viernes, 14 de febrero de 2020

Un mes en Campeche, pt. 3. Edzná y Museo de la Arquitectura Maya

Templo de los 5 pisos
El domingo 30 de junio nuestro anfitrión Álvaro nos invitó a recorrer Edzná junto con él y Dimitri, a quien conocimos aquel día y que amablemente nos llevó en su auto. 

Salimos por la mañana y luego de menos de una hora llegamos a uno de mis sitios mayas favoritos, con el que cerré mi primer viaje en solitario en el 2012 y al que regresé menos de un año después en compañía de mi amigo Julio y sus padres. Desde entonces no había estado ahí y en ese tiempo hubo algunos trabajos que no había visto, como la liberación total del templo de los 5 pisos y la restauración de estructuras cercanas al Nohochná.

Entramos directamente al grupo principal del sitio y pasamos por el patio de los embajadores y la plataforma de los cuchillos, Álvaro nos contó que había tenido la oportunidad de hacer algunos trabajos con sus compañeros de antropología de la UACAM en esa área. 
Templo del sur

Subimos a la plataforma de la gran acrópolis y estuvimos ahí un largo rato que aproveché para tomar fotografías de detalles que antes no había apreciado. El templo de los 5 pisos se convirtió en mi principal objetivo ya que de un momento a otro las nubes crearon cuadros espectaculares que no podía dejar de mirar.

Pasamos por el juego de pelota y el templo del sur y luego nos dirigimos a la estructura de los mascarones, los cuales son más pequeños que los de otros sitios que he visto pero se encuentran muy bien conservados.

Llegamos a la pequeña acrópolis y ahí me di cuenta de que la estructura principal del conjunto tenía una escalinata jeroglífica similar a la del palacio de los 5 pisos pero un poco más tosca y posiblemente desordenada. aparentando haber sido reutilizada de algún edificio más antiguo.
La vieja hechicera

Nuestro siguiente punto a visitar fue la larga estructura llamada Nohochná "casa grande", que tiene una vista privilegiada de la gran acrópolis. Detrás de ella vimos una bonita estructura que estaba en plena restauración 6 años atrás y que ahora veía con los trabajos finalizados, me sorprendió que Dimitri me dijera que habiendo estado bastantes veces en Edzná, nunca supo de la existencia de este edificio.

Finalizamos haciendo la caminata de 800 metros hasta el grupo de la vieja hechicera, cuyo edificio principal tiene solamente el primer cuerpo libre de vegetación, aunque el templo superior se encuentra restaurado y oculto por los árboles que crecen sobre el basamento.

Regresamos a Campeche y al día siguiente comenzó el curso de lengua maya, únicamente teníamos clase de 9 am a 1 pm y el resto del tiempo estuvimos libres. Nos pasábamos buena parte de las tardes entre semana meciéndonos en las hamacas o comprando víveres.
Máscara de jade procedente de Calakmul

Después del primer martes de clase y antes de regresar a nuestro alojamiento, Fernando y yo fuimos al centro de la ciudad a visitar el Museo de la Arquitectura Maya, ubicado en el baluarte de la Soledad. 

En mis anteriores visitas no había podido visitar ningún museo así que tenía mucho interés en ir a todos los que pudiera aunque el del fuerte de San Miguel para mi mala suerte se encontraba cerrado por remodelación.

El Museo de la Arquitectura Maya es un poco pequeño pero muy interesante; en su acervo tiene numerosos monumentos y fragmentos arquitectónicos procedentes de todo el estado, divididos en salas que muestran las regiones Chenes, Puuc, Río Bec y Petén. 

La principal atracción fue la recientemente inaugurada sala explicativa que fue habilitada para presentar una impresionante máscara de jade procedente de Calakmul. Toda la museografía y en especial la de esta última sala es espectacular, quedé sorprendido gratamente por los recintos campechanos.


miércoles, 12 de febrero de 2020

Un mes en Campeche, pt. 2. Nohochná y Bacalar, Quintana Roo

Lado poniente de la estructura de Nohochná
Al día siguiente (29 de julio), tomamos nuestras cosas y subimos a un camión que nos llevó a Nicolás Bravo, ya en Quintana Roo. Cuando llegamos eran alrededor de las 8 de la mañana y lo primero que hicimos fue entrar en una pequeña fonda y pedir permiso para dejar nuestro equipaje, para más tarde regresar y comer ahí mismo. 

Dejamos todo excepto agua, celulares, cámara y machetes. Caminamos por un rato siguiendo la carretera y luego dimos vuelta en un camino de terracería. Por un buen rato seguimos recto y pasamos entre una cantidad impresionante de montículos. Toda la zona estaba dividida en espacios rodeados por empalizadas que contenían una pequeña plataforma que posiblemente sostuvo alguna vez las antiguas casas; podíamos darnos una idea de la enorme extensión que tuvo el sitio de Nicolás Bravo (el cual yo visité dos años antes), ya que estos conjuntos estaban uno tras otro y de cuando en cuando aparecían estructuras más grandes que posiblemente fueran públicas, aunque estaban completamente destruidas y no podíamos apreciar sus características.
Lado oriental de Nohochná

Estuve revisando nuestra posición gracias al gps del celular de Fernando y mi brújula. Nos aproximábamos a un punto donde debíamos tomar otro camino cuando vimos que una camioneta venía hacia nosotros, luego se detuvo mientras sus dos ocupantes nos saludaban y preguntaban a dónde íbamos; les respondí que buscaba el sitio de Plazuelas (como lo conocen en la zona) y amablemente nos dieron indicaciones.

Dimos vuelta en la entrada a un rancho y ahí nos encontramos con otro señor, el cual nos dijo que el camino que llevaba al sitio estaba ya desaparecido, no se usaba desde hacía muchos años, incluso una alambrada lo cruzaba justo en su inicio; sin embargo indicó que era posible llegar si lográbamos distinguir la zona por donde se pasaba anteriormente. Nos acompañó hasta el final de su terreno y de ahí seguimos por un campo un tanto complicado.
Lado poniente de Nohochná

La zona parecía haber sido quemada recientemente pero estaba llena de arbustos secos que parecían haber sido sembrados regularmente, a parte de eso no había hierbas ni pastos altos. Me fue imposible distinguir el viejo camino pero se podía pasar sin mucho trabajo a campo traviesa; nos olvidamos del sendero y nos guiamos con la brújula, verificando cada cierto tiempo la posición en el celular de Fernando. La mayor dificultad fue cruzar dos pequeños manchones de selva, pero luego de ello pudimos ver a la distancia la gran estructura que habíamos ido a buscar. El sitio había sido descubierto por Maurice de Perigny a inicios del siglo XX y no ha sido visitado casi por ningún especialista en todo ese tiempo. Su descubridor le llamó Nohochná, "la casa grande". Mis amigos Julio y Eduardo llegaron ahí meses antes pero les costó demasiado trabajo pues la maleza estaba sumamente alta y entraron por el lado contrario al nuestro, donde había más manchones de selva.
Estructura de Nohochná

Llegamos por el frente del único edificio con arquitectura visible del lugar; en un primer momento no distinguimos anda más que los restos de alguna habitación muy dañada. Al dar vuelta por el lado sur pudimos ver la parte trasera, la cual es única: se distinguía una gran torre al centro con aposentos a cada lado; dicha torre tenía las típicas escalinatas simuladas del estilo Río Bec, pero en una disposición inusitada pues había tres de ellas sobre el mismo cuerpo, el cual era sumamente ancho y que casi seguramente soportaba tres templos simulados, cada uno sobre las hileras verticales de escaleras, con el central en una posición más prominente que los otros dos. Una gran parte de la pared había caido o estaba en serio riesgo de colapso pero se podía apreciar lo suficiente para darse una idea de la apariencia antigua del edificio.

Hacía un calor tremendo pues aunque hubiera nubes el sol caía a plomo, no pasamos mucho tiempo apreciando la torre porque no había ninguna sombra. Pasamos al frente del edificio y nos sentamos bajo su cobijo a descansar por un rato, llevábamos ya más de 8 km recorridos sin parar.
Nohochná

Después de recuperar el aliento, me puse a observar el edificio para tratar de comprender su disposición tan rara. Pude ver que por lo menos hubo dos pisos de habitaciones que estaban comunicados por pasajes internos con escaleras estrechas, las cuales permitían también llegar al nivel superior de la torre, que tenía las mismas escalinatas simuladas que en su lado trasero. Sin duda se trataba de un edificio sin par y sumamente complejo, pero se estaba desmoronando rápidamente, los muros prácticamente se estaban pulverizando y en poco tiempo no quedarán más que escombros.
Bacalar

Subimos a una de las entradas de los pasajes internos, éste se distinguía claramente desde afuera por ser una cavidad abovedada que conducía quizá a habitaciones del segundo piso ya completamente desaparecidas. Llevaba a una estrecha escalera que bajaba y se internaba en la estructura, más adelante giraba a la izquierda y desembocaba en un recinto más amplio que según mis amigos tenía un hueco en el suelo que dejaba al descubierto a lo que pudo haber sido una tumba saqueada. Nosotros no pudimos pasar hasta ahí porque al aproximarnos comenzamos a escuchar un fuerte ruido que parecía el de muchas aves gritando. Había algo extraño porque el sonido era muy monótono, parecía mantenerse siempre al mismo volumen y variando regularmente. El desconcierto fue grande y tuve temor de encontrarme con fauna peligrosa, por ello decidimos salir. Días más tarde alguien me mostró por internet un vídeo en el que una cucaracha gigante hacía un ruido idéntico...
Bacalar

Después de un rato decidimos emprender el regreso por el lado contrario al que usamos para entrar; en poco tiempo nos encontramos con varios jóvenes que estaban quemando forraje, uno de ellos nos acompañó hasta un camino de terracería y gracias a ello evitamos un difícil cruce por la selva. A partir de ahí solo tuvimos que caminar recto, aunque el camino fue cada vez más arduo por el calor que aumentaba al paso de los minutos y por la acumulación de distancia que llegó a los 17 o 18 km.

Regresamos a la fonda y desayunamos con avidez. Nos apresuramos a alcanzar una combi a Chetumal y una vez en la terminal solo nos cambiamos a otra que iba a Bacalar, lugar que yo no conocía y que Fernando quería visitar.

Bajamos sobre la carretera y luego de caminar un rato decidimos entrar a uno de los balnearios públicos. Bacalar no necesita presentación, quedamos encantados por la belleza de la laguna y sobre todo por la calidez de las aguas, la cual ayudó a que nuestras piernas cansadas se reconfortaran rápidamente. 

Visitamos el fuerte y tuvimos problemas para encontrar un lugar donde comer porque ya era un poco tarde, empezó a llover antes de eso y terminamos bastante mojados. Luego quedamos atrapados en el negocio de comida por un fuerte aguacero que no duró más de media hora.

Debíamos regresar por la mañana a Campeche y eso fue muy complicado porque no encontramos transporte a Xpujil. Finalmente decidimos tomar un autobús a Chetumal, esperamos 3 horas ahí y luego pudimos llegar ya muy tarde a nuestro punto de partida del día. Nuevamente tuvimos que aguardar bastante hasta las 4 de la mañana y entonces tomamos el autobús que llevaba a Campeche cruzando los Chenes. Antes del medio día habíamos regresado.

lunes, 10 de febrero de 2020

Un mes en Campeche, pt. 1. Becán, Chicanná y Xpuhil II

Estructura IX, Becán
Prácticamente al regresar de la práctica de campo en Tlayacapan, se presentó la oportunidad de ir a tomar un curso de lengua maya en la Universidad Autónoma de Campeche por parte de la carrera de antropología. En un principio no había decidido ir pero el ofrecimiento de transporte a cargo de la escuela y hospedaje por parte de los estudiantes de la institución anfitriona me convencieron. 

El curso comenzaría el 1 de julio y por motivos de logística salimos de la Ciudad de México el 27 de junio. Pasamos todo el día en carretera parando varias veces al baño y una a comer en la Tinaja, Veracruz; llegamos hasta Villahermosa y ahí nos hospedamos en un lugar que me traía algunos de los peores recuerdos de mi vida. Dicha ciudad nunca me ha gustado y ahora estaba en una condición peor que nunca pues una buena parte del centro estaba cerrada con el pavimento de las calles levantado; al anochecer parecía locación de película de terror: silenciosa y desierta.
Estructura X, Becán

Al día siguiente volvimos a subir al autobús y llegamos sin paradas largas hasta Campeche. Ahí nos dieron la bienvenida y me dijeron que a Fernando y a mí nos hospedaría nuestro nuevo amigo Álvaro Aldahir. Nos quedamos en una casa perteneciente a uno de sus tíos donde estuvimos muy cómodos: teníamos baño, lavadero, una pequeña cocina improvisada, sillones y hamacas.

Por la tarde-noche nos juntamos casi todos en un bar del centro. Fernando y yo fuimos los primeros en retirarnos a dormir porque habíamos comprado boletos para ir a Xpujil muy temprano al día siguiente y aprovechar el fin de semana antes de comenzar el curso. 

El trayecto fue bastante largo pero al medio día ya estábamos en nuestro destino. Conseguimos habitación en el hotel más cercano a la terminal y tomamos otro autobús que en 10 minutos nos dejó en la entrada de Becán.
Estructura XX de Chicanná

Era mi cuarta visita al sitio y me dediqué a tomar fotografías. Nuestro recorrido inició por la estructura IV y el pasaje abovedado de la V y de ahí subimos a los grandes edificios número XVIII y IX, el primero con sus torres gigantes de estilo Río Bec y el segundo totalmente petenero.

Dimos la vuelta al edificio X con su multitud de habitaciones, llegamos al juego de pelota y regresamos a la entrada pasando por la plaza que forman las estructuras I, II, III y IV.

Me sorprendió bastante que el área contigua al sitio había sido quemada y se podían ver claramente varios montículos que en mis anteriores visitas estaban completamente cubiertos de vegetación. 

Tal como en todas las ocasiones anteriores, Becán me dejó una grata impresión pues es un sitio muy interesante y lleno de detalles.
Estructura II de Chicanná

Cuando salimos del sitio era ya algo tarde, teníamos la opción de visitar el cercano Chicanná pero necesitábamos transporte (caminando no daría tiempo). Justo en el límite de la espera pasó un taxi y le pedimos al conductor que nos esperara en la entrada de Chicanná para no tener problemas al regresar a Xpujil.

Al igual que con Becán, al ya haber estado ahí varias veces antes me dio la oportunidad de buscar mejores fotos. El recorrido es muy corto por lo que lo realizamos en poco más de media hora.

Llegamos primero a la estructura XX, la cual tenía portadas zoomorfas en sus dos plantas principales y una gran cantidad de cuartos que hoy están bastante dañados. Pasamos por las estructuras XV y XVI, que solo conservan las bases de los muros y luego llegamos a la plaza principal, rodeada de los edificios I a IV. Ahí nos encontramos con la impresionante portada zoomorfa que es la imagen más famosa del sitio.
Grupo III de Xpujil

Terminamos frente a la estructura VI, con su gran fragmento de crestería y nos dirigimos a la salida.

Aún quedaba mucho tiempo de luz de día así que decidimos hacer un recorrido por varios grupos del sitio de Xpuhil. Comenzamos por el III, el cual está muy cerca de la carretera Escárcega-Chetumal; en mis múltiples visitas pude ver el proceso de excavación y restauración desde que solo había montículos hasta ahora, cuando casi en su totalidad está liberado y muestra numerosas estructuras de tipo habitacional que rodean al menos 4 patios.

De ahí nos dirigimos al grupo conocido como "El Kitam", que se encuentra en lo alto de una loma; únicamente una estructura está restaurada y tiene algunas decoraciones de estuco; detrás de ella hay una plaza con montículos en sus 4 lados, uno de ellos con un agujero que permite observar una cámara abovedada muy bien conservada.
Grupo II de Xpuhil

Para cerrar el día caminamos al grupo II, el cual se encuentra entre la selva. Me sorprendió el avance de las construcciones actuales, las cuales se habían comido una franja de más de 10 metros que anteriormente estaban cubiertos de vegetación. A pesar de los cambios fue bastante fácil llegar porque el sendero estaba bastante más amplio que antes y el lugar se encontraba mucho más limpio de maleza.

Algo que parecía preocupante fue la gran sequía que azotaba la región, por todo el camino vimos los campos secos y la vegetación prácticamente sin follaje, lo que dejaba ver una cantidad impresionante de montículos que parecían cubrir una extensión sin fin.

Después de visitar el grupo II, con su bella crestería, regresamos al hotel y decidimos el itinerario del día siguiente, que sería complicado y nutrido.

sábado, 8 de febrero de 2020

Práctica de campo en Tlayacapan. Pt. 4 y final. San José de los Laureles, Xapela y El Sombrerito

Cartucho glífico con un templo piramidal muy borrado
La semana final de la práctica de campo decidimos ir a buscar por nuestra cuenta unas pinturas rupestres de las que habíamos oído hablar varias veces y que se encuentran en el cercano sitio de San José de los Laureles. 

En dicha ocasión únicamente fuimos el equipo encargado de la nopalera y el monte (Fabiola, Yaelin, Fernando, Andreas y yo). Nos levantamos temprano para ir a tomar una combi que nos llevara al centro del pueblito. El lugar está en un terreno más elevado que Tlayacapan y desde ahí podíamos ver bastante bien los cerros que habíamos recorrido anteriormente y otros que se encuentran en las cercanías. Lo primero que hicimos fue buscar a alguien que nos diera indicaciones; luego de ello recorrimos una de las calles principales hasta llegar al campo, de ahí el camino serpenteaba un poco entre zonas de cultivo de nopal. No tuvimos mucho problema en encontrar el sendero que llevaba al sitio rupestre ya que encontramos algunas personas trabajando cerca de ahí.
El sitio blanco de San José de los Laureles

Tomamos un caminito muy pintoresco que cruzaba arroyos y pasaba junto a pequeñas barrancas llenas de vegetación; luego de un rato sospechamos que algo andaba mal puesto que no encontrábamos el sitio y nos habían dicho que se ubicaba bastante cerca, por fortuna nos encontramos con alguien que estaba arando una pequeña parcela y nos dijo que debíamos haber cambiado de sendero bastantes metros más atrás.

Regresamos y luego de desviarnos dimos con un puente bastante maltrecho que se veía peligroso pero aún así lo pasamos, más adelante llegamos a unas paredes de roca con una escalera hecha con ángulos de varilla empotrados, un poco más allá nos encontramos con el primer panel de pinturas, las cuales eran rojas y representaban personajes y cartuchos glíficos, uno de ellos tiene la representación de un templo en su parte central pero está muy dañado.
Exconvento de Oaxtepec

Estuvimos buscando un buen rato el llamado "sitio blanco", con las mayores pinturas del lugar, Fernando subió bastante en el cerro donde nos encontrábamos pero luego nos dimos cuenta que lo que queríamos ver estaba un poco más abajo. Ahí vimos un abrigo rocoso que contenía una gran cantidad de pinturas en blanco y algunos otros colores; lo más llamativo era una gran espiral, rostros, venados y círculos. Había muchos restos de rituales actuales llevados a cabo ahí y estuvimos documentando el lugar por un buen rato. Regresamos por el mismo camino y alcanzamos a llegar a Tlayacapan justo a tiempo para comer con el resto de los compañeros.

Unos días después llevaron a todos los que queríamos tomar la especialidad de arqueología a realizar recolección de material en superficie en un pequeño sitio en Oaxtepec. Primero paramos en el exconvento del poblado y de ahí llegamos un terreno baldío donde se encontró alguna vez la casa de la cacica local, que vivió ahí justo después de la conquista.
Basamento en Xapela

El sitio es conocido como Xapela y no se encontraba registrado; estaba en gran peligro por la construcción de casas que ya habían arrasado gran parte del lugar. 

Recorrimos los restos de la casa colonial y nos dividieron para recoger cerámica en el terreno. En el lado que me tocó había un montículo que sobresalía; los arqueólogos encargados creían que se trataba de una pequeña capilla caída pero luego de inspeccionarlo y de mapearlo encontramos el borde de una escalinata. Por las características y la orientación del edificio se llegó a la conclusión de que debió tratarse de un templo prehispánico sobre el cual se construyó la edificación colonial, además de ello toda la cerámica que encontramos era anterior a la llegada de los españoles, lo que recorría hacia atrás el periodo de ocupación del sitio.
Vista desde el Sombrerito

En los últimos días de práctica Andreas estuvo insistiendo en que subiéramos al cerro del Sombrerito, como ya no teníamos muchas ganas de ir se fue solo y lo que nos contó nos animó a acompañarlo. 

Este último recorrido lo realizamos Fabiola, Romina, Elizabeth, Fernando, Andreas, mi tocayo Mario y yo. Subimos por la tarde al cerro de la ventanilla y desde ahí llegamos luego de una subida algo empinada a la base de la formación que da nombre al cerro, la cual parece un sombrero de copa. Por la parte sur encontramos una escalera de metal que llegaba a la cima, pero estaba sumamente floja y se sentía bastante peligrosa. Pese a ello, y a que en la cima había un ave muerta que olía horrible, estuvimos un buen rato arriba con una de las mejores vistas de la zona. Solamente empezamos el descenso cuando el atardecer ya pintaba todo el paisaje de rojo y comenzaba a menguar la luz del día.
En la cima del cerro del sombrerito

La segunda mitad del camino de regreso fue un tanto difícil porque ya estaba bastante oscuro, incluso nos detuvimos en la ventanilla y dirigimos las lámparas que teníamos hacia el campamento y nuestros compañeros nos contestaron haciendo lo mismo desde el techo.

Así finaliza mi relato acerca de los recorridos que efectuamos en el monte y los sitios arqueológicos cercanos a Tlayacapan aunque también realizamos trabajo de campo, entrevistas, mapeo y caminatas; jugamos futbol varios días y un poco de basquetbol (en las canchas encontramos restos de navajillas de obsidiana). 

Cuando regresamos tuvimos que caminar varias cuadras para subir al autobús porque era muy difícil que volviera a entrar a las pequeñas calles del pueblo y llegamos a la ciudad a la hora de comer. 

miércoles, 6 de noviembre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan, pt. 3. El monte al sur del poblado

Cima de "La encumbre"
En las últimas dos semanas de la práctica de campo salimos varias veces a caminar y a subir a los montes al sur del poblado; también estuvimos jugando futbol varias tardes y donde se encontraban las canchas pudimos encontrar numerosos restos de obsidiana y algunos fragmentos de navajillas. 

Un día después de regresar de comer, Andreas me dijo que quería subir al cerro de "la ventanilla", el cual estaba muy cerca de la casa donde nos quedábamos. Algunos del grupo nos animamos a ir y justo antes del anochecer ascendimos por un camino que llegaba a un tanque de agua a la altura de medio cerro; nos topamos con una ladera recién quemada y mucho lodo por lo que fue bastante difícil pasar y la mayoría terminamos sumamente sucios y con la ropa manchada de carbón. Un poco más arriba llegamos a una saliente que no era la cima pero que estaba coronada por una cruz y tenía una gran vista hacia Tlayacapan. Estuvimos ahí hasta que la noche ya había caído e hicimos señales a nuestros compañeros del campamento con las luces que teníamos entre lámparas y celulares, ellos nos respondieron y pudimos verlos sin problema.
Pequeño montículo en la cima de "La encumbre"

Poco después, de nuevo Andreas junto con Fernando me sugirieron intentar llegar hasta el Huixtlaltzin, un gran cerro frente al Tlatoani. Invitamos a varios compañeros pero nadie quiso unirse a ese recorrido. Nos fijamos una mañana para subir y nos levantamos bastante temprano; no salimos de inmediato pues el clima era pésimo: había neblina y llovía intermitentemente. Pasamos un buen rato dudando si era mejor posponer nuestro propósito pero al final decidimos hacer el recorrido de todos modos ya que comenzó a despejarse un poco.

Decidimos recorrer las cumbres de los cerros que formaban una cadena desde La Ventanilla hasta el Huixtlaltzin, pasando por El Sombrerito y La Encumbre. Así comenzamos subiendo nuevamente al primer cerro pero en lugar de detenernos en la cruz donde habíamos llegado anteriormente, tomamos un camino que seguía bordeando el cerro y luego subía a la parte más alta. 
Vista desde la Encumbre

Solamente por unos instantes las nubes nos permitieron ver Tlayacapan pero luego la neblina comenzó a cerrarse nuevamente, avanzar en la subida era un poco complicado por la gran humedad que hacía todo más resbaloso. Por todo el sendero había bastantes milpies de buen tamaño que al parecer salen cuando llueve.

Llegamos hasta una gran pared de piedra donde el camino se bifurcaba, seguimos hacia el poniente para no desviarnos de nuestro rumbo y gracias a la poca visibilidad nunca nos dimos cuenta que acabábamos de pasar junto al cerro del sombrerito, llegando a la siguiente elevación llamada "la encumbre", pero nosotros creíamos que aún no llegábamos a ese último cerro.

La parte alta era bastante plana, con una leve inclinación hacia ambos lados de la cima. Al aproximarnos a la zona más alta comencé a notar la presencia de terrazas muy destruidas y cubiertas de pastos y hierbas. En un punto nos encontramos con una plataforma cuadrada con dos cuerpos que incluso mostraba parte de una escalinata de acceso. Se trataba de un pequeño sitio que no figuraba en los que conocíamos por boca de los arqueólogos de la zona.
Terraza en el Huixtlaltzin

A unos metros de la plataforma encontramos una cruz de metal pero no pudimos ver nada hacia el pueblo por la bruma. Escuchábamos voces de jóvenes más abajo pero no podíamos ver de dónde provenían. 

Más adelante nos encontramos con una gran bajada y comenzó a despejarse, por lo que pudimos darnos cuenta de que el camino llegaba a un paso bajo y luego ascendía de nueva cuenta, casi sin ninguna duda el cerro que seguía era el Huixtlaltzin, el cual era nuestra meta y que tiene restos prehispánicos ya explorados en su cima.

En el paso bajo al que llegamos nos encontramos con varios jóvenes que pasaban ahí el rato, luego de platicar con ellos nos indicaron por dónde subir al Huixtlaltzin y supimos que ellos formaban parte de varios proyectos colectivos además de tocar música juntos. Al final les pedimos sus datos y días más tarde los invitamos a participar como un grupo focal en nuestro proyecto de la práctica.
El Tlatoani y el Zihuapapalotzin desde el Huixtlaltzin

El último ascenso también fue algo complicado porque había que rodear riscos muy escarpados pero al poco tiempo alcanzamos la cima. La bruma se había disipado lo suficiente como para poder apreciar la belleza del lugar. Ahí podía verse el cerro del Tlatoani con el Zihuapapalotzin detrás, además de la barranca de Tepecapa, por donde habíamos pasado tiempo antes para llegar a la cueva del gallo.

Nos encontramos con varias terrazas y restos de pequeñas plataformas pero todo muy destruido y poco visible, aún menos que la estructura de la encumbre. Ahí pudimos identificar un lugar desde el cual los españoles intentaron tirar con arcabuses hacia la cima del Tlatoani cuando los habitantes locales se atrincheraron en dicho sitio de forma que fue imposible para los conquistadores ascender, decidiendo intentar el ataque desde el cerro cercano, en el que nos encontrábamos.

Bajamos por el mismo camino que tomamos para subir, puesto que el resto de caras del cerro eran riscos verticales imposibles de pasar. Luego de algunos minutos llegamos hasta el camino que seguimos varias veces antes para llegar a las nopaleras y a la base del cerro del Tlatoani. Desde ahí llegamos justo a tiempo para ir a comer y descansar. Se trató del recorrido más largo que hicimos en toda nuestra estancia y el que tuvo las vistas más hermosas de toda la práctica.

miércoles, 2 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan, pt. 2. Cueva del Gallo, Morelos

Camino a la cueva del Gallo
Una semana estuvimos insistiendo a nuestro profesor y al arqueólogo Jorge Linares para que nos llevaran a más vestigios arqueológicos, finalmente accedieron a realizar un nuevo recorrido hacia la Cueva del Gallo. Esta vez no iría el grupo completo sino únicamente los que quisieran hacerlo, así nuestro grupo se redujo a 10. El profesor Fabio nos llevó en su camioneta hasta la entrada en la parte baja del cerro del Tlatoani, sin embargo no cabíamos todos en el vehículo, por lo que Gustavo y yo tuvimos que subirnos cada uno en un costado y agarrarnos de un pasamanos sobre el toldo.

El inicio del ascenso fue exactamente igual que en el recorrido anterior, la única diferencia fue un perro que nos estuvo siguiendo todo el tiempo. Al llegar a un espacio que por un lado lleva a la cima y por el otro conduce a la ladera contraria, tomamos el segundo y comenzamos a bajar por un largo rato, el camino era un poco resbaloso y en partes muy empinado, sin embargo no tuvimos problemas para pasar.
El grupo en la barranca de Tepecapa

Finalmente llegamos a una gran cañada y Jorge nos dijo que estábamos en la barranca de Tepecapa, ahí podíamos escuchar que corría un hilo de agua y luego de cambiar de dirección y seguir el descenso nos encontramos con un riachuelo de agua transparente.

Un poco más abajo cruzamos el pequeño cauce y luego de subir un poco por la ladera contraria vimos una grieta sobre una gran roca, de la fisura surgía agua cristalina que podía beberse directamente, algunos subimos a la piedra para ver más de cerca pero la mayoría se quedaron en la parte baja donde el agua formaba una pequeña poza que luego escurría para unirse al riachuelo que corría más abajo. Ahí permanecimos por algún rato y rellenamos nuestras botellas de líquido, ya que habíamos traído poco peso sabiendo que haríamos una parada ahí.
Cueva del Gallo

Regresamos hasta el punto donde habíamos cambiado de dirección y seguimos de largo hacia el lado contrario al que tomamos antes, más arriba se notaba que el pequeño riachuelo solía crecer bastante pues el cauce de la barranca era mucho más ancho y tenía numerosas caídas que durante una lluvia torrencial seguramente formaban cascadas con 2 o 3 metros de altura.

Muchas veces nos costó mucho trabajo subir por entre las rocas de estas caídas, íbamos zigzagueando entre las paredes de los lados hasta llegar a un punto donde el sendero se metía entre mucha vegetación, lo cual me recordó bastante a la selva. Más adelante había una poza de agua estancada que apestaba y tenía un color nauseabundo, era un gran contraste con el agua limpia que fluía más abajo, filtrada a su paso por las grandes rocas.
Croquis de la cueva del Gallo

Luego de pasar por ahí, subimos por una de las laderas en un camino sinuoso y muy empinado, después de algunos minutos Jorge me señaló una mancha blanca sobre la pared de piedra, se trataba de una luna menguante dibujada directamente sobre la pared, por su orientación y con mucha imaginación podía dar la impresión de tratarse de un gallo y le da nombre al lugar.

La Cueva del gallo es un abrigo rocoso no muy profundo rodeado de acantilados verticales impracticables, su parte más profunda está delimitada por un tecorral de piedras que al parecer son diferentes a las del cerro, por lo que fueron subidas hasta ahí por los antiguos habitantes de los alrededores ya que no parece que alguien viviera ahí permanentemente. A lo largo y ancho de la pared del fondo, sobre el abrigo y a los lados se ven numerosos trazos blancos que no han sido estudiados a fondo pero que se cree por el estilo que pertenecen al periodo posclásico.
Figura de luna interpretada como un gallo que da nombre al sitio

El sitio resulta de sumo interés debido a la abundancia de figuras animales entre las que destaca una serie de cuadrúpedos como posibles perros y tlacuaches; así como un mono que danza, éste último animal nos resultó intrigante pues entre nuestros colaboradores recopilamos una serie de rumores e historias sobre la existencia de primates en el corredor natural, a pesar de que no se considera su existencia por creerlos extintos de la región.

Las pinturas de la cueva del gallo en general miden entre 5 y 60 cm aproximadamente. mientras estuvimos ahí estuve registrando todas las figuras que pude en fotografía y en unos dibujos muy esquemáticos, también realicé un pequeño croquis muy básico de la distribución de las pinturas; el tiempo fue algo limitado así que el trabajo no fue el mejor, además de que mis habilidades como dibujante son bastante deficientes.
Cuadrúpedo

Emprendimos el regreso, el cual fue por el mismo camino en el que habíamos llegado, la diferencia con el recorrido al cerro del Tlatoani fue muy notable: el descenso fue rápido y poco accidentado, excepto por algunos tropezones menores. Luego ascendimos por la primera bajada que habíamos recorrido, ahí fue mucho más exigente la caminata aunque nadie se quedó demasiado atrás. Los que estábamos más adelante prácticamente íbamos compitiendo para ser los primeros en llegar arriba pero el ritmo fue tan fuerte que tuve que parar a descansar un poco mientras que mis compañeros de equipo Andreas y Fernando lograron llegar en un solo esfuerzo (a mi favor diré que mi edad es mayor que la de los demás prácticamente por una década). Así regresamos hasta la camioneta en mucho mejores condiciones y con un tiempo mucho menor que el previsto, la diferencia con el primer recorrido de la práctica fue muy marcada. Llegamos justo a tiempo para comer y regresar a descansar por la tarde.

martes, 1 de octubre de 2019

Práctica de campo en Tlayacapan pt. 1. Cerro del Tlatoani, Morelos

Parroquia de Nuestra Señora del Tránsito y jagüey
Este diario de viaje será diferente a los demás porque no fue un recorrido como los que acostumbro hacer por mi cuenta sino que se trató de una práctica de campo, la primera que me toca realizar en la carrera de Antropología en la UNAM. Fueron 15 días en Tlayacapan, Morelos, donde realizamos trabajo etnográfico relacionado a la percepción de la fauna en el lugar; en mi caso me tocó buscar en el monte y área de cultivo, por lo que junto a mi equipo, formado también por Fabiola, Yaelín, Fernando y Andreas, realizamos algunas entrevistas con habitantes locales y recorrimos la sierra que rodea el poblado, visitando varios sitios arqueológicos. Como mi temática son estos últimos, aquí únicamente relataré los recorridos que hicimos ya que el trabajo etnográfico quedó registrado en un informe final que es harina de otro costal.

La práctica comenzó el 27 de mayo de 2019 y nos instalamos en una casa al sur del pueblo, era un lugar bastante cómodo sobre todo para los hombres, ya que eramos solamente 8 en una gran habitación, las mujeres eran casi 20 en un lugar más pequeño pero no quisieron intercambiar porque su cuarto tenía baño y el nuestro no. Además había una terraza sobre el cuarto de ellas y un jardín.
Único paso entre las rocas

Al día siguiente fue nuestro primer recorrido, el único que realizó el grupo completo por el monte. El destino era la zona arqueológica del Cerro del Tlatoani, yo ya lo conocía pero igualmente tenía muchas ganas de regresar por la gran belleza del sitio. El arqueólogo Jorge Linares fue nuestro guía al igual que la primera vez que estuve ahí.

Salimos un poco tarde y caminamos por las calles de Tlayacapan, así pasamos frente a la parroquia de Nuestra Señora del Tránsito que forma una bonita postal por la presencia de un jagüey a un costado de ella. Íbamos bastante lento y me fue un poco difícil adoptar ese paso, me sorprendió que muchos no quisieran caminar ni subir al cerro, eso era algo que no me esperaba en una práctica de campo puesto que no había pasado ni siquiera años antes con un grupo de turistas. No fue el mejor de los recorridos pero sabía que valdría la pena para tomar mejores fotografías que las que tenía.
Vista desde lo alto del cerro del Tlatoani

Llegamos hasta la entrada que el comisariado ejidal tiene en la parte baja del cerro, ahí nos tocó hacer tequio cargando bolsas de material para restauración. Yo pedí una un poco más grande que las que les dieron a la mayoría por sentirme con buena condición pero luego lo sufrí un poco porque no cabía en mi pequeña mochila y se rompió varias veces, por lo que tuve que hacer malabares para no tirar todo el material.

El camino de ascenso no es muy largo pero es estrecho y sinuoso, en algunas partes incluso pasa entre grietas de las piedras y por un pasaje cerrado que era el único acceso a la cima. Por ello este sitio sirvió como fortaleza durante la etapa de conquista de la región. Díaz del Castillo describe una batalla acontecida ahí en su Historia Verdadera de la conquista de la Nueva España: "Llegamos a un llano adonde había unas fuentes de muy poca agua, en una parte estaba un gran peñol con una fuerza muy mala de ganar [...] Cortés nos mandó que les fuésemos entrando y subiendo [...] y como encomenzamos a subir por el peñol arriba, echan los indios guerreros que en él estaban tanta de piedras muy grandes y peñascos, que fue cosa espantosa cómo se venían despeñando y saltando, que fue milagro que no nos matasen a todos [...] y se acordó que para otro día que desde otro peñol que estaba cerca del grande fuesen todos los ballesteros y escopeteros y que subiesen en el que había subida, aunque no buena, para que desde aquél alcanzarían las ballestas y escopetas al otro peñol fuerte, y podríanle combatir [...] y quiso Nuestro Señor Dios que acordaron de ser dar de paz, y fue por causa que no tenían agua ninguna, questaba mucha gente arriba en el peñol".
Terrazas superiores del cerro del Tlatoani

Justo antes de llegar a la parte alta pasamos sobre unas grietas muy profundas, ahí Fabiola entró en pánico, algo que después pareció un poco extraño ya que estuvo en mi equipo y recorrimos muchos lugares altos.

Así, después de varias horas alcanzamos la base de las terrazas, las cuales constituyen la parte baja del sitio arqueológico; ahí Jorge nos explicó como habían encontrado algunos entierros y un poco del proceso de excavación y restauración del lugar. Además durante el terremoto del 19 de septiembre de 2017 hubo daños en algunas partes y tuvieron que ser reparadas, aunque algunas aún estaban sueltas.

Seguimos subiendo hasta alcanzar la cima, ahí vimos una gran escalinata monumental que en mi primer visita estaba siendo trabajada por lo que era la primera vez que la podía ver, tuve que esperar a que todo el grupo se moviera para fotografiarla pero valió la pena.
Escalinata monumental de acceso al templo superior

Vimos también el pequeño conjunto superior con edificios de estilo teotihuacano, la vista fue mucho más extensa que en mi primer ascenso pues en aquella ocasión había mucha neblina.

Así completamos el recorrido y comenzamos a descender, yo iba hasta atrás para seguir tomando fotos y por momentos me adelantaba hasta el frente del grupo para volver a pasar hacia la retaguardia. Así estuve hasta que llegamos abajo y regresamos por el mismo camino a Tlayacapan.

Cruzamos todo el poblado, muchos del grupo estaban bastante cansados y nos dispersamos bastante, así llegamos hasta la casa donde nos darían de comer todos los días de nuestra estancia, los platillos eran de buen tamaño y sazón, pero a algunos no les gustaba o no acostumbraban comer algo y muchas veces me tocó repetir comiéndome parte de lo que le tocaba a algún(a) compañero(a). 
Templo superior

Regresamos al "campamento base" y ya no hicimos nada ese día. Luego de eso comenzó el trabajo etnográfico, recorrimos todo el poblado y registramos una buena parte de sus capillas coloniales, fuimos al archivo municipal y a los campos nopaleros. Al principio me pareció que muchos de mis compañeros se quejaban demasiado a pesar de que para mí nos encontrábamos demasiado cómodos, algunos de ellos tuvieron dificultades con sus temas de trabajo, el profesor estuvo ausente casi siempre... así una parte de la primera semana fue un tanto incómoda para mí, incluso alguna vez discutí con compañeros por su abierta molestia y por las complicaciones para ponernos de acuerdo sobre el aseo del lugar pero una vez superados en parte esos temas también comprendí que tenían razón en quejarse sobre la rigidez de la investigación y las complicaciones que algunos tenían para realizar el trabajo pues, o no los dejaban por no tener la carta de presentación a tiempo o no encontraban datos... Así pasados unos días la convivencia se hizo más amena y la práctica comenzó a ser agradable.