún empleo, ahora lo soy y
me siento sumamente orgulloso de compartir mi tiempo y aprender de dos personas
a quienes quiero y admiro profundamente, y que trabajan tan apasionadamente
como yo.
Pero ahí no termina el
ensueño en el que vivo todos los días. Yo no me marché de inmediato; Perla,
quien me invitó a trabajar en este lugar en primera instancia, y con quien doy
algunas clases en la universidad como profesor adjunto, también saldría de
viaje, así que me invitó a comer junto con las tesistas de posgrado. Después de
un rato de espera, fuimos a un pequeño restaurante de mariscos y brindamos con
cerveza. La plática fue muy agradable, nuevamente me sentí muy afortunado de
estar ahí... a ambos nos desearon feliz viaje y luego tuve que marcharme con
algo de prisa para ir a mi casa por mi equipaje. Además de mi trabajo, convivo
con muchas personas interesantes con quienes tengo un trato muy amigable. Si
bien la academia es un lugar donde la gente suele destrozarse entre sí, yo no
estoy inmerso en ello y he venido a caer en un lugar muy agradable para mí.
Llegué a mi casa algo
apresurado, apenas tuve tiempo para acomodar los últimos detalles, revisar las
reservaciones de hotel y despedirme de mi papá. Dejé un tremendo desorden en mi
cuarto, el cual no volvería a ver en 11 días.
No quise gastar en taxi,
tendría que ahorrar todo lo posible para más tarde, así que anduve en camión
para ir a encontrarme con mi amigo Jorge, quien manejaría todo el camino hasta
Flores, el punto de encuentro con todo el grupo que realizaría el trekking.
Esperé un poco a que saliera de su trabajo y de ahí nos dirigimos en su auto
hasta su casa, donde ya nos esperaba Nath, su novia, que también iría con
nosotros al viaje.
Estuvimos viendo un rato la
televisión, pero había que dormir algunas horas, por lo que nos fuimos a
acostar temprano, habiéndonos enterado de que Ernesto, otro de los
participantes del viaje, había salido ya en autobús rumbo a Villahermosa. Yo
ansiaba darle alcance, aunque teníamos que esperar aún algunas horas.
Poco después de las 2 de la
mañana, Adriana, la cuarta de las participantes del viaje que viajaría en el
auto de Jorge con nosotros, nos mandó mensaje diciendo que ya estaba por llegar
donde nos encontrábamos. Edson, su novio y compañero nuestro en viejos
proyectos, la había llevado en carro; conversamos un poco y acomodamos todo
para salir a comenzar el viaje. Nos despedimos de Edson y tomamos rumbo primero
hacia Tlalpan, había que pasar a recoger a Rosa, la última ocupante del auto
para completar las 5 plazas. Ella es amiga de Jorge; Adriana y yo no la
conocíamos hasta entonces, y había sido la última de todo el grupo del trekking
que se agregó al viaje, apenas un par de días antes. Una afortunada adición, ya
que disfrutó bastante el recorrido y fue una compañera agradable y entusiasta.
Finalmente tomábamos rumbo
hacia Flores, en Guatemala. No podía creer que estuviera pasando por fin y pasé
casi todo el tiempo mirando el paisaje y platicando. Siempre me gusta manejar,
pero Jorge jamás soltaría el volante de su auto y aguantó muy bien todo el
trayecto. Tomamos la salida a Puebla, atravesamos esa ciudad y seguimos hasta
las Cumbres de Maltrata, las cuales estaban libres de neblina, lo que hizo
bastante sencillo su cruce. Más tarde, en La Tinaja, tomamos la desviación
hacia Coatzacoalcos y justo ahí nos alcanzó el amanecer. Ese tramo siempre me
da sueño, así que, como buen pasajero, me quedé dormido por única ocasión en el
trayecto. Desperté cerca de Acayucan y no volví a pegar los ojos, ahí Jorge
llamó a Ernesto, quien nos dijo que estaba por llegar a Villahermosa, a pesar
de tener muchas horas de ventaja estábamos por alcanzarlo.
Más adelante tomamos rumbo a
también a Villahermosa, la cual evitamos mediante su libramiento; avanzamos
hacia Catazajá y después dimos vuelta en la carretera hacia Tenosique. Nos
encontramos con la faraónica obra del tren maya, de la cual no opinaré. Pasado
el medio día entramos a la carretera hacia la frontera de El Ceibo, ya veíamos
el objetivo mucho más cerca. Jorge y yo cantábamos a todo pulmón e incluso
paramos un poco para que yo grabara el letrero de la última población del lado
mexicano: Sueños de oro.
El cruce de la frontera fue
un poco tardado porque había una fila de personas, pero sin mayor problema.
Mientras los demás sellábamos nuestra salida en la aduana mexicana, Jorge se
adelantó para arreglar el cruce del auto. Justo ahí nos encontramos con Ernesto
y Valeria, quienes acababan de llegar y tomarían un colectivo hacia Flores, les
habíamos dado alcance con más de 8 horas de desventaja. El transporte público
es mucho más lento que Jorge manejando...
Cuando pasamos a sellar
nuestra entrada a Guatemala ya todo el trámite del vehículo estaba terminado,
así que volvimos a abordar para continuar a Flores. Este trayecto fue mucho más
lento, a pesar de que la carretera estaba en mejores condiciones que en México,
había topes (llamados túmulos ahí) sumamente altos que obligaban a disminuir
mucho la velocidad. Ya era tarde cuando llegamos por fin a la capital del
departamento de Petén, decidimos ir directamente a comer y nos adelantamos a
todos los demás en el restaurante bar que era el punto de encuentro. Llegamos
ahí justo al atardecer, por lo que pudimos grabar y fotografiar al sol
poniéndose sobre el lago Petén Itzá.
Mientras comíamos, poco a poco fueron llegando los demás
participantes del trekking, quienes ya habían llegado a Flores por la mañana y
en días anteriores: Eduardo y Mónica, de Querétaro, Erik, de Nueva Zelanda,
William padre e hijo y Thomas, de Mérida, Marcia, de Argentina, Juan, de Laredo
y Leonardo, de la Ciudad de México. Ya entrada la noche, cuando estábamos por
irnos (teníamos que rodear un brazo del lago en el auto para llegar a nuestro
hotel), finalmente llegaron Ernesto y Valeria, luego de varias horas desde la
frontera. Únicamente faltaba Carlos, de Chetumal, un viejo amigo que no había
visto en algunos años, pero él llegaría al día siguiente por la tarde.
Después de un rato
alcanzamos a los yucatecos, a Marcia y a Juan en el hotel, ya que estábamos
hospedados en el mismo, y ellos cruzaron el lago en lancha para llegar ahí, un
trayecto de 5 minutos, mientras que el rodeo en auto era de más de 20. Nuestra
habitación tenía un problema con el baño, el cual se arregló al día siguiente,
pero gracias a eso nos rebajaron a la mitad el precio de la primera noche.
Antes de irme a dormir disfruté de una bella vista nocturna de Flores desde la
orilla norte del lago. Por cuarta ocasión estaba ahí, y en el viaje más
esperado desde que comencé a visitar sitios mayas en 2012.